Matar por ti Veintisiete
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Veintisiete

E s jueves por la tarde cuando llego a casa de Gray a plena luz del día y aparco en el camino de entrada. Es un camino pequeño en el que solo cabe un coche. Así que tendré que moverlo antes de que Gray vuelva. Bajo mis bolsas del coche.

La casa de Gray está exactamente como la dejé el lunes por la mañana. Recojo su correo y lo dejo sobre la mesa del recibidor. Luego vuelvo a cogerlo, pero no hay nada interesante, sobre todo publicidad y correo basura. Una pena.

He pasado los últimos días poniendo las cosas en orden, asegurándome de que no haya más visitas improvisadas de agentes inmobiliarios.

He cambiado las cerraduras, hay tres llaves y las tengo todas.

Y estas, como las de Adam, no se pueden copiar.

Tres llaves. Le pregunté al cerrajero si tres llaves es lo normal y, después de mirarme como si estuviera loca, dijo que sí.

Así que había tres llaves del apartamento de Adam.

Eso es lo que teníamos después de que George cambiara la cerradura, tres llaves.

Pero lo he consultado con él y me dijo que solo había dos llaves después de que Adam muriera, una que llevaba Adam encima y otra en un cajón de la cocina. Eso significa que faltaba una.

También me he armado de valor y he abierto la bolsa que nos dio la policía, la que contiene las pertenencias personales de Adam.

George ya había comprobado que estaba todo lo que esperaba encontrar, y había sacado la llave, obviamente.

El teléfono de Adam estaba sorprendentemente intacto teniendo en cuenta lo que le había pasado.

Solo tenía una grieta en una esquina de la pantalla.

Por supuesto, la batería estaba agotada y no pude cargarlo, así que lo he traído conmigo porque quizás el cargador de la mesita de noche de Gray le vaya bien, es poco probable pero merece la pena intentarlo.

No recuerdo haber visto un cargador en casa de Adam.

Su cartera estaba un poco más dañada, rasgada por la mitad y salpicada con lo que supongo que es sangre.

No había nada más. Dentro tenía diecisiete libras y algo de suelto.

Tenía su tarjeta de débito y, guardada en el fondo, estaba su tarjeta de crédito dorada, la de solo para emergencias . La que venía con la factura enorme.

Deshago mis bolsas. Tengo los ingredientes para una lasaña, no es nada del otro mundo pero es algo que sé hacer.

También tengo un par de botellas de vino, un buen Barolo para Gray y un espumoso blanco sin alcohol para mí.

He traído pan fresco y leche, y he comprado un postre empalagoso en M las marchas rechinan un poco al salir.

Es una urbanización pequeña donde todas las casas dan a la calle, y Gray dice que por eso no podría vivir en un sitio así permanentemente, porque todo el mundo se mete en los asuntos de los demás.

Tampoco le gusta que haya un caminito que baja por el lateral de su casa.

Pero hoy, ese camino será mi mejor amigo.

El crepúsculo llega rápido, y enseguida cae la oscuridad. Conduzco un rato antes de aparcar en la calle trasera de la casa de Gray. Luego subo a saltitos por el camino que bordea su casa y entro. Voy en silencio, está oscuro y no creo que nadie me haya visto.

Eso espero.

Corro todas las cortinas y me aseguro de estar en la parte trasera de la casa, la cocina, no en la delantera.

El móvil emite un pitido y Gray me envía un mensaje: Tengo muchas ganas de estar en casa mañana. Ha sido una semana larga. Te he echado de menos.

No respondo. En vez de eso, cojo el teléfono y lo llamo.

—Yo también te he echado de menos —le digo.

Nos decimos ñoñerías durante unos minutos y luego colgamos. Le he dicho que no coma antes de volver porque voy a cocinarle algo. Se ríe. Creo que nunca le he cocinado una comida.

Cojo el cargador de la mesilla de Gray y lo pruebo en el teléfono de Adam. Funciona. Espero unos minutos antes de encenderlo.

Tecleo el código de Adam y veo cómo el teléfono cobra vida. No me cabe duda de que Perry también conocía el código de Adam; si no, ¿cómo habría podido borrar tantas fotos? Busco a Perry en los contactos, llamo, pero el número de Perry ya no existe. No es que lo esperara.

Encuentro la aplicación de citas, esa en la que Adam no tuvo suerte. Pensó que había tenido mucha suerte al conocer a Perry de manera natural. Perry, que ni siquiera sabía quién era Adam.

Paso las fotos de los hombres que le dieron like a Adam, los que él no correspondió. Sé lo que busco y lo encuentro enseguida. Aunque me lo esperaba, aun así me deja sin aliento.

Cojo mi teléfono, abro la aplicación de citas en la que conocí a Gray y busco su foto.

Si alguna vez tuve alguna duda, ha desaparecido por completo. La única diferencia entre la foto de Gray en mi teléfono y la del teléfono de Adam es el pelo. Largo en la de Adam, muy corto en la mía. Pero en el teléfono de Adam su pelo no es rubio y su nombre no es Perry.

Ahora estoy aburrida.

No puedo hacer nada más.

Ni siquiera puedo irme a casa porque entonces tendría que volver de día, y no quiero. Oficialmente, no estoy aquí.

Saco la carta del bolso. En ella le digo a Gray que hemos terminado.

La releo antes de volver a guardarla. Con todo lo que podría decir, no digo mucho: solo que creo que he cometido un error y que no quiero casarme con él.

Luego le deseo una vida feliz y suerte para encontrar a su alma gemela en el futuro.

Buen detalle ese.

Apago mi teléfono.

Y el de Adam, y me recuerdo que tengo que llamar para cancelar su contrato. Debería haberlo hecho antes, pero me ha venido bien. Como albacea del testamento de Adam, George había transferido todas las domiciliaciones a una cuenta temporal: los suministros aún tenían que pagarse.

Me preparo unas tostadas, enciendo la tele de la cocina, una cosa diminuta en la esquina, y zapeo por canales basura antes de acabar apagándola.

Me acuesto a las nueve y media y duermo sorprendentemente bien.

Aún no ha amanecido del todo cuando me despierto, así que recorro la casa abriendo todas las cortinas.

Esta casa está al final de la urbanización, da a la calle y no directamente a otras casas, así que con suerte nadie ha notado el movimiento de las cortinas; simplemente no quería que nadie viera un resquicio de luz por la noche.

Me ducho, me visto, desayuno algo y recojo antes de preparar la lasaña. Una vez lista, la dejo a un lado. La meteré en el horno sobre la una y media, y estará en su punto para cuando llegue Gray.

Alrededor del mediodía abro el Barolo para que respire.

Estoy junto a la ventana delantera, escondida detrás de las persianas entornadas, cuando veo a Gray aparcar. Vuelvo corriendo a la cocina y espero su llegada.

Esto va a ser divertido, me digo.

Eso espero.