Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1) Capítulo 2
16%

Capítulo 2

El catálogo humano

Hay un momento exacto en el que una se da cuenta de que ha cruzado una línea invisible y ya no hay vuelta atrás.

No hablo de las grandes decisiones: casarte, separarte, parir, firmar una hipoteca, decir “sí” a un flequillo después de una crisis. Hablo de esos gestos pequeños, aparentemente ridículos, que sin embargo te colocan en un lugar del que ya no puedes fingir que no sabías nada.

Por ejemplo: subir una foto tuya a una aplicación de citas un miércoles a las once y cuarenta y siete de la noche mientras tu mejor amiga te dice desde el sofá que no pongas ninguna donde parezcas “una concejala simpática de distrito”.

Ese fue mi cruce de línea.

Virginia estaba sentada con las piernas cruzadas en mi salón, una copa de vino en la mano y la autoridad moral de quien lleva años tomando decisiones sentimentales pésimas con una seguridad admirable.

—Esa no —dijo señalando una foto de mi galería.

—¿Por qué?

—Porque llevas un collar de bolas turquesas que grita “vendo cerámica artesanal y digo universo sin ironía”.

Miré la foto.

—Es de la comunión de mi sobrina.

—Pues peor. Además, sonríes como si acabaran de decirte que el catering incluía tortilla.

—Me gusta la tortilla.

—Julia, por favor. Estamos intentando que te follen, no que te inviten a una merienda.

Le lancé un cojín. Lo esquivó con una agilidad sospechosa para alguien que decía que el yoga era un grupo de gente flexible y aburrida.

—Habla bajo —dije—. Noah está en casa.

—Noah ya sabe más de relaciones humanas que tú y yo juntas. No finjas pudor ahora.

Miré de reojo hacia el pasillo. La puerta del cuarto de Noah estaba cerrada, pero eso en un piso de Carabanchel significaba exactamente lo mismo que un biombo en una consulta de urgencias: una ilusión de intimidad.

—No quiero hacer esto —murmuré.

Virginia me observó como quien mira a una amiga en la comisaria por una tontería razonable.

—Eso es buena señal.

—No. Eso es miedo.

—Exacto.

Me quité las gafas, me froté los ojos y miré la pantalla del móvil. Tinder ya estaba instalado. La llama naranja parecía mirarme con una mezcla de condescendencia y amenaza.

—¿Por qué hay que poner biografía? —pregunté.

—Porque los hombres tienen que saber que no eres una asesina.

—Eso se deduce de la cara.

—No siempre. Hay mujeres con cara monísima que perfectamente podrían descuartizar a alguien con una Thermomix.

—Qué tranquilizador.

Virginia me quitó el móvil de las manos.

—Vamos a ver qué material tenemos.

—No digas material. No soy una promoción de sofás.

—No, pero llevas dos años empaquetada.

Abrí la boca para protestar y la cerré porque, desgraciadamente, otra vez tenía razón.

Virginia empezó a deslizar fotos de mi galería con una rapidez insultante.

—Esta no.

—¿Por qué?

—Porque sales con Noah y eso espanta.

—¿Por qué iba a espantar que tenga un hijo?

—Porque no queremos que atraigas a señores que digan “yo también soy papá, jeje” como si fuera un fetiche. Eso se dosifica.

—Qué horror.

—Bienvenida al siglo XXI.

Pasó otra.

—Esta tampoco.

—¿Ahora qué?

—Es un selfie de baño.

—Salgo bien.

—Sales como una mujer que lleva quince minutos dudando si el tinte le tapa las canas.

Me ofendí porque era exactamente eso.

—¿Qué problema hay con las canas?

Virginia me miró con calma.

—Ninguno. El problema es que nos han metido en la cabeza que a partir de cierta edad nuestro cuerpo se convierte en un proyecto de rehabilitación constante.

Me quedé quieta.

Virginia siguió, pero ya no en tono de broma:

—Que si colágeno. Que si ayuno intermitente.

Que si pilates. Que si tacones.Que si skin care de doce pasos.

Que si meditar para que no te afecte que el mundo sea una trituradora.

Que si mantenerte joven, delgada, centrada, deseable y agradecida.

Y mientras tanto, pagar facturas, trabajar, criar hijos y no convertirte en una sociópata.

Me reí, cansada.

—Dicho así suena agotador.

—Porque lo es, cariño.

Apoyé la cabeza en el respaldo.

—A veces siento que incluso estar bien se ha convertido en un trabajo.

Virginia chasqueó los dedos.

—Eso. Exactamente eso. Nos han vendido el autocuidado como otra tarea pendiente. Como si cuidarte fuera optimizarte. Como si la paz mental fuera otra casilla de Excel.

La miré. Virginia podía parecer una mujer que improvisaba su vida con rímel y descaro, pero debajo había una inteligencia feroz, de esas que ven el truco aunque todo el mundo esté aplaudiendo.

—¿Y tú qué propones? —pregunté.

Ella sonrió.

—Que por una vez hagas algo no para mejorarte, sino para divertirte.

—Tinder no parece diversión.

—Tinder es un zoo. Y los zoos, si vas sin expectativas, entretienen bastante.

Solté una risa corta.

—Qué romántico todo.

—No te estoy vendiendo amor. Te estoy vendiendo circulación sanguínea.

En ese momento Noah abrió la puerta de su cuarto y apareció con una botella de agua.

Nos miró. Luego miró el móvil. Luego nos volvió a mirar.

—Madre mía. Seguís.

Virginia alzó la copa.

