Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Solté una pequeña risa y me llevé la copa a los labios.

Ella esperó a que bebiera antes de continuar.

—Creo que esto te ha fastidiado más de lo que quieres reconocer.

Negué con la cabeza.

—No tanto.

Virginia me dedicó una mirada que dejaba claro que no se lo creía ni un poco.

—Julia, te conozco desde hace más de veinte años. He visto tus permanentes, tus pantalones de campana y aquella época en la que te parecían buena idea los collares enormes. No me vas a engañar ahora.

—Aquellos collares estaban de moda.

—Aquellos collares eran un delito.

Sonreí.

Virginia aprovechó.

—Nando te gustaba.

—No lo conocía lo suficiente para que me gustara.

—Ya sabes a qué me refiero.

Me quedé callada unos segundos.

Porque sabía exactamente a qué se refería.

—Me llamaba la atención —admití al final.

—Eso está mejor.

—Y tenía curiosidad.

—Mucha curiosidad.

Puse los ojos en blanco.

—Vale. Sí. Me apetecía conocerle.

Aquello sonó más honesto incluso para mí.

Virginia asintió despacio.

—Eso es lo que te ha dado rabia.

Bajé la vista hacia el vino.

Y era verdad.

Porque no estaba llorando una historia de amor.

Ni una relación.

Ni siquiera una cita.

Lo que me daba rabia era no haber llegado a descubrir qué habría pasado.

La posibilidad.

La expectativa.

La curiosidad.

Todo aquello que se había quedado a medio camino.

—Es que siempre parece igual —admití mientras giraba la copa entre los dedos—. Conoces a alguien. Hablas. Empiezas a pensar que quizá podría haber algo. Y luego desaparece o no encaja o se queda en nada.

Virginia asintió.

—Claro que da rabia.

—Y cansa.

—Muchísimo.

—Y llega un momento en que piensas que igual no merece la pena.

Virginia soltó un resoplido.

—Eso lo pensamos todas cada cierto tiempo.

Levanté la vista.

—¿Sí?

—Por supuesto.

Cogió una patata y señaló hacia mí con ella.

—La diferencia es que luego se nos pasa.

—Qué esperanzador.

—Estoy siendo sincera.

Se incorporó un poco y apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá.

—Mira, cariño. Hay hombres que son unos imbéciles. Hay hombres que tienen la profundidad emocional de una cucharilla de café. Hay hombres que desaparecen sin decir nada. Hay hombres que siguen hablando de su ex cinco años después de separarse y todavía esperan que eso resulte atractivo.

—Eso es verdad.

—Y también hay hombres maravillosos.

Lo dijo sin bromear.

Sin sonreír.

Sin ironía.

Y precisamente por eso sonó más verdadero.

—Hombres buenos. Hombres normales. Hombres que se alegrarían de conocerte. Hombres que darían gracias porque una mujer como tú les contestara un mensaje. Hombres que no jugarían a desaparecer. Hombres que sabrían perfectamente la suerte que tienen delante.

Noté cómo se me escapaba una sonrisa pequeña.

—Ahora estás exagerando.

—Estoy siendo una amiga objetiva.

—Virginia.

—Bueno, una amiga ligeramente subjetiva.

—Mucho mejor.

—Pero sigo teniendo razón.

Me dio un pequeño golpe en la rodilla.

—Y te voy a decir otra cosa.

—Qué miedo.

—Julia, hay hombres que ponen fotos en su perfil de las apliaciones sujetando un taladro como si acabaran de descubrir la electricidad.

No pude evitar reírme.

—Eso también es verdad.

—Y tú sigues creyendo que el problema eres tú.

Y ahí Virginia consiguió exactamente lo que pretendía. Vio que sonreía y, como siempre, interpretó aquella pequeña grieta en mi pesimismo como una invitación formal para complicarme la existencia.

Se acomodó mejor en el sofá, recogiendo las piernas bajo ella mientras volvía a llenar nuestras copas. Había recuperado parte de su energía habitual y eso nunca era una buena noticia para mí.

—Además —dijo con aparente despreocupación mientras dejaba la botella sobre la mesa—, creo que tengo la solución perfecta para tu crisis existencial de esta semana.

La señalé con un dedo.

—Cada vez que empiezas una frase así, alguien acaba arrepintiéndose.

—Y, sin embargo, aquí seguimos.

—Porque no he aprendido nada.

—Exacto.

Sonrió satisfecha y cogió una patata.

Yo ya empezaba a sospechar por dónde iban los tiros.

—Virginia...

—Escucha primero.

—No me gusta cuando me dices eso.

—Porque suele significar que tengo una idea excelente.

—Porque suele significar exactamente lo contrario.

Virginia ignoró el comentario con la elegancia de quien lleva años haciéndolo.

—Siete hombres.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Siete hombres.

—No entiendo nada.

—Siete hombres. Siete minutos cada uno.

La miré fijamente.

Ella me devolvió la mirada con absoluta tranquilidad.

