Never Leaves Me - Primer capítulo #2
Quizás no soy yo. Sí, el mundo entero no gira a tu alrededor, Juliette.
Quizás es Mads. Supongo que ya tiene esa edad; quince años.
No me imagino a Madeleine contestona, siempre parece tan dulce.
Quizás solo conmigo. Siempre será mi hermanita, por mucho que nos hagamos mayores.
Es doce años menor que yo (bueno, trece a veces, depende del mes en que estemos) y recuerdo el día en que nació como si fuera ayer.
También recuerdo el día en que mamá y papá me dijeron que iban a tener un bebé.
Era mi cumpleaños, cumplía doce. Pensaron que sería una bonita sorpresa para mí, un bonito regalo.
Yo estaba asqueada. Horrorizada. Visto ahora parece hilarante, pero cuando tienes doce años de verdad no crees que tus padres tengan sexo.
De verdad pensaba que eran demasiado mayores para tener otro bebé.
Mi madre también lo pensaba. La oí decírselo a Sally, la vecina de al lado.
Ella tenía cuarenta años, papá cuarenta y tres. No esperaban que eso pasara.
Estaba avergonzada. No se lo conté a mis amigas del colegio.
Pero luego me vieron de compras con mamá; estábamos en el Tesco grande.
Estábamos mirando la ropa. Mamá estaba enorme para entonces, pero toda la tripa le salía hacia delante, con sus piernas flacas colgando debajo de aquella barriga inmensa.
No había forma de disimularlo, estaba embarazada; no se podía hacer pasar por gordura.
Quería que me tragara la tierra cuando Angie y Cara me saludaron desde el otro lado del pasillo de la ropa interior.
Ellas sonrieron. Yo sonreí. Mamá dijo que le dolía la espalda y que teníamos que irnos a casa.
Y nos sacó de allí pasando justo por delante de ellas hacia las cajas.
Me daba pavor ir al colegio al día siguiente.
¿Cómo iba a ocultar el hecho de que mis padres tenían sexo?
La prueba estaba ahí. Asqueroso. Pero nadie dijo nada.
A nadie le importó. Angie me saludó desde el otro lado de la clase en Matemáticas y nunca lo mencionó. Cara tampoco. Tenían sus propias vidas.
Dos días después llegó Madeleine. Unos ojos azules en una carita roja y enfadada me miraron fijamente cuando fui a visitar a mamá al hospital.
—Me gusta su pelo —dije, acercando la mano para tocar la aureola reseca que sobresalía de su cabecita.
—No la toques —mamá se estremeció y me apartó la mano de un manotazo—. Todavía no la han bañado.
—Es perfecta —dijo papá, rodeando con el brazo el hombro de mamá.
Resplandecía de orgullo. Nunca lo había visto así.
—Todas mis chicas son perfectas —me rodeó con el otro brazo y Mads nos miró como si entendiera lo que papá quería decir.
Supongo que me enamoré de Mads ese día. Era mi hermanita. Mamá me dejó cogerla en brazos cinco minutos antes de devolverla a la cuna de plexiglás.
Mads fue el bebé perfecto, por lo visto. Comía bien, dormía bien, crecía bien.
—Menos mal —le dijo mamá a Sally cuando vino de la casa de al lado—. A mi edad, no habría podido con un bebé difícil.
Recuerdo haberme preguntado si yo había sido un bebé difícil. Estuve dándole vueltas a ese comentario durante días. Pero seguramente mamá habría dicho otro bebé difícil si yo lo hubiera sido. ¿No? Al final se lo pregunté a papá. Sonrió y me dijo que yo era perfecta, igual que mi hermanita.
Sí, probablemente sea Mads quien lo tiene triste ahora. Ha llegado a esa edad.
♦ ♦ ♦
—Vamos, Juliette. Despierta.
Será mejor que me levante antes de que Robin se enfade.
No destaca precisamente por su paciencia.
Bueno, no conmigo al menos. Con sus alumnos es la paciencia en persona.
Dice que hay que tener la paciencia de un santo para enseñar matemáticas.
Sobre todo ahora, que los alumnos son cada vez más vagos.
Así fue como nos conocimos.
No en el colegio. Él no fue mi profesor en el colegio. Lo nuestro no fue cutre ni sórdido.
Me levantaré en cualquier momento. Lo haré.
