Capítulo 13 #3
Añadí el emoticono porque no quería parecer seca. Luego me odié un poco por el emoticono. Luego decidí que odiarse por un emoticono era un nivel de deterioro absurdo incluso para mí.
Enviado.
Esperé.
Una pareja se sentó en la mesa de al lado. Un hombre en la barra reía demasiado alto. En la calle, la gente pasaba sin saber que yo estaba viviendo una pequeña humillación con vistas a una parada de autobús.
19:10.
Nada.
Miré la pantalla.
Sin respuesta.
19:18.
Empecé a pensar que quizá le había pasado algo. Esta vez la hipótesis duró menos. La experiencia reciente tiene la desagradable ventaja de acelerar el aprendizaje.
19:25.
La camarera se acercó.
—¿Quieres otra?
Yo miré mi vaso, luego la silla vacía de enfrente.
—No, gracias. Estoy esperando.
Ella asintió con esa neutralidad profesional de quien ha visto muchas cosas y no va a juzgarte porque aún queda humanidad en el mundo.
19:32.
Le escribí otra vez.
“¿Va todo bien?”
Lo envié y, en cuanto lo hice, sentí que algo dentro de mí se encogía. No por el mensaje. Por lo que implicaba. Esa necesidad de darle al otro una salida amable, una explicación posible, una puerta por la que entrar sin parecer culpable.
19:40.
Nada.
Y entonces pasó algo curioso.
No lloré.
No me derrumbé.
No sentí un dolor enorme.
Sentí cansancio.
Un cansancio profundo, casi físico, como si de pronto se me hubieran acumulado encima todos los pequeños esfuerzos de las últimas semanas: abrirme, intentarlo, no parecer desesperada, no parecer fría, no ser demasiado, no ser poco, contestar bien, esperar bien, ilusionarme poco, protegerme mucho, entender lo que no me explicaban.
Me quedé mirando la silla vacía y pensé que no podía ser tan difícil decir “no voy”.
Solo eso.
Dos palabras.
Ni siquiera hacía falta una explicación. No era un contrato. No era amor. No era nada. Pero había una diferencia enorme entre no querer algo y dejar a alguien sentada en una mesa esperando como si su tiempo no tuviera valor.
Y ahí, en ese bar normal, con una cerveza tibia y el abrigo en el respaldo de la silla, se me acabó la paciencia.
No de forma explosiva.
No con rabia espectacular.
Se me acabó como se apaga una bombilla.
Sin ruido.
Abrí la aplicación.
Miré el chat con Nando.
Nada.
Miré su perfil.
Seguía ahí.
Sus ojos verdes.
Sus tatuajes.
Su cuerpo entrenado.
Su perro invisible.
Y de repente todo me pareció ridículamente pequeño.
No él.
La situación.
Yo esperando. Yo analizando. Yo intentando adivinar. Yo concediendo explicaciones que nadie había pedido.
Respiré hondo.
Pagué.
Me puse el abrigo.
Salí a la calle.
El aire frío me dio en la cara y me sentó mejor que cualquier mensaje.
Caminé hacia el metro con el móvil en la mano. Antes de entrar, me detuve junto a una papelera, no porque necesitara tirar nada, sino porque necesitaba un gesto físico para acompañar la decisión.
Abrí Tinder.
Entré en ajustes.
Bajé hasta encontrar la opción.
Eliminar cuenta.
La aplicación, como si tuviera sentimientos o un departamento legal muy insistente, me preguntó si estaba segura.
Me reí sola.
—Segurísima.
Pulsé.
Otra pantalla.
“¿Por qué quieres irte?”
Miré las opciones.
Ninguna decía: “Porque estoy harta de sentirme como una idiota por gente que no sabe mandar un mensaje.”
Una pena.
Elegí cualquiera.
Confirmar.
Y ya.
La pantalla cambió.
Mi perfil desapareció.
El algoritmo dejó de necesitarme.
Guardé el móvil en el bolso y me quedé un momento quieta en la acera, rodeada de gente que iba y venía con sus vidas perfectamente ajenas a mi pequeño acto de independencia digital.
No me sentí poderosa.
No me sentí liberada.
No sonó música.
Pero sí sentí algo parecido a recuperar una parte mínima de mí.
Una parte que no quería seguir esperando a desconocidos en bares, ni midiendo su valor en mensajes, ni preguntándose qué había hecho mal cuando, en realidad, lo único que había hecho era aparecer.
Al llegar a casa, Noah estaba en el salón. Levantó la vista del portátil en cuanto entré.
No dije nada.
Él me miró.
Miró la hora.
Miró mi cara.
—No apareció.
Negué con la cabeza.
Noah cerró el portátil despacio.
—Vale.
Me quité el abrigo.
—He borrado la aplicación.
Él asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
Me miró con una seriedad que le hacía parecer mayor y pequeño a la vez.
—Nadie que te deje esperando merece ocupar memoria en tu móvil.
Sonreí, aunque tenía el pecho raro.
Fui hacia mi cuarto.
—Voy a ponerme el pijama.
—Buena decisión.
Me detuve en el pasillo.
—¿No vas a hacer ningún comentario sobre mi fracaso sentimental?
Noah se encogió de hombros.
—No es un fracaso sentimental. Es un tío gilipollas.
Me quedé mirándole.
Y, por primera vez en toda la tarde, me reí.
No mucho.
Lo suficiente.
Entré en mi habitación, cerré la puerta y me apoyé en ella un segundo.
Luego me quité los pendientes, me lavé la cara y me puse el pijama.
El móvil estaba en silencio.
La aplicación ya no estaba.
Y aunque sabía que aquello no resolvía nada de fondo, aunque sabía que probablemente Virginia tendría mucho que decir al respecto, aunque sabía que una parte de mí seguiría buscando explicaciones donde no las había, también sabía otra cosa.
Esa noche, al menos, no iba a esperar ningún mensaje.
Y eso, después de todo, ya era una victoria bastante decente.