—No.

—Todavía no te he contado el resto.

—No necesito más información.

—La necesitas.

—No.

Virginia soltó una carcajada.

—Julia, parece que te estoy proponiendo participar en Los Juegos del Hambre.

—Porque lo estás haciendo.

—No. Te estoy proponiendo una sesión de speed dating.

Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá y cerré los ojos durante un segundo.

—No.

—Sí.

Abrí los ojos.

Seguía sonriendo.

Y eso era precisamente lo preocupante.

—Escúchame un momento. Vas a una cafetería. Te sientas. Hablas siete minutos con una persona. Suena una campanita. Cambias de mesa. Hablas con otra. Y así sucesivamente.

—Es horrible.

—Es eficiente.

—Es horrible y eficiente.

—Perfecto. Ya estamos avanzando.

Solté una risa resignada.

Virginia aprovechó inmediatamente.

—Piénsalo. En una hora conoces a más hombres que en tres meses deslizando el dedo en Tinder. Además, no tienes que gustarle a nadie.

—¿Perdón?

—Que no tienes que gustarle a nadie.

Su tono se volvió un poco más suave.

—Lo que quiero decir es que no tienes que impresionar a nadie.

No tienes que estar escribiendo durante dos semanas.

No tienes que analizar si ha tardado veinte minutos o dos horas en responderte.

Te sientas, hablas, te tomas algo y, si no te interesa, siete minutos después desaparece de tu vida para siempre.

Aquello me hizo sonreír.

Porque, dicho así, sonaba menos terrible.

Solo un poco menos terrible.

Virginia lo notó inmediatamente.

—Mira esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de alguien que está empezando a considerar la idea.

—No estoy considerando nada.

—Lo estás haciendo.

—No.

—Sí.

Suspiré y me llevé la copa a los labios.

Virginia esperó pacientemente como una depredadora emocional.

—¿Y cuántos has dicho?

Su sonrisa fue inmediata.

Triunfal.

Insufrible.

—Siete.

—¿Siete?

—Siete hombres.

—¿Y siete minutos?

—Siete minutos.

Negué con la cabeza.

—Eso no puede dar para nada.

Virginia se encogió de hombros.

—Da para saber si quieres pasar al minuto ocho.

Aquello, muy a mi pesar, tenía cierta lógica.

Lo peor fue darme cuenta de que ella también lo sabía.

—Te odio.

—Lo sé.

—Muchísimo.

—También lo sé.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

Yo girando la copa entre los dedos.

Ella observándome con una sonrisa que ya celebraba una victoria que todavía no se había producido.

Y entonces comprendí que estaba perdida.

Porque Virginia tenía una cualidad profundamente irritante: cuando estaba convencida de algo, terminaba consiguiéndolo.

Suspiré.

Largo.

Despacio.

Como quien firma una rendición.

—¿Cuándo es?

Virginia dio una palmada tan fuerte que casi derrama el vino.

—¡Sabía que ibas a preguntar eso!

—No he dicho que vaya.

—Claro que vas a ir.

—Virginia...

—Esta noche.

La miré horrorizada.

Ella, en cambio, parecía una mujer que acababa de ganar la lotería.

—Esta noche —repitió levantándose ya del sofá—. Así que termina el vino, vete a cambiarte y ponte algo bonito.

—No pienso arreglarme para entrevistar a siete desconocidos.

Virginia caminó hacia la cocina con la botella en la mano y soltó una carcajada.

—Cariño, no son entrevistas.

Se giró para mirarme.

—Son posibles anécdotas.

Y conociendo a Virginia, aquello era probablemente aún más peligroso.

La sala reservada era más grande de lo que esperaba.

Habían retirado varias mesas para organizarlas en dos filas enfrentadas y sobre cada una habían colocado una pequeña vela, dos sillas y una tarjeta numerada.

Todo resultaba sorprendentemente elegante, casi acogedor, como si alguien hubiera intentado convencer a un grupo de desconocidos de que conocer a siete personas distintas en menos de una hora era una actividad completamente razonable y no una idea nacida después de tres copas de vino y una crisis existencial.

Había bastante gente ya dentro. Algunos hablaban junto a la barra improvisada del fondo mientras otros permanecían sentados revisando el móvil con esa expresión de incomodidad compartida que tienen las personas cuando están a punto de hacer algo que les da vergüenza.

Nadie parecía especialmente relajado y, por extraño que parezca, aquello me tranquilizó un poco.

No mucho, pero sí lo suficiente para recordar que, si la situación terminaba siendo ridícula, al menos el ridículo sería colectivo y no tendría que cargar con él yo sola.

Avancé despacio hacia el interior de la sala mientras intentaba convencerme de que aquello podía salir razonablemente bien y de que, con un poco de suerte, dentro de una hora estaría de vuelta en casa riéndome de mis propios nervios.

Incluso llegué a pensar que quizá Virginia tenía razón y que, en el peor de los casos, acabaría llevándome una anécdota divertida que contar.

