Match a los 45, cero dignidad (Universo Julia Casas nº 1)
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Capítulo 1
La noche en que me descargué Tinder
Hay dos tipos de cansancio.
El primero es el normal, el que se arregla con una ducha caliente, una cena triste y una serie donde todo el mundo tiene cocinas imposibles y problemas sexuales perfectamente visibles.
El segundo es el cansancio de mujer adulta.
El que no se quita durmiendo. El que se te mete en los hombros, en la cara, en la forma de suspirar cuando abres el buzón y ves otra carta con ventana.
El cansancio que hace que un martes de noviembre te quedes mirando una berenjena en la nevera como si fuera un reto personal. O ella o tú.
Yo llevo años instalada en el segundo.
A las seis y cuarto de aquella tarde salí de trabajar de la oficina de Hacienda con la sensación de haber pasado nueve horas encerrada dentro de una fotocopiadora.
El fluorescente tenía una manera muy particular de recordarte que la vida no era una película francesa.
Ni siquiera una española buena. La vida, en una administración pública, se parecía más a una fila con gente enfadada y un cartel plastificado que alguien pegó torcido en dos mil diecisiete.
Trabajaba en atención al contribuyente. Ese título suena a algo vagamente noble, como si yo dedicara mis mañanas a acompañar almas perdidas en el complejo arte de cumplir con sus obligaciones fiscales.
La realidad se parece más a recibir a personas nerviosas y ofendidas por tener que demostrar que existen.
Aquel día, por ejemplo, había atendido a un señor que insistía en que Hacienda le perseguía por envidia.
No “por error”, no “por un malentendido”.
Por envidia. Aseguraba que, desde que vendía suplementos nutricionales por internet, el sistema estaba empeñado en hundirlo.
Llevaba una cazadora de cuero, una pulsera de acero y una seguridad propia de un gurú de gimnasio.
—No puede ser casualidad —me dijo inclinándose sobre la mesa—. Hay intereses.
Yo miré su expediente, miré su cara y tuve que escoger entre la sinceridad y mi nómina.
—Lo que hay es un requerimiento —dije—. Y si trae la documentación, lo resolvemos.
A las doce y media, un chico de veintitantos me preguntó si había alguna manera “de hacer esto sin pagar tanto”.
“Esto” era, al parecer, vivir en sociedad.
A la una, mi compañera Estrella me enseñó fotos del piercing nuevo de su sobrina y luego me preguntó si le veía ojeras.
Yo estuve a punto de decirle que llevábamos quince años trabajando bajo una luz que convierte a cualquier persona en sospechosa de algo, pero me limité a asentir con solidaridad femenina.
Estrella tenía unos treinta y cinco años, el pelo largo y muy rizado, unas gafas de pasta negra y las mejillas siempre ligeramente sonrosadas, como si acabara de subir unas escaleras o de recibir un cumplido inesperado.
Era de esas mujeres suaves, con curvas amables y una presencia tranquila que hacía que la gente se sintiera cómoda a su alrededor en menos de cinco minutos.
Yo sospechaba que, si algún día se acababa el mundo, Estrella aparecería con una bolsa llena de comida y preguntaría quién necesitaba una manta.
A las tres y veinte me comí un yogur y cuatro almendras delante del ordenador, como si fuera una influencer del bienestar pero sin bienestar y con un email que decía URGENTE en mayúsculas.
A las cinco y cuarenta y siete, cuando por fin apagué la pantalla, sentí esa clase de vacío que no es hambre, ni sueño, ni tristeza exactamente.
Es más bien la certeza de que has invertido todo tu día en sostener cosas y no te ha sobrado ni una migaja de energía para preguntarte si tú estabas bien.
Si es que me lo habia llegado a preguntar últimamente de manera consciente.
Vivía en Madrid y bajé al metro en Oporto con las piernas pesadas y la fantasía modesta de llegar a casa, quitarme el sujetador (esa sensación solo comparable a encontrar aparcamiento en la puerta de casa) y no tomar ninguna decisión hasta el jueves.
El andén estaba lleno de gente con cara de estar reprimiendo un pequeño crimen.
Un niño lloraba porque quería unas patatas.
Una pareja discutía en silencio con esa intensidad de las parejas que ya no necesitan palabras para hacerse daño.
Un hombre veía vídeos sin auriculares porque al parecer la vergüenza ya no cotiza.
Me senté en el vagón y abrí el móvil.
Tenía un mensaje del grupo del trabajo. Lo ignoré con la dignidad de una mujer que ya ha dado demasiado al Estado por ese día. Tenía otro de Dani, mi ex marido: “Recuerda que Noah se queda conmigo el fin de semana que viene.”
Ni un “hola”. Ni un “qué tal”. Ni siquiera un triste emoji civilizado, de esos que se mandan los adultos separados para fingir que todo está estupendamente mientras reparten al hijo como si fueran semanas alternas de una promoción de supermercado.
Le respondí: “Sí, lo sé.”
