Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Virginia olía a perfume limpio, con un toque suave a vainilla y algo cítrico que siempre me recordaba a las personas que tienen tiempo para ponerse crema hidratante antes de salir de casa.

Y era una pena que nadie hable lo suficiente de los abrazos entre amigas.

Porque las comedias románticas nos han engañado haciéndonos creer que el amor de tu vida es la persona que te besa bajo la lluvia, cuando en realidad, muchas veces, quien te salva la semana es la amiga que te abraza en el portal de casa y aparece con vino sin necesidad de que le expliques demasiado.

Los abrazos de una amiga no solucionan los problemas, pero consiguen que parezcan ligeramente menos dramáticos.

Son una especie de ibuprofeno emocional.

No curan la causa, pero alivian bastante los síntomas.

—Ya está —dijo nada más verme.

—¿Ya está qué?

—Tu cara.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Que estás hablando con él.

—Virginia.

—Julia.

Suspiré.

—Sí.

Virginia sonrió con una satisfacción indecente.

—Sube. Necesito detalles.

Virginia abrió la puerta de casa y, como siempre, tuve esa sensación extraña de entrar en un lugar familiar y ajeno a la vez.

Su casa se parecía a ella.

Era acogedora, luminosa y estaba lo suficientemente ordenada como para resultar agradable, pero no tanto como para hacer sentir culpable a las visitas.

Había una manta cuidadosamente doblada sobre el respaldo del sofá, varias plantas que parecían gozar de una salud emocional mucho más estable que la mía y fotografías repartidas por las estanterías que demostraban que, en algún momento, habíamos tenido tiempo para irnos de viaje, salir a cenar y celebrar cumpleaños sin consultar antes la agenda compartida del móvil.

En la cocina sonaba suavemente una lista de reproducción que Virginia utilizaba indistintamente para cocinar, limpiar o reconstruir el sentido de la vida después de una mala semana.

Olía a perfume caro y a ese ambientador de vainilla que llevaba años usando y que yo asociaba automáticamente con conversaciones importantes y segundas copas de vino.

Me quité los zapatos en la entrada sin necesidad de preguntar. Virginia desapareció unos segundos en la cocina y regresó con dos copas y la botella de vino terapéutico, que ya había adquirido categoría de medicamento de uso habitual entre nosotras.

Se sentó en el sofá, recogiendo las piernas debajo de sí con la naturalidad de quien está a punto de escuchar una historia larga y piensa quedarse hasta el final.

Yo ocupé mi sitio habitual, a su lado, y por un momento sentí ese alivio discreto que producen ciertos lugares y ciertas personas.

El alivio de no tener que explicar demasiado.

El de poder estar cansada sin fingir entusiasmo.

El de saber que, si llorabas, te abrazarían y, si no llorabas, te ofrecerían queso y una opinión contundente sobre tus decisiones sentimentales.

Virginia me tendió una copa.

—Bueno —dijo—. Cuéntamelo todo.

Y supe que, independientemente de cómo acabara aquella historia con Ángel o con cualquier otro hombre que apareciera en mi vida, había tenido suerte en lo verdaderamente importante.

Porque las amistades femeninas adultas son un milagro logístico y emocional. Conseguir cuadrar horarios, responsabilidades, hijos, trabajos y niveles variables de agotamiento para seguir sentándote en el sofá de alguien a hablar de la vida debería contar como deporte olímpico.

Cogí la copa.

—No sé por dónde empezar.

Virginia dio un sorbo al vino.

—Empieza por la parte interesante. Si luego hace falta contexto, ya lo reconstruimos entre las dos. A ver.

—No hay mucho que ver.

—Mentira.

—Estamos hablando.

—Eso ya es mucho.

Le enseñé el chat.

Virginia leyó con atención, como si estuviera evaluando una solicitud de crédito emocional.

—Mmm.

—¿Otra vez mmm?

—Mmm bien.

—¿Otra vez bien?

—Sí. Bien. Normal. Agradable. No intenta impresionarte. No es intenso. No es pesado.

—Qué exigente.

—Es lo mínimo.

Levantó la vista.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué haces tú?

—Hablar.

—No. ¿Qué haces emocionalmente?

—Virginia, no puedo analizar cada frase.

—No analices. Siente.

—Eso me parece más peligroso.

Virginia se rió.

—Claro que lo es. Por eso lo evitas.

Me dejé caer en el sofá.

—Me siento… torpe.

—Normal.

—Como si no supiera qué hacer.

—No tienes que hacer nada.

—Algo tendré que hacer.

—No. Solo no estropearlo.

—Eso es mucho pedir.

—No tanto.

Se inclinó hacia mí.

—No intentes gustarle.

La miré.

—¿Cómo?

—No intentes gustarle. Eso es lo que hacías antes. Eso es lo que hacemos todas cuando nos ponemos nerviosas. Ajustarnos. Medirnos. Filtrarnos.

Se recostó.

—Tú solo habla.

Me quedé en silencio.

Porque tenía razón.

Y porque era difícil.

Muy difícil.

Cuando volví a casa Noah estaba en su cuarto, probablemente estudiando o viendo vídeos de gente que explicaba cómo estudiar sin estudiar.

Me senté en el sofá y la frase de Virginia volvió a aparecer en mi cabeza con una claridad ligeramente molesta.

No intentes gustarle. Eso es lo que hacías antes. Eso es lo que hacemos todas cuando nos ponemos nerviosas. Ajustarnos. Medirnos. Filtrarnos.