Fue entonces cuando el universo decidió que ya había disfrutado de demasiada estabilidad emocional por una noche.

Lo primero que vi fue a Dani, mi exmarido, apoyado junto a una de las mesas con una copa en la mano y una tranquilidad que me pareció ofensiva.

Parpadeé varias veces seguidas y volví a mirar, convencida de que mi cerebro había cometido algún tipo de error de procesamiento, pero Dani seguía allí, tan real como los impuestos y bastante menos agradable.

Llevaba una camisa azul que reconocí inmediatamente porque yo misma se la había regalado años atrás y sonreía mientras hablaba con alguien al otro lado de la sala como si aquello fuera el plan más normal del mundo.

Sentí cómo algo se bloqueaba en mi cabeza. No fue exactamente un pensamiento ni una emoción concreta, sino la sensación física de que todas las neuronas encargadas de gestionar aquella situación acababan de solicitar una baja laboral inmediata.

Mientras intentaba asumir la presencia de mi exmarido en una sesión de speed dating, mis ojos siguieron recorriendo la sala y entonces apareció Jahel.

Estaba sentado al fondo, con una cerveza delante y una expresión que me resultó extrañamente familiar porque reflejaba exactamente el mismo nivel de desconcierto que yo sentía en aquel momento.

Parecía tan fuera de lugar como la noche que lo conocí en el pub y, por alguna razón, aquello consiguió tranquilizarme durante aproximadamente medio segundo.

Porque justo al lado estaba Rubén.

Rubén, el amigo de Jahel. El simpático. El hablador. El hombre que había sido capaz de acercarse a una mesa de desconocidas con una naturalidad que yo jamás tendría aunque viviera tres vidas seguidas.

Noté cómo empezaba a abrir la boca.

La cerré.

Volví a abrirla.

No salió ningún sonido.

Y entonces apareció Ángel.

Durante un instante pensé sinceramente que el vino que Virginia y yo nos habíamos bebido antes de salir estaba empezando a provocarme alucinaciones selectivas.

Era la única explicación razonable. Porque allí, a menos de diez metros de mí, estaba el hombre de los buenos días, de las conversaciones que me habían hecho sonreír durante semanas y de la desaparición que había terminado provocando que me cayera mal media humanidad masculina.

Ángel seguía exactamente igual que la última vez que había visto una de sus fotos. La diferencia era que ahora estaba en tres dimensiones, respiraba, ocupaba espacio físico y parecía completamente ajeno al hecho de que mi presión arterial acababa de alcanzar niveles preocupantes.

Lo observé durante unos segundos.

Luego volví a mirar.

Después miré otra vez.

Seguía allí.

Vivo.

Real.

Insoportablemente real.

Y cuando pensaba que la situación ya había alcanzado su máximo nivel de absurdo, vi a Estrella.

Mi compañera de trabajo.

La mujer que conocía la existencia de Dani, que había escuchado hablar de Ángel más veces de las que seguramente merecía y que incluso sabía quiénes eran Jahel y Rubén gracias a mis resúmenes improvisados durante los descansos para el café.

Estrella estaba hablando con la organizadora del evento mientras sonreía con absoluta normalidad y llevaba colgada una acreditación que dejaba bastante claro que no había aparecido allí por accidente.

A partir de ese momento mis ojos empezaron a saltar de una cara conocida a otra como si estuviera viendo un partido de tenis organizado por algún dios especialmente creativo.

Dani. Ángel. Jahel. Rubén. Estrella. Volví a Dani.

Después a Ángel. Otra vez a Estrella. Luego a Jahel.

Después de nuevo a Dani porque, sinceramente, seguía costándome aceptar que mi exmarido estuviera participando en aquello.

Durante unos segundos llegué a plantearme si alguien había echado algo raro en el vino. No mucho. Solo lo suficiente para provocar visiones muy específicas relacionadas con los hombres que habían pasado por mi vida sentimental durante los últimos años.

Sentí que me faltaban al menos cinco explicaciones, dos ansiolíticos y otra botella completa de vino terapéutico.

Mientras permanecía inmóvil en mitad de la sala, mirando alternativamente a mi exmarido, al hombre que me había hecho ghosting, al chico tímido del pub, al amigo del chico tímido, a mi compañera de trabajo y, probablemente, a todos los responsables directos de mi futura hipertensión, tuve una certeza absoluta: aquello no era una sesión de citas rápidas.

Aquello era una emboscada cuidadosamente organizada por el universo y, sinceramente, empezaba a sospechar que alguien tenía un muñeco vudú con mi nombre escrito en la espalda.

Solo esperaba que quienquiera que lo estuviera utilizando encontrara pronto el amor, la paz interior, una afición absorbente o cualquier otra actividad que le impidiera seguir clavándole alfileres.

Porque una cosa era querer volver a enamorarse.

Y otra muy distinta era que el universo decidiera organizar un crossover de todos mis traumas sentimentales en la misma sala.

Continuará...