Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Llevaba una sudadera negra demasiado grande, los cascos colgando del cuello y el pelo despeinado de esa forma que los adolescentes consiguen sin esfuerzo y los adultos intentando durante media hora delante de un espejo.

Desde el móvil apoyado junto a la cafetera sonaba una canción que seguramente conocía medio planeta menos yo.

Dejé el bolso sobre una silla y abrí la nevera sin ninguna necesidad concreta. Era una costumbre adquirida. Como si necesitara comprobar personalmente que los yogures seguían allí y no hubieran aprovechado mi ausencia para independizarse.

—¿Qué tal el día? —pregunté mientras cogía una botella de agua.

—Bien.

Cerré la puerta despacio.

—Eso no cuenta como respuesta.

Noah se sentó en uno de los taburetes de la isla y apoyó un codo sobre la encimera.

—Ha sido un día como otro cualquiera.

—Gracias por compartir tus emociones conmigo.

—Para eso estoy.

—¿Y las clases?

—Normales.

—Noah.

—Mamá.

—Llevo diecisiete años alimentándote. Vas a tener que darme más información que esa.

La sonrisa que intentó ocultar apareció igualmente.

—Pues nada. Matemáticas. Historia. Lengua. La emocionante vida académica de un adolescente medio.

—¿Y tus amigos?

—Siguen siendo los mismos.

—¿Y tus enemigos?

Levantó la vista.

—También.

—Me alegra comprobar que la estabilidad social continúa.

Noah me observó durante unos segundos mientras daba el primer mordisco a aquella aberración de chorizo y Nutella.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—Cuando dices "nada" con esa cara siempre pasa algo.

—Estoy teniendo una conversación normal con mi hijo.

—No.

—Sí.

—Ni de coña.

—¿Por qué?

—Porque estás investigando.

—No investigo.

Noah dejó el bocadillo sobre el plato y me señaló con el dedo.

—Mamá, trabajas en Hacienda.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente eso.

Intenté mantener una expresión ofendida.

No funcionó.

—Venga. ¿Qué quieres saber?

Me encogí de hombros con toda la inocencia de la que fui capaz.

—No sé. Tú preguntas mucho por mi Tinder.

—Porque es entretenido.

—Pues ahora me toca a mí.

Noah dejó escapar un suspiro dramático y apoyó la cabeza contra la pared.

—Qué miedo.

—¿Hay alguna chica? ¿o chico?

La respuesta llegó tan rápido que resultó sospechosa.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Nadie?

—No.

Lo observé unos segundos.

Demasiado automático.

Demasiado sospechoso.

—Eso ha sido demasiado rápido.

—Porque la respuesta es no.

—Precisamente por eso desconfío.

Noah cerró los ojos un instante.

—Mamá.

—Noah.

Nos quedamos mirándonos.

Él con expresión de paciencia agotada.

Yo con expresión de madre que sabía perfectamente que estaba ganando.

Al final cedió.

—Bueno...

Intentó que sonara despreocupado, pero mientras hablaba empezó a doblar una servilleta entre los dedos. Noah nunca hacía eso. Noah era incapaz de estarse quieto cuando algo le importaba.

Sonreí.

—Ajá.

—Hay una chica nueva en el insti.

—Lo sabía.

Levantó la cabeza inmediatamente.

—No sabías nada.

—Lo sabía por tu tono.

—No existe eso.

—Existe completamente.

Resopló y se echó hacia atrás en el taburete, cruzándose de brazos como si acabara de sentarse ante un tribunal especialmente injusto.

—Ha llegado este año.

—¿Y?

—Nada.

—Noah.

—¿Qué?

—No puedes empezar una historia así y terminarla en "nada".

Cogió el bocadillo y le dio un mordisco exageradamente grande.

Esperé.

Masticó.

Bebió agua.

Miró hacia la ventana.

Volvió a mirar el plato.

Yo seguí esperando.

Cuando comprendió que no pensaba rescatarlo del interrogatorio, acabó suspirando.

—Pues que es simpática.

—Ajá.

—Y ya está.

—Ajá.

—Y se ríe mucho.

Aquello me hizo sonreír.

—Ajá.

—¿Por qué sonríes?

—Por nada.

—Mamá.

Puso los ojos en blanco.

—También le gustan los videojuegos.

—Ajá.

—Y juega mejor que la mitad de mi clase.

—Ajá.

—Y saca mejores notas que yo.

No pude evitar sonreír.

—Ahí está.

Noah dejó el bocadillo sobre el plato con un golpe suave.

—No hay ningún ahí está.

—Claro que sí.

—No.

—Te gusta.

—Que va.

—Te gusta un poco.

—No.

—Te gusta bastante.

Se pasó una mano por el pelo y soltó una risa incrédula.

—Mamá, por favor.

—Eso es un sí.

—Eso no es un sí.

—Eso es exactamente lo que diría alguien al que le gusta una chica.

Noah negó con la cabeza, pero la sonrisa seguía ahí, traicionándolo sin ninguna intención de colaborar.

—Solo digo que es maja.

—Y muy guapa, imagino.

Apartó la vista hacia la ventana.

Aquello fue mucho más revelador que cualquier respuesta.

—No he dicho eso.

—Porque no hace falta.

—Qué pesada eres.

—Gracias.

Se inclinó para coger el móvil y desbloqueó la pantalla, aunque era evidente que no estaba mirando nada. Lo utilizaba como escudo. Lo había visto hacer exactamente lo mismo cuando era pequeño y le preguntaba quién había roto algo.

—Además —añadió mientras fingía revisar algo importantísimo— tampoco es que importe.

—Claro que importa.

—Lo digo en serio.

—Y yo.

Me miró durante unos segundos y acabó soltando una carcajada.

—Ahora entiendo perfectamente por qué me ocultas cosas de Tinder.

—¿Verdad que sí? —reí.

—Es agotador.

—Pues imagínate soportarlo.

—No vuelvo a contarte nada.

—Mentira.

—Probablemente.

Nos reímos los dos.

Y durante unos segundos me limité a observarlo mientras terminaba aquel bocadillo imposible.

Seguía teniendo algo del niño que había sido, pero cada vez había más rasgos del hombre en el que se estaba convirtiendo.

Ya no me contaba todo espontáneamente. Había que tirar un poco del hilo, insistir, esperar y fingir desinterés justo cuando más curiosidad tenía.

Pero cuando bajaba la guardia, aunque solo fuera unos minutos, seguía apareciendo el Noah de siempre.

El que todavía confiaba en mí lo suficiente como para contarme las cosas importantes aunque fingiera que no lo estaba haciendo.

Y fue entonces, cuando volvió a coger el móvil y sonrió al leer algo antes de esconder inmediatamente la pantalla, cuando tuve la certeza de que aquella chica le gustaba muchísimo más de lo que él estaba dispuesto a admitir.

No dije nada.

Solo sonreí para mí misma.

Porque algunas venganzas maternas tardaban diecisiete años en llegar, pero acababan llegando.

Me apoyé en la encimera, mirando el sitio por donde había desaparecido, y pensé que mi hijo tenía diecisiete años y a veces parecía haber nacido ya con una cafetera interna de lucidez.

Esa noche dormí regular.

No fatal.

Regular, que es casi peor, porque te despiertas muchas veces con la sensación de haber descansado en capítulos.

A la mañana siguiente me vestí con ropa de trabajo, pero ya pensando en la tarde.

Eso es algo que nadie te cuenta de las citas después de los cuarenta: no empiezan cuando quedas, empiezan muchas horas antes, en forma de logística, cálculo y pequeñas negociaciones contigo misma.

¿Me llevo otra camiseta? ¿Me maquillo un poco más antes de salir?

¿Parecerá raro arreglarme en el baño de Hacienda?

¿Es peor no arreglarme? ¿Por qué todo esto tiene que parecer un examen práctico de feminidad adulta?

Metí en el bolso un neceser pequeño con máscara de pestañas, corrector, barra de labios y un peine que no servía para nada, pero daba sensación de preparación. También metí unos pendientes. Me sentí ridícula y organizada, que es una combinación muy mía.

El día en Hacienda se hizo largo con una crueldad casi ridícula. Cada vez que miraba el reloj habían pasado siete minutos. Cada trámite parecía diseñado para retrasar mi salida y recordarme que el Estado no solo regula tus impuestos, también tu ansiedad sentimental.

A las cinco y media empecé a sentir el cuerpo extraño.

No enfermo. Raro. Como si estuviera colocándome desde dentro para la versión de mí que iba a sentarse frente a Nando.

Fui al baño a las seis menos cuarto, cerré la puerta y me miré en el espejo con la luz despiadada de los baños públicos.

Ninguna mujer debería evaluarse a sí misma bajo un fluorescente a menos de una hora de una cita.

Es una forma de violencia no tipificada.

Me puse un poco de corrector, máscara de pestañas y la barra de labios más discreta que tenía. Luego me solté el pelo, me lo volví a recoger, me lo solté otra vez. Al final lo dejé como estaba, que es una manera elegante de decir que me rendí.

Cuando salí, me crucé con Estrella.

Me miró.

—Ajá.

—No empieces tú también.

—No he dicho nada.

—Todo el mundo dice mucho sin decir nada.

Ella sonrió.

—Estás guapa.

Me sorprendió.

—Gracias.

—Y nerviosa.

—También.

—Pues respira. Y si sale mal, mañana me lo cuentas.

Me reí.

—Qué consuelo.

—El mejor que puedo ofrecerte.

A las seis en punto apagué el ordenador con una determinación que rara vez siento hacia los equipos informáticos y salí a la calle. Tenía el estómago un poco cerrado, las manos frías y esa sensación absurda de estar a punto de presentarme a una entrevista para un puesto que no sabía si quería.

El bar estaba a veinte minutos. Llegué diez antes.

Error.

Llegar antes a una cita es abrir una sala de espera dentro de tu cabeza. Me coloqué cerca de la puerta, fingí mirar el menú, miré el móvil, miré la calle, volví a mirar el menú. Pedí una cerveza para tener algo que hacer con las manos y me senté en una mesa junto a la ventana.

18:37.

Nando había dicho 18:45.

Todo bien.

Me quité el abrigo, luego me lo volví a poner porque me sentí demasiado expuesta. Luego me lo quité otra vez porque sudaba. La camarera me trajo la cerveza y yo le sonreí con demasiada gratitud, como si me estuviera rescatando de un naufragio.

18:45.

Nada.

Normal.

Madrid.

Metro.

Perros.

Gimnasios.

Vida.

18:50.

Abrí el chat.

Nada.

No escribí.

No iba a escribir a los cinco minutos. Eso era una línea que mi dignidad aún podía defender.

18:57.

La cerveza estaba ya a medias y yo había leído tres veces un cartel sobre tortillas.

19:02.

Escribí:

“Estoy aquí :)”