Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Plantón con vistas a la dignidad perdida

Nando me escribió al día siguiente a media mañana, justo cuando yo estaba intentando explicarle a un señor que no, que el hecho de no haber abierto una carta de Hacienda no significaba que la carta no existiera. Era una teoría muy bonita, casi filosófica, pero legalmente poco eficaz.

El móvil vibró sobre la mesa, al lado del teclado, y yo lo miré de reojo con esa mezcla de profesionalidad fingida y curiosidad vergonzosa que una desarrolla cuando está intentando no ser una mujer pendiente de un mensaje, pero lo es.

No lo abrí inmediatamente.

Esperé.

No por madurez emocional, sino porque tenía delante a un contribuyente muy convencido de que los sobres oficiales eran una forma de acoso institucional.

—Pero si yo no la he leído —insistió, señalando la notificación como si fuera una prueba a su favor.

—Ya —dije, con la calma artificial que llevo años perfeccionando—, pero Hacienda no funciona como los mensajes de WhatsApp. No desaparece porque no lo abras.

El hombre me miró como si acabara de revelarle una crueldad inédita del sistema.

—Pues vaya.

—Sí —respondí—. Vaya.

Cuando por fin se marchó, después de prometerme que “lo miraría con un primo que sabe de estas cosas”, aproveché el hueco antes del siguiente número para abrir el mensaje.

Nando: ¿Qué haces luego?

Lo leí una vez.

Luego otra.

No era una pregunta especialmente elaborada, ni romántica, ni siquiera interesante.

Era directa, sin adornos, como él. Pero aun así hizo que algo dentro de mí se pusiera en alerta.

No necesariamente alegría. Más bien ese pequeño sobresalto que aparece cuando lo que hasta ahora era una conversación abstracta amenaza con convertirse en una persona real, con piernas, voz, olor y opiniones sobre cosas que quizá no quieras descubrir.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

En la oficina sonaban teléfonos, pasos, impresoras y ese murmullo constante de gente esperando turno con paciencia variable.

Estrella, desde la mesa de al lado, estaba buscando un expediente y murmuraba algo sobre “la madre que parió al sistema”.

Todo seguía igual, pero mi cuerpo ya se había ido a otro sitio.

Respondí:

Julia: Trabajar hasta las seis. Luego casa, supongo.

En cuanto envié el mensaje, me arrepentí un poco del “supongo”. Sonaba disponible. Sonaba a “rescátame de mi vida doméstica”. Sonaba a mujer que no tiene plan porque su plan era cenar algo recalentado y ver media serie antes de dormirse en una postura poco favorecedora.

Nando contestó rápido.

Nando: Podemos tomar algo cuando salgas.

Me quedé quieta.

Ahí estaba.

La propuesta.

Sin rodeos, sin demasiada ceremonia, sin tres días más de conversación previa.

Y quizá precisamente por eso me descolocó.

Una parte de mí pensó que era demasiado pronto, otra pensó que yo llevaba dos años diciendo que todo era demasiado pronto, y una tercera, bastante más cobarde, pensó que si decía que no tendría una excusa perfecta para seguir en territorio seguro.

El siguiente número parpadeó en la pantalla de la sala. Mi turno de atender.

Bloqueé el móvil y levanté la vista.

—Buenos días —dije a la mujer que se sentó frente a mí.

Durante los siguientes veinte minutos, intenté concentrarme en certificados, plazos y justificantes, pero Nando se quedó allí, en una esquina de la cabeza, con sus tatuajes, sus ojos verdes y esa propuesta sencilla que, por algún motivo, parecía más grande que una copa después del trabajo.

Cuando terminé con la señora, volví a abrir el chat.

“Hoy no puedo.”

Lo escribí.

Lo miré.

No era mentira del todo. Siempre podía no poder. Una mujer adulta siempre puede encontrar una razón: cansancio, compra, lavadora, hijo, pelo, dignidad. Pero no era verdad.

Lo borré.

Escribí:

“Me pillas fatal.”

También lo borré.

Me apoyé en el respaldo de la silla y respiré hondo.

—¿Todo bien? —preguntó Estrella, sin levantar la vista de su pantalla.

—Sí.

—Tienes cara de estar calculando una multa o una huida.

—Las dos cosas son posibles.

Ella me miró por encima de las gafas.

—¿Hombre?

La miré.

—¿Qué?

—Esa cara no la pone nadie por una autoliquidación.

Me reí sin querer.

—No es nada.

—Eso decís todas cuando es algo.

—No es algo. Es… una copa.

Estrella sonrió como quien ha visto demasiado mundo administrativo y sentimental.

—Ah. Una copa.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo has dicho con la cara.

—Mi cara trabaja sola.

Volví al móvil. Nando seguía ahí, esperando una respuesta que, en realidad, no llevaba tanto tiempo sin contestar, aunque a mí me pareciera que habían pasado tres estaciones fiscales.

Al final escribí:

“Hoy salgo cansada. ¿Mañana?”

Lo envié antes de poder corregirme.

Respondió casi al instante.

Nando: Mañana perfecto. Te veo después de currar.

Noté una mezcla extraña de alivio y pánico, que es una combinación bastante habitual cuando una dice que sí a algo que desea y teme en la misma proporción.