—Seguimos.

—¿Sabéis que mañana tengo examen y estoy intentando estudiar mientras escucho frases como “que no parezca concejala”? —dijo Noah.

—Eso te da calle —respondió Virginia.

Noah negó con la cabeza.

—No. Eso me da material para terapia futura.

Yo suspiré.

—Vuelve a tu cuarto.

Pero Noah se acercó, curioso, y se dejó caer en el brazo del sofá con esa elasticidad de los diecisiete años que da ganas de denunciar a alguien.

—A ver.

—No —dije.

—Sí —dijo Virginia.

—Virginia.

—Julia, si tu hijo te ha visto vomitar con gastroenteritis, también puede ayudarte a elegir una foto decente.

Noah estiró la mano.

—Enséñame.

Le tendí el móvil resignada.

Lo revisó dos minutos en silencio, con una concentración que jamás había mostrado estudiando Historia del Arte.

—Esta.

Me enseñó una foto mía en una terraza, del verano anterior. Llevaba un vestido azul marino, el pelo suelto y estaba riéndome de algo que Virginia había dicho.

La miré.

Me sorprendió un detalle mínimo: parecía yo.

No la versión retocada de mí. Ni la de la comunión con faja. Ni la del selfie estudiado. Yo. Un poco despeinada, un poco cansada incluso, pero viva.

—Esa está bien —dijo Noah.

Virginia asintió.

—Sí. Ahí pareces divertida.

—¿Insinúas que no lo soy normalmente?

—Insinúo que últimamente pones cara de haber perdido un litigio con el mundo.

Noah me devolvió el móvil.

—Pon esa.

Sentí una punzada extraña. No de miedo exactamente. De pudor. Como si subir una foto fuera mucho más íntimo de lo que parecía.

Porque no era una foto.

Era decir: sigo aquí.

Era admitir que, en algún rincón todavía intacto de mí, existía la esperanza de gustar. Y a los cuarenta y cinco años, después de un matrimonio, una separación, una hipoteca ajustada y muchas cenas recalentadas, la esperanza puede dar más vergüenza que el fracaso.

—Julia —dijo Virginia más suave—. No estás pidiendo matrimonio. Estás diciendo hola.

Noah se levantó.

—Hazlo. Y por favor, si mañana te levantas diciendo que un tal “LoboLibre78” te ha cambiado la vida, me voy con papá.

—Vete —dije.

—Lo haré. Pero me llevaré la Play.

—Chantajista.

—Vale.

Se fue. Oí cómo cerraba la puerta y ponía música baja. Sonreí sin querer.

Virginia me dio un codazo.

—Te sale bien. Lo de ser querida.

—No empieces.

—No empiezo. Solo digo que llevas tanto tiempo sobreviviendo que se te ha olvidado que también gustas. Y no solo a tu hijo y a Hacienda cuando presentas los plazos.

Subí la foto.

Luego llegó la biografía.

Ese fue otro infierno.

—Pon algo sencillo —dijo Virginia—. Sin parecer desesperada ni una inspectora de homicidios.

—¿Qué se pone en una biografía?

—Quién eres.

Me reí.

—¿Y quién soy?

Virginia me miró.

—Una mujer lista, divertida, agotada y con mejores piernas de las que cree.

—No pienso poner eso.

—Cobarde.

Escribí:

“Madre, funcionaria, adicta al café y a la ironía. Me gusta reírme, cenar bien y la gente que no habla como un coach.”

Virginia me miró con cara de funeral.

—No.

—¿Qué?

—Eso parece la biografía de una mujer que desayuna semillas, saluda al sol treinta veces por la mañana y tiene una carpeta de recetas saludables en la mesilla.

—No tengo recetas saludables.

—Por eso mismo.

Borré.

Volví a escribir.

Borré otra vez.

Al final puse:

“Me gustan las conversaciones con sentido, los barrios con vida y la gente que sabe reírse de sí misma.”

Virginia hizo un gesto ambiguo.

—No está mal. Un poco señora de suplemento dominical, pero digno.

—Gracias por tu entusiasmo.

Respiré hondo.

Pulsé guardar.

Y entonces empezó.

El catálogo.

Si alguien me hubiera dicho diez años antes que una noche estaría en el sofá, con un vino barato y mi mejor amiga, mirando hombres en una aplicación como quien mira pisos imposibles en Idealista, me habría reído en su cara.

No porque me pareciera inmoral, sino porque me parecía profundamente improbable que yo acabara convertida en una mujer que desliza el dedo sobre caras ajenas mientras lleva calcetines gordos y una camiseta vieja de publicidad institucional.

Pero allí estaba.

Y era fascinante.

No en el sentido romántico. En el antropológico.

La primera foto fue un hombre haciendo paddle surf sin camiseta.

—No —dijo Virginia.

—No.

La segunda: un hombre de unos sesenta años, con más pelo en el pecho del que yo había visto jamás fuera de un documental sobre primates, posando sin camiseta frente al espejo del baño.

Sujetaba una cuchilla desechable sobre el esternón con la solemnidad de un cirujano a punto de realizar una intervención delicada.

—¿Qué está haciendo? —pregunté, acercando el móvil a la cara para asegurarme de que mis ojos no me estaban traicionando.

Virginia dio un sorbo a su vino.

—Creo que preparándose para una cita.

Volví a mirar la foto.

—¿Depilándose el pecho?

—O amenazándolo. No lo tengo claro.

Parpadeé varias veces.

—¿Por qué hacen esto?

Virginia se encogió de hombros.