Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Manual básico para no hacer el ridículo (spoiler: imposible)

Descubrí algo importante la segunda noche hablando con Ángel: ligar a los cuarenta y cinco no es como montar en bici.

Es más parecido a intentar montar en bici después de años sin hacerlo, en una calle cuesta abajo, con tráfico, sin frenos y con tu hijo grabando un vídeo para enseñárselo a sus amigos y colgarlo en Tik Tok.

Es decir: técnicamente posible, emocionalmente cuestionable.

La conversación con Ángel continuó al día siguiente como si no hubiera pasado nada extraordinario, lo cual, paradójicamente, la hacía extraordinaria.

No había presión.

No había interrogatorios.

No había esa sensación de entrevista de trabajo emocional en la que uno tiene que demostrar que es interesante, divertido, estable, profundo pero no demasiado, disponible pero no desesperado, con pasado pero sin traumas.

Había conversación.

Y eso, después de dos años sin practicar ese tipo de intimidad ligera, era casi sospechoso.

A las ocho y cuarto de la mañana, mientras me preparaba el café, el móvil vibró.

Mensaje.

No corrí a cogerlo.

Bueno, sí.

Pero con dignidad.

Abrí el chat.

Ángel: Buenos días. Hoy intentaré no quemar el desayuno. Ya es un objetivo ambicioso.

Sonreí.

Ese tipo de mensajes, aparentemente insignificantes, tienen un efecto curioso: no cambian tu vida, pero sí el tono de tu día.

No solucionan problemas, no pagan facturas ni hacen desaparecer las montañas de ropa pendientes de doblar, pero consiguen que, durante unos minutos, te sientas presente en la vida de otra persona.

A cierta edad, además, descubres que la mayoría de los mensajes que recibes antes de las nueve de la mañana son bastante poco románticos.

Tu hijo preguntando si queda leche. El banco avisándote de un recibo.

El grupo del trabajo recordando algo que perfectamente podría haberse comunicado a una hora más humana.

Así que había algo inesperadamente agradable en abrir el móvil y comprobar que alguien había pensado en ti simplemente porque sí.

No porque necesitara las llaves del coche, ni porque no encontrara una camiseta limpia, ni porque quisiera saber dónde estaban las pilas del mando de la tele.

Solo porque le apetecía escribirte.

Y quizá no fuera amor. Ni siquiera el principio del amor.

Pero, después de años siendo la persona que se acuerda de comprar papel higiénico, de pedir cita en el dentista y de revisar si todavía quedaba detergente, resultaba extrañamente reconfortante convertirse, aunque fuera durante unos segundos, en el primer pensamiento agradable de la mañana de alguien.

Contesté:

Julia: Buenos días. Yo intentaré no quemar mi paciencia en el trabajo.

Ángel: Perdona que te diga, pero eso son ya palabras mayores.

Apoyé el móvil en la encimera.

Noah entró en la cocina en ese momento, despeinado, con cara de no haber decidido aún si odiaba el mundo o solo el instituto.

—Buenos días.

—Buenos días.

Se sirvió leche.

Me miró.

Miró el móvil.

Me volvió a mirar.

—Te han escrito.

No era una pregunta.

—Sí.

—Lo sabía.

—¿Por qué?

—Porque tienes cara de persona que ha recibido atención masculina reciente.

—¿Esa cara existe?

—Sí. Es una mezcla entre satisfacción y miedo a que se note demasiado.

—Eres insoportable.

—Soy observador.

Se sentó.

—¿Qué tal? —añadió.

—Bien.

—¿Bien bien o bien mentira de haber si consigo engañar a mi hijo?

—Bien bien.

Asintió.

—Vale.

Se quedó en silencio un momento.

—¿Es normal?

—¿Quién?

—El tipo.

Pensé.

—Parece.

—¿Eso qué significa?

—Que no parece un psicópata ni un coach motivacional.

—Eso ya es bastante.

—Lo sé.

Noah bebió un sorbo de leche.

—¿Te ha dicho algo raro?

—No.

—¿Te ha pedido fotos?

—No.

—¿Te ha hablado de energías?

—No.

—Perfecto. Va bien.

—¿Ese es tu criterio?

—Es el básico.

Me reí.

—Me encanta que tengas estándares tan altos.

—Los suficientes para sobrevivir.

Se levantó.

—Me voy. Hoy tengo examen.

—Suerte.

—Gracias.

Se acercó a la puerta.

—Mamá.

—¿Sí?

—No te pongas nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Lo estás.

—No lo estoy.

—Lo estás.

—Vete.

—Vale.

Sonrió.

—Pero me gusta verte así.

No dijo más.

Y eso, como siempre, fue suficiente.

En el metro, abrí el chat otra vez.

No porque tuviera algo urgente que decir, sino porque quería leer lo anterior.

Eso también me sorprendió.

Hacía años que no releía conversaciones por gusto.

Solo lo hacía por trabajo, para encontrar un dato concreto o para demostrar, pruebas en mano, que alguien había dicho exactamente aquello que ahora insistía en negar.

Había desarrollado una memoria selectiva muy eficaz para fechas importantes, citas médicas, contraseñas y frases como "tranquila, yo me encargo", pronunciadas por personas que claramente no se habían encargado de nada.

Pero esto era distinto.

Era... curioso.

Habíamos hablado de cosas pequeñas.

