Veintiocho #2
—En fin, ¿por dónde iba? —guardo el yin y el yang en el bolso y saco una bolsita de polvo, que le agito delante de la cara—.
Ah, esto es lo que te has tomado. Es una mezcla de analgésicos y unas pastillas que tenía para la depresión después de que muriera Adam y, bueno, de todo un poco.
Usé ese mortero tan mono que encontré en uno de tus armarios para triturarlo todo.
Me llevó siglos, pero mereció la pena. Lo eché en el vino y mira, aquí estamos.
Voy a dejarlo en la cocina, medio abierto —saco un pañuelo y lo limpio, luego cojo la mano de Gray y le estampo las huellas por todas partes.
—Zorra —murmura—. Llama a una ambulancia, sálvame. Podemos pasarlo bien juntos.
—Eso no va a pasar. Verás, cuando tomaste a mi hermano por tonto, le rompiste el corazón.
Y el mío. Y el de mi familia. Él te habría dado lo que quisieras, tenía mucho dinero y potencial para ganar mucho más.
Podrías haber tenido una buena vida con Adam, pero no, lo estafaste.
Eso es lo que no puedo perdonar. Y luego, no contento con lo que tenías, me buscaste y me cortejaste para quedarte con el resto.
Es irónico, la verdad: Adam siempre fue el listo, y sin embargo lo engañaste mejor que a mí.
—Sálvame —dice. Ahora está llorando de verdad y creo que es sincero.
—Imposible. Lo siento. Bueno, no lo siento. —Me levanto—. No te vayas todavía, tengo que coger unas cosas.
Cuando vuelvo, tiene la mirada perdida y no me mira. No puede haberse ido todavía, aún no he terminado.
—Perry —digo, y me mira de reojo—. Gracias a Dios, pensé que te habías ido.
—Dejo caer el cajón de su escritorio sobre la cama, junto con mi portátil—.
Mira, encontré tu pequeño tesoro. Deberías haber guardado esa llave en un lugar más seguro.
¿No sabes que todo el mundo guarda la llave del escritorio en el bote de los bolígrafos?
—Chasqueo la lengua para dar efecto antes de volcar el contenido—.
Todos estos pasaportes. ¿De dónde los sacas?
No contestes, es una pregunta retórica. Lo mismo con las tarjetas, ¿todas clonadas?
Abro mi portátil y uso los datos de su libreta para acceder a sus cuentas bancarias.
—Quiero que veas esto porque creo que es importante que tengas un cierre, que lo tengamos los dos. —Tecleo moviendo su dinero de un lado a otro y luego le muestro los resultados—. Ya está, todo transferido a mi cuenta. Donde debería haber estado desde que murió Adam.
—No te saldrás con la tuya.
—Bueno, tú sí lo has hecho, durante años, sospecho. En fin, no tienes que preocuparte por eso.
—Sálvame —suplica de nuevo.
—No va a pasar. Además, la policía no va a saber nada de tus cuentas bancarias, ¿verdad? Porque yo tengo el único registro. —Echo las tarjetas de crédito, los pasaportes y la libretita en mi bolso, luego llevo el cajón de vuelta a su escritorio y le doy un buen repaso a todo.
Cuando vuelvo, veo que ha conseguido moverse un poco; tiene la cabeza caída hacia la mesilla de noche.
—Vaya por Dios —digo, incorporándolo de nuevo—. Vamos a ponerte más cómodo.
—Sálvame —murmura, con la voz muy débil.
—No.
—No te saldrás con la tuya.
—Claro que sí. Porque tú en realidad no existes, ¿verdad?
No tengo ni idea de quién eres. Y me doy cuenta de que en realidad me da igual.
Ah, eso me recuerda, tengo que revisar tu bolsa.
—Me acerco con paso decidido hasta donde la ha dejado, en la silla del rincón, y la abro.
Están las camisas y la ropa limpia que se llevó el lunes, y ninguna se ha usado.
Así que, dondequiera que haya estado, no necesitó esta ropa.
Rebusco en la bolsa hasta encontrar su pasaporte, Perry Oblekt—.
