Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La inesperada atención

Si alguien me hubiera preguntado, dos días antes, qué esperaba exactamente de descargarme Tinder, probablemente habría dicho algo razonable.

Algo prudente. Algo del estilo: “curiosear”, “reírme un rato”, “ver cómo está el mercado”, que es una expresión horrible pero muy útil cuando una quiere disfrazar de análisis sociológico lo que en realidad es pura inseguridad.

Lo que no habría dicho, porque no lo sabía, era que lo primero que iba a sentir no iba a ser miedo.

Iba a ser sorpresa.

Y luego, algo más peligroso.

Un poco de alegría.

Aquella mañana en Hacienda fue, por primera vez en mucho tiempo, ligeramente distinta. No en lo externo —las colas, los números, los formularios, las mismas caras cansadas y las mismas preguntas repetidas— sino en una especie de ruido de fondo que no desaparecía del todo.

El móvil.

No lo miré constantemente, como había prometido. No soy una adolescente. Tengo un cierto orgullo profesional que me impide contestar mensajes mientras explico a un señor por qué declarar en negativo no es una opción creativa.

Pero sí lo miré.

En los descansos.

En el baño.

Mientras esperaba a que la impresora decidiera colaborar.

Y lo que encontré, cada vez, me descolocaba un poco más.

Notificaciones.

No una. Varias.

Al principio pensé que sería un error. Un fallo técnico.

Una confusión del algoritmo, que habría decidido, por razones que escapaban a mi comprensión, incluirme en una categoría que no me correspondía.

Igual alguien había pulsado un botón equivocado en las oficinas de Tinder.

O quizá la aplicación estaba haciendo algún tipo de experimento sociológico con mujeres de cuarenta y cinco años, estabilidad laboral razonable y tendencia a acostarse antes de las once en ocasiones sin ponerse la crema facial de noche. Sacrilegio.

Parpadeé varias veces.

Volví a mirar la pantalla.

Seguían ahí.

Mi primera reacción no fue la emoción. Fue la sospecha.

Porque una cosa era tener autoestima y otra muy distinta pensar que varios hombres habían decidido, de forma simultánea y voluntaria, ojo, voluntaria, que querían conocer a una mujer que pasaba los sábados por la mañana cambiando sábanas y discutiendo con un adolescente sobre si haber desplazado todo al fondo de la encimera contaba o no como haber recogido la cocina.

Miré alrededor por si había cámaras ocultas.

—Esto es una broma —murmuré.

Porque, sinceramente, el único sitio donde yo estaba acostumbrada a recibir varias notificaciones seguidas era la aplicación del banco cuando se acercaban los recibos del mes.

Pero no.

Eran hombres.

Hombres que me habían dado “like”.

Hombres que, en ese lenguaje extraño de la aplicación, habían decidido que yo les resultaba interesante, atractiva o, al menos, digna de un segundo vistazo.

Recuerdo perfectamente el momento en que lo asumí de verdad.

Sentada en mi mesa, con un expediente abierto delante y un bolígrafo en la mano, cogí el móvil con disimulo.

Abrí la aplicación.

Y allí estaban.

Caras.

Nombres.

Edades.

Una pequeña fila ordenada de hombres que, en algún momento de sus días —en el metro, en el sofá, en una pausa absurda entre reuniones— habían visto mi foto, mi cara cansada pero riendo en una terraza cualquiera, y habían pensado: sí.

Sentí algo muy concreto.

No fue euforia.

No fue orgullo.

Fue más bien una especie de desajuste interno.

Como si alguien hubiera cambiado ligeramente la gravedad sin avisar.

Porque durante mucho tiempo yo había dejado de pensar en mí misma en esos términos.

No como decisión consciente. No como una renuncia dramática. Simplemente había pasado. Había pasado entre facturas, horarios, cenas rápidas, conversaciones sobre deberes, discusiones prácticas con Dani, días largos en la oficina y noches cortas en el sofá.

Había pasado sin darme cuenta.

Y de pronto, allí, en una pantalla pequeña, estaba la prueba de que el mundo no había dejado de mirarme.

Era yo la que había dejado de mirar.

—Julia.

Levanté la cabeza. Era Estrella, mi compañera, apoyada en el borde de mi mesa con una carpeta en la mano, con gesto sonriente y sus siempre sonrojadas mejillas.

