Capítulo 10
Mejor sola (y otras decisiones que duran lo que dura una copa)
El sábado llegó con esa calma engañosa que tienen los fines de semana cuando una no tiene planes especialmente emocionantes, pero tampoco quiere admitir que le vendría bien tenerlos.
Me desperté más tarde de lo habitual, sin alarma, con la luz entrando por la ventana de una manera bastante más amable que la de los fluorescentes de Hacienda. Durante unos segundos permanecí en la cama sin hacer nada, sin pensar en el móvil, sin repasar conversaciones, sin reconstruir nada.
Eso ya era un pequeño avance.
No miré la aplicación.
No entré en el chat.
No porque hubiera dejado de importarme, sino porque había tomado una decisión, una de esas decisiones que nacen más del cansancio que de la convicción, pero que en el momento parecen bastante firmes.
—Paso —dije en voz alta, mientras me incorporaba—. Paso completamente.
Lo dije con una seguridad que, en ese instante, me pareció razonable.
Las aplicaciones de citas eran un terreno extraño, inestable, lleno de pequeñas ilusiones que podían desaparecer sin previo aviso. Y yo, que ya tenía suficiente con mantener en pie mi vida cotidiana, no estaba segura de tener energía para gestionar ese tipo de incertidumbre.
—Mejor sola —añadí, mientras caminaba hacia la cocina.
Y también eso tenía sentido.
Había estado sola dos años.
No me había muerto.
No me había vuelto loca.
Había aprendido a organizarme, a no depender de nadie, a tomar decisiones sin consultar, a dormir en la cama entera sin negociar mantas ni posiciones incómodas.
La soledad, bien llevada, no era un problema.
El problema, quizá, era lo que se movía cuando dejaba de ser elegida y pasaba a ser simplemente lo que había.
Preparé café, abrí la ventana y dejé que el aire frío entrara en la cocina. El barrio estaba tranquilo, con ese ritmo de sábado en el que la gente se mueve más despacio, como si hubiera decidido darse una tregua.
Apoyé la taza en la encimera y miré el móvil.
No lo abrí.
No hacía falta.
—Ya está —murmuré—. Tema cerrado.
Y lo creí.
Al menos durante la mañana.
A la mañana siguiente subí a casa de Virginia. Era sábado, así que ninguna de las dos tenía la excusa del trabajo para fingir que tenía cosas más importantes que hacer que analizar mi vida sentimental delante de una taza de café.
Virginia abrió la puerta todavía en pijama.
Llevaba un conjunto de algodón color burdeos con pequeñas estrellas blancas que, incluso arrugado, parecía más elegante que la mitad de mi armario. El pelo lo tenía recogido en un moño alto sujeto con un lápiz, y las gafas de pasta descansaban sobre su nariz con naturalidad
Me observó durante unos segundos.
—Buenos días —dijo apartándose para dejarme pasar—. ¿Has venido a tomar café o tienes una crisis existencial?
Entré en la cocina.
Olía a café recién hecho y a tostadas. La radio sonaba de fondo, lo suficientemente baja como para ignorarla.
—No sé —admití—. Igual un poco de las dos cosas.
Virginia cerró la puerta detrás de mí.
—Julia, son las diez de la mañana de un sábado. Si has subido a mi casa antes de las once, estamos oficialmente en una emergencia emocional.
Me senté en uno de los taburetes de la cocina mientras ella servía café en dos tazas desparejadas.
—No me encuentro bien.
Virginia dejó una taza delante de mí.
—¿Físicamente o en plan "llevo dos días dándole vueltas a algo y me estoy montando una película"?
—Lo segundo.
Se sentó frente a mí.
—Vale. Cuéntamelo.
Y lo hice.
Le hablé de Ángel.
De lo fácil que había sido hablar con él.
De aquellos mensajes que habían empezado a formar parte de mi rutina sin que me hubiera dado cuenta.
De cómo había empezado a esperar sus buenos días.
De cómo, precisamente por eso, me había dolido tanto que dejaran de llegar.
Le conté que había revisado la conversación una y otra vez buscando algo que justificara el cambio.
Una frase desafortunada.
Una respuesta fría.
Una señal.
Algo.
Y que no había encontrado nada.
Virginia me escuchó sin interrumpirme mientras removía el café.
—Y me siento mal —reconocí finalmente, mirando el borde de la taza—. Y me da rabia sentirme mal porque apenas le conocía.
Virginia dejó la cucharilla sobre el plato.
—Julia, te sientes mal porque algo que te hacía ilusión ha desaparecido sin explicación. Eso le pasa a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.
—Pero es absurdo.
—No lo es.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—No estás llorando por el amor de tu vida. Estás triste porque habías encontrado un espacio donde te sentías cómoda y, de repente, ha dejado de existir. Y además no entiendes por qué.
Noté un nudo en la garganta.
—Es que no sé qué ha pasado. Si hubiera dicho algo raro... si hubiéramos discutido... si hubiera habido una razón...
Virginia negó con la cabeza.
—A veces no hay razones que podamos entender.
—Eso no ayuda.
—Ya, pero es verdad.
Se quedó pensativa unos segundos antes de continuar.
—Hay personas que se asustan cuando alguien les gusta de verdad. Personas que no saben gestionar la cercanía. Personas que tienen otras historias abiertas. Personas que desaparecen porque sí.
