Capítulo 5
Conversaciones improbables
Durante las primeras veinticuatro horas después de descubrir que había hombres que, aparentemente, no consideraban que yo fuera un electrodoméstico emocional en fase de retirada, me limité a observar.
No hice nada especialmente valiente.
Deslicé.
Leí.
Entré y salí de perfiles como quien entra en tiendas sin intención de comprar, solo para confirmar que sigue existiendo un mundo ahí fuera donde la gente se prueba cosas y decide.
Era cómodo.
Seguro.
Y, sobre todo, no implicaba ningún tipo de exposición real.
Porque hasta que no escribías, hasta que no decías algo, hasta que no te presentabas —aunque fuera con una frase torpe—, todo seguía siendo un juego controlado. Una especie de escaparate donde tú mirabas, pero no te veían del todo.
El problema era que eso no duraba mucho.
El martes por la noche, después de cenar con Noah y de fingir que entendía algo de la Revolución Francesa mientras él me explicaba por qué todo había sido inevitable (según él) y completamente evitable (según yo), me senté en el sofá con el móvil.
Noah se fue a su cuarto.
La casa se quedó en ese silencio medio lleno que tienen los pisos cuando hay alguien en la habitación de al lado: no estás sola del todo, pero tampoco acompañada.
Abrí la aplicación.
Había varios matches nuevos.
Algunos los descarté casi sin pensar. No por nada concreto. Simplemente porque no sentí nada. Ni curiosidad, ni rechazo. Nada. Y a cierta edad una aprende que la indiferencia es más definitiva que el “no”.
Pero luego apareció él.
No supe muy bien por qué me detuve.
No era espectacular. No tenía fotos en sitios exóticos ni una sonrisa de anuncio de pasta de dientes. Tenía cara normal. De las que ves en el metro, en una cafetería, en la fila del supermercado.
Pero había algo.
Quizá la forma en que sonreía, un poco de lado.
Quizá la biografía, sencilla, sin frases impostadas:
“Intentando no complicar lo sencillo. Cocino fatal pero invito igual.”
Me hizo gracia.
Entré en su perfil. Se llamaba Ángel. Me pareció irónico que, después de todo lo vivido, el algoritmo hubiera decidido enviarme ayuda divina.
Más fotos. Una con una camiseta vieja en lo que parecía una cocina. Otra en un parque, con un banco de fondo y hojas secas. Otra con una niña, probablemente su hija, de espaldas, sin exhibicionismo.
Todo era… tranquilo.
Normal.
Y eso, después de dos días de músculos, gafas de sol en interiores y frases sobre “vivir intensamente”, resultaba casi revolucionario.
Cerré el perfil.
Volví a abrirlo.
—No hagas esto —murmuré.
Pero ya lo estaba haciendo.
Miré el icono de mensaje.
Y ahí llegó el problema.
Escribir.
Había olvidado completamente cómo se hacía eso.
No escribir en general —pasaba ocho horas al día redactando cosas que nadie quiere leer—, sino escribir para gustar. Para interesar. Para iniciar algo que no sabes a dónde va.
Abrí el chat.
Pantalla en blanco.
Y, de pronto, me sentí profundamente torpe.
¿Qué se dice?
¿Hola?
¿Buenas?
¿Algo ingenioso?
¿Algo neutro?
Pensé en Virginia.
En lo fácil que lo haría ella. En cómo escribiría cualquier cosa con seguridad, con gracia, sin esa sensación de estar exponiendo algo más que palabras.
Yo, en cambio, llevaba dos años sin hablar con un hombre en ese registro.
Dos años siendo madre, trabajadora, ex mujer, persona funcional.
Dos años sin practicar.
—Esto es como montar en bici —dije en voz baja—. Se supone que no se olvida.
Pero no estaba segura. Se olvidaba. Claro que se olvidaba.
Escribí:
“Hola.”
Lo miré.
Lo borré.
Demasiado simple.
Volví a escribir:
“Hola, ¿qué tal?”
Lo miré.
Lo borré.
Demasiado… administrativo.
Suspiré.
Apoyé el móvil en la mesa.
Me levanté.
Fui a la cocina, abrí la nevera, la cerré sin coger nada. Volví al salón. Me senté. Cogí el móvil otra vez.
—Es ridículo —murmuré.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, escribí:
“Lo de cocinar fatal pero invitar igual me parece una filosofía bastante honesta.”
Lo envié.
Y en cuanto lo hice, sentí ese pequeño vértigo inmediato, como cuando mandas un mensaje importante y durante un segundo te planteas seriamente tirar el móvil por la ventana.
—Ya está —dije—. Ya lo has hecho.
Dejé el móvil en la mesa.
Lo miré.
Lo volví a coger.
No había respuesta, obviamente.
Habían pasado… cinco segundos.
Me reí de mí misma.
—De verdad. Esto te lo tienes que hacer mirar, Julia.
