Capítulo 1 #3
—Porque hemos sobrevivido a otro día de trabajo, porque tu hijo sigue hablándote aunque seas pesada y porque todavía tenemos vino.
—Visto así, no está mal.
—Julia, el vino terapéutico consiste precisamente en eso: encontrar tres cosas por las que brindar cuando lo único que te apetece es ponerte el pijama a las siete de la tarde.
—Ah.
—Y si el problema sigue ahí mañana, ya pensaremos algo. Pero esta noche, primero el vino.
Levanté la copa.
—Creo que empiezo a entender el concepto.
—Lo sé. Es una disciplina compleja. Por eso requiere años de práctica.
Sirvió las copas y nos fuimos al salón. Ella se quitó los zapatos y se sentó cruzando las piernas, observándome con la precisión de una francotiradora emocional.
—A ver.
—¿A ver qué?
—A ver cuánto tiempo vas a seguir fingiendo que todo va fenomenal.
—No estoy fingiendo nada.
—Julia.
Solo dijo mi nombre. A veces bastaba. Virginia tenía esa cualidad insoportable de las personas que te conocen demasiado bien: sabía distinguir entre mi tono de “déjame en paz” y mi tono de “por favor insiste un poco más”.
Bebí un sorbo.
—Estoy bien.
—No, estás funcional. Que no es lo mismo.
—Estoy cansada, ya está.
—No estás solo cansada. Estás apagada. Que es distinto y bastante más triste.
No respondí.
Virginia apoyó la copa en la mesa.
—No me mires así. Te lo digo porque te quiero, no porque me haya dado por hablar como una terapeuta de TikTok. Llevas dos años trabajando, criando, organizando horarios con Dani y sobreviviendo como si eso fuera una personalidad.
—No estoy sobreviviendo.
—Ah, ¿no? Pues ilumíname. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no fuera útil?
Abrí la boca. La cerré. Pensé en decir “el domingo me puse una mascarilla”, pero incluso para mí eso sonó deprimente.
—No sé —admití.
—Exacto.
Hubo un silencio.
Desde la calle subía el ruido de una moto. En el piso de al lado alguien arrastró una silla. Y la nevera emitió su zumbido habitual.
Virginia se inclinó hacia delante.
—Tú no estás muerta, Julia.
—Menos mal. Me habría enterado por otra vía.
—No bromees y escucha. No estás muerta. No se te ha acabado la vida. No se te ha acabado el deseo. No se te ha acabado la capacidad de gustar, de reírte, de hacer una estupidez. Lo que pasa es que te has acostumbrado a no mirar ahí.
Sentí un pinchazo incómodo en el pecho, como si alguien hubiera abierto una ventana donde yo llevaba tiempo poniendo muebles delante.
—No sé de qué hablas.
Virginia soltó una carcajada breve.
—Sabes perfectamente de qué hablo. Llevas dos años sin una cita, sin un amago de nada, sin comprarte unas bragas sin agujero moral, sin ponerte guapa para alguien que no seas tú —hizo una pausa—, y tampoco te pones guapa para ti, ya que estamos.
—No necesito una cita. Necesito dormir ocho horas y que me bajen la factura de la luz.
—Eso también. Pero no me cambies de tema.
Yo me removí en el sofá.
—Virginia, no tengo ganas de empezar con eso.
—¿Con qué?
—Con… el mercado. Los hombres. Las aplicaciones. La humillación. Las fotos. No puedo.
Ella me miró con una mezcla de ternura y crueldad.
—¿No puedes o te da pánico?
No respondí porque, por desgracia, mi silencio era muy elocuente.
Virginia se levantó sin decir nada, cogió su bolso, sacó el móvil y se sentó otra vez.
—No.
La miré.
—¿No qué?
—No vas a quedarte aquí convirtiéndote en una señora de interior beige antes de tiempo.
—Tengo cortinas mostaza.
—Metafóricamente beige.
Desbloqueó el móvil y empezó a teclear.
—¿Qué haces?
—Tu intervención.
—No necesito una intervención.
—No. Necesitas Tinder.
La palabra cayó en el salón como cae una cucaracha en mitad de una cena: pequeña, rápida y capaz de arruinarte el sistema nervioso.
Me incorporé.
—Ni hablar.
—Hablar no. Descargar.
—Virginia, no.
—Virginia, sí.
—Tengo cuarenta y cinco años.
—Precisamente. No catorce. Ya deberías saber que el ridículo no mata.
—No es ridículo. Es… no sé. Es deprimente.
—Deprimente es esperar una validación masculina de un algoritmo diseñado por sociópatas —dijo—. Pero también lo es renunciar antes de jugar.