Julia: Vale.

Nando: Quedamos por tu zona o a mitad de camino.

Pensé en Carabanchel, en mi barrio, en la posibilidad de cruzarme con alguien que me conociera, con la vecina del segundo, con el panadero, con una madre del instituto de Noah, con cualquiera que me viera sentada frente a un monitor de gimnasio de ojos verdes y decidiera inmediatamente que mi vida era mucho más interesante de lo que en realidad era.

Julia: Mejor a mitad de camino.

Nando: Perfecto. Te mando sitio luego.

Guardé el móvil.

Y me quedé un segundo mirando la pantalla apagada, como si hubiera firmado algo.

No era una cita importante. No tenía por qué serlo.

Era una copa. Una conversación. Una persona que vería quizá una vez y luego no más.

Pero mi cuerpo no lo vivía con esa simplicidad.

Mi cuerpo, traicionero y poco actualizado, había decidido activar el protocolo completo: nervios, dudas, expectativas moderadas, análisis de ropa y una lista mental de todo lo que podía salir mal.

A las dos, durante la pausa de comida, salí a la calle para caminar un poco.

Necesitaba aire. Madrid tenía ese día una luz clara, de esas que no embellecen exactamente pero sí colocan las cosas en su sitio.

La gente caminaba con bolsas, mochilas, abrigos abiertos; una mujer hablaba por teléfono con el altavoz puesto; dos chicos se reían apoyados en un semáforo; un repartidor esquivaba peatones con la habilidad de quien ya ha perdido la fe en la humanidad.

Yo caminé sin rumbo durante diez minutos, con el móvil en el bolso y la cabeza puesta en el día siguiente.

Y entonces lo vi.

Fue en un cruce, al esperar el semáforo.

Un hombre venía de frente, caminando por la acera contraria.

No sé por qué me fijé en él. Quizá porque levantó la vista justo en el mismo momento en que yo lo hice.

Quizá porque tenía una presencia tranquila, nada llamativa, pero sí muy concreta.

Llevaba abrigo oscuro, una bufanda gris y una bolsa de papel en la mano, como si acabara de salir de una librería o de comprar pan en un sitio donde el pan aún parece pan y no una excusa para cobrarte masa madre a precio de joyería.

Nos miramos.

No mucho.

Lo justo.

Un segundo, quizá dos.

Y hubo algo raro.

No un flechazo, ni una música absurda, ni ninguna de esas cosas que solo suceden en películas donde nadie tiene que presentar la renta.

Fue más bien una sensación de reconocimiento equivocado, como cuando ves a alguien y tu cabeza intenta colocarlo en alguna carpeta conocida pero no encuentra el nombre.

El semáforo cambió.

Él siguió andando.

Yo también.

Pasamos de largo.

A los pocos metros me giré un poco, no del todo, con esa discreción penosa de quien intenta mirar sin parecer que mira. Él no se giró, o al menos no lo vi.

Seguí caminando y fruncí el ceño.

—¿De qué me suena? —murmuré.

Durante unos segundos repasé posibilidades. ¿Hacienda? ¿El instituto de Noah? ¿Algún vecino? ¿Un padre de algún amigo? ¿Alguien de una reunión con Dani de hace años? Nada encajaba.

Y entonces pensé algo que me dio una risa tan tonta que una señora que venía de frente me miró con desconfianza:

—A ver si va a ser de Tinder.

Porque esa era mi vida ahora. Antes una veía una cara conocida en la calle y pensaba “¿del colegio?”, “¿del trabajo?”, “¿del banco?”. Ahora pensaba “¿lo habré descartado por llevar gafas de sol en una foto de interior?”.

Volví a la oficina con la sensación absurda de que mi cerebro se había convertido en una base de datos defectuosa de hombres de cuarenta a cincuenta años ubicados en un radio de veinte kilómetros.

Por la tarde, al salir del trabajo, Nando me mandó el sitio.

Un bar cerca de Plaza Elíptica.

Neutro.

Cómodo.

Suficientemente lejos de mi portal para no sentir que estaba metiendo a Tinder en mi escalera.

Nando: ¿Mañana 18:45?

Miré el mensaje en la boca del metro.

Julia: Me parece perfecto.

Nando: Genial.

Y ese “genial”, tan breve, tan normal, me acompañó todo el camino a casa con una ligereza peligrosa.

Noah estaba en la cocina cuando llegué, preparándose un bocadillo que, desde un punto de vista gastronómico, debería haber sido ilegal.

Había abierto una barra de pan, colocado varias rodajas de chorizo y, por algún motivo que escapaba completamente a mi comprensión, estaba extendiendo Nutella por encima con la tranquilidad de quien sigue una receta tradicional transmitida durante generaciones.

Me quedé observándolo desde la puerta durante unos segundos.

—Noah.

—¿Sí? —preguntó sin levantar la vista mientras seguía concentrado en aquella atrocidad culinaria.

—Creo que acabo de presenciar un delito.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—No juzgues hasta que lo pruebes.

—No voy a probar eso ni aunque venga acompañado de un informe médico favorable.

—Te pierdes una experiencia.

—Eso es exactamente lo que intento.

Noah soltó una risa por la nariz, terminó de cerrar el bocadillo y lo observó con satisfacción.