—¿Sí? —respondí, ocultando el móvil con la torpeza de alguien que claramente tiene algo que ocultar.

—Te he llamado dos veces.

—Perdona, estaba…

—¿En otro planeta?

—Algo así.

Estrella me miró con curiosidad.

—Tienes cara…rara.

—¿Rara cómo?

—Como de haber encontrado algo que no buscabas.

Me reí, nerviosa.

—Ojalá. Era un correo.

—Ya.

Se quedó un segundo más, observándome.

—Bueno —dijo al final—. Si es algo bueno, aprovéchalo. Que ya bastante tenemos con lo otro.

—¿Lo otro?

—La vida.

Asentí.

—La vida.

Cuando se fue, volví al móvil.

Deslicé.

Y empecé a mirar con más atención.

Había de todo, como era de esperar. Hombres con perfiles cuidados, otros más improvisados, algunos con fotos en entornos que parecían sacados de revistas de viajes y otros en salones que recordaban sospechosamente al mío, lo cual, de alguna manera, me tranquilizaba.

Pero lo que más me llamó la atención no fue la variedad.

Fue la edad.

—No puede ser —murmuré.

Uno de ellos tenía treinta y dos.

Otro, veinticinco.

Me quedé quieta, mirando la pantalla como si fuera a corregirse sola.

—Esto está mal —añadí en voz baja.

No porque me pareciera imposible. Porque me parecía absurdo.

¿Por qué iba a interesarle a un chico de veinticinco años una mujer de cuarenta y cinco con un hijo de diecisiete, un trabajo en Hacienda y una relación ambigua con el deporte?

Deslicé su perfil.

Fotos normales. Biografía normal. Nada especialmente extraño.

Y, sin embargo, allí estaba.

Match.

Sentí una mezcla extraña de incredulidad y… algo más.

No exactamente halago. No quería caer en eso. Pero tampoco podía negar que había un pequeño movimiento interno, una especie de cosquilleo en un lugar que llevaba tiempo dormido.

Seguí mirando.

Más hombres.

Algunos de mi edad. Otros mayores. Algunos claramente más jóvenes de lo que yo habría considerado “razonable” en otro momento de mi vida.

Y en medio de todo eso, una idea empezó a tomar forma.

No era que de repente yo fuera más atractiva.

No era que el mundo hubiera cambiado.

Era que yo había estado ocupada.

Muy ocupada.

Ocupada en sobrevivir.

Ocupada en ser madre.

En ser pareja.

En ser ex pareja.

En ser trabajadora.

En ser amiga.

En ser responsable.

En poder con todo.

En no fallar.

Ocupada en tantas cosas que había dejado de registrar algo tan básico como la mirada de los demás.

No era que antes nadie me mirara.

Era que yo no estaba mirando.

No estaba disponible, no en el sentido romántico, sino en el más simple: no estaba presente para eso. Mi radar estaba calibrado en otras frecuencias. Detectaba necesidades, urgencias, problemas. No detectaba interés.

Y eso, de pronto, me resultó revelador.

Había pasado años pensando que algo se había apagado fuera.

Y quizá lo que se había apagado estaba dentro.

A la hora de comer salí a dar una vuelta. Necesitaba aire, distancia de la pantalla, una excusa para pensar sin el ruido constante de la oficina.

Me senté en un banco con un sándwich mediocre, una botella de agua y el móvil en la mano.

Lo abrí otra vez.

Más notificaciones.

Más hombres.

Más pequeños gestos digitales que, acumulados, empezaban a construir una sensación incómoda y, al mismo tiempo, extrañamente agradable.

No era vanidad.

Era… reconocimiento.

Ser vista.

Y eso, descubrí con una mezcla de sorpresa y cierta vergüenza, importaba más de lo que me había permitido admitir.

No en el sentido superficial. No como una necesidad constante de aprobación, o quizá sí, no lo sé.

Pero sí como una confirmación de existencia en un plano que llevaba tiempo en pausa.

Como si hubiera vuelto del Mundo del Revés sin necesidad de enfrentarme a un demogorgon ni a un grupo de adolescentes en bicicleta.

Comí despacio, mirando perfiles, leyendo descripciones, intentando no sacar conclusiones precipitadas sobre personas que, en realidad, no conocía de nada.

Había hombres interesantes.

Hombres que parecían amables.

