Matar por ti Veintiséis
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Veintiséis

P asé casi toda la noche despierta, pensando.

He sopesado los pros y los contras. Y los pros han ganado.

Gray es guapo, muy guapo de hecho, y el estrabismo apenas se nota a menos que esté muy cansado, así que nadie aparte de mí va a verlo.

Tiene una buena posición económica. Ha sido un apoyo increíble durante este tiempo tan difícil desde la muerte de Adam.

Y quiere casarse conmigo.

Puedo ver un futuro para nosotros. Quizá una familia si es lo que él quiere, un hogar agradable. No estoy preparada para todo eso todavía, quizá dentro de unos años. Pero puedo imaginármelo. Ese es mi futuro ahora, con Gray, no con Adam.

—¿Qué quieres hacer hoy? —pregunta durante el desayuno, que ha pedido que suban a la habitación.

Qué detalle por su parte.

—Me da igual. Los Baños Romanos quizá.

—Genial. Yo también había pensado en eso, pero no quería presionarte. ¿Cómo te encuentras ahora?

Es la tercera o cuarta vez que me lo pregunta esta mañana. Hasta ahora solo he contestado que bien.

—Me siento genial. El desayuno me ha sentado de maravilla.

Visitamos los Baños Romanos, tomamos un almuerzo tardío y ligero y luego me lleva a casa en coche. Espera que me quede a pasar la noche y sería descortés por mi parte no hacerlo. Mañana tiene que madrugar para ir a trabajar. Yo, afortunadamente, no.

—He estado pensando —dice, cuando estamos acurrucados en la cama, disfrutando de ese delicioso momento de después de hacer el amor.

Gray es sin duda el mejor amante que he tenido en mi vida. De hecho, si lo pienso objetivamente, es todo un partidazo en muchos sentidos.

—Sí...

—Ahora que estamos prometidos, ¿por qué no te vienes a vivir aquí conmigo?

—Pero esta no es tu casa definitiva. Podrías mudarte tú a la mía.

Aunque en realidad no es lo que quiero.

—Tu piso es demasiado pequeño para los dos. Sí, este es de alquiler, pero ahora podemos buscar casa juntos .

—Sí, supongo.

—Me gustaría que nos casáramos pronto.

Se incorpora en la cama como si de repente se le hubiera encendido una bombilla.

—Me pregunto si podríamos organizar una boda por Navidad. ¿Qué te parece? Eso animaría a todo el mundo, ¿no? A tu familia le encantaría.

Me quedo atónita.

—No hay prisa —digo, intentando parecer despreocupada.

Aunque tiene razón, animaría a mi familia: buenas noticias después de tantas malas.

—No. Claro. Me estaba dejando llevar. Es solo que ahora que te he encontrado, ahora que has aceptado ser mi esposa, solo quiero que empecemos nuestra vida juntos. El año que viene por estas fechas puede que incluso tengamos un bebé en camino.

Me sonríe.

No respondo. Estoy demasiado sorprendida para decir nada. Anoche logré convencerme de que mi futuro estaba con Gray, pero no esperaba que empezara tan pronto.

—Hay mucho que organizar —digo—. Para Navidad, quiero decir.

—Sí, claro.

Parece decepcionado.

—Pero no queremos nada elaborado ni extravagante, ¿verdad? Sería una falta de respeto hacia tu hermano.

—Mmm. Quizá.

¿Estoy de acuerdo o solo estoy ganando tiempo?

—Ya veremos. Puede que sea demasiado pronto.

Me está calando.

—Pero mientras tanto deberías ir pensando en mudarte conmigo y poner tu piso en venta.

—Lo pensaré —digo, aunque en realidad no pienso hacerlo en mucho tiempo.

Todo esto va demasiado rápido para mí.

Gray se da la vuelta y yo me quedo ahí tumbada con las mantas subidas hasta la barbilla. Enseguida se queda dormido, roncando suavemente, nada molesto.

¿Una boda por Navidad? Le doy vueltas a la idea. No, es demasiado pronto y la Navidad está a la vuelta de la esquina. Necesito tiempo, tiempo para desconectar, tiempo para mí sola.

La verdad es que me alegro de que esté fuera por trabajo casi toda la semana.

Se levanta temprano, preparándose para el trabajo y el viaje con sigilo para no molestarme. Pero tengo el sueño ligero y estoy completamente despierta en cuanto se desliza fuera de la cama. Ahora mismo finjo lo contrario porque no quiero mucha conversación antes de que se vaya.

Al cabo de un rato desaparece hacia la cocina y supongo que está desayunando. Cuando vuelve me desperezo y me incorporo.

—Buenos días, preciosa —dice con una sonrisa radiante.

—Hola.

No estoy en mi mejor momento por las mañanas, aunque creo que a estas alturas ya lo sabe. Además, noto que me está empezando a doler la cabeza.

