Capítulo 11 #2
Revisé el correo electrónico y me encontré con la habitual combinación de publicidad, recordatorios innecesarios y un mensaje del trabajo cuyo asunto ya me provocó agotamiento emocional antes siquiera de leer la primera línea.
Después abrí el grupo del instituto y comprobé que alguien había decidido compartir un documento que, si era sincera conmigo misma, jamás iba a leer voluntariamente un domingo por la tarde.
Y entonces, agotadas las excusas, abrí Tinder.
No hubo música de fondo.
No apareció ninguna revelación trascendental.
No sentí que estuviera protagonizando una escena importante de mi propia vida.
Simplemente apareció la misma pantalla de siempre.
Las mismas caras.
Las mismas fotografías cuidadosamente seleccionadas para resumir la complejidad de una persona en cuatro imágenes y ciento cincuenta caracteres. La misma lógica absurda de deslizar hacia la derecha o hacia la izquierda como si aquello dijera algo definitivo sobre alguien.
Aun así, algo era distinto.
No me sentí fuera de lugar.
No tuve la impresión de estar participando en un juego diseñado para personas más jóvenes o más seguras de sí mismas.
Empecé a deslizar despacio, sin urgencia y sin la ansiedad de los primeros días, cuando cada perfil parecía esconder una decisión trascendental capaz de cambiar el rumbo de mi existencia.
Entonces analizaba biografías, fotografías y aficiones con una intensidad impropia de alguien que, en realidad, solo estaba intentando conocer gente nueva.
Aquella vez fue diferente.
Más calmada.
Más honesta.
No buscaba nada concreto. No estaba intentando encontrar al hombre perfecto ni alguien que encajara en una lista invisible de requisitos que ni siquiera tenía demasiado claros. De hecho, ni siquiera sabía si realmente quería encontrar a alguien.
Simplemente miraba.
Y aquello también resultó revelador.
Porque durante mucho tiempo había pensado que volver a Tinder significaba volver a exponerse, volver a decepcionarse o volver a empezar desde cero.
Sin embargo, sentada en el sofá de mi salón, con una manta sobre las piernas y el sonido lejano de la televisión llenando el silencio de la casa, comprendí que quizá no se trataba de ninguna de esas cosas.
No estaba buscando una gran historia de amor.
Ni intentando demostrar que seguía siendo capaz de gustarle a alguien.
Ni siquiera estaba persiguiendo la promesa de un final feliz.
Lo que estaba haciendo era mucho más sencillo.
Estaba permitiéndome volver a sentir curiosidad.
Curiosidad por las vidas de otras personas. Por las historias que todavía no conocía. Por la posibilidad de que aún quedaran conversaciones agradables, citas mediocres, momentos incómodos y alguna que otra sorpresa inesperada.
Y, sobre todo, estaba dejando de actuar como si desear compañía fuera un fracaso personal.
Porque había pasado demasiado tiempo convenciéndome de que podía con todo sola, como si reconocer que echaba de menos ciertas cosas fuera una muestra de debilidad. Como si la independencia consistiera en no necesitar nunca a nadie.
Y la verdad era mucho menos épica.
La verdad era que me gustaban los buenos días inesperados.
Que me gustaba tener a alguien a quien contarle que había descubierto una serie nueva o que Noah había vuelto a consumir cantidades industriales de leche en tiempo récord.
Que me gustaba la idea de compartir las cosas pequeñas.
No porque necesitara que alguien completara mi vida.
Sino porque estaba empezando a aceptar que compartirla también podía ser bonito.
Deslicé un perfil más hacia la izquierda y apoyé la cabeza en el respaldo del sofá.
Quizá no estaba volviendo a Tinder.
Quizá estaba volviendo a mí.
A esa parte de mí que todavía creía que conocer a alguien podía ser emocionante. A la mujer que seguía siendo capaz de ilusionarse, aunque fuera con prudencia. A la Julia que existía más allá de las responsabilidades, las rutinas y las listas interminables de tareas pendientes.
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella idea no me dio miedo.
Me pareció, simplemente, una forma bastante razonable de seguir adelante.
El viernes al salir de trabajar decidí bajarme una parada antes del Metro para caminar un rato. Pasé por varias calles sin rumbo claro, dejando que el cuerpo decidiera por mí, como si necesitara moverme para terminar de colocar lo que estaba pasando dentro.
Y entonces, sin haberlo planeado, me detuve frente al escaparate de una tienda de lencería.
No una cualquiera, sino de esas en las que todo parece caro, delicado y completamente ajeno a tu realidad cotidiana.
Los sujetadores descansaban sobre maniquíes imposibles entre encajes, transparencias y tonos sofisticados cuyos nombres seguramente incluían palabras como champán, malva empolvado o rosa empedrado, colores que, desde luego, no existían en el cajón de mi ropa interior.
