Capítulo 10 #2
Ella dio una última calada antes de apagar el cigarrillo.
—Aun así, creo que necesitas salir de casa.
—No quiero.
—Precisamente por eso.
La señalé con el dedo.
—No pienso descargarme otra aplicación.
Virginia puso cara de ofensa.
—Julia, por favor. ¿Qué clase de persona crees que soy?
La miré durante unos segundos.
Virginia hizo un gesto vago con la mano.
—Los detalles no son importantes.
Se incorporó y entró otra vez en el salón.
La seguí con la sensación creciente de que acababa de perder el control sobre mi propio fin de semana.
—¿Qué estás tramando? —pregunté mientras ella rebuscaba algo en el bolso.
—Nada importante.
La observé con desconfianza.
—Esa frase nunca ha precedido a una decisión sensata.
Virginia sacó el móvil y lo desbloqueó con la tranquilidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
—Solo te diré una cosa.
—¿Cuál?
Levantó la vista hacia mí.
—Ponte algo bonito para esta noche.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Virginia sonrió despacio.
—Porque nunca sabes cuándo puede aparecer una buena historia.
Me quedé mirándola.
—No me gusta nada el tono en el que has dicho eso.
—Y, sin embargo, aquí estamos.
—Virginia...
—Julia...
Suspiré.
—Dime que no me has apuntado a nada raro.
Virginia inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué consideras raro?
—¿Cita a ciegas con algún compañero tuyo de trabajo?
—No.
—¿Cantar en un karaoke?
—Tampoco.
—¿Bailar bachata?
Virginia guardó silencio.
Abrí mucho los ojos.
—Virginia.
—No es bachata.
—¡Virginia!
Ella sonrió.
—Relájate. Solo vamos a cenar por ahí y tomar algo en algún local. ¿No infringimos ninguna ley con eso no?
La miré durante varios segundos antes de rendirme.
Porque llevaba demasiados años siendo amiga de Virginia para no saber que, cuando adoptaba aquel tono despreocupado y esa expresión inocente, ya había tomado una decisión por las dos.
Y porque, siendo completamente sincera conmigo misma, quizá tenía razón.
Tal vez lo que necesitaba no era quedarme en casa intentando descifrar los silencios de un hombre al que apenas conocía.
Tal vez necesitaba ponerme colorete, salir al mundo y recordar que seguía siendo capaz de vivir cosas nuevas.
Como Virginia venía directamente desde casa de su madre, quedamos en el sitio de siempre, uno de esos restaurantes de barrio donde la comida no pretende impresionar, pero siempre cumple, y donde el camarero te llama “cariño” con una familiaridad que, en otro contexto, sería cuestionable pero allí resultaba casi reconfortante.
Virginia ya estaba sentada cuando llegué, con una copa de vino delante y esa expresión de quien ha decidido que la noche va a ser interesante aunque tenga que fabricarla ella misma.
—Mira quién ha salido de su cueva —dijo.
—No vivo en una cueva.
—Emocionalmente, a veces sí.
Me senté.
—Hoy no vengo a que me analices.
—Hoy vienes a que te recuerde quién eres.
—Eso suena peor.
Virginia levantó la copa.
—Brindemos por tu breve incursión en el mundo de las citas digitales.
—No —dije—. Brindemos por mi retirada definitiva.
Virginia arqueó una ceja.
—¿Definitiva?
—Definitiva.
—Qué poco duras.
—No es cuestión de durar. Es cuestión de… sentido común.
—Explícame eso.
Bebí un sorbo de vino antes de contestar.
—Prefiero estar sola a esto. A que alguien aparezca, te haga sentir bien un par de días y luego desaparezca como si nada. Es absurdo.
Virginia me observó con atención.
—¿Estás enfadada?
—No.
—¿Molesta?
—Un poco.
—¿Dolida?
—No.
Virginia sonrió.
—Estás dolida.
—No estoy dolida.
—Estás dolida en versión funcional.
Suspiré.
—Estoy cansada.
—Eso sí te lo compro.
Se inclinó hacia delante.
—Pero no te engañes. No estás renunciando porque no te interese. Estás renunciando porque te ha afectado más de lo que quieres admitir.
No respondí inmediatamente.
Porque, aunque no quería darle la razón, sabía que la tenía.
—Da igual —dije al final—. Paso.
Virginia se recostó.
—Vale. Pasas.
Hizo una pausa.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta siempre.
Virginia soltó una carcajada.
—Eso te dura hasta el martes.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Pedimos comida, hablamos de otras cosas, de trabajo, de Noah, de una vecina que había decidido cambiar el color de las cortinas y convertir el edificio en un experimento visual discutible.
La conversación fluyó, como siempre con Virginia, con esa mezcla de humor, sinceridad y comentarios ligeramente inapropiados que hacen que todo resulte más ligero.
Y poco a poco, sin darme cuenta, el peso de los días anteriores empezó a aflojar.
Porque la vida, cuando la miras de cerca, tiene esa capacidad de recolocarse si le das un poco de espacio.
Sin embargo, en algún momento de la conversación, mientras Virginia me enseñaba el perfil de un hombre que había decidido que una foto sujetando una motosierra era una presentación razonable, volví a pensar en lo absurdo de todo aquello.