Lo dejé otra vez.
Encendí la televisión. Entre programas de reformas imposibles, concursos donde peligraba la vida de un hojaldre y personas buscando pareja en bañador, llegué a la conclusión de que quizá mi vida no iba tan mal. No presté atención a nada.
Miré el móvil.
Nada.
Lo dejé.
Lo volví a coger.
Y así estuve un rato absurdo, entrando y saliendo de la aplicación como si fuera a acelerar el tiempo con la insistencia.
Hasta que vibró.
Lo miré.
Mensaje.
Sentí una subida inmediata de calor en el pecho. Ridícula. Desproporcionada. Innegable.
Abrí el chat.
Ángel: Hola. Es lo único que me sale bien sin práctica. Lo otro lo intento.
Sonreí.
No una sonrisa educada. Una sonrisa de verdad.
Y, durante un segundo, pensé que él podía verla.
Lo cual era absurdo, porque estaba sola en el salón y él estaba al otro lado de una pantalla.
Pero supongo que ese era uno de los problemas de ligar de forma virtual: una tenía que interpretar mensajes sin el apoyo logístico de una ceja levantada, una sonrisa o un gesto que confirmara que el otro estaba siendo simpático y no un asesino en serie con buena ortografía.
Me sentí un poco idiota.
Y también un poco nerviosa.
Escribí:
Julia: Pues vas por buen camino.
Tardó poco en contestar.
Ángel: Eso espero. ¿Tú cocinas mejor?
Miré la pantalla.
Pensé.
Julia: Sobrevivo. Que teniendo en cuenta los días que llevo, ya es bastante.
Ángel: Eso ya es todo un logro.
Julia: Y muy infravalorada.
Ángel: Totalmente de acuerdo.
Me quedé mirando el chat.
Era… fácil.
No había tensión. No había esa sensación de tener que demostrar nada.
Solo una conversación que fluía con una naturalidad que me descolocaba precisamente por lo poco acostumbrada que estaba a sentirla.
Además, las conversaciones virtuales tenían ciertas ventajas que nadie parecía mencionar lo suficiente.
No tenía que meter tripa. No corría el riesgo de descubrir, veinte minutos después de llegar a casa, que llevaba una mancha de carmín en los dientes desde el primer saludo.
No había tacones incómodos, ni ese baile absurdo de fingir naturalidad mientras intentas recordar si te habías depilado las piernas hasta las rodillas o habías tenido un exceso de optimismo al elegir el pantalón.
Tampoco existía el problema de reírte demasiado fuerte ni de preguntarte si estabas gesticulando como una presentadora de teletienda.
Era solo yo, sentada en el sofá con los calcetines desparejados, escribiendo mensajes sin preocuparme de si la luz del restaurante me hacía parecer cansada o si mi flequillo había decidido independizarse del resto de mi peinado.
Y, sinceramente, había algo muy descansado en gustarle a alguien sin necesidad de recolocarte el sujetador cada media hora.
Seguimos hablando.
De comida, al principio.
De lo absurdo de intentar comer sano todos los días.
De lo complicado que es conciliar tiempo, energía y ganas.
Él tenía cuarenta y siete años. Una hija de quince. Trabajaba en algo relacionado con arquitectura, aunque lo explicó de una manera tan poco pretenciosa que no me sentí obligada a fingir interés técnico.
Yo le conté lo de Hacienda.
Ángel: Eso tiene que dar para tratar con muchos tipos de personas.
Julia: Más de los que me gustaría.
Ángel: ¿Te divierte o te agota?
Julia: Las dos cosas. Pero sobre todo me agota fingir paciencia.
Ángel: Eso lo entiendo demasiado bien.
Había algo en su manera de escribir.
No era brillante. No hacía chistes constantes ni intentaba impresionar. Era más bien… atento.
Leía.
Respondía.
No parecía tener prisa.
Y eso, en un entorno donde todo parecía rápido, inmediato, casi descartable, resultaba extraño.
Y agradable.
No me di cuenta del tiempo hasta que Noah apareció en el salón, en pijama, con cara de sueño.
—¿Sigues despierta?
Le miré.
—Sí.
Miró el móvil en mi mano.
—Ah.
—Ah, ¿qué?
—Nada.
Se acercó.
—¿Estás hablando con alguien?
—Sí.
—Vale.
Se quedó un segundo en silencio.
—¿Te cae bien?
Me sorprendió la pregunta.
—Sí.
—Bien.
Se dio media vuelta.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Cuando se fue, me quedé un momento quieta, con el móvil en la mano.
Y entonces hice algo que no había hecho en mucho tiempo.
Me levanté.
Fui hasta la puerta.
Abrí.
Subí un piso.
Llamé.
Virginia abrió en pijama, con el pelo recogido y una mascarilla en la cara.
—¿Se ha muerto alguien? —preguntó.
