Capítulo 10 #3
Virginia sonrió.
—Buena decisión.
Yo me quedé quieta.
Observando.
El que hablaba era del tipo de persona que no parece pedir permiso para estar donde está. Seguro, divertido, con esa energía que llena el espacio sin resultar agresiva.
El otro, en cambio, estaba un poco más atrás.
Más callado.
Más… contenido.
Y, por alguna razón, fue a ese al que miré.
No era espectacular.
No tenía la presencia inmediata del otro.
Pero tenía algo.
Una forma de estar.
De observar.
De no interrumpir.
Y, de pronto, me vi reflejada.
Virginia se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Y cuál era la duda?
—Si ibais a ser tan interesantes de cerca como desde lejos.
—Y ahora que estamos de cerca, ¿qué opinais?
—Que teníamos razón.
Virginia soltó una carcajada.
—Me caes bien.
—Es mutuo.
Yo seguía en silencio.
El otro hombre me miró un segundo, como si no quisiera interrumpir, pero tampoco desaparecer.
—Hola —dijo finalmente.
—Hola —respondí.
Sonrió.
No dijo nada más.
Y, por primera vez en toda la noche, sentí algo distinto.
No expectativa.
No análisis.
Solo una pequeña curiosidad tranquila.
Virginia seguía hablando con el otro, con esa facilidad suya para entrar en conversaciones como si llevara años en ellas.
—Nos íbamos —dije, casi como una excusa.
El hombre que hablaba con Virginia negó con la cabeza.
—Eso no puede ser. Acabamos de llegar.
Virginia me miró.
—Una más.
—Vir…
—Una más.
Miré al otro hombre.
Seguía ahí.
Tranquilo.
Sin presión.
Sin urgencia.
—Una más y ya—repetí.
Y, sin saber muy bien por qué, me senté otra vez.
Porque, después de todo, quizá no se trataba de decidir nada.
Ni de renunciar.
Ni de entender.
Quizá se trataba, simplemente, de estar.
Y ver qué pasaba.
—Una más y ya —repetí.
Y, sin saber muy bien por qué, me senté otra vez.
Porque, después de todo, quizá no se trataba de decidir nada.
Ni de renunciar.
Ni de entender.
Quizá se trataba, simplemente, de estar.
Y ver qué pasaba.
Virginia siguió hablando con el amigo como si llevaran media vida coincidiendo en barbacoas familiares.
Yo, en cambio, me quedé sentada con la copa entre las manos, consciente de la presencia del otro hombre a mi lado y de esa incomodidad silenciosa que aparece cuando dos personas tímidas intentan averiguar quién va a dar el primer paso.
Él carraspeó ligeramente.
—Yo... soy Jahel —dijo al final, mirándome durante apenas un segundo antes de bajar la vista hacia su vaso.
—Julia.
—Encantado.
—Igualmente.
Y entonces llegó el silencio.
Uno breve.
Uno normal.
Pero lo suficientemente largo como para que mi cerebro empezara a buscar desesperadamente temas de conversación.
¿Le pregunto qué hace? ¿Qué música escucha? ¿Si también ha venido aquí por decisión propia o lo han secuestrado?
—Bueno... —dijo él al mismo tiempo que yo decía:
—Entonces...
Nos miramos.
Nos callamos.
Y nos echamos a reír.
La tensión disminuyó un poco.
—Lo siento —dijo Jahel, frotándose la nuca—. No se me da especialmente bien esto.
—¿Hablar?
—Hablar con desconocidas interesantes en un pub.
Noté cómo el calor me subía a las mejillas.
—Ah.
Él sonrió con cierta timidez.
—La verdad es que estoy aquí un poco por obligación.
—¿Cómo?
Señaló discretamente a su amigo con un movimiento de cabeza.
—Rubén lleva meses diciéndome que tengo que salir más, conocer gente y dejar de comportarme como un jubilado de sesenta años que solo sale para ir al supermercado.
No pude evitar sonreír.
—Entonces estamos en la misma situación.
—¿También te han traído arrastrando?
Miré hacia Virginia, que estaba riéndose de algo mientras gesticulaba con las manos.
—Digamos que mi amiga considera que soy incapaz de tomar decisiones sensatas en lo referente a mi vida sentimental.
