Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 2 #2
20%

Capítulo 2 #2

—Porque hay hombres que siguen convencidos de que una cuchilla, un espejo de baño y una fe inquebrantable son suficientes para obrar milagros.

La tercera: un hombre de cincuenta y dos años mirando fijamente a la cámara con la expresión de quien acaba de enterarse de que le han subido el seguro del coche.

No sonreía. No había rastro de alegría. Tampoco de esperanza.

Solo una mezcla de resignación y cansancio existencial.

Debajo de la foto, en la biografía, podía leerse:

"Soy un chico súper sonriente."

Fruncí el ceño.

—¿Estamos seguros de que es la misma persona? —pregunté.

Virginia cogió el móvil y observó la pantalla unos segundos.

—Igual sonríe por dentro.

—Virginia, este hombre tiene la misma expresión que yo cuando me llega el recibo del IBI.

Ella dio un sorbo a su vino.

—A lo mejor estaba pasando una mala semana.

Volví a mirar la foto.

—O una mala década.

Virginia soltó una carcajada.

—Julia, las aplicaciones de citas son como las ofertas de pisos. Hay que aprender a interpretar el anuncio.

—¿"Súper sonriente" significa que una vez sonrió en una boda en dos mil dieciséis?

—Exacto. Y "me encanta viajar" suele significar que fue a Benidorm en 2019 y todavía habla de ello.

Negué con la cabeza mientras le devolvía el móvil.

—De verdad que no entiendo cómo hemos sobrevivido como especie.

Virginia levantó la copa.

—Con vino terapéutico y expectativas razonables.

Choqué mi copa con la suya.

—Sobre todo con lo segundo.

—No te engañes. Principalmente con lo primero.

Yo me eché a reír.

Seguimos.

Hombres con gafas de sol en interiores, abrazando sobrinos ajenos, con frases como “me gusta vivir al límite” y luego seguro les da ansiedad cambiar de compañía telefónica, divorciados recientes poniendo “sin dramas” como si hubieran salido de Vietnam o tipos con abdominales y una mirada de persona que seguramente corrige tu pronunciación de “matcha”.

Pero entre la risa había otra cosa.

Una punzada.

Porque, mientras yo deslizaba caras, también sentía esa voz interior que tantas mujeres llevamos incrustada como una aplicación de fábrica.

La voz que dice: quizá deberías adelgazar tres kilos, quizá tendrías que haberte hecho algo en el pelo, quizá tus brazos no son de foto, quizá tu cuello, quizá tus ojos cansados, quizá ya no.

Era increíble la velocidad con la que podía volver la inseguridad.

Habían pasado apenas veinte minutos desde que me había descargado una aplicación y ya me estaba preguntando si debería haber empezado pilates en septiembre, si aún estaba a tiempo de mejorar glúteo, si los hombres de mi edad querían mujeres de mi edad o mujeres de mi edad pero con cara de haber dormido siempre ocho horas y hecho retiros en Menorca.

—¿En qué piensas? —preguntó Virginia.

Yo dudé. Luego dije la verdad.

—En que igual debería haber esperado un poco. Haberme puesto en forma. Sentirme mejor.

Virginia dejó la copa en la mesa con una calma peligrosa.

—Escúchame bien.

La miré.

—Tu cuerpo no es un borrador.

Me quedé quieta.

—No tienes que optimizarte para merecer deseo —continuó—. No eres una versión beta de nada. No tienes que llegar a tu mejor versión antes de permitirte vivir.

Tragué saliva.

Virginia siguió:

—Nos han hecho creer que siempre estamos a una crema, una dieta o una terapia de ser suficientes. Y mientras esperamos esa versión mejorada, se nos va la vida. Tú no necesitas llegar perfecta a ninguna parte. Necesitas volver.

La frase me golpeó en algún sitio blando.

Volver.

No a un cuerpo de treinta años. Ni a una versión ideal de mí. Volver a mí. A la mujer que fui antes de convertirme en una persona eficiente.

Respiré hondo.

Y seguí deslizando.

Entonces apareció él.

No porque fuera espectacular. No lo era.

Pero tenía una cara amable. Un jersey gris. Un café en la mano en una foto. Una sonrisa torcida en otra. Y una biografía que decía:

“Me gusta cocinar mal pero con entusiasmo. Separado, padre de una hija adolescente. Intento no convertirme en un señor gruñón.”

Virginia leyó por encima.

—Bueno. Al menos sabe que existe el humor.

Yo dudé.

—¿Y si le doy like y me sale?

—Eso es literalmente el funcionamiento de la app.

—Ya, pero…

—Julia.

La miré.

Virginia sonrió con una mezcla de ternura y desafío.

—Te recuerdo que presentas declaraciones de renta a diario. Has sobrevivido a una separación. Has criado a un hijo que te llama señora con amor. Puedes deslizar un dedo.

Miré la pantalla.

Mi pulgar tembló de una forma absurda.

Me reí de mí misma.

—Esto es ridículo.

—Sí —dijo Virginia—. Y maravilloso.

Deslicé.

La pantalla hizo un pequeño destello.

¡Es un match!

Me quedé congelada.

Virginia dio un grito ahogado.

—¡Vamos!

—No grites.

—¡Has gustado!

—Virginia, por favor, no lo digas así. Parece que he aprobado un casting para jamones.

Pero me reía. Y no una risa educada. Una risa de verdad. Ligera. Sorprendida. Un poco tonta.

Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo tan pequeño y tan desproporcionadamente emocionante.

Un hombre desconocido al que probablemente no volvería a ver jamás acababa de decirme, con un gesto de dedo y un algoritmo cuestionable: sí, me apetece saber algo de ti.

Y por ridículo que sonara, una parte de mí, muy escondida y muy cansada, acababa de abrir un ojo.

Virginia me miró.

—Ahí estás.

—¿Dónde?

—Viva.

No respondí.

Porque por primera vez en mucho tiempo, mientras el móvil vibraba con la posibilidad de un mensaje y mi casa seguía siendo la misma —el mismo sofá, la misma lámpara, la misma ropa en la silla—, sentí algo que creía extinguido.

No felicidad.

No esperanza todavía.

Pero sí una especie de cosquilleo mínimo. Un aviso.

Como cuando, después de un invierno largo, abres una ventana y entra aire frío.

Y por fin recuerdas que fuera sigue existiendo el mundo.