Veintinueve
P asaba de medianoche cuando por fin pude irme.
Tardó todo ese tiempo en sucumbir. Llegué a plantearme seriamente darle un poco más, pero no creí que pudiera tragarlo. Después pensé en asfixiarlo, pero se darían cuenta en la autopsia, ¿no?
Así que me quedé allí sentada, charlando. Le hablé de la infancia feliz que Adam y yo habíamos tenido. No reaccionó, ni siquiera un gruñido. Pero siguió respirando.
Al final su respiración se fue apagando, cada vez más lenta, hasta que pensé que había llegado el momento, pero entonces aspiró otra bocanada de aire.
Le dije que al menos se iba en paz y que no moría a base de mil cortes como los que él había infligido, metafóricamente, a Adam, y sin duda a muchos otros.
Le dije que en realidad estaba prestando un servicio público, evitando que arruinara más vidas.
Después de que por fin dejara de respirar, tuve que esperar a que el cuerpo se enfriara para estar segura. No fue agradable, pero qué le vamos a hacer: si te metes en estas cosas, tienes que llegar hasta el macabro final.
Luego comprobé que lo tenía todo, recogí mis bolsas y me fui. Bajé a toda prisa por el camino junto a la casa, agradeciendo que su ubicación la hiciera casi invisible desde la calle. Dejé las bolsas en el coche y me fui a casa.
No creo que nadie me viera. Esa calle detrás de la casa de Gray es muy tranquila; solo hay dos casas y están al fondo, el resto está lleno de árboles sin podar.
La policía tardó casi tres semanas en encontrarlo. Nadie lo echó de menos, o al menos nadie que supiera dónde estaba. Fue un vecino quien dio la alarma al notar que las cortinas del dormitorio llevaban días corridas mientras la luz del baño permanecía encendida. Un buen detalle, creo yo.
La policía tardó otras cuatro semanas en localizarme. Me encontraron en casa de mis padres; estábamos con la comida del domingo. Todos estaban allí, incluido George. La Navidad ya había pasado y todos habíamos intentado disfrutar a pesar de que echábamos muchísimo de menos a Adam.
Le había contado a la familia, casi de pasada, lo del compromiso y que había devuelto el anillo. Pero eso fue todo, nunca volví a mencionar a Gray. Nadie más lo hizo tampoco. No lo echaban de menos porque no esperaban verlo. Puede que mamá dijera que era una pena, pero nada más.
Todos se quedaron conmocionados y dijeron que era terriblemente triste. Lloré cuando la policía me lo comunicó; era lo que se esperaba de mí. Dije que sentía mucho que hubiera hecho eso solo porque había roto con él.
Pero no lo sentía.
Se lo merecía.
Nunca mencioné a Perry ni a Adam. No convenía relacionarlos con Gray.
Jasper y Gerard están haciendo un trabajo excelente vendiendo los cuadros de Adam.
Los precios son desorbitados, claro está.
Jasper nunca conoció a Gray —no cuenta una mirada fugaz en una sala abarrotada durante el funeral de Adam— así que nunca ha atado cabos.
O si lo ha hecho, nunca me ha dicho nada.
Aunque dudo que los relacionara; Gray tenía un aspecto muy distinto al de Perry, la verdad, salvo por el estrabismo.
No sé qué fue de su cuerpo ni cómo se organizó el funeral. La policía nunca me lo dijo.
Y nunca he vuelto a saber nada de la policía sobre el dinero de Adam. Dudo que llegue a saberlo.
Aunque ya da igual, porque lo he recuperado todo.
Solo es una lástima que Adam tuviera que morir para eso.
Los días en que me siento culpable por la muerte de Adam —sí, los tengo— me consuelo pensando que sin ella nunca habría atrapado ni castigado a Perry. Probablemente he salvado a muchos otros de caer en las redes de ese ladrón y estafador.
También tengo un precioso cuadro original de Adam Hames RA, uno de los últimos, uno de los mejores.
Lo colgaré en un lugar de honor en mi nueva casa, bastante señorial, cuando me mude.
El otro cuadro, que me gusta considerar la obra más personal de Adam, está en una maleta debajo de mi cama, junto con unas tarjetas de crédito, un portátil y una libretita.
Haré una hoguera ceremonial cuando me mude.