Never Leaves Me - Primer capítulo
J adeo. Me despierto. El corazón me late con fuerza.
Otra vez ese sueño. Aquel en el que el coche da vueltas y vueltas, sin control.
La alarma está sonando; eso es lo que me ha despertado.
Su pitido persistente no para. ¿Qué hora es?
Todavía está oscuro fuera, así que debe de ser temprano.
¿Tenemos que madrugar hoy? No me acuerdo.
Es la alarma de Robin porque está a mi derecha.
Es su móvil. Ojalá la apagara. Me está volviendo loca.
Seguro que ya está levantado. Siempre hace lo mismo: pone la alarma y se despierta antes de que suene.
Seguro que está en el baño. Sí, oigo el agua.
Por eso no oye su maldita alarma, está bajo su ducha de hidromasaje y no se entera de nada.
Los chorros salen de los lados y de atrás, dardos afilados que pinchan como si fueran a atravesarte la piel.
Hasta el cabezal de lluvia de arriba me resulta demasiado fuerte.
Nunca la uso. No estaba pensada para ti .
Yo prefiero un baño rápido en agua tibia; puedes lavarte los pies mucho más fácilmente en la bañera, sin hacer equilibrios para enjabonarte los dedos.
A Robin le encanta quedarse bajo la ducha dejando que los chorros calientes le golpeen la piel.
Me llamó blandengue cuando la probé y me quejé, pero en el fondo estaba encantado porque quería quedársela para él solo.
Aun así, ojalá volviera y apagara su maldita alarma. Supongo que podría estirar el brazo y apagarla yo.
Ha parado. Gracias a Dios. A lo mejor se le ha agotado la batería del móvil. No le hará gracia, pero le servirá de lección. Aunque no pienso decírselo.
Todavía está oscuro fuera, muy oscuro. No entra ni un resquicio de luz.
Así que debe de ser muy temprano. Demasiado temprano.
No entiendo por qué tenemos que levantarnos tan pronto hoy.
Quizás solo Robin necesita madrugar, pero aun así querrá que lo lleve al trabajo.
Voy a quedarme diez minutos más. Ya me despertará cuando me necesite.
Hoy puede hacerse el desayuno él solito.
Jadeo. Me despierto.
Dios mío, ese sueño. El corazón me late desbocado. Bum, bum, me golpea en el pecho. Duele. El coche daba vueltas: techo, ruedas, techo, ruedas. Tan rápido, a tanta velocidad.
Intento respirar tranquila. Intento calmarme.
Tengo náuseas.
Por el amor de Dios, solo es un sueño.
La alarma de Robin está sonando. ¿Por qué no la apaga? Me está volviendo loca. Está en la ducha; oigo el agua caer. Mi ducha.
La alarma ha parado. Gracias a Dios. Estoy agotada, joder. Está demasiado oscuro para levantarse. Solo cinco minutos más.
♦ ♦ ♦
Me despierto.
El coche es rojo.
Mi coche es rojo.
He contado las vueltas. Tres. Ruedas, techo, ruedas, techo, ruedas, techo. Quedó boca abajo. Odio este sueño. Es horrible.
Tengo el cuerpo como si me hubieran zarandeado de arriba abajo. El corazón me palpita en los oídos.
La maldita alarma está sonando. Es la del móvil de Robin.
Ojalá la apagara. Seguro que está en la ducha.
Sí, oigo el agua correr. Tardará una eternidad.
Le encanta quedarse bajo esa ducha. Ducha de hidromasaje .
Espero que haya puesto el extractor, si no, no podrá verse la cara cuando se lave los dientes y saldrá del baño irritado y de mal humor.
Siempre se los lava después de ducharse.
Yo me los lavo antes, aunque no me ducho, prefiero bañarme.
Él dice que debería lavármelos después; le doy la razón y le digo que sí, pero no lo hago. No veo qué más da.
La alarma ha parado, seguramente se le ha agotado la batería del móvil. No le hará gracia. Tendré que recordarle que lo cargue en el coche de camino al trabajo. Todavía oigo la ducha.
¿Por qué nos levantamos tan temprano? ¿Todavía está oscuro? No recuerdo que tuviéramos que madrugar hoy. ¿Qué día es? No me acuerdo; todavía estoy medio dormida. Creo que es viernes.
Me gustan los viernes. En el trabajo, todo el mundo espera el fin de semana con ganas.
Todos contentos, ilusionados. No como los lunes, cuando todo el mundo está de mal humor, lamentando la pérdida de su libertad.
Robin dice que en su trabajo es igual, pero multiplicado por diez, porque siempre están contando los días que faltan para las próximas vacaciones escolares.
Dice que es peor después de las vacaciones de verano.
Los niños parecen tristes, pero los profesores parecen más tristes aún; algunos cogen la baja en menos de una semana.
Los únicos que no parecen tristes son los padres, que dejan a sus retoños en la puerta, los empujan fuera del coche y se despiden alegremente con la mano.
¿Quién quiere a un adolescente borde tirado en la cama toda la mañana, vagueando por la casa todo el día y sin acostarse en toda la noche?
Adolescente malhumorado . Robin nunca me llamó adolescente malhumorada.