—No quiero jugar.
—Claro que no. Nadie quiere jugar. Las personas adultas queremos una conversación interesante, un poco de deseo, alguien que no mastique con la boca abierta y, con suerte, un masaje de pies una vez al trimestre. Pero como eso no viene a domicilio, una se expone.
Me eché hacia atrás.
—No sé hacer eso.
Virginia abrió mucho los ojos.
—¿Exponerte?
—Sí.
—Has parido. Te has separado. Has negociado la custodia compartida. Trabajas en Hacienda. Créeme: puedes exponerte.
Me reí pese a mí misma.
—No es lo mismo.
—Es peor Hacienda.
No pude evitarlo. Solté una carcajada corta y cansada.
Virginia aprovechó la grieta.
—Mira. No te estoy diciendo que te cases con nadie. Ni que te enamores. Ni que te compres un tanga con plumas. Solo te digo que abras una puerta.
—¿Y para qué?
Ella me sostuvo la mirada.
—Para recordar que sigues viva.
La frase me dejó quieta.
No porque fuera brillante. No lo era. Era simple. Casi demasiado. Pero a veces las cosas que más duelen no son las sofisticadas, sino las que ya sabías y llevabas meses esquivando con logística, listas de la compra y cansancio.
Yo estaba viva, sí. Técnicamente. Funcionalmente. Fiscalmente incluso. Pero hacía tanto tiempo que no sentía anticipación por nada que la idea de que todavía pudiera pasarme algo inesperado me resultó casi obscena.
—No sabría ni qué poner —murmuré.
Virginia sonrió con lentitud, como una depredadora amable.
—Ah. Ya hemos pasado del no al no sabría.
—No manipules.
—Te conozco. Es distinto.
—No tengo fotos.
—Mentira. Tienes esa de la boda de tu prima.
—En esa llevo faja.
—Pues mira qué bien, ya sabemos que el amor verdadero resistirá a una faja oculta bajo el vestido.
—Virginia.
—Julia.
Nos quedamos en silencio un momento. Yo miré mi copa.
Luego la mesa. Luego mis manos. Tenía las uñas cortas, sin pintar.
La piel seca. La alianza ya no estaba desde hacía tiempo, pero a veces aún me descubría tocándome el dedo donde estuvo, no por nostalgia de Dani, sino por la costumbre física de haber pertenecido a un vínculo concreta.
—¿Y si hago el ridículo? —pregunté al final.
Virginia apoyó una mano sobre la mía.
—Lo harás.
Levanté la cabeza, ofendida.
—Gracias.
—No, escúchame. Claro que harás el ridículo.
Todo el mundo hace el ridículo. Ligando, viviendo, intentando parecer más interesante de lo que es, mandando mensajes demasiado pronto o demasiado tarde.
La cuestión no es evitar el ridículo. La cuestión es decidir si prefieres eso o seguir esperando a que se te pase la vida por miedo a parecer tonta.
No supe qué responder. Porque lo terrible de Virginia era que casi siempre terminaba teniendo razón, y una odia muchísimo a las amigas que tienen razón cuando una quería entregarse cómodamente a su miseria.
En ese momento apareció Noah en el pasillo, con el móvil en la mano y cara de quien ya sospechaba algo.
—Ah, estás aquí —dijo mirando a Virginia—. He oído tu voz y he pensado que o habías bajado tú o había una pelea en el tercero.
Virginia sonrió.
—Tu madre y yo estamos haciendo historia.
Noah nos observó. Luego vio el móvil de Virginia. Luego me vio a mí.
—No.
—¿No qué? —pregunté, demasiado rápido.
—No le dejes abrirte Tinder.
Hubo un silencio breve.
Virginia se volvió hacia él.
—Perdona, adolescente sin pagar alquiler, ¿quién te ha dado vela en este entierro?
—Nadie. Pero vivo aquí y luego me toca recoger los restos.
Yo noté cómo se me encendían las orejas.
—Nadie va a abrirme nada.
—Mamá —dijo Noah con infinita paciencia—, estás diciendo frases más cortas. Eso significa que estás cediendo.
Virginia lo miró con admiración.
—Qué niño más listo.
—Lo sé —dije orgullosa.
Noah se apoyó en la puerta.
—Solo te pido una cosa.
—¿Cuál?
—No uses fotos con filtros que luego no puedas sostener a plena luz del día.
—Gracias por tu apoyo incondicional.
—Es amor preventivo.
Virginia ya se reía.
—Y otra cosa —añadió él—. Si pones biografía, que no sea de señora intentando parecer joven. Nada de “me gusta reír y viajar”.
—Vete a estudiar —dije.
—Estoy estudiando. Sociología doméstica.
