Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Julia: El caos es constante. Lo gestionamos con café y resignación.

Ángel: Me siento identificado. En mi caso es café y planos que no salen.

Me apoyé en el marco de la puerta del baño.

—Vale —murmuré—. Esto es agradable.

Y lo era.

Sin más.

En la cocina, Noah estaba de pie, comiéndose una tostada directamente sobre el fregadero, como si los platos fueran una sugerencia opcional.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me miró.

Miró el móvil.

Volvió a mirarme.

—Ya ha escrito.

—No empieces.

—No empiezo. Constato.

Me serví café.

—¿Desde cuándo eres tan pesado?

—Desde que tengo entretenimiento.

—No soy tu entretenimiento.

—Ahora mismo un poco sí.

Le miré.

—¿Quieres dejar de analizar mi vida sentimental?

—No. Es mi contenido favorito.

—Noah.

—Mamá.

Suspiré.

—Estamos hablando.

—Ya.

—Nada más.

—Ya.

Se apoyó en la encimera.

—¿Te hace reír?

La pregunta me pilló desprevenida.

—Sí.

—Bien.

Se metió otro trozo de tostada en la boca.

—Eso es importante.

Me quedé mirándole.

—¿Tú cuándo te has vuelto tan sensato?

—No lo soy. Solo lo parezco.

Cogió la mochila.

—Me voy.

—Suerte con el otro examen.

—Gracias.

Se acercó a la puerta.

—Y no contestes mientras te explican impuestos.

—No lo hago.

—Lo harás.

—No lo haré.

—Lo harás.

—Vete.

—Me voy.

Sonrió.

—Pero te veo mejor.

Y se fue.

En Hacienda, el día empezó como siempre: con una cola que parecía haber dormido allí y una impresora que decidió que no iba a colaborar hasta nuevo aviso.

Yo me senté en mi puesto, encendí el ordenador y, durante los primeros cuarenta minutos, fui completamente profesional.

De verdad.

Atendí a una señora que estaba convencida de que había declarado dos veces lo mismo porque “lo puso en mayúsculas la primera vez y en minúsculas la segunda”. Intenté explicarle que el sistema no distinguía entre estados emocionales de la letra.

—Pero es que no es lo mismo —insistía.

—Para Hacienda sí —respondí.

Cuando terminó, miré el móvil.

Mensaje.

Ángel: Estoy en obra. Hay un señor discutiendo con otro sobre un enchufe desde hace veinte minutos. Empiezo a pensar que es filósofo.

No pude evitar sonreír.

Apoyé el codo en la mesa, inclinándome ligeramente para que no se notara demasiado, y contesté:

Julia: En mi caso discuten sobre si declarar ingresos es opcional. También parece metafísico.

Tardó un poco más en responder.

Aproveché para seguir trabajando.

Pero algo había cambiado.

Entre persona y persona, entre formulario y formulario, había pequeños huecos.

Y en esos huecos, yo ya no estaba solo cansada.

Estaba… acompañada.

No físicamente.

Pero sí en ese plano raro donde alguien, en otro sitio, está teniendo un día parecido y decide contártelo.

El móvil vibró.

Ángel: Entonces estamos en profesiones hermanas.

Julia: Totalmente.

Ángel: ¿A qué hora terminas?

La pregunta me hizo detenerme un segundo.

No era invasiva.

No era directa.

Pero abría una puerta.

Miré la pantalla.

Pensé.

Contesté:

Julia: A las seis, si el mundo colabora.

Ángel: Yo también. Podríamos celebrar la supervivencia con algo virtual.

Sonreí.

Julia: ¿Algo virtual?

Ángel “Un brindis a distancia. Yo con cerveza mala, tú con vino sospechoso.

Me reí en voz baja.

—Julia —dijo Estrella desde el otro lado—, te veo demasiado feliz para ser martes.

Levanté la vista.

—Estoy gestionando bien el caos.

—Ya.

Me miró con esa cara de “no me lo creo, pero me alegro”.

Volví al móvil.

Julia: Trato hecho.

Ángel: Perfecto.

Apoyé el móvil.

Y me di cuenta de algo.

No estaba nerviosa.

No estaba analizando cada palabra.

No estaba intentando controlar el resultado.

Estaba… disfrutando.

Por la tarde, al salir de trabajar, me encontré caminando un poco más despacio de lo habitual.

No tenía prisa.

No quería llegar antes.

Quería estirar ese día un poco más.

En el metro, miré el móvil varias veces, pero sin ansiedad.

Había mensajes.

Pequeños.

Comentarios.

Observaciones.

Nada trascendental.

Pero suficientes para construir una conversación que no se caía.

Cuando llegué a casa, Noah estaba en el salón, tumbado en el sofá con el móvil en la cara.

—Hola.

—Hola.

Dejé el bolso.

—¿Qué tal el examen?

—Sobreviví.

—Eso ya es bastante.

Me senté.

Saqué el móvil.

Noah levantó ligeramente el teléfono y me miró por encima.

—Estás hablando con él.

—Sí.

—Vale.

Silencio.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Te sigue cayendo bien?

—Sí.

—Vale.

Se quedó un momento más.

—Mamá.

—¿Sí?

—No te olvides de que es una persona.

Le miré.

—¿Cómo?

—Que no es un concepto. Ni una idea. Ni una ilusión. En principio y hasta que se demuestre lo contrario un tío normal con una vida normal.

Asentí despacio.

—Lo sé.

—Bien.

Volvió a su móvil.

—Porque luego pasa lo que pasa.

—¿Qué pasa?

—Que os montáis películas.

—No me monto películas.

—Aún.

—Noah.

—Mamá.

Suspiré.

—Déjame en paz.

—Vale.

Sonrió.

—Pero me gusta verte así.

Y esa frase, otra vez, se quedó conmigo más de lo que esperaba.

A las nueve, con Noah en su cuarto y la casa en silencio, me serví una copa de vino.

Me senté en el sofá.

Abrí el chat.

Mensaje.

Ángel: Estoy en casa. Cerveza mala en mano.

Sonreí.

Le hice una foto a mi copa.

No muy pensada. No muy bonita. Solo… real.

Se la mandé.

Julia: Vino sospechoso.

Ángel: Me gusta la honestidad.

Apoyé la cabeza en el sofá.

Y en ese momento entendí algo.

No era él.

No era la conversación.

No era siquiera la posibilidad de que aquello fuera a algún sitio.

Era esto.

Este rato.

Esta sensación de estar hablando con alguien sin sentirme fuera de lugar.

Sin sentir que tenía que mejorar nada de mí para merecerlo.

Y eso, después de tanto tiempo, era suficiente.

Más que suficiente.

Era, incluso, peligroso.

Porque empezaba a gustarme demasiado.