—No.
—¿Entonces?
La miré.
Y no pude evitar sonreír.
—Estoy hablando con un hombre.
Virginia parpadeó.
Luego sonrió despacio.
—Pasa.
Entré.
Su salón era como el mío, pero con más intención.
Más cojines, más luz, más vida colocada de forma consciente.
Todo parecía haber sido elegido porque le gustaba de verdad y no porque estuviera de oferta en un supermercado un sábado cualquiera.
Había una manta de colores vivos doblada con cuidado sobre el brazo del sofá, varias plantas que, sorprendentemente, seguían vivas y una estantería llena de libros mezclados con fotografías, velas y pequeños objetos sin utilidad aparente pero con historia.
Olía a café recién hecho y a esa mezcla dulce y cálida de vainilla y canela que hacía que entrar allí se pareciera un poco a llegar a casa y un poco a entrar en una cafetería donde nadie te juzgaría por pedir una segunda porción de tarta.
Todo estaba ordenado sin resultar perfecto.
No había montañas de ropa esperando ser dobladas ni vasos abandonados sobre la mesa del salón, pero tampoco esa sensación fría de piso piloto donde nadie se atreve a sentarse.
Había color en los cojines, en los marcos de las fotos y en las ilustraciones que colgaban de las paredes, como si Virginia hubiera decidido que la vida adulta ya tenía suficientes tonos beige por sí sola.
Incluso la lámpara del rincón proyectaba una luz cálida que invitaba a quedarse un rato más, a servirse otra copa de vino y a hablar de hombres, trabajo o del precio desorbitado del aceite de oliva con la misma intensidad emocional.
Nos sentamos.
Le enseñé el móvil.
Virginia leyó el chat con una atención casi profesional.
Fruncía ligeramente el ceño, volvía a una frase anterior y asentía para sí misma como si estuviera valorando una solicitud de hipoteca y no unos mensajes enviados por un desconocido a través de una aplicación de citas.
La observé en silencio, de pronto incómoda, esperando su reacción con una inquietud completamente desproporcionada.
Era absurdo, pero el veredicto de Virginia había adquirido una importancia preocupante en mi vida sentimental.
Cuando levantó la vista del móvil, me descubrí conteniendo la respiración como una concursante a punto de escuchar si pasaba a la siguiente fase del casting.
—Mmm.
—¿Mmm qué?
—Mmm bien.
—¿Eso es bueno?
—Eso es interesante.
—¿Interesante cómo?
—Como alguien que no parece idiota.
Me relajé un poco.
—Es agradable —añadí.
—Se nota.
—¿Cómo?
—Porque no estás intentando parecer otra persona mientras hablas.
Me quedé en silencio.
No lo había pensado así.
—No sé si sé hacer eso ya —dije.
—Claro que sabes. Lo que pasa es que llevas mucho tiempo sin usar esa parte.
Virginia dejó el móvil en la mesa.
—¿Te gusta?
—No lo conozco.
—Ya. Pero ¿te gusta hablar con él?
Asentí.
—Sí.
Virginia sonrió.
—Pues ya está.
—¿Ya está qué?
—Que estás dentro.
—¿Dentro de qué?
—De la vida.
Me reí.
—No exageres.
—No exagero. Llevas dos años fuera de esto. Es normal que te parezca grande.
Apoyé la espalda en el sofá.
—Me siento… rara.
—Normal.
—Como si estuviera haciendo algo que no sé hacer.
—Lo estás haciendo.
—¿Y si meto la pata?
Virginia se encogió de hombros.
—La meterás.
—Gracias.
—Pero no pasa nada. Nadie liga perfecto. Y menos después de años sin practicar.
La miré.
—¿Cómo se liga ahora?
Virginia se rió.
—Pues igual que antes, pero con más ansiedad y menos paciencia.
—Genial.
—No pienses tanto.
—Eso no es una opción.
—Pues piensa mejor.
—Eso tampoco.
Virginia me miró con cariño.
—Mira, Julia. No tienes que hacerlo bien. Solo tienes que hacerlo.
Me quedé en silencio.
El móvil vibró.
Las dos lo miramos.
Mensaje.
Lo abrí.
Ángel: Por cierto, tienes una sonrisa muy bonita.
Sentí algo.
No supe exactamente qué.
No era un piropo exagerado. No era incómodo. No era invasivo.
Era… amable.
Virginia me observó.
—¿Qué?
Le enseñé la pantalla.
Leyó.
Asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien. Educado. Sin violentar. Sin pasarse. Bien.
Me miró.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Te ha gustado?
Dudé un segundo.
Luego asentí.
—Sí.
Virginia sonrió.
—Pues contesta.
Miré el móvil.
Pensé.
Y escribí:
Julia: Gracias. Intento no perderla nunca.
Lo envié.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que estuviera fingiendo.
Sentí que, poco a poco, estaba volviendo.