Comida.

Trabajo.

Hijos.

Cansancio.

Y, sin embargo, había algo en la forma en que Ángel respondía que hacía que todo pareciera un poco más ligero.

No más importante.

Más llevadero.

Y quizá esa fuera una de las cosas que más había infravalorado durante años.

La importancia de lo llevadero. Porque cuando eres joven te venden la idea de que el amor tiene que ser una sacudida, un incendio, una fuerza de la naturaleza capaz de alterar el eje de rotación de la Tierra.

Nadie te habla de la inmensa paz que puede dar alguien que te pregunta si has comido o que entiende que llegar a casa después del trabajo y ponerse el pijama a las siete de la tarde es, en realidad, una aspiración perfectamente legítima.

A los veinte quería mariposas.

A los cuarenta y cinco empezaba a valorar seriamente a cualquier persona que no me agotara.

Y eso, aunque sonara poco romántico, era una verdad incómoda.

Porque la vida adulta tiene una capacidad extraordinaria para dejarte sin batería emocional. Entre el trabajo, las responsabilidades, las facturas…llegabas a ciertas edades con menos energía para las grandes gestas sentimentales.

Por eso releer aquellos mensajes me resultaba tan extraño.

No había fuegos artificiales.

No había declaraciones apasionadas.

No había una química devastadora que hiciera que me planteara cambiar de país y aprender otro idioma.

Solo había una conversación agradable.

Y, por primera vez en mucho tiempo, eso me parecía suficiente para querer volver a ella.

Miré alrededor.

La mujer sentada frente a mí iba maquillándose con la precisión de quien ha desarrollado un doctorado en aplicar máscara de pestañas en movimiento.

Dos adolescentes compartían auriculares mientras se reían de algo que, probablemente, perdería toda su gracia si alguien mayor de treinta intentara entenderlo.

Un señor dormía abrazado a una mochila con la serenidad de quien ha aceptado plenamente el caos del transporte público madrileño.

Y allí estaba yo.

En el metro.

Releyendo mensajes de un hombre al que no había visto en persona.

Si alguien me hubiera contado aquello diez años antes, me habría reído.

Pero la vida tiene un sentido del humor muy peculiar.

A veces conoces a alguien en la cola del supermercado.

Otras veces, en el trabajo.

Guardé el móvil.

Lo volví a sacar treinta segundos después.

Porque había cosas que no cambiaban.

Y porque, al parecer, una de ellas era mi reciente necesidad de comprobar si Ángel había escrito algo más.

No lo había hecho.

Y, aun así, sonreí.

Porque alguien se había acordado de mí esa mañana.

Solo porque sí.

Y, aunque seguía sin tener claro qué significaba todo aquello, sospeché que había algo profundamente humano en sentirse un poco mejor por el simple hecho de haber ocupado un pequeño espacio en los pensamientos de otra persona.

En el trabajo, la mañana se me pasó más rápido de lo habitual.

No porque fuera más fácil. Un señor intentó convencerme de que no declarar un ingreso era una forma de protesta legítima contra el sistema, y tuve que explicarle que el sistema no funcionaba exactamente así, por mucho que nos gustaría.

Pero había algo en mí que no estaba completamente absorbido por el desgaste.

Algo que se escapaba de vez en cuando hacia el móvil, hacia la conversación, hacia esa pequeña ventana donde no era solo la mujer que resolvía problemas ajenos.

A las doce y media, mientras esperaba a que la impresora decidiera dejar de comportarse como una entidad con voluntad propia, vibró el móvil.

Mensaje.

Ángel: Estoy en una cafetería intentando trabajar. Hay un señor hablando solo muy alto. No sé si está en una llamada o en una crisis existencial.

Julia: En Hacienda tenemos varios así al día. A veces es difícil distinguir.

Ángel: ¿Alguna vez has querido salir corriendo?

Julia: Varias. Pero me gusta cobrar a fin de mes.

Ángel: Eso ayuda.

Julia: Bastante.

Me apoyé en la mesa.

Dudé un segundo.

Y escribí:

Julia: ¿Tú siempre eres así de… tranquilo?

Tardó un poco más en contestar.

Ángel: ¿Así cómo?

Julia: Así”

Vi el mensaje. Lo releí.

Era una pregunta absurda.

Pero ya estaba enviada.

Un segundo después:

Ángel: Creo que es cansancio bien gestionado.

Julia: Eso suena a algo que debería aprender.

Ángel: Se aprende a base de equivocarse bastante.

Julia: Eso se me da bien.

Ángel: Entonces vas por buen camino.

Apoyé el móvil.

Respiré.

Y noté algo que no esperaba.

Confianza.

No en él.

En mí.

En mi capacidad de estar ahí, en esa conversación, sin sentirme fuera de lugar.

Por la tarde, al llegar a casa, encontré a Virginia en el portal, cerrando el buzón con una mano mientras sostenía el bolso con la otra.

Iba como siempre: arreglada sin esfuerzo aparente, con unos vaqueros oscuros, una camisa color crema perfectamente remangada y ese tipo de pendientes discretos que conseguían que pareciera una persona adulta y funcional.

Yo, en cambio, llevaba la coleta a medio deshacer y la dignidad emocional sujeta con una pinza del pelo.

Nada más verme, sonrió y abrió los brazos.

La abracé sin pensarlo.