Capítulo 11 #3
Esa noche me metí en la cama con la sensación de haber hecho algo bien sin saber exactamente qué era.
No había ocurrido nada extraordinario, no había tomado ninguna decisión importante, no había tenido ninguna conversación que cambiara el rumbo de nada, y sin embargo había una pequeña calma dentro de mí, una especie de orden nuevo que no estaba ahí unos días antes.
Me tumbé, apagué la luz y me acomodé en la almohada con esa intención adulta de dormir cuando toca, como si el cuerpo fuera un mecanismo obediente que responde a la voluntad.
No lo fue. Nunca lo era.
Porque cuando una decidía que tenía que dormir, era cuando el cerebro zanjaba que era el momento perfecto para repasar absolutamente todo lo que habia pasado en los últimos días, incluidos los detalles más irrelevantes, los gestos más pequeños, las frases que en su momento no parecían importantes pero que ahora adquirían una especie de peso absurdo.
Di una vuelta hacia la derecha.
Luego hacia la izquierda.
Ajusté la almohada.
La volví a ajustar.
Cerré los ojos con más fuerza, como si eso ayudara a que el sueño llegara antes, y durante unos segundos lo único que conseguí fue darme cuenta de que estaba completamente despierta.
Suspiré.
—Genial —murmuré en la oscuridad.
Miré el reloj. No era tarde. Tampoco pronto. Esa hora indefinida en la que ya deberías estar dormida pero todavía no puedes justificar levantarte y hacer algo productivo sin sentir que estás rompiendo una norma invisible.
Intenté no pensar.
No funcionó.
Intenté concentrarme en la respiración.
Tampoco.
Y, sin darme cuenta de cuándo tomé la decisión, estiré el brazo hacia la mesilla y cogí el móvil.
No fue un gesto impulsivo. Fue más bien una concesión. Una especie de acuerdo conmigo misma: vale, no duermes, no pasa nada, mira un momento y luego lo dejas.
Lo desbloqueé.
Pasé por las aplicaciones con una familiaridad que ya no me sorprendía tanto.
Y entonces abrí Tinder.
No con expectación.
No con esa sensación del principio en la que cada perfil parecía tener un peso específico.
Más bien como quien abre la nevera sin tener hambre, solo por ver qué hay.
Empecé a deslizar despacio, casi sin fijarme demasiado, con esa actitud ligeramente distraída que te da la sensación de que no te estás jugando nada, que todo es ligero, que nada importa demasiado.
Hasta que apareció él.
No fue inmediato. No fue un impacto. Pero sí fue suficiente para que me detuviera.
Se llamaba Nando.
La primera foto era en un gimnasio. No una foto exagerada, pero sí evidente.
Camiseta ajustada, brazos trabajados, esa postura ligeramente relajada que no es casualidad sino hábito.
Tenía tatuajes, no demasiados, los suficientes para que parecieran parte de su identidad sin convertirse en su única característica.
Y los ojos… verdes. De ese verde que en foto destaca más de lo que probablemente lo hace en persona, pero aun así llamaba la atención.
Deslicé a la siguiente foto.
Más de lo mismo, pero sin resultar ridículo. No era el típico perfil de “mírame qué fuerte estoy”, pero tampoco ocultaba lo que era evidente.
Volví a la primera.
Me quedé mirándola unos segundos.
Y entonces pensé, con una mezcla de sinceridad y humor:
—Yo con este no.
No lo pensé con inseguridad exactamente, sino con una especie de lógica tranquila.
Era el tipo de hombre que, en otro momento de mi vida, habría clasificado automáticamente en la categoría de “no es para mí”.
Demasiado… todo. Demasiado cuidado, demasiado físico, demasiado joven en comparación —aunque en realidad solo fueran un par de años—, demasiado de un mundo que no sentía como propio.
Y, sin embargo, ahí estaba, mirándolo más de lo que me habría gustado admitir, sin apartar la vista como si en esa imagen hubiera algo que todavía no terminaba de entender o de encajar del todo dentro de lo que yo consideraba “mi tipo”, si es que a estas alturas de la vida una podía seguir hablando de tipos con cierta seriedad.
No era solo que fuera atractivo —que lo era—, ni que su perfil encajara en una categoría bastante reconocible —que también—, sino que había algo en la forma en que se mostraba, en esa mezcla de seguridad física y aparente naturalidad, que me hacía sentir ligeramente fuera de sitio y, al mismo tiempo, curiosamente interesada, como si estuviera observando algo que no me pertenece pero que, por alguna razón, no me incomodaba del todo.
Me descubrí inclinando un poco el móvil, como si el ángulo fuera a darme una información nueva que claramente no estaba ahí, y en ese gesto tan absurdo entendí que no era él exactamente lo que me retenía, sino la idea de no cerrarme, de no decidir tan rápido que algo no es para mí simplemente porque no encaja en lo que he sido hasta ahora.
Y ahí, justo ahí, apareció ese pensamiento que no era una ilusión ni una expectativa ni nada que se pareciera a lo que había sentido unos días antes, sino algo mucho más pequeño, más contenido, más prudente: una especie de permiso.
Le di like sin ceremonia, sin pensarlo demasiado, como quien deja caer una moneda en una máquina sin esperar necesariamente premio, y dejé el móvil en la mesilla con un gesto que pretendía ser definitivo, como si al apartarlo de mí pudiera también apartar todo lo que venía con él.
Me giré hacia el otro lado de la cama, me acomodé en la almohada y cerré los ojos con la intención sincera de dormir, de desconectar, de dejar que el cuerpo hiciera su trabajo y que la cabeza se callara de una vez.
No lo hizo. De nuevo.
Pasaron unos minutos que no sabría medir con exactitud, pero que fueron suficientes para que mi mente empezara a dar vueltas otra vez, no de forma intensa ni angustiosa, sino con ese movimiento leve pero constante que impide que el sueño termine de llegar.
Intenté ignorarlo, intenté concentrarme en la respiración, en la postura, en cualquier cosa que no fuera el móvil.
Hasta pensé en reorganizar mentalmente el cajón de los táperes.
Pero ni siquiera el recuerdo de tres tapas huérfanas y dos recipientes sin pareja consiguió acallar del todo el ruido de mis pensamientos.
Estiré el brazo hacia la mesilla, cogí el móvil y lo desbloqueé con la excusa perfectamente razonable de “mirar la hora”, aunque las dos sabíamos —yo y esa parte de mí que ya no se cree según qué historias— que no era solo eso.
Y entonces lo vi.
Notificación.
Match.
Me quedé mirándolo unos segundos, como si necesitara confirmar que lo estaba viendo bien, como si el gesto de parpadear fuera a cambiar algo, aunque no había nada que cambiar.
Sentí una pequeña activación, algo muy leve pero innegable, una especie de chispa que no tenía que ver con él en concreto sino con el hecho mismo de que algo había ocurrido, de que había una respuesta, de que la pantalla no estaba vacía.
No sonreí, al menos no de forma evidente, pero tampoco me quedé indiferente, porque en ese punto ya sabía que la indiferencia total era una mentira elegante que nos contamos cuando no queremos implicarnos.
Me incorporé un poco, apoyando la espalda en el cabecero, buscando una postura más cómoda como si eso fuera a facilitar algo, y abrí el chat.
Pantalla en blanco.
Y ahí volvió esa sensación que empezaba a resultarme familiar, pero que todavía no sabía nombrar del todo bien, porque no eran nervios exactamente, ni ilusión, ni miedo, sino algo más pequeño y más preciso: una especie de atención, de estar un poco más despierta de lo que estaba un momento antes, como si mi cuerpo hubiera decidido que, aunque fuera tarde, había algo que merecía un mínimo de presencia.
Me quedé mirando el teclado sin escribir, sin saber muy bien qué decir ni si tenía que decir algo en ese momento, porque había algo en esa situación que me descolocaba ligeramente: no era alguien que encajara conmigo de forma evidente, no era alguien con quien hubiera sentido una conexión inmediata, y sin embargo estaba ahí, al otro lado de una pantalla, como una posibilidad mínima pero real.
No escribí.
No inmediatamente.
Apoyé el móvil sobre la pierna y me miré las manos.
Las tenía secas, un poco frías, con esa apariencia cotidiana que no tiene nada de especial pero que, en ese momento, me ancló a algo concreto.
Moví los dedos despacio, como si ese gesto tuviera algún sentido oculto, y me di cuenta de que lo que estaba sintiendo no era urgencia, ni presión, ni siquiera ganas de impresionar.
Era simplemente que estaba ahí.
Otra vez.
En ese lugar donde algo puede empezar, aunque no sepas exactamente qué ni para qué.
—No pasa nada —murmuré—. Es solo una conversación.
Lo dije en voz baja, más para calmar esa parte de mí que siempre quiere anticiparse a todo que porque realmente creyera que había algo que calmar, pero aun así funcionó.
Era verdad. No estaba pasando nada importante.
No había historia. No había expectativas que proteger.
Era solo una conversación con un desconocido al que probablemente no vería en la vida si las cosas seguían el curso habitual de los últimos días.
Y, sin embargo, había una pequeña tensión, una activación leve que no tenía que ver con él sino conmigo, con el hecho de estar otra vez ahí, en ese punto inicial donde todo puede ser o no ser, donde todavía no hay nada pero ya hay algo.
Terminé de echarme crema en las manos con movimientos lentos, casi conscientes, como si necesitara cerrar ese gesto antes de pasar al siguiente, dejé el bote en la mesilla y cogí el móvil con una mezcla curiosa de tranquilidad y atención.
Y en ese mismo instante vibró. Mensaje. No tuve que esperar.
No hubo espacio para que mi cabeza empezara a construir teorías o anticipar escenarios.
Eso, por sí solo, ya cambió el tono de lo que estaba pasando.
Lo abrí.
Nando: Hola. Estoy bajando al perro. Dime que no soy el único pringado despierto a estas horas.