Se dio media vuelta, volvió a su cuarto y, antes de cerrar la puerta, soltó:
—Y mamá… no escribas en Google “cómo besar después de los cuarenta” con mi wifi. Tengo exámenes.
Virginia soltó una carcajada que casi tira la copa.
Yo me tapé la cara con las manos.
—Voy a morir.
—No —dijo ella aún riéndose—. Vas a descargarte una aplicación y tu hijo te va a humillar un poco por el camino, que es la forma que tiene la vida de equilibrar las cosas.
La miré entre los dedos.
—Lo odio.
—No lo odias. Te ha salido listísimo y eso tiene efectos secundarios.
Me levanté para servirme más vino. No porque me hiciera falta, sino porque necesitaba hacer algo con el cuerpo mientras mi cabeza procesaba la idea de entrar en Tinder como quien valora entrar en quirófano sin anestesia completa.
Fui hasta el espejo del pasillo al volver de la cocina. No sé por qué. Quizá porque una siempre va al espejo cuando necesita confirmar si la persona que siente dentro se corresponde mínimamente con la que ven los demás.
Allí estaba yo.
Julia Casas. Cuarenta y cinco años. Separada.
Administrativa en Hacienda. Madre de un chico demasiado listo.
Dueña de un sofá vencido, tres sujetadores honestos y una vida razonablemente ordenada por fuera.
Una mujer que había aprendido a resolver, sostener, anticipar, negociar, contener y llegar a fin de mes con la dignidad de quien hace malabares sin público ni aplausos.
Y, sin embargo, había algo en mi cara que no era edad.
Era abandono. No en el sentido trágico. Nadie me había abandonado exactamente.
Me había ido dejando yo sola, por pequeñas cuotas, durante años.
Hoy no me compro nada, hoy no salgo, hoy me da pereza, hoy no tengo cuerpo, hoy no toca.
Y de tanto repetirlo, había terminado por convertirme en alguien a quien ya no le pasaban cosas, solo trámites.
Detrás de mí, desde el salón, Virginia gritó:
—¿Te has quedado catatónica o vas a venir a elegir foto?
Seguí mirándome un segundo más.
No era verdad que no quisiera nada. Claro que quería.
Quería volver a reírme en una mesa con alguien que me mirara como si yo aún fuera una posibilidad.
Quería acordarme de cómo era sentir nervios por algo que no fuera una notificación del banco.
Quería desear sin pensar antes en horarios, en estrías, en si había comprado detergente. Quería, por lo menos, tener la opción.
Y, sobre todo, me daba más miedo otra cosa.
Me daba más miedo seguir así.
Seguir esperando a que la vida me encontrara escondida detrás de la rutina, como si la ilusión fuera un paquete de Amazon que tarde o temprano acaba llegando aunque no lo pidas.
Volví al salón.
Virginia alzó una ceja, triunfal.
—Bueno. ¿Empezamos?
Me senté a su lado. Noté el latido en el cuello como si fuera a firmar una hipoteca con sangre.
—Solo mirar —dije.
Virginia sonrió con una satisfacción francamente irritante.
—Por supuesto.
Me tendió el móvil. Luego lo retiró.
—No. Mejor aún. Hazlo con el tuyo. Que quede constancia legal.
Saqué mi móvil del bolso. Lo desbloqueé. Fui a la tienda de aplicaciones. Escribí la palabra.
Tinder.
Apareció la llama naranja en la pantalla, pequeña y obscena, como un aviso de incendio en una vida que hasta entonces se había especializado en evitar combustiones.
Me quedé mirando el botón de descarga.
—Esto es una pésima idea —murmuré.
Virginia chocó su copa con la mía.
—Las mejores lo son.
Pulsé.
Durante unos segundos no pasó nada, salvo esa barra absurda que se llena lentamente y te da tiempo de arrepentirte tres veces.
Escuché a Noah moverse en su cuarto. Escuché a un vecino toser al otro lado de la pared.
Escuché la nevera, el ascensor, el barrio entero respirando mientras en mi salón, sin focos ni música épica, una mujer cansada decidía hacer una tontería mínima y gigantesca a la vez.
La aplicación terminó de instalarse.
Virginia me miró.
Yo la miré a ella.
Luego bajé la vista a la pantalla y pensé, con una mezcla exacta de terror y vértigo, lo mismo que pensé la primera vez que presenté una declaración sola, después de separarme:
ojalá no la cague demasiado.
Y así fue como, una noche cualquiera, en un piso normal de Carabanchel, con vino barato, ojeras dignas y mi hijo a pocos metros juzgando mi existencia, me descargué Tinder.
Ahí empezó el caos.