Luego borré el punto final. No sé por qué. Supongo que porque, en el ecosistema de la custodia compartida, un punto final puede parecer hostil, herido o pasivo-agresivo, y una acaba desarrollando una diplomacia ridícula para mensajes sobre horarios de recogida.
Noah tenía diecisiete años, cursaba segundo de Bachillerato y había heredado dos cosas de mí: la ironía y la capacidad de detectar una mentira a siete metros de distancia.
De Dani había heredado la altura, la facilidad para dormirse en cualquier sitio y una forma muy particular de levantar una ceja que me resultaba exasperante porque era idéntica a la de su padre, pero en versión adorable.
La custodia compartida había sido, en teoría, la opción madura. La civilizada. La sensata. La que recomendaban los amigos, los abogados y esa gente que siempre usa la expresión “pensando en el bien del niño” con una seguridad que da ganas de preguntarles si han conocido a algún niño recientemente.
En la práctica, la custodia compartida significaba que mi vida se organizaba en semanas con ruido y semanas con un silencio tan absoluto que podía escuchar el motor de la nevera y mis propios pensamientos, que sinceramente no siempre eran buena compañía.
Aquella, por suerte, era semana de Noah conmigo.
Salí del metro, crucé la calle con el semáforo en rojo y entré en mi barrio con esa mezcla de resignación y cariño que me producía Carabanchel.
Mi parte de Carabanchel, al menos. La de las fruterías con cajas fuera, las panaderías que huelen a algo que da consuelo, aunque no compres nada, los bares con hombres apoyados en la barra a las siete de la tarde como si la vida no les hubiera pedido nunca una contraseña distinta para cada trámite.
Mi edificio estaba al final de una calle en cuesta, un bloque de ladrillo marrón con portal pequeño y un ascensor que parecía diseñado por alguien a quien no le caía bien la humanidad.
El espejo del ascensor llevaba años devolviendo una versión levemente derrotada de cualquiera que se pusiera delante.
Ese día me miré en él y pensé que tenía la misma cara que mi bolso: llena de cosas, desordenada y al borde de romperse por una costura absurda.
No es que yo creyera especialmente en las señales.
Si lo hiciera, no trabajaría donde trabajo.
La gente que cree en las señales no pasa ocho horas diarias explicando modelos tributarios.
Pero aun así debo reconocer que el universo, cuando quiere humillarte, tiene cierto sentido de la puesta en escena.
Porque justo al levantar la vista en el espejo vi dos cosas.
La primera: una mujer de cuarenta y cinco años con abrigo azul marino, coleta mal hecha, la marca de las gafas de sol y una expresión que podría describirse como “he gestionado demasiadas cosas ajenas y ya va siendo hora de que Recursos Humanos me asigne un poco más de salsa a mi vida”.
La segunda: una pegatina medio despegada en una esquina del espejo que dejaba al descubierto una frase escrita a boli, probablemente por alguna persona con exceso de tiempo y pocas expectativas. Decía: VIVE UN POCO, JODER.
Me reí sola. Un resoplido, más bien.
—Gracias, filósofo del ascensor —murmuré.
Cuando abrí la puerta de casa me recibió el olor a tomate frito y adolescencia. Hay casas que huelen a jazmín, a pan recién hecho o a detergente caro. La mía, con Noah dentro, olía a sudadera húmeda, pasta recalentada y ese desorden incipiente que no es suciedad todavía, pero amenaza.
—¿Mamá? —gritó desde su cuarto.
—No, cariño. Una inspectora de aduanas. Vengo a ver si escondes algo.
Apareció en el pasillo con calcetines desparejados, camiseta negra y un flequillo que le caía sobre los ojos con esa gracia ofensiva de los diecisiete años, cuando el cuerpo te funciona incluso si te alimentas exclusivamente de pasta y desprecio.
—Vale, sí eres tú —dijo—. La inspectora de aduanas tendría más brillo en la mirada.
—Gracias por el piropo.
Se apoyó en el marco de la puerta del salón y me observó dos segundos, lo suficiente para que yo supiera que me estaba radiografiando.
—¿Día malo? —preguntó.
—Día normal.
—Eso no ha sonado bien.
Dejé el bolso en la silla, me quité el abrigo y abrí la nevera. Dentro había medio pimiento, yogures, una botella de agua, una bolsa de rúcula ya en fase de despedida y la berenjena que me había mirado por la mañana con hostilidad.
—¿Has cenado? —pregunté.
—Te he esperado.
Lo dijo con esa mezcla entre desgana y ternura que tienen los adolescentes cuando fingen que algo no les importa nada y, sin embargo, llevan veinte minutos pendientes de si apareces.
—No hacía falta.
—Ya. Pero si no te espero tú cenas cualquier porquería de pie, mirando el correo, y luego dices que has cenado “sin hambre”. Que es una frase tristísima, por cierto.
Lo miré.
—¿Tú cuándo te has convertido en mi terapeuta?
—No soy tu terapeuta. No me pagas.
—Menos mal. No llegaría a fin de mes.