Saca una bolsa y mete rápidamente ropa suficiente para el viaje. Los hombres tienen suerte, ¿verdad? Un viaje de negocios significa camisas limpias y ropa interior, además de maquinilla de afeitar y cepillo de dientes. Para todo lo demás se las apañan, usan lo que hay en el hotel, no como nosotras.

—Me voy en un minuto —dice mientras cierra la cremallera de la bolsa.

—Vale.

—¿Vas a quedarte aquí toda la semana? Si es así, tendrás que hacer la compra.

Me sonríe.

—Quizá.

Ni de broma.

—Necesito pasarme por mi piso a por cosas... —digo sin concretar.

—Bueno, ya sabes que eres bienvenida aquí. Piénsatelo. Me encantaría que te vinieras a vivir ya. Creo que tu piso se vendería enseguida, y entonces podríamos buscar nuestra casa definitiva.

Asiento. Aunque ya le he dado muchas vueltas durante la noche. Y todavía es demasiado pronto para vender mi piso.

Me da un beso y un abrazo de despedida, y se va.

Este lugar es bastante agradable, sobre todo tratándose de un alquiler.

Debe de ser caro, pero es impersonal. Venía amueblado y, aunque los muebles son elegantes, carecen de vida, parecen de hotel.

Hasta los cuadros de las paredes son del tipo que ves en los hoteles.

Mi piso no será elegante, pero es mi hogar.

De todos modos, echo de menos la vista del muelle de carga de B casi podría ser verdad.

Me daré una ducha rápida, recogeré mis cosas y me iré, pero primero necesito comer algo porque en mi piso tampoco hay nada.

Me levanto, me pongo un jersey y voy al baño arrastrando los pies, otra habitación impersonal. Gray tiene sus escasos artículos personales alineados junto al lavabo, aunque supongo que se ha llevado la mayoría. No hay nada en el armarito sobre el lavabo.

Tengo hambre y encuentro medio pan seco en la cocina, así que me hago unas tostadas.

Incluso después de dos tazas de café, el dolor de cabeza empieza a apretar de verdad y necesito analgésicos.

Abro varios armarios de un tirón buscando analgésicos, pero nada.

Meto la taza y el plato en el lavavajillas y vuelvo al dormitorio de Gray.

Reviso el cajón de la mesilla de mi lado de la cama, que está vacío, y luego el de Gray, que al menos no lo está.

Tiene unos cuantos bolígrafos, algunas monedas, un cargador de móvil, pero no veo analgésicos, ni siquiera un paracetamol suelto que se haya escapado del blíster. Tiro del cajón hasta sacarlo del todo y lo dejo sobre la cama. Algo me llama la atención, algo pequeño y brillante.

Un ojo móvil.

Qué raro. Seguramente lo dejó el inquilino anterior, un niño quizás.

Rebusco un poco más; hay trozos de papel, un par de recibos, y entonces encuentro algo tan familiar que se me para el corazón.

Yin.

¿Lo traje yo?

¿Lo dejé yo aquí?

¿Por qué iba a hacer eso? Si lo hubiera traído, lo habría puesto en mi mesilla, no en la suya. ¿No?

Lo agarro y lo aprieto con fuerza. ¿Es el yin de Adam o solo uno parecido?

Oigo una respiración agitada, la mía. El corazón me late con un ritmo agudo y entrecortado.

Rebusco de nuevo en el cajón, encuentro el ojo móvil y lo coloco en su lugar sobre yin.

Es demasiada coincidencia.

¿Cómo demonios consiguió Gray el yin?

Debo de haberlo traído yo.

No lo traje.

No pude encontrarlo en ninguna parte del piso de Adam, y vaya si busqué.

¿Lo encontré y luego olvidé que lo había encontrado?

¿Lo he bloqueado? Dicen que el duelo te trastorna, pero ¿hasta este punto? No tiene sentido. Gray nunca ha estado en el piso de Adam. Ni una sola vez. Ni siquiera sabe dónde está, así que si no lo ha traído él, he tenido que ser yo.

¿Por qué no puedo recordarlo?

Me desplomo en la cama y tiemblo, sin soltar yin, apretándolo contra el pecho.

Debo de estar volviéndome loca.

El sonido de un teléfono antiguo, un fijo, me sobresalta. El dolor de cabeza no se me ha ido; ahora palpita. Voy tambaleándome a la cocina a por un vaso de agua. Me bebo varios.

Hay una luz parpadeando en el aparador junto a la mesa del comedor. Es un contestador automático. Qué anticuado. No me había fijado antes. Supongo que si parpadea es que hay un mensaje. No debería, pero pulso reproducir.

—Hola, Sr. Pershore, soy Shelley de Cleverley's. He intentado llamarle al móvil, pero no contesta y no salta el buzón de voz, así que pruebo con el fijo. Visitamos su piso de Cavendish Court el sábado y...

