Matar por ti Veinticinco
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Veinticinco

—S igues con cara larga —dice Gray unos días después.

Estamos tirados en su casa y tengo que admitir que estoy desanimada. Pero no creo que sea para tanto. No le contesto.

—Lo que necesitas es que te animen.

—¿Tú crees? —No era mi intención sonar tan sarcástica.

—Intenta ver el lado positivo. Cualquier día de estos recibirás el dinero de la venta del piso de Adam y no volverás a tener problemas de dinero, puede que nunca más.

Resoplo.

—No es para tanto —digo. Además, tener mucho dinero no salvó a Adam, ¿verdad? Todo lo contrario.

Gray no tiene ni idea de cuánto dinero voy a recibir porque nunca se lo he dicho.

Ha habido veces en que parecía que iba a preguntármelo, pero no lo ha hecho.

Como el piso de Adam nunca se puso a la venta públicamente, Gray no sabe cuál era el precio.

Lo único que sabe es que hay una hipoteca que pagar y otras deudas antes de que yo reciba nada.

No sabe mucho del piso de Adam porque nunca lo ha visto y yo no he hablado mucho del tema, al menos no de los detalles.

Me resulta demasiado doloroso. Así que, en realidad, no sabe nada.

Me estremezco. Toda esta conversación, todo este hablar de dinero, me resulta tan desagradable.

—Angie —Gray me rodea con el brazo—. Tu hermano querría que disfrutaras de lo que te ha dejado. Trabajó duro para conseguirlo y ahora tú te vas a beneficiar. Está claro que eso es lo que él quería.

—Creo que Adam no se imaginaba que yo iba a tener su dinero tan pronto —me zafo de Gray y me excuso para ir al baño.

Cuando vuelvo, tiene una sonrisa de oreja a oreja.

A veces no sé si Gray es insensible o tonto.

Quizá le cueste entender lo unidos que estábamos; él no tiene hermanos, prácticamente no tiene familia desde que sus padres murieron hace años.

Y sin embargo me ha apoyado mucho en todo esto.

Quizá sea yo la que está demasiado sensible. Me mira fijamente.

—¿Qué? —Me doy cuenta de que ha estado hablando, pero no he oído ni una palabra.

—Que te he preparado una sorpresa.

—¿Y qué es?

—Un fin de semana fuera.

—Ah.

—Bath. Podemos disfrutar de un poco de cultura y desconectar.

—Ah —odio la palabra «desconectar», pero el detalle es bonito.

—Creo que te vendrá bien para distraerte. Has pasado unos meses muy duros. Te ayudará. ¿Te hace ilusión?

—Eh, supongo que sí —la verdad es que no tengo energía para escapadas, y menos aún si son culturales.

—Bien. He reservado un hotel precioso en pleno centro.

—¿Cuándo vamos? —Quizá para cuando llegue el momento tenga más ganas de disfrutarlo.

—Este fin de semana. El viernes, en cuanto salga de trabajar.

—¿Este fin de semana?

Me dedica una sonrisa y luego me abraza con demasiada fuerza.

—Va a ser genial —dice—. ¿Has estado alguna vez en Bath?

—Sí, de excursión con el colegio y en despedidas de soltera.

—Esto será mejor que eso.

Ya estamos a viernes, y me he puesto mi mejor cara de felicidad y estoy haciendo un esfuerzo, porque, como dice Gray, estar de morros no va a traer a Adam de vuelta.

Ya lo sé.

Conduce él, lo cual me viene bien; puedo relajarme y disfrutar del viaje. Solo tardaremos una hora en llegar.

El hotel está en pleno centro y es precioso; cinco estrellas, tampoco esperaba menos de Gray.

Llegamos a tiempo para cenar y él dice que deberíamos hacerlo en el hotel porque tiene estrella Michelin.

Acepto porque, la verdad, la comida no es tan importante para mí.

Me gusta comer, pero no me importa mucho qué sea, dentro de lo razonable.

Adam solía decirme que tenía el paladar sin educar.

Yo le devolvía la broma: mira quién habla, el hombre cuyo restaurante favorito estaba a un paso de ser un bar cutre.

Volvemos a la habitación después de cenar; Gray ha propuesto ir a un club que conoce, pero he dicho que no. Estoy cansada y solo quiero dormir.

El sábado hacemos turismo y, por supuesto, vamos de compras. Bath es bonito, y Gray tiene razón: consigo desconectar, lo que me hace sentir mejor.

Así que Gray no es nada insensible; en realidad, sabe lo que me conviene.

—Ha sido un día precioso —le digo mientras tiro las bolsas de la compra sobre la enorme cama y me dejo caer junto a ellas.

—Aún no ha terminado —dice—. Date un baño y desconecta, luego ponte tus mejores galas. Vamos a salir.

—A un club no —digo. Nunca pensé que diría eso, yo precisamente, que era la reina de la fiesta todos los fines de semana con Adam. Él no podía seguirme el ritmo.

—No, solo a cenar, pero a un sitio especial.

El restaurante es especial, impresionante.

También es uno de esos sitios donde no ponen los precios en la carta.

Ya había estado en alguno así con Adam. No es demasiado grande y hay bastante espacio entre las mesas.

Eso hace que nadie pueda oír las conversaciones ajenas a menos que se esfuerce y se quede mirando descaradamente, y este lugar es demasiado elegante para eso.

Me alegro de llevar puesto uno de mis vestidos nuevos, uno del que no estaba segura, pero Gray me convenció de que me quedaba increíble.

