Veinticuatro
Dos meses después
—Ac abo de recibir un mensaje. Hoy firmamos los contratos —le digo a Gray. Estamos tumbados en su cama, acurrucados.
—Excelente. ¿Cuándo firmas la escritura?
—En dos semanas más o menos, creo. Depende de los Shah, a mí me da igual.
Se inclina y me besa en la nariz.
—Tengo que prepararme para ir a trabajar —dice con un suspiro—. Odio dejarte.
Nuestra relación se ha vuelto cálida y cariñosa.
Me ha ayudado mucho a superar la pérdida de Adam.
Es amable y comprensivo, y ahora que puedo aceptar su apoyo, ha sido un pilar fundamental.
Incluso me ha animado a dejar el trabajo porque, como él mismo señaló, puedo vivir de lo que Adam me dejó hasta que encuentre algo que me apasione.
No hay ninguna prisa. Todavía no he presentado la renuncia porque oficialmente sigo de baja.
Eso terminará en unas semanas y entonces tendré que decidir.
Pero por ahora vivo el presente. Y esos momentos son buenos cuando estoy con Gray.
Incluso le he contado todo sobre la situación de Per/Perry.
Se quedó horrorizado y fue muy comprensivo.
También se lo conté a Jasper, aunque a él no le sorprendió tanto, la verdad.
Vio a Adam mucho más que yo durante los meses que duró lo de Perry.
Dijo que se notaba que Adam no era el mismo, sobre todo hacia el final.
También me he puesto en contacto con la policía; han tomado nota de lo que les he dicho.
Dicen que todavía no han podido localizar el dinero; sospecho que en realidad no se están esforzando mucho.
Dicen que el caso de fraude sigue abierto, pero no el de la muerte de Adam, ya que no hay pruebas de que fuera algo más que un accidente o un suicidio. El forense dejó el caso sin determinar.
Me revuelve el estómago pensar en el dinero de Adam.
Y luego me siento culpable por preocuparme por eso.
Sí, recibiré una buena cantidad cuando se venda el apartamento, pero no es eso lo que me importa.
Cuando pienso en lo duro que trabajó Adam, en lo talentoso e inteligente que era, en que se ganó cada céntimo con su esfuerzo y en lo generoso que era, quiero venganza.
Una parte de mí quiere encontrar a Perry y hacérselo pagar.
Ojalá fuera tan fácil.
—Estaba pensando —dice Gray unos días después de que firmara los contratos del apartamento de Adam.
—¿Te dolió? —bromeo.
Sonríe.
—No, en serio. Estaba pensando... ¿te apetecería pasar la Navidad en Dubái?
Lo miro fijamente, desconcertada.
—¿Qué pasa? —dice, frunciendo el ceño.
—La Navidad. Siempre paso la Navidad con mi familia. Es ruidosa y caótica, y comemos y bebemos demasiado, pero es… Navidad. Es tradición.
—Pues rompe con la tradición —dice.
—No creo que les sentara bien.
—¿Por qué no?
Me encojo de hombros. Es cierto que este año no será lo mismo porque Adam no estará, repartiendo sus regalos estrafalarios y todo su cariño.
No será igual sin él, pero mi ausencia seguramente empeoraría las cosas.
Sobre todo para mis padres. Mi madre es una sombra de lo que era, tan delgada que juro que puedo contarle las costillas a través de la ropa.
—¿Y tú qué haces normalmente? —le pregunto.
—Pasarlas en algún lugar cálido y soleado —dice, riéndose—. Viví en Dubái las últimas diez Navidades; hay muchísimo que hacer, sitios que visitar, cosas que ver.
—Ya.
—No te preocupes si no te apetece. Solo pensé que estaría bien ir a algún sitio cálido y soleado, nada más.
—Seguramente haría demasiado calor para mí, de todas formas.
—Qué va, en diciembre no hace un calor excesivo. La temperatura es muy agradable. Te encantaría. ¿Por qué no te lo piensas? Todavía queda tiempo, no tenemos que decidirlo ahora.
—Vale, de acuerdo —acepto, pero ya he decidido que no voy a ir a Dubái en Navidad. Mi familia me necesita. Y yo necesito a mi familia.