Apenas recuerdo mi adolescencia, aunque fue hace menos de diez años. No creo que me quedara tirada en la cama. Estoy segura de que no, aunque la verdad es que no me acuerdo.
Me levantaré cuando Robin salga del baño. Voy a quedarme unos minutos más hasta entonces. Gracias a Dios, es viernes.
♦ ♦ ♦
Estoy mirando ese coche ahora. Sé que es un sueño.
Lo veo girar, dar vueltas. No me gustaría estar dentro de ese coche.
Imagina lo que debe de sentirse, ver el mundo dar vueltas cuando no es el mundo en absoluto, eres tú.
Imagina cuando por fin se detiene y queda boca arriba.
Estarías colgando ahí, sujeta por el cinturón de seguridad.
Colgando, mareada e indefensa. Imagina que estás herida. Dios, sería horrible.
Cuando queda boca arriba, simplemente se balancea, como una cuna. De un lado a otro. Eso sí que es mareo. Horrible. Aterrador.
Me pregunto qué significa.
Jadeo. Me despierto.
Es solo un sueño tonto. Lo sé. Mi mente lo sabe. Mi cuerpo no. Cálmate, corazón. Cállate, alarma. Sal de la ducha, Robin. Para ya ese maldito siseo.
Es solo un sueño. Me pregunto qué significa.
¿No es un coche una metáfora de tu vida?
Recuerdo que cuando mamá y papá se pusieron especialmente difíciles con lo mío con Robin —les caía bien entonces, solo que no les gustaba para mí— tuve ese sueño, varias veces, en el que intentas conducir tu coche desde el asiento trasero.
Tus pies no llegan del todo a los pedales, tus brazos no son lo bastante largos para girar el volante bien.
Tus padres intentaban controlarte . Después de que Robin dijera eso, dejé de tener el sueño.
Tenía razón. Tenía que vivir mi propia vida.
Tenían buenas intenciones, pero no les correspondía a ellos decidir lo que yo hacía, con quién estaba. Era una adulta.
Legalmente.
♦ ♦ ♦
El coche es rojo. Es mi coche, sin duda.
Jadeo.
La alarma. Mi corazón.
Esto es demasiado.
Simplemente demasiado.
Estoy aterrorizada.
Cálmate. Cálmate.
Es solo un sueño.
Un sueño estúpido.
Respira. Respira. Calma. Calma.
Así está mejor. La alarma ha dejado de sonar. Si se le ha acabado la batería, es culpa suya, pero yo no podía apagarla porque odia que le toque el móvil. Seguro que la ha puesto y se ha metido en el baño antes de que sonara. Siempre hace lo mismo.
¿Por qué nos levantamos tan temprano hoy? ¿Qué pasa? Todavía está oscuro fuera. Lo que significa que aún no ha amanecido. ¿A qué hora amanece?
Oigo la ducha de Robin, la potencia del chorro clavándole el agua en la piel. A él le gusta. Yo la odio. No es para ti, Juliette.
¿Qué es ese olor? ¿Un gel de ducha nuevo o desodorante?
No sé si me gusta. Huele a antiséptico. No es un buen olor.
Y a alcohol. ¿Qué les ponen a esos productos?
Debe de ser muy fuerte para llegar hasta el pasillo y colarse en nuestra habitación, aunque Robin haya dejado la puerta del dormitorio abierta.
Seguro que la ha dejado. Le gusta el baño principal; es más grande.
Yo uso el pequeño del dormitorio; menos mal que tiene bañera.
Estará aquí en un minuto diciéndome que me levante. Juliette la perezosa.
Me levantaré antes de que vuelva, así me ahorro el disgusto.
En un minuto.
♦ ♦ ♦
Despierta, Juliette. Estás soñando.
El coche es rojo y mío. Está volcado, con las ruedas hacia arriba.
Corro todo lo rápido que me permiten mis piernas de plomo.
Pero tengo que mirar atrás. Tengo que hacerlo, ¿no?
No puedo seguir corriendo sin más. ¿Por qué no puedo seguir adelante y ya está?
Mi coche está ardiendo. Las llamas lamen las puertas, envuelven el techo.
El hedor de la gasolina y el metal al quemarse me chamusca las fosas nasales. Humo acre. Quiero toser.
Y me quedo ahí parada, mirando. Y no pasa nada, solo el coche ardiendo. Miro alrededor buscando gente, otros coches. No hay nadie. Solo yo. Sola.
Me examino. ¿Estoy ardiendo? No. Estoy bien.
Llevo mi abrigo negro, el de los botones demasiado grandes; ahora me queda apretado en el pecho.
Tengo ese abrigo desde hace mucho, Robin me lo regaló por Navidad —nuestra primera Navidad.
Mis padres no se alegraron cuando por fin se enteraron.
Mamá dijo que estaba mal que él me lo comprara y mal que yo lo aceptara.
Demasiado tarde, le solté con descaro. Papá no dijo nada, solo me echó un vistazo y apartó la mirada.
Parecía triste. Me he fijado en que papá siempre parece triste.
Me pregunto si habré hecho algo que le disgustara.
Últimamente, quiero decir. Sé que le disgusté antes, pero eso fue hace años.
Diez años. Probablemente más. Y todo ha salido bien, así que no tenía motivos para preocuparse. ¿O sí?