Me desplomo en el suelo mientras ella sigue dando la valoración y dice que se venderá rápido porque tienen varios clientes buscando en esa zona que seguro estarán interesados.

Es mi piso. Ha hecho que valoren mi piso antes de que yo haya aceptado siquiera venderlo. Antes incluso de sugerirme que lo vendiera.

¿Cómo demonios entraron en mi piso?

Gray debe de tener una llave.

Pero no la consiguió de mí.

O, al menos, yo no se la di.

Llamo a un taxi porque, como Gray me recogió, ni siquiera tengo el coche aquí.

No me visto, solo cojo mis cosas, las meto en el bolso y me voy. Me llevo yin también.

El taxista apenas me mira; seguramente ve a muchas mujeres en ropa de dormir con un abrigo echado por encima. Me da igual.

Sigo aturdida por el mensaje del contestador. Caigo en que la agencia debe de tener todavía mi llave. Necesito recuperarla, ya.

Abro la puerta y sé de inmediato que alguien ha estado aquí. Han recogido el correo del sábado y lo han dejado sobre la mesa del recibidor. Lo cojo, pero es solo publicidad, así que voy a la cocina dando pisotones y lo tiro al cubo de reciclaje.

Mientras me ducho y me visto, la cabeza me da vueltas.

¿Cómo demonios consiguió Gray mi llave? ¿Cómo demonios consiguió Gray el yin?

¿Es yin de verdad? Encuentro el bolso donde ha estado yang desde que lo llevé a Londres para enseñárselo a Adam, y lo saco.

Encajo yin y yang. Encajan perfectamente, igual que aquel día con Adam, en mi última visita.

Es yin. ¿Lo traje de vuelta sin darme cuenta? ¿Qué otra explicación hay?

Si Gray ha conseguido copiar mi llave sin que me diera cuenta, ¿habrá copiado también la de Adam?

Ya no tengo esa llave porque se la dieron a los nuevos propietarios.

De todos modos, George me dijo que no se podía copiar, que habría que cambiar la cerradura.

También me contó que el cerrajero le dijo que no era la primera cerradura nueva que instalaba en el piso de Adam en los últimos meses.

Me llega una notificación al móvil; un mensaje de Gray: «¿Cómo estás, preciosa? A punto de entrar en una reunión muy aburrida».

Me quedo mirando el móvil. Tengo náuseas y estoy confundida. Dejo caer el móvil en el sofá y me desplomo a su lado. El dolor de cabeza por fin se me ha pasado gracias a los analgésicos de caballo que tomé al llegar a casa.

Mi mente va a toda velocidad intentando entender qué está pasando.

Se me ocurre una explicación plausible para yin, pero no para la llave de mi piso ni para la tasación.

Cojo el móvil y busco la inmobiliaria en Google.

Llamo al número y, cuando por fin contestan, pregunto por Shelley. Tarda un rato en ponerse.

—Hola —dice, con una sonrisa en la voz.

Cuelgo. Espero que no me devuelva la llamada. Llamé para preguntar, para recuperar mi llave, porque no creo que Gray haya tenido tiempo de ir a buscarla. Quizá no necesite hacerlo porque podría haber hecho más de una copia.

El móvil vuelve a sonar. Espero que no sea Gray. Espero que no sea Shelley.

Es Jasper: Gerard y yo estamos en su almacén clasificando los cuadros de Adam para su exposición. Gerard ha decidido adelantarla, o más bien ampliar su duración. Hemos recibido muchas consultas, así que sabemos que hay mucho interés.

Genial , respondo. Gracias por toda vuestra ayuda, a los dos.

De nada. Pero esa no era la razón principal por la que te escribía. Hemos descubierto otro cuadro. Uno pequeño. Estaba metido en la esquina inferior de una pieza mucho más grande. Creo que vas a querer verlo. Asegúrate de estar sentada.

Justo después llega una foto.

Estoy sentada, pero tengo que levantarme de golpe y correr al baño a vomitar: una mezcla rancia de café y tostadas. Estoy sentada en el suelo del baño, jadeando y temblando, cuando oigo sonar el móvil. Vuelvo a gatas porque no me fío de mis piernas temblorosas.

—Angie —dice Jasper—. ¿Estás bien? ¿Has visto la foto?

—Sí —grazno.

—¿Estás bien?

—Sí. Sí.

Respiro hondo y me recompongo.

—¿Es él? ¿Crees que es Perry?

—Sí, es Perry sin duda —digo, cien por cien segura de que es él.

—¿Qué hacemos? Podríamos ir a la policía.

—Sí, quizá. Mientras tanto, ¿podrías enviármelo por mensajería cuanto antes?

Dice que sí y colgamos.

Le escribo a Gray: Te echo de menos. ¿Cuándo vuelves?

El viernes sobre las dos , responde. Yo también te echo de menos. Te quiero .

Respondo con un emoji de corazón.