Me quedé observando el escaparate durante unos segundos, sin una intención concreta.
No estaba buscando nada ni había salido de casa con el propósito de comprar un conjunto de lencería.
De hecho, la mayor parte de mis decisiones textiles de los últimos años habían estado condicionadas por criterios mucho menos inspiradores, como que no se marcaran bajo la ropa, sobrevivieran a la lavadora o no incluyeran aros con vocación homicida.
Y, aun así, allí seguía, mirando desde una curiosidad inesperada.
Porque hacía mucho tiempo que no me preguntaba qué me gustaba a mí.
No qué resultaba práctico.
No qué era cómodo.
No qué tenía sentido.
Qué me gustaba.
Y, sin darme cuenta, empecé a imaginar.
Me imaginé entrando en la tienda y probándome algo simplemente porque me hacía sentir bien.
Me imaginé eligiendo un color que no fuera beige, negro o ese tono indefinido que las marcas insistían en llamar "nude" como si existiera un único color de piel universal.
Me imaginé llevándome a casa algo bonito sin necesidad de justificar la compra con un aniversario, una cita o la promesa implícita de que alguien más fuera a verlo.
Aquella idea me sorprendió.
Porque durante años había asociado ese tipo de cosas a otra persona. A la posibilidad de gustar, de resultar atractiva o de estar a la altura de una versión idealizada de la feminidad que, sinceramente, parecía requerir bastante más tiempo libre del que yo había tenido nunca.
Sin embargo, allí, frente a aquel escaparate, empecé a sospechar que quizá también podía tratarse de otra cosa.
Quizá podía ser un gesto hacia una misma.
Una manera pequeña y silenciosa de recordar que seguías siendo mujer además de madre, trabajadora, organizadora oficial del caos doméstico y responsable de comprobar si quedaba papel higiénico en el armario del baño.
Y aquello, inesperadamente, me pareció importante.
Porque la vida adulta tenía una capacidad extraordinaria para convertirte en alguien funcional. Eficiente. Resolutiva. Práctica.
Pero nadie debería quedarse a vivir para siempre en la versión más útil de sí misma.
Y quizá por eso seguí mirando el escaparate unos segundos más.
No porque necesitara comprar nada, o igual si.
Sino porque, después de mucho tiempo, me había permitido imaginar cómo sería volver a elegir algo simplemente porque me hacía ilusión.
Me imaginé a mí dentro de uno de esos conjuntos imposibles, con esa especie de elegancia despreocupada que tienen las mujeres de los anuncios, como si levantarse por la mañana en encaje fuera lo más natural del mundo.
Me imaginé entrando en la tienda, diciendo con seguridad algo como “busco algo sencillo pero especial”, probándome cosas sin hacer gestos raros frente al espejo, saliendo con una bolsa pequeña y cara, sintiéndome… no sé… sofisticada.
Luego me imaginé en casa.
Con ese conjunto.
Frente al espejo de mi habitación.
Y ahí fue donde la escena empezó a desmoronarse.
Porque la realidad no era tan elegante.
Porque la realidad incluía mirarse de lado, ajustar tirantes, preguntarse si eso está donde debería estar, pensar en la luz del baño, en el ángulo del espejo, en si ese color favorece o simplemente existe.
Me crucé de brazos.
Incliné la cabeza.
Porque, siendo honesta, no me veía.
No me veía con ese tipo de seguridad.
No me veía entrando en esa tienda con naturalidad.
No me veía sintiéndome cómoda en algo que parecía diseñado para otro tipo de cuerpo, otra etapa y otra versión de mí misma.
Y, sin embargo, ahí estaba otra vez aquella idea.
No la lencería en sí, sino todo lo que parecía representar: sentirse deseable, sentirse mirada y, en cierto modo, sentirse elegida.
Permanecí unos segundos más frente al escaparate, observando aquellos conjuntos imposibles y preguntándome en qué momento había empezado a creer que ciertas cosas ya no me correspondían.
Después sonreí, pero no fue una sonrisa triste ni resignada, sino una sonrisa consciente.
La de quien reconoce una verdad incómoda y, al mismo tiempo, profundamente humana: que, por muy independientes que nos volviéramos y por mucho que aprendiéramos a sostenernos solas, seguíamos queriendo gustar, emocionar y despertar ternura en los ojos de alguien.
Y quizá no había nada malo en ello.
Porque desear ser elegida no significaba dejar de elegirse a una misma.
Significaba, simplemente, admitir que la vida resultaba un poco más cálida cuando había alguien al otro lado capaz de mirarte como si siguieras siendo extraordinaria incluso mientras llevabas el carrito de la compra, una coleta improvisada y una lista mental con todo lo que quedaba por hacer antes del lunes.
Capítulo 12
No dormir también es una forma de empezar