No puedo posponerlo más; hoy tengo que ir a Londres a recoger las últimas cosas de Adam de su apartamento.
Los Shah se quedan con casi todos los muebles, incluidas las ollas y sartenes, lo que me viene de maravilla; mi sobrina se ha quedado con el material de pintura; fuimos juntas a empaquetarlo todo para enviarlo por mensajería.
Lo único que me queda por revisar son los objetos personales, lo que implica rebuscar en los cajones de la cocina: quién sabe qué puede haber olvidado en los rincones.
Y todavía no he encontrado el yin. Sé que está por ahí, seguro que en algún cajón, donde lo dejé tirado entre risas cuando me llevé el yang. Tengo que encontrar el yin aunque tenga que gatear por el suelo mirando debajo de los sofás.
—Puedo pedir el día sin problema —dice Gray mientras se viste para ir a trabajar.
—No, no hace falta. Ida y vuelta en un día.
Solo voy a recoger algunas cosas. —También tengo que dejar las llaves en la inmobiliaria y, siguiendo las instrucciones de George, decirle a Martin que no puede entrar nadie hasta que él llame para confirmar que la venta se ha cerrado y el dinero ha llegado.
El viaje en tren se me hace eterno. Está lloviendo cuando por fin llego a Paddington y decido coger un taxi porque pronto podré permitírmelo sin problemas. Total, como no he ido a trabajar, he ahorrado bastante: me siguen pagando el sueldo estando de baja y apenas he salido a gastar.
Cuando el taxi se detiene frente al edificio de Adam, lucho contra las ganas de llorar. Es la última vez que vendré aquí, que saldré a esa terraza a contemplar el río. Esto corta mi último vínculo con Adam y su vida en Londres.
Martin me saluda cuando entro y enseguida estoy subiendo en el ascensor.
El apartamento de Adam está frío y tiene ese aire de lugar abandonado.
Nunca lo había visto así. La calefacción lleva semanas apagada, así que busco el termostato y lo pongo al máximo.
Puede que no me quede mucho tiempo, pero no soporto este frío.
Además, así se ventilará un poco para los nuevos propietarios.
Deambulo por las habitaciones. El estudio de Adam ahora es solo un cascarón vacío, cavernoso, luminoso incluso en un día gris como hoy.
Los cuadros se fueron hace varios meses, están a salvo en el almacén de Gerard esperando a ser expuestos.
Va a celebrar la exposición póstuma de Adam a mediados de diciembre.
Espera conseguir buenos precios. Todo el dinero será para mí y me pregunto si debería haber esperado a ver si bastaba para pagar la hipoteca.
Pero la realidad es que, incluso si fuera así —poco probable—, nunca habría podido mantener el apartamento como lo hacía Adam.
Nunca habría podido permitirme vivir en él.
Habría tenido que alquilarlo, y ¿qué sentido tendría eso?
Además, habrá que pagar el impuesto de sucesiones y la última declaración de la renta de Adam.
Odio a Perry Oblekt, o como quiera que se llame en realidad.
En el dormitorio de Adam solo quedan los muebles empotrados, los armarios y los cajones de las mesillas.
Los reviso todos metódicamente. Vaciados.
Pedí ayuda a su asistenta y fue ella quien se llevó su ropa —aunque a Adam no le interesaba mucho la ropa— y vació todos los armarios de esta habitación.
Si no encuentro el yin hoy, tendré que preguntarle si lo ha visto. Espero que no lo haya tirado.
A continuación reviso la habitación de invitados, mi habitación.
La cama es la misma, aunque la han dejado sin sábanas.
El armario está vacío, pero siempre lo estuvo, igual que los cajones de las mesillas.
Yo solía vivir de la maleta cuando venía en mis visitas de fin de semana. Todo eso parece tan lejano.
El salón tiene eco y parece desnudo. Me he llevado la alfombra grande y mullida que cubría el suelo entre los sofás.
Cuántas veces nos sentamos con los pies descalzos sobre ella, riendo, bromeando y bebiendo vino.
Hay una mancha delatora como prueba, aunque pequeña.
La hizo Adam. No era su vino, era el mío, pero él lo derramó; por suerte era un rosado y no un tinto.
Discutimos sobre qué era peor, el vino desperdiciado o el daño a la alfombra.
