Veintiocho
—H ola, Angie —saluda Gray, y cierra la puerta tras de sí. Deja las bolsas en el suelo del recibidor antes de entrar a grandes zancadas en la cocina y venir hacia mí. Parece realmente contento de verme.
Nos abrazamos. Es bastante agradable, la verdad. Una lástima.
—Algo huele bien.
—¿Tienes hambre?
—Me muero de hambre. Hoy el desayuno del hotel ha sido tirando a malo.
—Tengo una buena botella de Barolo aireándose… —Le lanzo una mirada pícara y sonrío.
—Mmm, suena bien. Sírveme una copa y vuelvo enseguida. —Sube con su bolsa. Cuando vuelve, ya se ha quitado la ropa de trabajo. Se le ve cómodo, relajado.
Le paso su copa de vino y doy un sorbo a la mía.
Da un sorbo y espero su veredicto.
—Está bueno —dice—. Justo lo que necesitaba.
—¿Semana dura?
—Sí. ¿Acaso el trabajo no es siempre duro? —Da otro sorbo—. Qué decadente, beber vino tinto a media tarde.
—¿A que sí? —Me río—. Siéntate, la comida está lista.
Al sentarse, se fija en mis bolsas en un rincón de la cocina. —Vaya, ¿te has mudado? —dice con una sonrisa.
—No del todo —digo sonriendo—. Solo he traído algunas cosas para ir empezando.
—Genial. —Da otro sorbo a su vino y, como es evidente que lo está disfrutando, se termina la copa—. ¿Has pensado más en lo de vender tu piso?
—Todavía lo estoy pensando. —Cojo la botella y le vuelvo a llenar la copa.
—Oye, que me vas a emborrachar.
—Esa es la idea. —Me río.
Me lleno la copa y ni siquiera se da cuenta de que no tiene alcohol. Aunque, claro, ¿por qué iba a fijarse?
Comemos, nos reímos porque uno de nosotros se está poniendo bastante piripi, y después, porque insisto, Gray se retira al salón mientras yo recojo los platos. Meto todo en el lavavajillas y lo pongo en marcha.
Me siento junto a Gray en el sofá con una copa llena de no-vino. Su copa está vacía; por suerte, me he traído la botella de Barolo con lo que queda. Le lleno la copa.
—Es un buen vino —dice tras dar otro sorbo—. ¿Era caro?
—Bastante.
Se recuesta y cierra los ojos. Le doy un codacito en las costillas. No quiero que se me duerma aquí.
—Perdona —dice—. Ha sido una semana muy larga.
—¿Por qué no nos metemos en la cama entonces? —Le guiño un ojo. Me devuelve la sonrisa—. Así, si te quedas dormido, no pasa nada.
—No me voy a quedar dormido. —Se levanta, coge su copa de vino y me tiende la mano.
Subimos al dormitorio de la mano.
Gray desaparece en el baño mientras yo me quito la ropa a toda prisa, me pongo un camisón nuevo —uno que sé que a Gray le va a encantar—, me echo un poco de perfume y preparo algunas cosas.
Gray tarda mucho. Espero que no se haya quedado dormido. Llamo a la puerta.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Bien, solo me estoy lavando los dientes. —Abre la puerta mientras se seca la cara con una toalla—. Mmm, me gusta —dice, y me recorre con la mirada.
Le cojo la mano y lo llevo a la cama, lo ayudo a desvestirse y los dos nos metemos.
—Ese vino debe de ser fuerte —dice—. Te juro que no noto la lengua. —Se le cierran los ojos de nuevo mientras se acurruca.
—No es el vino.
Abre los ojos y me mira frunciendo el ceño. Sonrío. Se nota lo cansado que está porque su ojo vago empieza a desviarse.
—¿Qué coño…? —grita cuando por fin lo ve.
—¿Qué?
—Eso. —Levanta un dedo para señalar el cuadro que he colgado en la pared, a los pies de la cama.
Miro hacia el retrato. —Es de mi hermano.
Incluso con la luz tenue del dormitorio, veo cómo la cara de Gray palidece por momentos.
—¿No vas a preguntarme quién es?
Me mira como si no entendiera lo que le digo. Y puede que así sea, aunque espero que no. Todavía no.
—Es Perry. —Observo la cara de Gray en busca de una reacción, pero solo parpadea varias veces.
El rostro apuesto de Perry nos mira desde arriba, con el pelo rubio ondeando tras él.
Adam ha hecho un trabajo increíble; ha conseguido captar el estrabismo de Perry y, aun así, hacerlo atractivo—. ¿Recuerdas el día que murió Adam?
—¿Qué?
—Te vi en el andén. Vi cómo Adam te alcanzaba.
—¿De qué estás hablando? —La verdad es que no suena nada convincente.
—Te vi en el andén. ¿Te cuesta entenderme?
Vaya, lo siento. —Me río de nuevo—. Verás, ese día había ido corriendo a ver a Adam porque Jasper me había mandado un mensaje frenético diciéndome que Perry había desaparecido y que Adam estaba hecho polvo.
—Espero una reacción, pero solo me mira fijamente.
—Fue pura suerte que estuviera justo allí, en esa estación de metro, en ese momento.
Increíble y casual. Iba de camino al piso de Adam cuando lo vi saltar la barrera de billetes.