Jahel dejó escapar una pequeña carcajada.
—Mi amigo opina exactamente lo mismo sobre mí.
Por primera vez desde que se había sentado, pareció relajarse un poco.
Y yo también.
—¿Cuánto tiempo llevas separado? —pregunté antes de poder pensarlo demasiado.
Él bajó la vista hacia la copa.
—Dos años y medio.
Asentí despacio.
—Yo dos.
Levantó la mirada.
—Entonces entiendes esa sensación rara de no saber muy bien cuándo has vuelto oficialmente al mercado.
Solté una risa breve.
—Sigo sin entender cómo hemos llegado al punto de describirlo así.
—Es terrible.
—Muchísimo.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos.
Pero esta vez no resultó incómodo.
—A veces pienso que debería haberme quedado con la última versión que entendía algo de las relaciones —admití—. Antes de las aplicaciones, los "ghostings" y la necesidad de interpretar el tiempo de respuesta de un mensaje como si fuera un código secreto.
Jahel sonrió.
—Yo todavía estoy intentando entender cuándo se supone que es aceptable usar emoticonos.
—Nunca la berenjena.
La risa le pilló desprevenido.
—Eso lo tengo claro.
—Y el muñeco guiñando un ojo tampoco inspira demasiada confianza.
—Lo anotaré mentalmente.
La conversación empezó a fluir poco a poco.
Con pausas.
Con silencios.
Pero sin esfuerzo.
Como si ambos estuviéramos demasiado cansados para fingir ser versiones más interesantes de nosotros mismos.
Y había algo extrañamente agradable en eso.
No sentía mariposas.
No tenía la necesidad de impresionarle.
No estaba analizando cada una de sus respuestas buscando señales ocultas.
Simplemente estaba hablando con alguien que parecía tan perdido como yo.
Y, de alguna manera, aquello resultaba reconfortante.
—¿Tienes hijos? —preguntó.
Sonreí automáticamente.
—Uno. Noah. Diecisiete años.
Jahel hizo una mueca.
—Yo no tengo hijos, pero tengo una sobrina adolescente.
—¿Y sobrevives?
—Con secuelas psicológicas.
Solté una carcajada.
—Entonces ya tienes experiencia.
Le observé unos segundos.
Tenía una sonrisa tranquila.
Nada espectacular.
Nada llamativo.
Pero transmitía calma.
Y después de los últimos años, empezaba a sospechar que la calma estaba peligrosamente infravalorada.
En ese momento, Virginia apareció a mi lado.
—Bueno —dijo mirándonos alternativamente—. ¿Qué hacemos?
Parpadeé.
—¿Cómo que qué hacemos?
— ¿Nos vamos o te apetece quedarte un rato más?
—Nos vamos.
Virginia me observó con atención.
—¿Segura?
Asentí.
Y era verdad.
Porque estaba a gusto.
Precisamente por eso.
No quería convertir aquella conversación agradable en una obligación.
No quería analizar si aquello significaba algo.
No quería volver a casa preguntándome cuándo escribir o cuánto esperar antes de contestar.
Quería quedarme con lo que había sido.
Un rato agradable.
Una conversación sincera entre dos personas que todavía estaban aprendiendo a reconstruirse.
Jahel se puso en pie.
—Ha sido un placer conocerte, Julia.
—Igualmente.
Nos quedamos mirándonos un segundo más de lo necesario.
—Espero que tu amiga siga obligándote a salir de vez en cuando —dijo finalmente.
Sonreí.
—Y yo espero que tu amigo siga insistiendo.
Salimos del pub poco después.
Virginia me enganchó del brazo mientras caminábamos hacia el coche.
—Te gustaba.
—No.
—Julia.
—No lo sé.
Virginia sonrió.
—Eso significa que sí.
Miré hacia atrás una última vez.
Jahel seguía dentro, hablando con su amigo.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de decidir nada.
Ni de poner etiquetas.
Ni de imaginar finales.
A veces, pensé mientras seguía caminando junto a Virginia, conocer a alguien no tenía que cambiarte la vida.
A veces bastaba con recordarte que todavía eras capaz de sentir curiosidad por la historia de otra persona.
Y, después de todo lo vivido, quizá eso ya era suficiente.