Capítulo 1 #2
Saqué los huevos, un trozo de queso y la berenjena, a la que decidí darle una oportunidad porque a cierta edad una desarrolla una compasión extraña por las cosas que están a punto de estropearse.
Noah se sentó en la encimera, ignorando una vez más el concepto de silla, y me vio cortar verduras.
—Papá ha dicho que el sábado tiene comida con los del trabajo y que a lo mejor llegamos un poco tarde.
—Ajá.
—“Ajá” no es una respuesta adulta.
—Tú tampoco eres exactamente una respuesta adulta y aquí estás.
Sonrió. Era guapo de una forma que me ponía nerviosa, quizá porque me recordaba que el tiempo había hecho con él algo precioso y conmigo, en cambio, había optado por un estilo más documental.
Mientras cocinaba, me habló del examen de Filosofía, del profesor de Historia que parecía disfrutar suspendiendo, del idiota de su clase que ahora quería estudiar Marketing porque “se le da bien venderse”.
Yo asentía, añadía sal, removía, escuchaba y hacía esa cosa muy de madre de procesar simultáneamente la vida emocional de tu hijo y el punto exacto de una tortilla improvisada.
—Hoy Virginia ha preguntado por ti —dijo de pronto.
Yo levanté la vista.
—¿Ha bajado?
—No. Ha gritado desde la ventana.
Asentí. Eso encajaba con Virginia.
Virginia vivía en el piso de arriba y era mi mejor amiga desde hacía once años, que es el tiempo que se tarda en compartir suficiente rellano, suficiente vino terapéutico, como ella lo llamaba y suficientes crisis como para que una persona se convierta en familia sin necesidad de ADN.
Era divorciada, descarada, sin hijos, guapa de una manera que no pedía disculpas y peligrosamente incapaz de respetar los límites básicos entre amistad y allanamiento.
Tenía llave de mi casa por una mezcla de confianza, costumbre y el hecho de que una vez se dejó un guiso en mi nevera y aquello, por alguna razón, marcó un antes y un después.
—¿Y qué quería?
—No sé. Ha preguntado si estabas viva.
—Qué tranquilizador.
—Le he dicho que sí, pero que llevabas un tiempo en modo ahorro de energía.
—Traidor.
—Observador.
Serví la tortilla en dos platos y nos sentamos a la mesa pequeña de la cocina, la de diario, no la del salón, que en mi casa era casi decorativa.
Cenamos hablando a ratos y callándonos a ratos, con esa comodidad rara y preciosa que solo existe con la gente que no te exige rendimiento.
Ni explicaciones. Ni siquiera por haber sacrificado a la berenjena que llevaba tantos días en la encimera que ya empezaba a mirarnos con la autoridad moral de quien paga el alquiler.
En un momento dado, Noah dejó el tenedor, me miró y dijo:
—Estás triste.
Yo mastiqué, tragué y recurrí a una de mis herramientas favoritas: la negación elegante.
—Estoy cansada.
—Sí, pero no solo cansada.
—¿Me estás analizando otra vez?
—No hace falta analizar mucho. Llevas tres semanas poniendo la lavadora con la puerta abierta. Eso, para ti, es un síntoma.
No pude evitar reírme.
—Eso no es un síntoma. Eso es despiste.
—No. Despiste fue lo del otro día, cuando metiste el mando de la tele en la nevera. Lo de la lavadora ya es narrativa.
Le señalé con el tenedor.
—No te pongas literario conmigo que aún no has aprobado los exámenes de acceso a la universidad.
Él sonrió, pero no soltó el tema.
—¿Te pasa algo con papá?
—No.
Y era verdad. O al menos no de una forma interesante.
Con Dani no había ya una herida abierta; había una cicatriz vieja, de esas que notas solo cuando cambia el tiempo.
Nos habíamos separado hacía dos años después de un matrimonio que no explotó, simplemente se apagó.
No hubo traición escandalosa, ni gritos memorables, ni amantes escondidos en hoteles de carretera.
Hubo desgaste. Rutina. Facturas. Cansancio.
Dos personas que un día dejaron de verse y siguieron funcionando igual de bien por inercia, que es una frase horrenda para describir un matrimonio pero bastante exacta.
Lo peor de separarte sin gran tragedia es que no tienes ni el consuelo del drama. No puedes decir “me destruyó” ni “me engañó con una instructora de pilates”. Solo puedes decir “nos dejamos ir” y eso, como relato, duele demasiado.
—Entonces, ¿qué te pasa? —insistió Noah.
Lo miré. Tenía la edad exacta en la que todavía era mi hijo, pero empezaba a mirarme como si yo también fuera una persona, con mis defectos y mis silencios, y aquello a veces me enternecía y otras me dejaba completamente desarmada.
—No sé —dije al final—. Supongo que estoy en una racha tonta.
—Llevas dos años diciendo “racha tonta”.
Yo aparté el plato.
—Mira, Freud con acné, no conviertas la cena en una intervención.
—No es una intervención. Es que te has vuelto un poco señora.
—Tengo cuarenta y cinco años. Técnicamente soy bastante señora.
—No, no. Ser señora no es la edad. Es una energía. Una actitud. Y tú últimamente la tienes de las que guardan bolsas dentro de otras bolsas por si acaso.