Hombres que parecían cansados, como yo.

Hombres que probablemente también estaban intentando volver a empezar sin hacer demasiado ruido.

Y eso me tranquilizó.

Porque una parte de mí había esperado encontrar algo más agresivo, más superficial, más… vacío.

Y no.

Había humanidad.

Imperfecta, sí.

Un poco torpe, a veces.

Pero reconocible.

Guardé el móvil.

Respiré.

Y por primera vez desde que había empezado todo aquello, no sentí ni ansiedad ni miedo.

Sentí curiosidad.

Por la tarde, cuando volví a casa, Noah estaba en el salón, con el portátil abierto y cara de haber decidido odiar las matemáticas durante el resto de su vida.

Cuando me vio entrar, se quitó los cascos, que empezaba a sospechar que formaban parte de su anatomía.

No tenía del todo claro que se los quitara siquiera para ducharse; probablemente los protegía con un gorro de piscina mientras Bad Bunny le explicaba, entre ritmos pegadizos y letras que yo necesitaba traducir tres veces, y no siempre lo conseguía, que nadie lloraba por amor, aunque luego dedicaran álbumes enteros a hacerlo.

—Hola.

—Hola.

Dejé el bolso.

—¿Qué tal? —pregunté.

—Mal.

—¿Tan mal?

—Lo suficiente como para replantearme mis decisiones vitales.

—Con diecisiete años es pronto para eso.

—Nunca es pronto para darse cuenta de que las integrales son una estafa.

Sonreí.

Me quité el abrigo.

—¿Has comido?

—Sí.

—¿Qué?

—Cosas.

—Eso no es una respuesta.

—Es una categoría.

Me acerqué al sofá.

—¿Y tú qué tal? —preguntó sin mirarme.

—Bien.

—Mientes mejor por la tarde.

—Hoy no miento.

Levantó la vista.

—¿Ha pasado algo?

Dudé un segundo.

Luego dije:

—Creo que le gusto a gente.

Noah me miró en silencio.

Parpadeó.

—¿Perdón?

—En la aplicación. Me han dado match.

Se recostó en el sofá.

—Vale.

Esperé una reacción más contundente.

—¿Vale?

—Sí. Vale. Eres una mujer. Tiene sentido.

—Gracias por la explicación biológica.

—No es biológica. Es lógica.

Se encogió de hombros.

—¿Te sorprende?

—Un poco —respondí.

—¿Por qué?

Abrí la boca para responder y me detuve.

Porque la respuesta honesta no era cómoda.

—Porque había dejado de pensar en mí así.

Noah me miró con más atención.

—¿Así cómo?

—Como alguien a quien… alguien podría mirar.

Hubo un silencio breve.

Luego él dijo, con una naturalidad que me desarmó:

—Pues eso es problema tuyo, no de los demás.

Le miré.

—¿Cómo?

—Que la gente probablemente te ha mirado siempre. Otra cosa es que tú no estuvieras mirando.

Me quedé quieta.

No era la primera vez que alguien decía algo así ese día.

Y empezaba a resultar difícil ignorarlo.

—¿Tú crees? —pregunté.

Noah se encogió de hombros.

—No sé. Yo te veo todos los días. Pero no soy el público objetivo.

—Menos mal.

—Pero vamos —dijo con ese tono de quien está comentando el tiempo y no algo importante—, si yo tuviera cuarenta y cinco años y buscara novia, tú estarías claramente fuera de mi liga.

Le miré, sorprendida.

—Creo que eso era un cumplido.

—Lo era. No lo estropees analizando demasiado.

Sonreí.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Volvió al portátil.

—Ahora, si empiezas a salir con un tío de veinticinco, tenemos que hablar.

—¡No voy a salir con un tío de veinticinco!

—Vale.

—Vale.

Me senté en el sofá.

Saqué el móvil.

Lo abrí.

Y por primera vez, en vez de sentirme fuera de lugar, me sentí… dentro.

No en el sentido de pertenecer a ese mundo, que aún me parecía extraño, sino en el de reconocer que, de alguna manera, yo también formaba parte de él.

Que no estaba al margen.

Que no había quedado fuera.

Que no era tarde.

Y ese pensamiento, pequeño y silencioso, se instaló en mí con una suavidad inesperada.

Como una luz que no deslumbra, pero tampoco se apaga.