Veinte
M e despierto helado. Me he quedado dormido en el sofá de la terraza. El olor pútrido del vómito me llena la nariz. Mi propio vómito. Podría haberme ahogado.
Tiro la botella vacía de brandy a la basura.
No volveré a hacerlo. No ha solucionado nada y ahora me siento fatal.
Abro el grifo del agua fría en la cocina, lleno un vaso y me lo bebo de un trago, después otro.
Perry hace esto. Luego preparo café y lo llevo al sofá, donde vuelvo a quedarme adormilado.
Despierto con el café frío y la luz fría de la mañana.
He dejado las puertas de la terraza abiertas de par en par y no tengo ni ganas de levantarme a cerrarlas.
No sé qué hacer. Enciendo la tele.
En el programa de la mañana están hablando del precio desorbitado de las viviendas, especialmente en la capital.
Claro, claro, ahí es donde ha ido. Kensington. Su nuevo piso. Cojo las llaves.
El tráfico va lento, es hora punta y la verdad es que no lo he pensado bien. Pero es cuando más probable es que lo encuentre, ¿no? Desayunando, preparándose para ir a trabajar. Espero que no esté de viaje de negocios.
Dejo el coche en una zona de aparcamiento. No tardaré mucho. Cuando pulso el timbre de su piso, nadie responde. Maldita sea. Pulso una y otra vez. Nada. Podría pulsar otros timbres. Eso haré, diré que traigo un paquete. Justo entonces sale alguien y me cuelo antes de que se cierre la puerta.
No hay ascensor hasta el último piso. A mí me habría echado para atrás comprarlo, aunque probablemente solo porque pienso en tener que subir y bajar cuadros por las escaleras, nada práctico.
Por fin estoy frente a su puerta. Seguramente sea inútil porque no respondió al timbre. Llamo.
La puerta se abre enseguida y aparece una mujer, elegante y claramente lista para ir a trabajar. ¿Quién demonios es? Me mira de arriba abajo y no logra reprimir una expresión de horror.
—¿Sí?
—¿Está Perry?
—¿Quién?
—Ah, ya veo. ¿Es usted la inquilina?
Me mira de arriba abajo otra vez. —Creo que se ha equivocado de piso. —Hace ademán de cerrar la puerta, pero soy demasiado rápido y meto el pie. Ella también es rápida, apoya el pie contra el interior de la puerta para que no pueda entrar.
—No, no me he equivocado. Este es el piso, seguro. Mi amigo Perry es el propietario. Pensé que podría estar aquí. Usted es su inquilina. ¿Lo ha visto? ¿Ha pasado por aquí?
—No conozco a ningún Perry. Yo soy la propietaria. Quite el pie o llamo a la policía. —Me enseña el móvil.
A regañadientes retiro el pie. —Si lo ve...
Me cierra la puerta en las narices.
Compruebo el rellano; compruebo el número de la planta. Estoy en el sitio correcto, el piso correcto, seguro. Estoy confundido. ¿Ha vendido el piso? ¿Sin decírmelo?
Seguramente ha vuelto a su casa; la venta aún no se ha cerrado. Claro, estará allí. Bajo las escaleras corriendo, casi me caigo. Subo al coche y solo cuando ya estoy dentro me doy cuenta de la multa pegada en el parabrisas. La arranco y la tiro.
Tardo una eternidad en llegar a su casa. No conozco bien esta zona de Londres. Solo he estado aquí unas pocas veces. Pero freno en seco frente a la casa y busco señales de vida. ¿Qué espero?
Respiro hondo y salgo. Llamo a la puerta. Espero y espero. Vuelvo a llamar. No está.
Me doy la vuelta para irme cuando de repente se abre la puerta y aparece un hombre. Me sonríe, esperando a que hable.
—¿Está Perry?
—¿Quién?
—El propietario.
El hombre frunce el ceño y niega con la cabeza. —No.
—¿Quién es usted?
—¿Quién es usted? —replica.
—Soy el... da igual. ¿Es usted el nuevo propietario?
—Sí. —Me mira con recelo.
—Perdone que le moleste. Busco al antiguo propietario. Pensé que podría estar aquí. No sabía que ya se había cerrado la venta.