Abrí la boca para defenderme y la cerré. Porque guardaba bolsas dentro de otras bolsas por si acaso.
—Eso es sostenibilidad —dije.
—Eso es derrota.
Me reí otra vez, aunque me dolió un poco. Noah tenía ese talento brutalmente adolescente para decir la verdad envuelta en una tontería. A veces era agotador. Sin embargo casi siempre era útil.
Cuando terminamos de cenar, él se ofreció a recoger la mesa. No porque fuera un santo, sino porque quería pedirme una subida de paga próximamente y estaba construyendo expediente.
—Voy a ducharme —dije.
—Vale. Y no te duermas en el sofá luego.
—No me duermo en el sofá.
Levantó una ceja. Había heredado el gesto, pero por suerte no el efecto secundario.
—Mamá. La última vez te despertaste con el anuncio de una crema para hemorroides.
—Era un documental médico.
—Era Telecinco a las dos y cuarto.
Me metí en el baño antes de que pudiera seguir destruyendo mi autoridad. Me lavé la cara, me quité la coleta y me miré en el espejo con la hostilidad moderada de una mujer que no tiene tiempo para odiarse, pero tampoco energía para gustarse.
No me consideraba una persona especialmente vanidosa.
Tampoco especialmente segura. Era de ese grupo amplísimo de mujeres que habían mantenido con su cuerpo una relación administrativa: lo gestionas, lo tapas si hace falta, lo alimentas de forma irregular, intentas que no dé demasiados problemas y agradeces los días en que no reclama protagonismo.
Antes no era así. O no del todo. Antes me compraba vestidos con más alegría.
Antes me hacía fotos sin querer borrarlas.
Antes me depilaba las piernas por motivos que no tenían que ver con una visita al médico o un cambio de armario.
Antes, supongo, todavía me sentía mujer de una manera que no implicaba exclusivamente llevar toallitas húmedas en el bolso.
Salí del baño con el pijama puesto y encontré el salón en penumbra.
Noah estaba en su cuarto estudiando o fingiendo estudiar, que a su edad viene a ser lo mismo durante periodos alternos.
Me serví una copa mínima de vino, de ese vino barato que no mejora con la oxigenación ni con la esperanza, y me senté en el sofá.
Miré alrededor.
Mi casa no era fea. Tampoco bonita. Era vivida.
Sofá algo hundido, manta en una esquina, una planta que sobrevivía por testarudez más que por cuidados, libros mezclados con papeles del instituto, una silla con ropa que no estaba limpia pero tampoco lo bastante sucia como para merecer lavadora.
Una casa sincera. Una casa de mujer que siempre ha tenido prioridades más urgentes que el estilismo.
A las nueve y media sonó el timbre.
No necesité preguntar quién era. Nadie más tocaba el timbre con esa autoridad insolente, como si en vez de pedir paso concediera el honor de su presencia.
Abrí.
Virginia entró sin esperar invitación, con unos vaqueros, un jersey negro, labios pintados y una bolsa de plástico con una botella de vino asomando por arriba.
—Vengo a rescatarte —declaró.
—Qué bien. ¿De qué exactamente?
Me miró de arriba abajo.
—De ti.
Virginia tenía cuarenta y siete años, el pelo castaño y rizado con mechas un poco excesivas, una risa que se oía desde Cuenca y la clase de seguridad en sí misma que solo se consigue después de haber llorado mucho y haber decidido, por puro aburrimiento, dejar de pedir permiso.
Estaba divorciada desde antes que yo y había atravesado todas las fases de la reconstrucción femenina posmatrimonial: la rabia, el flequillo, el yoga, el amante idiota, el terapeuta, la plenitud de Instagram y, por fin, una paz razonable que incluía pintalabios rojo para bajar a por pan si le daba la gana.
—No necesito que me rescates —dije.
—Perfecto. Aun así, voy a servirme una copa del vino que he traído.
Sacó la botella y la levantó en el aire.
—¿Vino terapéutico? —pregunté.
—Siempre.
—¿Existe de verdad esa categoría o te la has inventado?
Virginia abrió el cajón de los cubiertos y empezó a buscar un sacacorchos.
—Claro que existe. Lo que pasa es que aún no la han reconocido oficialmente porque la comunidad científica va muy por detrás de las amigas de cuarenta años.
Solté una risa.
—¿Y para qué sirve exactamente?
—Para lo mismo que sirven los abrazos, los audios de siete minutos y las amigas que aparecen en tu casa sin que las llames.
—Eso ha sonado sospechosamente bonito.
—Porque es verdad. El vino terapéutico no te soluciona los problemas, pero consigue que durante una hora parezcan menos pesados.
Sacó dos copas del armario.
—Además, ayuda a recordar cosas importantes.
—¿Como cuáles?
—Como que no tienes que tener la vida resuelta para ser feliz. Como que una cena de tortilla sigue siendo una cena decente. Como que nadie llega a los cuarenta sabiendo lo que hace.
—Eso último me tranquiliza.
—A mí también. Llevo años improvisando.
Sirvió el vino y me tendió una copa.
—Brindemos.
—¿Por qué?
Virginia chocó suavemente su copa con la mía.