—Qué maravilla el género humano.
Virginia sonrió.
—Lo que quiero decir es que el hecho de que tú no entiendas lo que ha pasado no significa que hayas hecho algo mal.
Bajé la mirada.
—Me siento ridícula.
—¿Por qué?
—Porque apenas le conocía.
Virginia resopló.
—Julia, deja de repetirte eso. No funciona así. La decepción no se mide en semanas. Se mide en expectativas. Y tú habías empezado a ilusionarte un poco.
Guardé silencio.
—Además —añadió—, tampoco sabemos si realmente te has quedado sin nada.
—¿Cómo?
—Igual simplemente está ocupado.
—O igual no. Ha cerrado su perfil de la aplicación.
Virginia se encogió de hombros.
—Y si no, mejor enterarte ahora que dentro de seis meses.
—Qué optimista eres.
—No he terminado.
Se levantó para rellenar nuestras tazas.
—Igual ha sido mejor así.
La miré con escepticismo.
—No me hagas el discurso del universo alineando energías porque hoy no estoy receptiva.
—No es eso. Escúchame. A lo mejor en persona era rarísimo.
—Gracias. Muy tranquilizador.
Virginia regresó a la mesa.
—Una vez quedé con un hombre de una aplicación que parecía absolutamente normal.
—Eso ya empieza mal.
—Dos citas. Dos. Y después me escribió para preguntarme si podía castigarle.
Parpadeé.
—¿Cómo?
Virginia levantó una mano.
—Literalmente me dijo: "Dime que hasta las siete de la tarde no te puedo escribir y, si lo hago, me castigas".
La miré fijamente.
—No.
—Sí.
Intenté contener la risa.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que lo único que podía prohibirle era volver a escribirme.
Solté una carcajada.
—Eso no puede ser real.
Virginia levantó un dedo.
—Espera.
Mala señal.
—También me ofreció ir a mi casa a pintarme el salón.
—Bueno, eso es útil.
—Y lavarme los pies en un barreño si yo se lo pedía.
El silencio se instaló entre nosotras.
—¿Un barreño? —pregunté finalmente.
—Un barreño.
—¿De los de fregar?
—No quise profundizar en la logística.
Apoyé la frente sobre la mesa.
—No sé si quiero seguir conociendo hombres.
Virginia me acarició brevemente el brazo.
—No todos son así.
—¿Segura?
—Segura. Pero necesitamos esperanza para continuar.
Y, a pesar del nudo que seguía teniendo dentro, me reí.
Porque eso era lo que Virginia hacía mejor que nadie.
No arreglaba las cosas.
No hacía desaparecer el dolor.
Pero conseguía que, durante un rato, el peso de todo pareciera un poco más fácil de llevar.
Virginia me observó unos segundos antes de sonreír con expresión traviesa.
—Ahora bien —dijo—, ya que hemos establecido que el amor es un terreno hostil...
—Virginia...
—Tengo una idea.
Y por el brillo que apareció en sus ojos, supe que mi sábado acababa de complicarse.
Y, por el brillo que apareció en sus ojos, supe que mi sábado acababa de complicarse.
Virginia se levantó de la silla con la taza de café en la mano y desapareció unos segundos por el pasillo.
—¿Dónde vas? —pregunté.
—A fumar —respondió desde el salón—. Las grandes ideas necesitan nicotina.
La seguí hasta la terraza.
Era pequeña, pero acogedora. Había dos sillones de exterior con cojines estampados, varias macetas con plantas que Virginia mantenía milagrosamente con vida y una pequeña mesa metálica donde descansaba un cenicero con la discreción propia de alguien que había prometido dejar de fumar aproximadamente unas cuarenta veces.
El aire de la mañana era fresco y todavía tenía esa tranquilidad que solo existe los sábados antes de que el resto del mundo decida salir a comprar pan o invadir los centros comerciales.
Virginia encendió el cigarrillo y apoyó los codos en la barandilla.
—En cualquier caso —dije, cruzándome de brazos—, creo que voy a darme un descanso.
Virginia expulsó el humo lentamente antes de girarse hacia mí.
—No.
Parpadeé.
—¿No qué?
—No vas a quedarte en casa viendo documentales sobre asesinos en serie y diciendo que estás perfectamente.
—No veo tantos documentales sobre asesinos.
Virginia me dedicó una mirada cargada de escepticismo.
—Julia, eres capaz de detectar comportamientos sospechosos porque llevas años haciendo un máster especializado en psicópatas de Netflix.
No pude evitar sonreír.
Me senté en uno de los sillones y recogí las piernas debajo del cuerpo.
—No sé. Creo que necesito parar un poco.
Virginia se quedó en silencio unos segundos.
—¿Parar o esconderte?
La miré.
—Eso ha sido feo.
—Eso ha sido preciso.
Apoyé la cabeza contra el respaldo.
—Estoy cansada, Virginia. He conocido a un hombre que me gustaba, ha desaparecido sin explicación y ahora mismo la idea de volver a empezar me parece agotadora.
Virginia asintió despacio.
—Eso lo entiendo.
—Y, sinceramente, la alternativa es encontrarme con alguien que quiera que le prohíba escribirme hasta las siete de la tarde.
Virginia soltó una carcajada.
—O que te pida que le laves los pies en un barreño.
—No. Lo del barreño me ha dejado secuelas emocionales.