El hombre niega lentamente con la cabeza. —Esta casa era de una anciana, pero murió hace casi un año. Se la compramos a su familia. Fue una venta testamentaria.
—No, eso no puede ser.
—Pues lo es.
—¿Cuánto tiempo llevan viviendo aquí?
—Semanas —dice—. Lo siento, pero estoy ocupado. —Y cierra la puerta.
Subo al coche y conduzco despacio hacia casa. Me da igual cuánto tarde. ¿Me he imaginado a Perry? ¿Lo he conjurado de la nada? ¿Me estoy volviendo loco?
Cuando llego a casa llamo a Jasper. No responde, así que le dejo un mensaje largo en el que le cuento que Perry ha desaparecido y le pido que me llame.
Luego me quedo dormido en el sofá otra vez, lo cual no es de extrañar con lo poco que he dormido bien.
El timbre estridente del portero automático me despierta sobresaltado y voy tambaleándome a responder.
Es Martin, quizá ha localizado al trabajador de la agencia, el que puede confirmar que Perry existe.
—Tiene una visita.
—¿Es Perry?
—Es Jasper —grita una voz de fondo.
—Sí, vale.
Dejo la puerta principal abierta, vuelvo al sofá y me desplomo.
—Adam —dice Jasper, entrando y cerrando la puerta—. ¿Qué ha pasado?
—Perry ha desaparecido.
Siento que empiezo a desmoronarme. Voy a llorar. No quiero llorar.
Jasper no dice nada, solo echa un vistazo alrededor de la habitación, me examina, camina hacia las puertas de la terraza y las cierra mientras me levanto y lo sigo.
—¿Has oído hablar de Perry?
Trago saliva.
—Por supuesto. Tu prometido.
Miro el anillo en mi dedo. No me lo he imaginado. Es muy real.
—Has visto a Perry, ¿verdad, Jasper?
—No —dice.
—Pero has estado aquí cuando él estaba. En otra habitación, pero sabías que estaba aquí, ¿no?
—Creo que sí. Sí. Estoy seguro de que estaba aquí. ¿De qué va esto, Adam?
—Se ha ido. Es como si nunca hubiera estado aquí. No encuentro ni rastro de él. He ido a su casa y a su apartamento y…
Niego con la cabeza, me dejo caer contra las puertas plegables y resbalo hasta el suelo.
—¿Cuándo vino tu limpiadora por última vez?
—Ah, Perry le dio unas semanas libres.
—Ya veo. Se ganará el sueldo cuando vuelva.
Se agacha y recoge un zapato y un calcetín.
—Tienes una pinta horrible. ¿Estás bien?
—Claramente no.
Me levanto con esfuerzo.
Jasper gira sobre sí mismo observando la habitación.
—¿Crees que es real? ¿Crees que me lo he imaginado? ¿Has visto alguna vez alguna prueba de él aquí?
—Apenas he estado aquí últimamente. ¿Cuándo comiste por última vez?
Abre el frigorífico. Saca una botella de leche de la puerta, levanta la tapa, la huele y vierte el contenido en el fregadero.
—Ve a ducharte y afeitarte y lo que necesites. Luego vamos a comer. Y podemos hablar de esto con calma. Llegar al fondo del asunto. Te sentirás mucho mejor cuando estés limpio y hayas comido algo.
Me coge de los hombros, me guía hacia mi dormitorio, entra en el baño y abre el grifo de la ducha. Casi espero que me desvista.
—Estaré en el salón cuando estés listo.
Caminamos despacio hasta Bib and Tucker, el restaurante donde conocí a Perry. Me dice que lleva allí a todos sus mejores clientes. Creo que lo dice para tranquilizarme. Es un sitio conocido, cómodo. Pide para los dos y no discuto. Pero no hay vino en la mesa, solo agua con gas.
—Cuéntamelo desde el principio —dice, con una sonrisa suave.
—Antes de nada, no te despedí, Jasper. Solo quiero que lo sepas.
—Lo sé. Te hackearon.
—Así es. No encuentro ninguna prueba de que yo enviara ese correo.
Se inclina y me aprieta la mano.