Me siento increíble aquí, ahora. Con cualquier otra cosa iría mal vestida.

Gray lleva traje, pero sin corbata; como él dice, ya nadie lleva corbata salvo para ir a funerales.

La comida se sirve en porciones diminutas sobre platos blancos gigantes. En la carta, mi plato incluía espárragos, pero no veo ninguno, solo un remolino de líquido verde decorando el plato.

—¿Esos son los espárragos? —le pregunto a Gray entre risas.

Se inclina y moja el dedo en el líquido, luego se lo lame. Estoy divertida y escandalizada a partes iguales.

—Sí —dice con una sonrisa.

Aunque hemos tomado cinco platos, incluida la tabla de quesos, no me siento demasiado llena gracias al tamaño diminuto de las porciones.

El camarero trae un licor dulce en vasitos y se retira discretamente.

Gray se inclina y me toma la mano.

—¿Has disfrutado de la velada?

—Sí, y, si te soy sincera, no estaba de humor para esto.

—Sé lo que te conviene —dice con una sonrisa.

Creo que el licor se le está subiendo a la cabeza, eso y la botella entera de Barolo que se ha bebido prácticamente solo.

No soy muy aficionada al vino tinto, me resulta demasiado terroso y pesado.

Adam siempre me llamaba blandengue. Pero me he tomado un cuarto de copa solo para hacerle compañía a Gray.

No quería pedir una botella, ni siquiera una copa de algo diferente solo para mí.

—Esta noche estás especialmente hermosa.

—Tú también —digo entre risas—. Bonito traje. ¿Es nuevo? ¿Lo compraste hoy?

Me pregunto si habré estado tan ensimismada mientras íbamos de compras que no me fijé. Seguro que no.

—Es nuevo, pero no, lo traje conmigo.

Asiento, aliviada de no ser tan desatenta después de todo.

—Quería estrenarlo —continúa— porque esta es una noche especial.

—¿Ah, sí? —¿Será su cumpleaños? Espero que no. Pero ¿cómo iba a saberlo si nunca me lo ha dicho?

Mete la mano en el bolsillo y saca una cajita pequeña.

El corazón se me para un instante y luego empieza a latir mucho más rápido. ¿Es lo que creo que es?

—Mi querida Angelique, ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa?

Abre la caja y revela un anillo de diamantes enorme e impresionante.

Por un momento me quedo mirándolo fijamente, a él y al anillo.

Me doy cuenta de que el restaurante se ha quedado en silencio. Echo un vistazo alrededor y veo que todo el mundo nos observa.

—Eh... sí, claro.

Sonrío. Pero ¿qué otra cosa puedo decir? Es todo tan público. Tan humillante.

Nunca me he planteado en serio casarme, tener hijos, esas cosas.

Siempre me imaginé envejeciendo con Adam, la hermana solterona y el hermano soltero, con el pelo blanco y andando a trompicones juntos.

Adam pintando algún cuadro de vez en cuando para mantenernos con estilo y yo tirada en el sofá viendo la tele y comiendo chocolate ecológico.

Ese era mi futuro, en mi cabeza, aunque nunca lo comenté con Adam, obviamente.

Siempre di por hecho que ambos tendríamos aventuras con hombres, pero que nunca llegarían a nada.

Y entonces Adam se comprometió con Perry.

Fue como una traición en todos los sentidos.

Sé que lo de buscarle novio había sido idea mía, pero ¿por qué tuvo que llegar a esos extremos?

Y Perry ha resultado ser un ladroncillo de mierda, lo que solo empeora la traición.

Sigo enfadada con Adam por ser tan ingenuo, por dejarme fuera.

Estoy segura de que diez minutos en compañía de Perry habrían bastado para calarlo.

Gray está diciendo algo. Vuelvo a sonreír, porque no le he estado escuchando.

—Espero que te quede bien. Tuve que adivinar la talla porque no llevas anillos, así que no dejaste ninguno por ahí que pudiera medir.

Me dedica una sonrisa nerviosa.

—No.

Porque en realidad no me gustan los anillos, pero no puedo decirle eso. Le tiendo la mano y Gray me desliza el anillo en el dedo. Me queda sorprendentemente bien.

—Es precioso.

Giro la mano para que la luz se refleje en la piedra.

Llega una botella de champán, cortesía del restaurante. Casi me atraganto solo de pensar que tendré que beberme la mitad. Gray ve la expresión de mi cara y frunce ligeramente el ceño. Vuelve a tomarme la mano.

—No te preocupes, lo repartiremos entre todos.

Una hora después, por fin salimos del restaurante. Todo el mundo aplaude cuando nos levantamos. Menos mal que no estamos en nuestra ciudad y nadie me conoce. Está claro que Gray no me conoce tan bien como cree; este nivel de ostentación no va conmigo.

De vuelta en el hotel, paso demasiado tiempo en el baño: me quito la ropa, me desmaquillo, me cepillo los dientes con demasiada fuerza.

Gray me espera en la cama. Parece feliz, emocionado, expectante.

—Me duele muchísimo la cabeza —miento mientras me dejo caer en la cama a su lado.

—Vaya. Será la emoción.

—Seguramente.

Levanto el anillo hacia la luz; es una preciosidad.

—¿Te importa si nos dormimos ya?

—Claro que no —dice, y apaga la lámpara de la mesilla.

Nos quedamos ahí tumbados en la oscuridad, los dos despiertos, mientras reescribo mi plan de futuro, uno que incluye a Gray.

No a Adam.