Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Leí la frase dos veces, no porque necesitara entenderla, sino porque me sorprendió lo fácil que resultaba.

No había nada especialmente ingenioso ni ninguna intención evidente de impresionar.

Tampoco ese esfuerzo que a veces se percibe incluso en los primeros mensajes, cuando dos desconocidos intentan parecer más interesantes de lo que son.

Era una frase sencilla, normal, y quizá por eso funcionaba.

Contesté sin pensarlo demasiado.

Julia: En teoría me estaba acostando. En la práctica llevo media hora dando vueltas en la cama sin conseguir convencer a mi cerebro de que ya es suficiente por hoy.

La respuesta llegó enseguida.

Nando: Pues estamos apañados. Yo también debería estar durmiendo, pero el perro ha decidido que ahora mismo es una hora estupenda para salir a inspeccionar el barrio.

Julia: Eso suele pasar. Tengo la sensación de que los animales domésticos viven convencidos de que nosotros estamos aquí para facilitarles la existencia.

Nando: El mío lo tiene clarísimo. Se cree el dueño de la casa. Yo solo pago las facturas y llevo la correa.

Me reí en voz baja y, sin que hubiera un momento concreto en el que ocurriera, la conversación empezó a tomar forma.

No fue una de esas conversaciones que te atrapan desde la primera frase ni una de esas en las que sientes que todo fluye de manera inmediata.

Era algo más pausado, más parecido a dos personas intentando conocerse que a una conexión instantánea de película.

Nando: Oye, ¿de dónde eres?

La pregunta me resultó familiar porque formaba parte de ese protocolo invisible que casi todo el mundo sigue al principio, una especie de mapa básico para situar a la otra persona.

Julia: De Madrid. Nacida y criada aquí. ¿Y tú?

Nando: También. Yo soy de Carabanchel de toda la vida. Vamos, que me sacas de la zona y necesito GPS.

Solté una sonrisa.

Julia: Vallecas.

Nando: Mira, pues tampoco estamos tan lejos. Eso está ahí al lado.

Me detuve un instante. Carabanchel. Vallecas.

Veinte minutos. Aquella información me pareció extrañamente relevante.

No era una distancia simbólica ni una de esas que luego obligan a consultar horarios de trenes.

Era una distancia real, concreta, de las que podían recorrerse cualquier tarde sin demasiada planificación.

Seguimos hablando.

Nando: ¿Y curras de qué?

Julia: En Hacienda.

Nando: Madre mía.

Me reí porque aquella reacción ya me resultaba familiar.

Julia: No eres el primero que responde así.

Nando: Normal. Dices Hacienda y a la gente le entra un respeto que no veas.

Julia: Más miedo que respeto.

Nando: También te digo que si me llega una carta vuestra me pongo nervioso aunque no haya hecho nada.

Solté una carcajada.

Julia: Entonces eres como el resto del país.

Nando: Bueno, ¿y qué haces exactamente?

Le expliqué por encima mi trabajo.

Nando: Pues tiene pinta de ser bastante más complicado que el mío.

Julia: ¿Y tú a qué te dedicas?

Nando: Soy monitor de gimnasio.

Leí la frase y asentí para mí misma. Claro. Tenía sentido. Las fotos, el físico, la forma de mostrarse... Todo encajaba bastante bien con la imagen que ya me había hecho de él.

Julia: ¿Y te gusta?

Nando: Sí. Hay días que acabo cansado de repetir las mismas cosas, pero me gusta. Además, siempre aparece alguno que te dice que va a cambiar su vida y te echas unas risas.

Julia: Eso ha sonado un poco cruel.

Nando: No, mujer. Lo digo porque en enero tengo el gimnasio lleno de gente súper motivada y en marzo ya vuelvo a conocer a todos por su nombre otra vez.

Aquello me hizo sonreír. La conversación avanzaba sin dificultades, aunque tampoco profundizaba demasiado. Era como si ambos estuviéramos construyendo una primera versión del otro a partir de datos básicos, situándonos mutuamente en un mapa todavía incompleto.

Y entonces salió el tema de los hijos.

Julia: Yo tengo un hijo. Diecisiete años.

Nando: Uf. Ya está en esa edad peligrosa.

Julia: ¿Cuál?

Nando: Esa en la que creen que lo saben todo y encima son más altos que tú.

Julia: Bastante acertado.

Nando: Mi sobrino tiene quince y me habla como si yo hubiera sobrevivido a la Edad Media.

Julia: Noah hace algo parecido.

Nando: Entonces ya sabes de qué te hablo.

Dudé un instante antes de preguntarle:

Julia: ¿Y tú? ¿Tienes hijos?

Nando: No.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

No porque aquello fuera un problema, porque no lo era, pero sí marcaba una diferencia.

Una diferencia pequeña, aunque significativa, porque implicaba otra forma de organizar el tiempo, otra disponibilidad y otra manera de entender ciertas cosas que en mi vida ya venían incorporadas de serie.

No dije nada sobre eso y seguimos hablando.

Todo era correcto. Todo tenía sentido. Todo encajaba dentro de lo esperable y, sin embargo, había algo que no terminaba de asentarse del todo. No era rechazo ni incomodidad, pero tampoco conexión.

Nando parecía un hombre seguro de sí mismo.

No arrogante exactamente, aunque sí bastante consciente de quién era y de la imagen que proyectaba.

Se notaba en la forma en que respondía, en la seguridad con la que hablaba de su trabajo y en esa manera relajada de moverse por la conversación como si no tuviera demasiado miedo a ser juzgado.

Nada exagerado.

Nada preocupante.

Pero estaba ahí.

Y yo lo notaba.

Interesante, pensé. No en el sentido de que me interesara especialmente, sino en el de querer entender qué había detrás.

La conversación continuó durante un rato más sin cambiar demasiado de tono.

No se volvió más íntima, ni más divertida, ni más personal.

Se mantuvo en ese terreno correcto y funcional donde dos personas se conocen sin terminar de encontrarse.

Poco a poco, sin que ocurriera nada concreto, empezó a apagarse de forma natural, simplemente porque ya no había mucho más que decir aquella noche.

Finalmente apareció un último mensaje.

Nando: Bueno, me voy a dormir, que mañana a las siete tengo una clase y a estas alturas ya no estoy para hacer milagros.

Sonreí.

Julia: Me parece razonable.

Nando: Hablamos mañana si te apetece.

Leí la frase sin sorpresa.

Julia: Claro. Descansa.

Nando: Tú también. Y deja de darle vueltas a las cosas. Que seguro que se te da fatal hacer caso a ese consejo.

Julia: Reconozco que bastante fatal.

Nando: Pues eso. Buenas noches.

Julia: Buenas noches.

Y ahí terminó. Sin fuegos artificiales, sin mariposas y sin esa sensación de querer releer cada mensaje, pero tampoco con ninguna razón clara para no seguir hablando al día siguiente.

Dejé el móvil en la mesilla.

Me tumbé.

Y durante unos segundos, intenté quedarme ahí, en ese final neutro, sin analizarlo, sin darle más vueltas de las necesarias.

No lo conseguí.

Porque inevitablemente volví a coger el móvil, casi como un reflejo, y abrí su perfil otra vez.

Miré la foto con más calma, con más distancia, intentando verla sin la conversación, sin el contexto.

Los ojos verdes. Los tatuajes. El cuerpo trabajado.

La seguridad tranquila de alguien que sabe cómo se ve.

Y pensé, sin ironía, sin amargura, sin dramatismo, casi con una curiosidad honesta:

—A ver este cuánto dura.

No lo pensé con cinismo. No como una crítica. Lo pensé desde la experiencia reciente, desde ese aprendizaje rápido y un poco incómodo que había llegado antes de lo esperado.

Porque ahora ya sabía algo que antes no sabía.

Que no se trataba solo de gustar.

Ni de caer bien.

Ni siquiera de empezar algo.

Se trataba de algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil:

Que la otra persona… se quedara.

Apagué el móvil.

Lo dejé en la mesilla.

Cerré los ojos.

Y, por primera vez en toda la noche, el sueño empezó a llegar, no porque tuviera respuestas, ni porque hubiera entendido nada nuevo, sino porque, al menos por ese momento, ya no estaba intentando buscarlas.