Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Volver (aunque sea despacio)

No abrí la aplicación durante tres días.

No fue una decisión consciente, ni una promesa solemne, ni uno de esos gestos dramáticos que una hace para demostrar algo —a los demás o a sí misma—.

No hubo una escena en la que yo, con dignidad recién adquirida, eliminara la aplicación como si estuviera cerrando una etapa de mi vida con música de fondo y mirada firme hacia el horizonte.

No.

Simplemente ocurrió.

Dejé de abrirla del mismo modo en que se deja de pasar por una calle que te trae recuerdos: sin anunciarlo, sin hacer ruido, pero con una intención clara que no necesita explicarse demasiado.

Durante esos tres días, Tinder dejó de existir en mi rutina del mismo modo en que dejan de existir tantas otras cosas que, de repente, ya no sabes muy bien dónde encajar.

Y, durante esos tres días, volví a lo que ya sabía hacer.

Trabajar.

Organizarme.

Responder mensajes útiles.

Preparar cenas funcionales.

Doblar ropa mientras pensaba en cosas que sí tenían solución.

Volver, en definitiva, a la versión de mí que no espera nada.

Y, durante un rato, funcionó.

El lunes fue especialmente eficaz. Me levanté sin demasiadas dudas, me vestí sin cuestionarme durante veinte minutos si ese jersey decía algo de mí que no quería decir —lo cual, teniendo en cuenta mis últimos días, ya era un logro considerable—, desayuné con Noah en una conversación sorprendentemente neutra y me fui a trabajar con esa sensación ligeramente mecánica que, en determinadas etapas de la vida, no solo no molesta, sino que incluso se agradece.

Porque cuando todo funciona en automático, una descansa.

En Hacienda, como era de esperar, todo seguía exactamente igual.

La misma cola que parece avanzar, pero nunca lo hace del todo.

Las mismas preguntas que cambian de forma, pero no de fondo.

Las mismas explicaciones que una repite con pequeñas variaciones, como si fueran versiones ligeramente diferentes de una canción que nadie ha pedido pero que todo el mundo espera escuchar.

Y yo, en ese ecosistema perfectamente predecible, funcionaba.

Sin pensar demasiado.

Sin desviarme.

Sin abrir espacios que no pudiera controlar.

Durante horas, fui simplemente Julia Casas, administrativa en Hacienda, madre responsable, adulta funcional. Una mujer que sabe lo que hace, que resuelve problemas concretos y que no necesita preguntarse nada más allá de lo inmediato.

Y eso, durante un rato, fue suficiente.

El problema de no abrir espacios es que, a veces, no solo evitas que entre algo nuevo, sino que también impides que salga lo que ya está dentro.

El martes, a media mañana, me descubrí pensando en algo completamente irrelevante. No fue una imagen, ni un recuerdo claro, ni siquiera una conversación entera. Fue una frase.

Una frase que Ángel había escrito el segundo día.

No tenía importancia.

No era especialmente ingeniosa.

No cambiaba nada.

No explicaba nada.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Se había quedado.

Me quedé unos segundos quieta, con el bolígrafo en la mano y un expediente abierto delante, sintiendo una incomodidad leve pero persistente.

Porque en ese momento entendí algo que no me gustó demasiado.

No echaba de menos a Ángel.

Echaba de menos cómo me había sentido hablando con él.

Y eso era bastante peor.

Porque significaba que el problema no era la persona.

Era el vacío.

Ese pequeño hueco que se había abierto durante dos días —sin grandes expectativas, sin grandes promesas— y que ahora, de repente, volvía a estar cerrado.

Y los huecos, cuando se abren, aunque sea un poco, luego se notan.

El resto del día transcurrió con normalidad, pero esa sensación se quedó conmigo, como una música de fondo que no termina de desaparecer aunque intentes concentrarte en otra cosa.

El miércoles por la noche fue cuando lo entendí del todo.

No había hecho nada especial ese día. Había trabajado, había comprado pan, había discutido con Noah sobre si estudiar filosofía a última hora de la noche era realmente una estrategia eficaz o una excusa bien formulada, había recogido la cocina y, finalmente, había terminado sentada en el sofá, con una serie puesta que no estaba viendo.

El móvil permanecía boca abajo sobre la mesa del salón.

Llevaba allí bastante rato y, aunque había conseguido resistir el impulso de comprobar la pantalla cada pocos minutos, seguía siendo consciente de su presencia con una intensidad ligeramente irritante.

No porque estuviera esperando un mensaje concreto, sino porque algo había cambiado en la forma en que habitaba mis propios silencios.

Me acomodé en el sofá y recogí las piernas bajo la manta mientras la televisión seguía encendida delante de mí, reproduciendo un programa del que no habría sido capaz de recordar ni una sola escena cinco minutos después.

Apoyé la cabeza en el respaldo y dejé escapar un suspiro lento.