Aquí está. —Lo agito en el aire antes de meterlo en mi bolso.
También cojo su portátil de la bolsa; no querría que la policía lo inspeccionara.
—Sabrán que es un asesinato, ¿por qué iba a suicidarme? Sabrán que has sido tú.
—Ah, sí, gracias, casi se me olvida. La carta.
—Rebusco en mi bolso la carta que le he escrito rompiendo nuestro compromiso.
La abro y la leo en voz alta—. Lo siento, pero me doy cuenta de que no te quiero lo suficiente, así que no puedo seguir adelante.
Espero que lo entiendas. Te deseo una vida feliz, bla, bla, bla.
¿Te gusta esa parte? La he firmado solo con una A.
—Me quito el anillo de compromiso y lo dejo caer en el sobre—.
Lástima que no pueda quedármelo, parece caro, pero si no, no quedaría creíble, ¿verdad?
Quizá la policía me lo devuelva. —Me río entre dientes.
—Estás loca.
—Estoy muy enfadada. Enfadada contigo por lo que has hecho.
Enfadada con mi hermano por haber caído.
Enfadada conmigo misma por casi caer yo también.
Pero ahora solo puedes culparte a ti mismo.
—Le cojo la mano y presiono sus huellas sobre la carta, luego la arrugo y la dejo con el sobre en la cama—. Un buen detalle, ¿no crees?
Gruñe porque no puede hacer mucho más.
—¿Estarás bien cinco minutos? Solo tengo que vaciar el lavavajillas y hacer las maletas antes de irme.
—A-y-ú-d-a-m-e —balbucea.
—Ahora vuelvo —murmuro, y salgo corriendo hacia la cocina.
No tardo mucho en ordenar, guardar los platos, recoger cualquier prueba.
Limpio la botella de vino para borrar mis huellas y luego la subo al dormitorio de Gray.
Se ha deslizado más hacia abajo en la cama.
¿Se habrá ido? ¿Me lo habré perdido? Uso sus manos para dejar huellas en la botella y luego la dejo caer al suelo.
Los restos se derraman sobre la alfombra.
Gruñe.
—Ah, todavía estás aquí. Bueno, está bien porque aún no puedo irme. No puedo marcharme hasta que esté bien oscuro. No falta mucho. Ah, ahí está, casi se me olvida. —Me inclino y cojo su teléfono de la mesilla de noche.
Como esperaba, hay notificaciones de sus múltiples aplicaciones bancarias informándole de todas las transferencias.
Me alegro mucho de haber tenido paciencia y haber esperado.
Elimino las notificaciones, luego elimino las aplicaciones.
Después me envío un mensaje a mí misma suplicándome que no lo deje.
—Así está mejor. —Le doy un repaso rápido al teléfono, luego se lo presiono en la mano para asegurarme de que sus huellas queden en él. Ya no le queda nada de fuerza. Luego dejo que el teléfono caiga al suelo—. Ya está, ¿no queda bien?
Jadea. ¿Será este su último aliento? —Ayúdame.
—No.
Hace un esfuerzo sobrehumano para pronunciar las siguientes palabras; aun así, le lleva una eternidad.
—Yo no maté a Adam. Sálvame. No eres una asesina.
—Ahh, qué ternura. Sé que no mataste a Adam. Solo fue un empujoncito, la verdad, como cuando éramos críos y nos peleábamos jugando. Pero, como ya te dije, estaba tan furiosa con él por ser tan idiota y por apartarme de su vida, que puede que empujara un poco más fuerte de lo debido.
Abre los ojos de par en par y le doy unas palmaditas en el hombro.
—Sé que no mataste a Adam, porque lo hice yo. Así que soy una asesina. O quizá su muerte fue un homicidio involuntario. Sin premeditación. Sin planificación. No como la tuya.
Le sonrío.
—Tu muerte es mi deuda con Adam. Siempre decíamos que moriríamos el uno por el otro, pero creo que matar es una mejor prueba de amor, ¿no te parece? Y todo es culpa tuya. Si no hubieras sido un maldito ratero de mierda.