—No te preocupes por eso. Háblame de Perry.
Así que se lo cuento todo. Nuestro encuentro, los viajes a Estocolmo y Ámsterdam, nuestro compromiso, la venta de la casa de Perry que se frustró.
Que le presté el dinero para comprar el piso de Kensington.
Todo, incluido cómo su madre dejó su dinero a una protectora de gatos y su cuerpo a la ciencia.
No dice nada mientras lo suelto todo. No parece sorprendido ni me juzga. Es mi buen amigo Jasper.
Se disculpa para ir al baño y cuando vuelve le pregunto:
—¿Me crees?
—Por supuesto que sí, pero necesitamos encontrar pruebas. ¿Estás seguro de que nadie lo conoció?
—Sí. No, espera. Angie lo vio una vez en una videollamada. Estaba de fondo pero se asomó a saludar. Me preguntó si su pelo era realmente tan rubio. Se me había olvidado. La llamo ahora.
Saco el móvil y la llamo. Salta el buzón de voz así que dejo un mensaje diciéndole que me llame urgentemente.
—Estará en el trabajo —le digo—. Probablemente en una reunión o algo así.
—Ahí lo tienes, cuando te devuelva la llamada podremos demostrar que no estás loco. Otras pruebas…
Frunce ligeramente el ceño.
Me encojo de hombros.
—Dinero. Ya sabes lo que dicen en las películas: Sigue el dinero.
Coge mi móvil de la mesa y me lo da.
—¿Aplicación del banco?
—Sí.
—Inicia sesión. Veamos adónde ha ido el dinero.
Consigo iniciar sesión pero después me cuesta seguir. Tras observarme, Jasper extiende la mano.
—¿Puedo?
Le paso el móvil y espero. Me brota sudor frío en la frente. ¿Y si me lo he imaginado todo? ¿En qué me convierte eso?
Reflejados en las gafas de Jasper, los números de la pantalla pasan rápidamente. Por fin levanta la vista y esboza una media sonrisa.
—Ah, muchas transacciones. Cantidades grandes. Luego nada durante un tiempo. Hay un pago que ha entrado hace poco, de tres mil libras.
Asiento con energía.
—Sí, Perry acordó pagarme cada mes hasta que pudiera devolverme todo.
Mirando por encima de las gafas, Jasper continúa:
—Hay constancia de esa hipoteca que mencionaste, procedente de otro banco. Y hay un ingreso de una empresa de servicios financieros, una cantidad importante.
—Sí, ese es mi asesor, gestiona todas mis inversiones. Lo otro es la hipoteca que saqué sobre mi piso para ayudar a Perry. Se supone que me lo tiene que devolver todo. Eres brillante, Jasper. No sé por qué no pensé en esto. Seguir el dinero. Ja. Eres brillante.
Yo solía ser el brillante.
—Todo ha ido a parar a una sola cuenta.
—Sí, la de Perry. Así que no estoy loco.
—No. No creo que lo estés. No de esa manera, al menos…
—No, para nada loco, ¿a qué te refieres?
Jasper no dice nada. Solo me mira con lástima.
—¿Qué?
—Bueno…
Entonces caigo en la cuenta. Sé lo que Jasper está pensando porque yo también lo pienso.
—¿Me han… me han… estafado?
—Querido muchacho, me temo que sí.
Justo en ese momento aparece el camarero y deja la comida delante de nosotros.
Llega en el momento justo, porque si ya hubiera comido ahora lo estaría vomitando todo.
Pero como no es así, me quedo ahí sentado, con la mirada perdida, agarrándome el estómago mientras me inclino hacia delante.
Jasper le hace una seña al camarero para que se lleve nuestros platos.
—¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?
Un sudor frío me cubre la frente.
—La policía. Podrías probar con el banco. Sospecho que te saldrán con la tontería de la protección de datos y no te ayudarán. Pero la policía podrá sortear todo eso.
Cojo una servilleta y me seco la cara.
—Mi querido muchacho, ¿qué vamos a hacer contigo? Al menos tienes tu arte. Gracias a Dios por eso.
—¿Te llevaste un cuadro? ¿Ese que tanto admirabas?