No daba crédito. Nunca viaja en metro, ni en ningún transporte público en realidad, así que no tiene tarjeta Oyster, por eso tuvo que saltar la barrera.
Supe que debía de ser grave para que estuviera allí abajo; no le gustan demasiado los lugares públicos abarrotados.
Entonces empezó a gritar tu nombre, bueno, Perry, no Gray.
Te alcanzó finalmente en el andén. Llevabas un sombrero ridículo, una cosa esponjosa azul bebé, aunque no es que pudiera verte bien la cara porque no mirabas hacia mí.
Ya debías de haberte quitado el rubio para entonces.
¿Recuerdas lo corto que tenías el pelo cuando te conocí en persona por primera vez y acababas de empezar a dejarte la barba?
Pero Adam aun así te reconoció, ¿verdad?
Te tocó el hombro, pero tú lo apartaste de un empujón.
—Perdió el equilibrio —dice Gray, intentando incorporarse—. No lo maté.
—Lo sé. Pero fue culpa tuya.
Gray traga saliva. No estoy segura de si intenta respirar mejor o si es solo la conmoción o si los pulmones le están fallando.
—Fue como si lo mataras con lo que le hiciste, ¿verdad? Lo estafaste. Le quitaste el dinero. Arruinaste todo entre Adam y mí. Solíamos estar tan unidos y tú lo estropeaste solo para poder estafarle el dinero. Estaba tan enfadada con Adam por ser tan estúpido. Todavía lo estoy.
Gray hace otro intento de incorporarse.
—No te molestes —le digo, apoyando la mano en su hombro—. Sospecho que no volverás a levantarte. Nunca.
—¿Qué me has hecho?
—Te he invitado a cenar como un rey —me río—. A ti también te gusta hacer eso, ¿verdad? Llevaste a Adam por todas partes: Suecia, Escocia, Ámsterdam. Él pensaba que eras muy generoso, pero lo estaba pagando todo desde el principio.
—Yo pagué al principio —dice con indignación. Me hace reír.
—¿Ah, sí? ¿O usaste la tarjeta clonada de otra persona? ¿Cuántas víctimas más había? ¿Tienes a alguien más entre manos ahora mismo? ¿Ibas a dejarme sin blanca y luego pasar al siguiente? ¿Hombre o mujer?
Abre la boca y luego la cierra.
—Di algo. Por favor —le imploro, antes de echarme a reír.
—No quería que muriera.
—Ahh, por supuesto que no. Ahora me dirás que lo querías. Me dirás que me quieres, otra vez.
—Te quiero —unas lágrimas le resbalan por las sienes. No sé si es uno de sus trucos o si son de verdad.
—No me lo creo. Te quieres a ti mismo y quieres el dinero, el dinero de los demás. No sientes nada por nadie, ¿verdad? Eres un auténtico psicópata.
—Todavía podríamos tener una buena vida juntos, tú y yo —dice—. Podrías llamar a una ambulancia, decirles que he sufrido una sobredosis accidental o algo así. Podrías salvarme.
Me río. —Ay, pobrecito, nunca te rindes, ¿verdad?
Después de observarme unos instantes, cambia de táctica. —¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?
—Oh, soy casi tan tonta como crees —me río de nuevo, una carcajada; cualquiera pensaría que he estado bebiendo—.
No te reconocí en el andén. Te vi; sabía que eras Perry porque Adam gritó tu nombre, pero no podía verte bien la cara.
Eres muy bueno, estás irreconocible. El pelo rubio, el personaje sueco, ¿a qué viene eso?
Aparta la mirada.
—Me enteré el lunes.
—Ese maldito cuadro.
—No, eso fue la confirmación, el punto de inflexión. Fue el yin. Y quizás la llamada del agente inmobiliario con una tasación de mi piso me hizo sospechar un poco. Así que fueron varias cosas, pero el cuadro fue sin duda la confirmación.
—¿Yin? —frunce tanto el ceño que me pregunto si lo que le he dado está perdiendo efecto.
Salto de la cama. —No te muevas de ahí —digo con una risita antes de volver con mi bolso—.
Esto es el yin y esto es el yang; Adam tenía el yin y yo tenía el yang —sostengo las piedras frente a él y las encajo—.
Busqué el yin por todas partes en el piso de Adam y luego lo encontré por casualidad en el cajón de tu mesilla.
Menudo descuido, ¿no? Estaba buscando analgésicos para el dolor de cabeza después de que te fueras el lunes.
De otra forma, nunca lo habría encontrado.
Incluso entonces, seguía teniendo mis dudas.
Intenta negar con la cabeza, los ojos desorbitados por el esfuerzo.
—Entonces Jasper me envió una foto de este cuadro que habían encontrado; estaba metido detrás de una de sus obras más grandes.
Y ahí estaba ese guiño tan mono que haces cuando estás cansado —me inclino y le acaricio el ojo; intenta apartarse de mí, pero no puede—.
Cuando estaba husmeando por tu casa, esta casa, Dios sabe cuántas más tendrás, encontré otro de los cuadros de Adam en el fondo de un armario.
Jasper dijo que creía que faltaba uno. Así que eso es un extra. No te preocupes, me lo llevo conmigo.
—No te saldrás con la tuya. No puedes matar a alguien así como así.
Ignoro su arrebato porque creo que es importante que sepa cómo lo pillé, aunque no es que vaya a aprender de ello. Es demasiado tarde para eso.