La mancha es diminuta y tenue, pero nunca la quitaré; es un recuerdo indeleble.
La alfombra está enrollada en el pasillo de mi casa; no sé qué hacer con ella.
Reviso todos los armarios del baño, de ambos baños. Nada.
Luego repaso los armarios y cajones de la cocina, despacio, metódicamente.
Encuentro un viejo menú de comida a domicilio y un recibo de unos zapatos, mocasines rosas caros; no recuerdo haberlos visto cuando vaciamos sus cosas, y no eran nada su estilo.
Quizá los compró para Perry. No hay nada más, solo una vajilla blanca y lisa, porque a Adam no le gustaban las cosas recargadas.
Le gustaba lo sencillo, lo cual resulta extraño teniendo en cuenta lo vibrantes que eran sus cuadros.
No he encontrado nada. Toca ponerse a cuatro patas.
¿Dónde está el yin?
El estado del suelo da fe de la eficiencia de su asistenta. Incluso después de arrastrarme por el suelo para mirar debajo de los sofás, mis pantalones siguen limpios. No veo nada ahí debajo. Quería moverlos, pero pesan demasiado.
Pues eso es todo, nada de yin.
Le mando un mensaje a la asistenta por si lo ha visto, o lo ha tirado. Me dará pena si es así, pero al menos lo sabré.
Me contesta que nunca ha visto una piedrecita blanca con forma de coma.
Intento recordar dónde lo encontró la primera vez.
¿Fue en el aparador? Todavía está aquí, los nuevos propietarios también se lo quedan.
Saco los cajones del centro, los extraigo del todo.
Están vacíos, pero mi última esperanza es que el hueco de abajo contenga algo. Y sí. Otro menú de comida a domicilio.
Pero nada de yin.
Un último vistazo a su coche. Aunque ya lo vacié —no es que estuviera desordenado—, no miré debajo de los asientos; el yin podría haberse caído ahí.
Pero no. Definitivamente, nada de yin.
Tengo que irme. Tengo que entregar las llaves y luego coger el tren a casa. Me siento muy triste por lo del yin. Una tontería, la verdad.
Martin sale de detrás de su escritorio y me abraza cuando me marcho. Los dos tenemos lágrimas en los ojos.
—Fin de una era —dice, y retrocede para volver a refugiarse detrás de su escritorio.
Le recuerdo que nadie puede entrar en el piso hasta que mi hermano llame para confirmar que la venta se ha cerrado. Asiente con gesto cómplice.
Y me marcho.
De vuelta en casa, rebusco en uno de mis bolsos hasta encontrar el yang, todavía ahí desde la última vez que lo llevé para enseñárselo a Adam. Es muy doloroso, y sin embargo me siento tonta por afectarme tanto; es solo una piedra.
Gray viene de camino; dice que trae comida para cocinar. No tengo nada de hambre, pero la cocinará de todos modos.
—¿Cómo ha ido? —pregunta, con una mueca de preocupación. Seguro que me ve los ojos enrojecidos.
—Oh, ya sabes. Es triste. Estoy triste. Voy a echar de menos ese lugar. —Suena tan mal que casi hago una mueca, pero Gray no se da cuenta. Mientras tenía el apartamento, podía fingir que Adam seguía vivo, que simplemente estaba fuera unos meses. Cuando desaparezca…
—Sí, me imagino que echarás de menos las vistas desde esa terraza, el Támesis, las luces titilando por la noche.
—Sí.
—Venga, siéntate y deja que te cuide. Voy a preparar algo rápido y sencillo. Me muero de hambre. Pero primero, vamos a tomar algo. —Saca una botella de vino y ni me molesto en protestar cuando me sirve una copa generosa. Total, puedo ahogar las penas.
—¿Has pensado más en lo de Dubái? —pregunta mientras empieza a picar y freír cosas.
Parpadeo varias veces antes de contestar. Creía que ya había dicho que no, pero quizá no fui lo bastante clara.
—Ni hablar. Va a haber un enorme hueco en forma de Adam en el corazón de nuestra familia, y no puedo agrandarlo aún más con mi ausencia.
Él levanta la vista de lo que está cortando y friendo.
—Vale —dice—. Quizá el año que viene.