Y lo peor era que tenía razón.

Porque, en algún momento, muchas habíamos aprendido a convertirnos en una versión más cómoda de nosotras mismas.

Más agradables. Menos intensas. Menos habladoras.

Menos independientes. Menos sinceras. Como si gustarle a alguien dependiera de ocupar menos espacio.

Como si enamorarse consistiera en una entrevista de trabajo donde la estrategia adecuada fuera responder exactamente lo que el otro quería escuchar.

Apoyé la cabeza en el respaldo.

A los cuarenta y cinco años estaba demasiado cansada para fingir que me gustaba el senderismo si prefería quedarme en casa leyendo, o para reírme de chistes que no tenían gracia solo porque quien los contaba era atractivo.

Si a esa altura de la vida todavía tenía que editarme para resultar aceptable, quizá el problema no fuera yo.

Porque intentar gustar podía dar una falsa sensación de control.

Pero ser una misma y esperar que eso sea suficiente... eso sí que daba miedo.

Entonces el móvil vibró.

Mensaje.

Ángel: Hoy he conseguido no quemar nada. Estoy orgulloso.

Julia: Enhorabuena. Es un gran logro.

Ángel: Lo celebraré con algo poco saludable.

Julia: Eso siempre ayuda.

Ángel: ¿Tú qué haces?

Miré alrededor.

Mi salón. Mi manta. Mi vida.

Y escribí:

Julia: Estoy en el sofá, intentando no pensar demasiado.

Ángel: Eso es difícil.

Julia: Mucho.

Hubo una pausa.

Luego:

Ángel: Por cierto.

Sentí una pequeña tensión.

Julia: ¿Sí?

Ángel: Tienes una forma de escribir que hace que todo parezca más fácil.

Me quedé mirando la pantalla.

Y, sin querer, me reí.

Porque no era un piropo exagerado.

No era físico.

No era incómodo.

Era… inesperado.

Y acertado.

Contesté:

Julia: No te creas. En persona me quejo más.

Ángel: Eso también tiene su encanto.

Apoyé el móvil en el pecho.

Miré el techo.

Y pensé, con una mezcla de incredulidad y humor:

—Mira tú.

Dos días.

Dos días hablando con un desconocido.

Dos días riéndome.

Dos días sintiéndome un poco más… presente.

No era amor.

No era nada importante todavía.

Pero tampoco era nada.

Y eso, después de tanto tiempo, ya era muchísimo.

En ese momento, Noah abrió la puerta.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Estás sonriendo al móvil?

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Vete.

—Me voy.

Se apoyó en el marco.

—Pero te aviso.

—¿De qué?

—Que como te ilusiones demasiado, luego te vas a poner intensa.

—No soy intensa.

—Lo eres un poco.

—No lo soy.

—Lo eres.

Suspiré.

—Buenas noches, Noah.

—Buenas noches.

Se fue.

Y yo me quedé en el sofá, con el móvil en la mano y una sensación nueva.

Ligera.

Inquieta.

Un poco absurda.

Pero viva.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no me pareció mala idea dejar que siguiera ahí un rato más.

Capítulo 7

Lo que pasa entre mensaje y mensaje

Hay algo que nadie te explica sobre volver a hablar con alguien que te gusta —o que podría gustarte, que es aún más peligroso— y es que la conversación no ocurre solo en el chat.

Ocurre entre mensaje y mensaje.

En lo que haces mientras esperas.

En lo que decides no escribir.

En la forma en que miras el móvil aunque jures que no lo estás esperando.

La tercera mañana hablando con Ángel me pilló en una escena muy poco seductora: sentada en el borde de la cama, con una media a medio poner, el pelo húmedo pegado a la cara y el sujetador todavía sin abrochar porque, como cada día, había empezado a hacer tres cosas a la vez y no había terminado ninguna.

El móvil vibró en la mesilla.

Lo miré.

No lo cogí.

Me quedé quieta unos segundos, con una pierna dentro de la media y la otra fuera, como si en ese gesto se jugara algo importante.

—No seas ridícula —me dije.

Cogí el móvil.

Mensaje.

“Buenos días. Estoy intentando decidir si hoy soy una persona que madruga con dignidad o alguien que sobrevive con café.”

Sonreí.

Apoyé el móvil en la cama, terminé de subirme la media —con ese pequeño baile torpe que hacemos todas en algún momento— y me senté.

Contesté:

“Buenos días. Yo ya he asumido que soy del segundo grupo.”

Mientras escribía, noté algo distinto.

No estaba pensando tanto.

No estaba midiendo cada palabra como si fuera una declaración oficial.

Simplemente estaba ahí.

El móvil vibró enseguida.

Ángel: Eso tiene ventajas. No hay expectativas.

Julia: Exacto. Solo supervivencia.

Me levanté, fui al baño con el móvil en la mano y lo apoyé en el lavabo mientras me cepillaba los dientes.

No contesté.

No porque no quisiera.

Porque, por primera vez, no sentía la urgencia de hacerlo inmediatamente.

Y eso, curiosamente, me hizo sentir más tranquila.

Cuando terminé, volví a mirar.

Otro mensaje.

Ángel: ¿Qué tal el día hoy? ¿Mucho caos fiscal?

Me reí con la boca todavía un poco espumosa, lo cual no es la imagen más atractiva que una puede ofrecer, pero tenía la ventaja de que nadie la estaba viendo.

Contesté: