Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

La logística del deseo

Hay una parte de la vida adulta que no sale en las películas y que, sin embargo, ocupa más espacio del que debería: la logística.

No la logística épica de mudanzas imposibles o viajes con conexiones absurdas, sino la logística pequeña, persistente, casi invisible, que organiza los días y, de paso, las emociones.

Horarios, preparar comida para la semana, citas médicas, lavadoras, listas de la compra, mensajes de “¿puedes recoger tú la ropa de la secadora que a mi no me va a dar tiempo?” y “se me ha olvidado decirte que mañana necesito tres cartulinas de colores y un compás”.

Durante años, mi vida había sido eso: una coreografía bastante eficaz de cosas que había que hacer para que todo funcionara.

Y funcionaba.

Noah iba al instituto, tenía amigos, aprobaba lo justo con esa mezcla de inteligencia y pereza selectiva que yo no sabía si admirar o denunciar.

Dani y yo nos organizábamos sin grandes conflictos, con esa cordialidad educada que a veces parecía más sólida que el matrimonio que habíamos tenido.

Yo llegaba a fin de mes casi sin desmayarme, que en determinados contextos ya es una forma de éxito.

Hacía auténticos malabares con el dinero: movía recibos de una cuenta a otra con la agilidad de una directora de circo, calculaba mentalmente si el yogur de marca blanca compensaba el capricho de un café fuera de casa y conocía el saldo de mi cuenta corriente con una intimidad que nunca había tenido con ningún hombre.

Había desarrollado una habilidad extraordinaria para transformar un "ya veremos" en un "por supuesto que llegamos", aunque ese "por supuesto" dependiera de que ningún electrodoméstico decidiera morir esa semana.

A mi edad, el concepto de riqueza había cambiado bastante.

Ya no fantaseaba con ganar la lotería; me conformaba con que el coche pasara la ITV sin sorpresas y con abrir la aplicación del banco sin tener que cerrar un ojo antes de mirar el resultado.

Había meses en los que me sentía una adulta funcional y otros en los que sobrevivía gracias a la esperanza y a la firme convicción de que los gastos inesperados deberían avisar con al menos quince días de antelación.

Y aun así, allí estaba. Trabajando, criando a un adolescente que comía como si se estuviera preparando para una expedición al Himalaya y pagando facturas con una dignidad bastante aceptable.

Porque, sinceramente, llegar a final de mes sin vender un riñón por Wallapop también merecía algún tipo de reconocimiento público.

Todo estaba en su sitio.

Excepto yo.

La mañana siguiente a la descarga de Tinder me desperté antes de que sonara el despertador, con esa sensación rara de haber hecho algo importante y ligeramente irresponsable.

Tardé unos segundos en recordar qué era, como cuando te despiertas sabiendo que has dicho algo en una cena y no tienes claro si fue brillante o completamente inapropiado.

Luego lo recordé.

El match.

El móvil estaba en la mesilla. Lo miré sin tocarlo, como si fuera un animal pequeño que pudiera asustarse y huir si hacía un movimiento brusco.

—No seas ridícula —me dije en voz baja.

Lo cogí.

Pantalla bloqueada. Ninguna notificación.

Sentí una pequeña caída interna, casi imperceptible, como cuando el ascensor hace ese amago de bajar medio centímetro antes de arrancar. Nada grave. Nada dramático. Solo un leve recordatorio de que había puesto una expectativa en algo que, objetivamente, no significaba nada.

Dejé el móvil.

Me levanté.

Fui al baño, me miré en el espejo y me encontré con la misma cara de siempre: ojeras honestas, piel que ya no reacciona con entusiasmo a nada, pelo que ha decidido vivir su vida al margen de mis decisiones.

Me lavé la cara y, mientras me ponía la crema —esa crema que prometía “luminosidad inmediata” y que llevaba prometiéndolo seis meses sin resultados visibles— pensé en lo curioso que era que el mundo te exigiera, a cierta edad, que cuidaras tu cuerpo y tu mente como si fueran proyectos de alto rendimiento.

Come bien, pero no demasiado.

Muévete, pero sin lesionarte.

Medita, pero no te aburras.

Cuida tu piel, tu pelo, tu descanso, tu energía.

Sé tu mejor versión, pero de manera sostenible.

Y, en medio de todo eso, trabaja, paga facturas, educa a un adolescente, mantén relaciones sanas y, si te sobra tiempo, intenta no sentirte insuficiente.

Me miré otra vez en el espejo.

—Hoy no —murmuré.

Hoy no iba a optimizar nada. Hoy iba a sobrevivir, que ya era bastante.

En la cocina, Noah estaba apoyado en la encimera, con un vaso de leche y el móvil en la mano.

—Buenos días —dijo sin levantar la vista.

—Buenos días.

Abrí la cafetera, la llené, la encendí. El café empezó a sonar con ese burbujeo que, en mi casa, equivalía a una forma de esperanza.

—¿Has dormido? —preguntó.

—Sí.

—Mientes peor por la mañana.

—He dormido suficiente.

—Eso tampoco es verdad.

Me apoyé en la encimera frente a él.

—¿Tú no deberías estar pensando en Kant en vez de en mi descanso?

—Puedo hacer las dos cosas. Multitarea emocional.

Le miré con una mezcla de orgullo y cansancio.

—Eres agotador.

—Soy hijo único. Es lo que hay.

El café salió. Me serví una taza. El calor en las manos me devolvió a algo parecido a un eje.

Noah levantó la vista por fin y me observó con detenimiento.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Ha pasado algo?

—¿Por qué iba a haber pasado algo?

—Porque llevas el móvil en la mano desde que has entrado en la cocina y lo miras como si fuera a confesarte un secreto.

Miré el móvil. Lo dejé en la encimera.

—No pasa nada.

Noah sonrió, esa media sonrisa suya que no juzga pero tampoco compra excusas.

—Vale.

Desayunamos en silencio un par de minutos. Luego, sin mirarme, dijo:

—¿Te escribió?

Sentí cómo se me tensaban los hombros.

—No.

Lo dije rápido, casi como quien se quita una tirita.

Noah asintió.

—Normal.

Le miré.

—¿Normal?

—Sí. La gente tiene vida. No está esperando a escribirte en cuanto te despiertas.

—Gracias por el consuelo.

—No es consuelo. Es estadística.

—No necesito estadística. Necesito que no me analices.

—No te analizo. Te recuerdo que no eres el centro del universo de un desconocido.

Me quedé en silencio.

Tenía razón, claro. Pero eso no impedía que una parte de mí —una parte sorprendentemente vulnerable y bastante adolescente— hubiera esperado, aunque fuera de forma irracional, una notificación.

—Además —añadió Noah—, si te escribe demasiado rápido también te parecería raro.

—¿Desde cuándo sabes tanto de esto?

—Desde que tengo amigas.

—Eso no te convierte en experto.

—No. Pero me da contexto.

Suspiré.

—No quiero hablar de esto.

—Vale.

Bebió un sorbo de leche.

—Pero si luego estás rara, no digas que no te avisé.

Le lancé una mirada.

—¿Rara cómo?

—Como cuando finges que no te importa algo que sí te importa.

—No finjo.

—Mamá.

Solo dijo eso. Mamá.

Y con eso bastaba.

Me terminé el café de un trago y me levanté.

—Voy a vestirme.

—Vale.

Cuando salí del cuarto, ya con ropa de oficina y la sensación de haberme puesto una versión funcional de mí misma, Noah estaba recogiendo su mochila.

—Hoy salgo más tarde —dijo—. Tengo clase extra de mates.

—Perfecto.

—Y luego igual bajo un rato con Marcos.

—De acuerdo.

Nos quedamos un segundo en silencio.

Luego él añadió:

—No mires el móvil todo el día.

—No lo hago.

—Lo harás.

—No lo haré.

—Lo harás.

—Noah.

—Mamá.

Nos miramos.

Y nos reímos.

Ese tipo de risa pequeña, compartida, que no arregla nada pero lo hace todo un poco más llevadero.

Salimos juntos de casa. Bajamos por la escalera porque el ascensor estaba ocupado, probablemente por la señora del segundo que llevaba años usándolo como si fuera una extensión de su salón.

En el rellano del portal nos cruzamos con Virginia, que llegaba con dos bolsas del supermercado y el pelo recogido de cualquier manera.

—Buenos días, criaturas —dijo.

—Buenos días —respondimos al unísono.

Virginia me miró.

—¿Y?

—¿Y qué? No empieces tú también.

—¿Te ha escrito?

Noah levantó las cejas.

—Esto va a ser insoportable.

—Cállate —dijimos Virginia y yo a la vez.

Virginia dejó las bolsas en el suelo.

—A ver.

—No.

—Julia.

—Que no.

—Julia.

Suspiré.

—No, no me ha escrito.

Virginia asintió con calma.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí. Perfecto. Primer aprendizaje: la gente no vive pendiente de ti. Bienvenida a la realidad.

—Qué bien.

—Y segundo aprendizaje —añadió—: no vas a volverte loca por eso.

—No me estoy volviendo loca.

Virginia me miró con una sonrisa leve.

—Aún.

Noah cogió su mochila.

—Me voy antes de que esto se convierta en un podcast.

—Vete —dije.

—Os quiero —añadió, ya saliendo por la puerta del portal.

—Nosotros más —respondió Virginia.

Yo sonreí.

Nos quedamos un momento en el rellano, solas.

Virginia recogió las bolsas.

—Si no lo ha hecho no es por nada personal, Julia.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes o lo dices?

La miré.

—Lo sé.

—Vale.

Subió un escalón, luego se giró.

—Pero si te escribe, me avisas.

—Vete a tu casa.

—Voy. Pero te estoy vigilando.

Y comenzó a subir las escaleras.

Al salir a la calle, el barrio ya estaba en marcha.

Gente con prisa, gente sin prisa, gente que iba a trabajar, gente que volvía de trabajar, gente que no sabía muy bien a dónde iba pero caminaba igual.

Me gustaba ese movimiento. Esa sensación de que la vida no se detenía porque una estuviera dudando de sí misma frente a un móvil.

Caminé hasta el metro con el abrigo abierto y el café aún en el cuerpo.

Y entonces, sin querer, metí la mano en el bolso y saqué el móvil.

Pantalla.

Nada.

Lo guardé.

Seguí andando.

Lo volví a sacar.

Nada.

Lo guardé otra vez.

Y en ese gesto absurdo, repetido, casi automático, entendí algo que me incomodó más de lo que me gustaría admitir.

No era él.

No era el match.

No era siquiera la posibilidad de una cita.

Era lo que ese silencio despertaba en mí.

La duda.

La vieja, conocida, persistente duda de si había algo en mí que no terminaba de encajar, de gustar, de ser suficiente.

Y eso no tenía nada que ver con un desconocido.

Eso era mucho más antiguo.

El metro llegó. Entré. Me agarré a la barra y, por primera vez desde la noche anterior, dejé el móvil en el bolso sin intención inmediata de sacarlo.

Respiré.

Quizá de eso iba todo esto.

No de gustar.

No de encontrar a alguien.

Sino de aprender a no desmoronarte cada vez que alguien no te mira.

Y eso, sospechaba, iba a ser bastante más complicado que deslizar un dedo hacia la derecha.