Niega con la cabeza.
—No.
—Creo que también ha robado ese cuadro. Y otro —añado, pensando en mi proyecto especial—. Parte de su plan para eliminar cualquier prueba. Cojo el vaso de agua y bebo.
—¿Te encuentras mejor? ¿Puedes comer? Deberías comer algo. Nos están guardando la comida caliente.
Le hace una seña al camarero.
—Eh, sí, voy a necesitar fuerzas para localizar a ese cabrón.
—Espíritu de lucha. Eso es lo que queremos ver.
—Pero Jasper, era tan bueno. Todo era tan bueno. Sacó lo mejor de mí. ¿Crees que puede haber algún error?
—Cuando estaba mirando tu teléfono también miré la galería de fotos. Hay huecos enormes. ENORMES. Ha repasado todo y ha borrado cualquier prueba de vosotros dos. Apenas ha dejado rastro. Quería que pensaras que estabas loco. Por supuesto, no pudo borrar las pruebas financieras…
En el fondo sé que tiene razón. Sé que me han tomado por tonto. Pero en lo más hondo sé que amaba a Perry. De verdad creo que él me quiso, aunque fuera solo un poco. Fuerzo una sonrisa.
—Casi lo consigue.
Me llevo un bocado a la boca. No saboreo nada, pero mi cuerpo necesita comer.
—¿Vendrás conmigo a la policía?
—Por supuesto.
—¿Deberíamos llamarles primero? ¿Pedir cita?
—¿Funciona así? Ni idea.
Jasper me sonríe.
—Sea como sea, saldremos de esta. Me tienes a mí, tienes a Angie, tienes a tu familia. Te ayudaremos a salir de esto.
Miro el móvil y me pregunto cuándo me devolverá la llamada Angie.
¿Debería llamarla otra vez? Quizá espere.
Me llevo otro bocado a la boca y miro distraído por la ventana mientras mastico la carne, que está un poco dura, pero no me voy a quejar; seguramente sea culpa mía, porque han tenido que mantenerla caliente.
Me siento fatal. Me siento estúpido. Pero saldré de esta. Lo haré.
—¿Cómo pude ser tan ingenuo?
—Es todo un profesional, diría yo. Probablemente no seas el primero.
—Su madre… Me pregunto si de verdad era su madre.
—Tenemos que asegurarnos de que seas el último. Y tenemos que recuperar tu dinero, o al menos parte.
—Sí, sí, tenemos que hacerlo. Gracias por ayudarme. Gracias.
Vuelvo a mirar por la ventana.
—¿Crees que recuperaremos mi dinero…? Es él.
Me levanto de un salto. Perry está paseando por el otro lado de la calle como si nada. Lleva un sombrero azul claro para ocultar su pelo tan característico y parece que lleva días sin afeitarse, pero reconocería esa cara preciosa en cualquier parte.
—Adam, ¿qué…?
—grita Jasper mientras salgo corriendo detrás de Perry.
Se dirige al metro. Lo veo bajar hacia las escaleras. Si grito su nombre, ¿me oirá?
—Perry. Perry —grito. Una mujer cerca de mí se sobresalta, pero Perry no se detiene.
Baja las escaleras volando. Bajo tras él. El sombrero me ayuda a seguirlo, es muy llamativo.
—Perry —llamo otra vez.
Esta vez se gira, mira hacia atrás, pero no se detiene y no sé si me ve.
Llego al torniquete. No tengo billete ni tarjeta Oyster. Lo veo desaparecer en un túnel.
Salto la barrera. Corro tras él. No grito su nombre; solo mantengo ese sombrero azul a la vista.
Llegamos al andén. Está delante de mí y creo que puedo alcanzarlo.
Está abarrotado. Tanta gente deambulando, esperando.
Perry avanza por el andén. Una ráfaga de viento recorre el túnel.
Me abro paso a empujones. Perry se ha parado.
Alargo la mano para agarrarlo del hombro.
Se gira. Es él. Es él. Parece alarmado. Luego su expresión se transforma en diversión.
Se sacude mi mano. Me sonríe. Me guiña un ojo.
Su cara preciosa es lo último que veo.