Entonces comprendí que lo que sentía no era exactamente deseo, sino ausencia, y aquella diferencia resultaba importante porque el deseo tenía algo activo, incluso ilusionante; era la expectativa de algo que todavía no existía.

La ausencia, en cambio, aparecía cuando te dabas cuenta de que echabas de menos algo que ya había empezado a formar parte de tu vida sin que le hubieras dado permiso para instalarse en ella.

—No era por él —murmuré en voz baja.

Y aquella frase, aunque no solucionó nada, colocó algunas piezas en su sitio.

No era por él.

No realmente.

Era por lo que había representado.

Por ese espacio ligero en mitad de unos días llenos de responsabilidades.

Ese pequeño rincón donde nadie necesitaba nada de mí.

Donde no era la madre que tenía que recordar que quedaba poca leche en la nevera o discutir sobre si un plato abandonado junto al fregadero podía considerarse, técnicamente, haber recogido.

Donde tampoco era la mujer que organizaba, sostenía, resolvía y anticipaba problemas antes incluso de que existieran.

Durante aquellos días simplemente había sido Julia.

Una mujer que hablaba de películas, del cansancio acumulado y de las pequeñas cosas que ocurrían entre semana.

Una mujer que recibía un buenos días sin que detrás hubiera una petición logística o un recordatorio de que había que comprar detergente.

Una mujer que podía contar cómo le había ido el día sin que la conversación terminara inevitablemente hablando de horarios, listas de la compra o tareas pendientes.

Y aquello había sido agradable.

Más agradable de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Porque, a cierta edad, una acababa acostumbrándose tanto a ser útil que olvidaba lo bien que sentaba ser importante por motivos completamente inútiles.

Que alguien pensara en ti simplemente porque sí.

Porque quería saber cómo habías dormido o qué tal había ido tu mañana.

Sin urgencias. Sin responsabilidades. Sin dobles intenciones más allá del deseo sincero de mantener una conversación.

Apoyé la mirada en el móvil y me pregunté si lo que realmente me entristecía era haber perdido a Ángel o haber recuperado una parte de mí misma que llevaba demasiado tiempo dormida.

La parte curiosa. La parte coqueta. La que todavía era capaz de ilusionarse un poco cuando sonaba una notificación y sorprendía sonriendo delante de una pantalla.

Y descubrir que aquella mujer seguía ahí había sido maravilloso.

Pero también peligroso.

Porque, una vez recuerdas cómo se siente ocupar un espacio distinto al de las obligaciones, resulta difícil resignarse a volver únicamente al papel de quien sostiene todo lo demás.

Me arrebujé un poco más bajo la manta y observé el reflejo de la televisión sobre la ventana del salón. Noah había salido con unos amigos y la casa estaba en silencio.

No era por él.

Era por lo que había despertado.

Porque durante demasiado tiempo había sido madre, trabajadora y responsable oficial del funcionamiento básico del universo doméstico. Había recordado citas, organizado horarios y sostenido tantas cosas que, en algún momento, había dejado de preguntarme qué quería yo.

Y quizá aquello era precisamente lo que más miedo me daba.

La posibilidad de haber recordado que todavía quería algo más.

No una gran historia de amor capaz de poner mi vida patas arriba. No mariposas permanentes ni declaraciones bajo la lluvia. Algo mucho más sencillo.

Alguien con quien compartir las cosas pequeñas.

Los mensajes absurdos sobre el tráfico. Las recomendaciones de series. Las quejas sobre el precio del aceite de oliva. Los buenos días enviados sin otro propósito que arrancar una sonrisa al otro lado de la pantalla.

Porque tal vez el amor adulto no consistiera en fuegos artificiales, sino en encontrar a alguien cuya presencia hiciera la vida un poco más llevadera.

Aunque todavía no supiera si quería volver a intentarlo.

Aunque siguiera sin tener claro qué estaba buscando exactamente.

Aunque una parte de mí siguiera convencida de que el camino más seguro era quedarme sola en aquel sofá, protegida por la rutina y una manta suave.

Porque la seguridad tenía algo profundamente seductor.

Pero también una capacidad extraordinaria para parecerse demasiado a la resignación.

Y yo ya no sabía si estaba cansada de buscar o si, en realidad, estaba cansada de fingir que no echaba de menos que alguien me eligiera sin necesitar nada a cambio.

Miré el móvil sin llegar a cogerlo. Permaneció unos segundos sobre la mesa mientras yo fingía interesarme por la trama completamente absurda de la serie que tenía puesta de fondo.

Finalmente, lo tomé entre las manos, pero no abrí Tinder directamente.

Antes pasé por otros sitios, como si necesitara justificar el gesto o como si todavía no quisiera admitir del todo lo que estaba haciendo.

Abrí WhatsApp.

No había nada relevante.