En que estábamos intentando encontrar pareja deslizando el dedo hacia la derecha o hacia la izquierda basándonos, muchas veces, en una única fotografía.
Una foto.
Un instante congelado.
Una versión cuidadosamente seleccionada —o terriblemente seleccionada— de alguien.
Y aquello me daba rabia.
Porque estaba bastante segura de que habría descartado a hombres maravillosos simplemente porque no eran especialmente fotogénicos, porque alguien les había hecho una foto desde un ángulo criminal o porque habían cometido el error de posar bajo la luz blanca del baño, esa iluminación capaz de convertir a cualquier ser humano en un sospechoso habitual de una serie policiaca.
También estaba convencida de que había dado una oportunidad mental a hombres que, en persona, probablemente habrían agotado mi paciencia antes de terminar el primer café.
La belleza tenía algo profundamente injusto.
Y las aplicaciones parecían haber reducido aún más esa injusticia a una decisión tomada en menos de tres segundos.
Derecha.
Izquierda.
Sí.
No.
Como si pudiéramos resumir la complejidad de una persona en la calidad de una cámara frontal.
Pensé en todas las veces que yo misma había salido fatal en fotografías. Con los ojos cerrados, haciendo un gesto extraño o pareciendo mucho más cansada de lo que realmente estaba.
Pensé también en la cantidad de personas divertidas, amables o interesantes que jamás llegarían a conocerse porque ninguno había conseguido proyectar adecuadamente su esencia en una imagen cuadrada de siete centímetros.
Y aquello me entristeció un poco.
Porque la vida real nunca había funcionado así.
En la vida real te enamorabas de una risa inesperada, de la forma en que alguien trataba a un camarero o de la pasión con la que hablaba de algo aparentemente insignificante. Te gustaba la voz, el sentido del humor, la manera de mirarte cuando pensaba que no te dabas cuenta.
Nadie se enamoraba del carné de identidad de otra persona.
Y, sin embargo, allí estábamos todos, comportándonos como directores de casting agotados, tomando decisiones sobre desconocidos en función de una foto tomada, probablemente, después de veinte intentos y dos filtros.
Di un sorbo al vino.
—Esto es un poco terrible, ¿no? —murmuré.
Virginia levantó la vista del móvil.
—¿El qué?
—Que todo dependa de una fotografía.
Ella lo pensó unos segundos.
—Sí. Pero también te digo una cosa.
—¿Cuál?
—Si un hombre decide que su mejor foto es una de espaldas, en calzoncillos, flexionando los músculos frente al espejo y sin mostrar ni siquiera la cara, igual te está haciendo un favor.
No pude evitar reírme.
—A lo mejor era tímido.
Virginia me miró con compasión.
—Julia, si alguien es capaz de enseñar el noventa por ciento de su anatomía pero mantiene el misterio sobre su nariz, la timidez no es el problema.
Volví a reírme.
Y quizá tenía razón.
Porque, a pesar de todo, las personas siempre acababan encontrando maneras de mostrarse tal y como eran.
Incluso cuando lo hacían enseñando los dorsales como si estuvieran optando a un puesto de vigilante en una discoteca de Ibiza.
Después de cenar, Virginia apoyó los codos en la mesa.
—¿Nos vamos a tomar algo?
—Yo me iría a casa.
—Claro que te irías a casa.
—Estoy bien en casa.
—Eso es exactamente el problema.
La miré.
—No tengo ganas de ligar.
—No vamos a ligar. Vamos a beber.
—Y luego se lía.
—Pues que se líe.
Suspiré.
—Solo una copa —advertí.
—Dos.
—Una.
—Una y media.
—Virginia.
—Vale, una.
Sonreí.
—Vale.
El local estaba a dos calles, uno de esos sitios con luz baja, música lo suficientemente alta como para crear ambiente pero no tanto como para impedir una conversación, y gente que parecía haber salido con la misma idea: desconectar un rato sin grandes expectativas.
Nos sentamos en la barra.
Pedimos dos copas.
Virginia, como siempre, se integró en el entorno en cuestión de segundos. Saludó al camarero como si lo conociera de toda la vida, hizo un comentario sobre la música, observó a la gente con esa curiosidad suya que no es invasiva pero sí constante.
Yo, en cambio, me limité a beber despacio y a dejar que la noche hiciera su trabajo.
Y lo hizo.
No de forma espectacular.
Pero sí suficiente.
Nos reímos.
Comentamos a la gente.
Inventamos historias absurdas sobre parejas que no conocíamos.
Y, durante un rato, me olvidé completamente de aplicaciones, de conversaciones desaparecidas y de expectativas ridículas.
Hasta que, justo cuando estábamos terminando la segunda copa y empezábamos a plantearnos irnos, pasó.
—¿Nos vamos? —dije, mirando la hora.
—Siempre dices eso cuando la noche empieza a ponerse interesante.
—No se está poniendo interesante.
—Dale dos minutos.
Y entonces, como si la vida tuviera un sentido del timing bastante cuestionable pero eficaz, dos hombres se acercaron.
No de forma invasiva.
No con esa seguridad impostada que suele dar ganas de salir corriendo.
Se acercaron con una naturalidad casi sorprendente.
—Perdonad —dijo uno de ellos, mirando directamente a Virginia—, pero llevamos un rato debatiendo si venir o no, y hemos decidido que era peor quedarnos con la duda.