♦ ♦ ♦
Dios mío, me he vuelto a quedar dormida. Estoy otra vez en esta maldita pesadilla. Mi coche sigue rodando y ardiendo. Corro, me detengo y miro hacia atrás. ¿Por qué no sigo corriendo sin más?
Mientras estoy ahí parada, mirando las llamas, veo un cuerpo en el arcén.
Los sueños son increíbles, ¿verdad? Un segundo estás huyendo, al siguiente observas desde lejos, y de repente estás ahí mismo, muy cerca, contemplando un cuerpo. Y todo sin el menor esfuerzo. Ojalá despertar fuera tan fácil.
Lleva un abrigo como el mío; los botones son demasiado grandes.
Y le queda un poco ceñido. No está gorda.
No lo que yo llamaría gorda, al menos. Robin quizá sí lo pensaría, pero es demasiado crítico.
El abrigo le queda apretado; probablemente debería haber comprado una talla más.
Seguro que el mío me queda igual. No creo que vuelva a ponérmelo.
Hace años que no me pongo ese abrigo. Ha estado en el fondo del armario, olvidado y sin usar.
Debería haberme deshecho de él, haber dejado a un lado el sentimentalismo y haberlo metido en una bolsa para donar.
Pensé en venderlo en eBay, pero no era tan bueno; quiero decir, no era lo bastante caro ni estaba lo bastante de moda, ni siquiera era lo bastante clásico como para que alguien lo comprara.
Pero donarlo habría sido lo correcto. Solo lo he guardado por el valor sentimental; fue lo primero que me regaló Robin.
—Despierta, Juliette.
Ojalá tuviera algo de energía. Estoy agotada. Me pregunto qué hora demonios será. Todavía está oscuro fuera. Me sorprende que Robin no haya encendido la luz. Seguro que enseguida me zarandea para despertarme.
¿Estuve bebiendo anoche? No me acuerdo. Creo que sí, porque me duele la cabeza.
No es un dolor intenso y punzante. Solo un latido sordo y persistente.
Es deshidratación, lo sé. Medio litro de agua y un café cargado y estaré bien.
Y tengo la boca seca. Seca y dolorida. Eso es sin duda demasiado vino.
La verdad es que también me duele la garganta.
A lo mejor estoy enferma. A lo mejor tengo fiebre.
Eso explicaría por qué me duelen los músculos y los huesos, por qué no consigo reunir energía para levantarme.
Tengo gripe. No gripe de hombre como la que tuvo Robin en Navidad.
No, gripe normal, gripe de mujer. Un par de paracetamol y estaré lista para ir a trabajar.
Tendré que ir. No puedes faltar por enfermedad un viernes; parece que te estás escaqueando.
Cuando vuelves el lunes, todos te miran de reojo con una sonrisita.
Saben que mientes. Así que todo el mundo se arrastra hasta allí el viernes y contagia sus gérmenes. Esa seré yo hoy.
Si no es gripe, es resaca seguro. Nadie se atreve a faltar al trabajo por una resaca. Pero todo el mundo lo sabe. Si tienes una resaca tan mala, aparte de los signos reveladores —la cara pálida, los movimientos lentos—, aparte de eso, se huele. El alcohol te rezuma por los poros.
Eso es. Huelo a alcohol. Estuvimos bebiendo; corrección, yo estuve bebiendo, porque Robin casi nunca bebe.
Ojalá pudiera acordarme.
Dios mío, eso es grave.
♦ ♦ ♦
Tengo los pies fríos.
Y las manos. Como el hielo.
Quizás por eso sigo soñando con un coche en llamas, porque quiero entrar en calor. El mundo de los sueños no siempre tiene mucho sentido, pero eso podría explicarlo.
Mmm. Podría pasarme por casa de mis padres el fin de semana.
Asegurarme de que Mads esté para ponernos al día; hace siglos que no la veo.
Deben de ser semanas y semanas. A lo mejor convenzo a Robin para que venga conmigo.
A lo mejor. A lo mejor no. Quizás no sea buena idea que venga Robin.
Siempre hay tensión cuando viene a casa de mis padres.
Todo el mundo es muy educado y amable, pero resulta forzado.
Mi padre no dice mucho, Mads suele desaparecer a su cuarto y mi madre prepara demasiadas tazas de té y no para de intentar que comamos pastel para que parezcamos una familia normal.
Somos una familia normal.