Matar por ti Diecinueve
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Diecinueve

H e llamado a Jasper seis veces ya. Tres antes de irme de casa de mis padres y tres desde que volví. Le he dejado un mensaje de voz larguísimo, arrastrándome, en el que le explico que no sé qué está pasando y que yo no envié ese correo.

Estoy seguro de que ha habido algún malentendido raro con lo del correo y Jasper. Yo nunca envié ese correo. Está claro que me han hackeado, y cuanto antes se lo crea, mejor.

No ha respondido.

Me he distraído cocinando. He hecho una lasaña, una de las pocas cosas que sé cocinar, aparte del desayuno, que es mi especialidad.

Angie y yo pasamos una tarde en una clase de cocina pseudo-italiana, y al final los dos sabíamos hacer lasaña.

Solo necesita unos cuarenta minutos en el horno luego.

Estoy deseando que llegue Perry. Todavía no me ha escrito ni me ha llamado, pero probablemente esté volando ahora, de camino a Londres, o se le habrá muerto la batería del teléfono otra vez.

Me niego a imaginar que ha tenido otro accidente de coche. No podría pasar dos veces.

Perry nunca me dijo a qué hora llegaría a casa, pero he mirado los vuelos desde Estocolmo, de donde tiene que salir, y el último de hoy aterrizó hace unos veinte minutos. Así que estoy metiendo la lasaña en el horno.

Perry debería haber llegado a casa hace una hora, incluso contando con el tráfico, que no tendría que ser mucho a esta hora un domingo por la noche.

Le he escrito una y otra vez, y he llamado y llamado.

Nada. La lasaña se está enfriando encima del horno.

Siempre podemos calentarla en el microondas cuando llegue, suponiendo que todavía tenga hambre.

Yo tenía hambre, pero se me ha quitado el apetito.

Espero que Perry esté bien. Espero que no le haya pasado nada.

Ya es medianoche. Ni rastro de Perry. ¿Dijo que volvía a casa esta noche seguro? Empiezo a dudar de mí mismo. ¿Era esta noche o mañana? No, domingo, estoy seguro, creo.

La luz del día me despierta. Estoy en el sofá, tengo frío y estoy incómodo.

La tele sigue encendida; la usé como distracción anoche.

Miro el móvil por si hay noticias de Perry, pero no hay ninguna.

Lo llamo, su teléfono suena y suena sin respuesta.

Envío otro mensaje más. Debo de haberme equivocado de día; debe de ser hoy cuando vuelve a casa.

Me ducho, me visto y me siento fatal. Me obligo a comer cereales. Al menos tuve la previsión de meter la lasaña en la nevera anoche; podemos tomarla esta noche cuando llegue a casa. Miro el móvil, nada. Ni de Perry ni de Jasper.

Jasper está enfurruñado, obviamente, y a Perry se le debe de haber agotado la batería del teléfono.

Creo que tenemos que conseguirle un teléfono nuevo, uno con mejor duración de batería.

Quizá debería asegurarme de que siempre lleve su batería externa cuando se vaya.

En cualquier momento entrará por la puerta cabreado porque se le ha muerto el teléfono.

Después del desayuno hago un esfuerzo y me voy al estudio; más vale que aproveche el tiempo.

Algo no está bien en el estudio. No sé qué.

Voy de un lado a otro comprobando que mi proyecto especial no haya sido tocado.

Es un lienzo pequeño que he mantenido cubierto y escondido detrás de mis piezas más grandes.

No lo encuentro; no lo encuentro. Pero tiene que estar aquí en algún sitio.

Aparecerá. Sé que aparecerá. Respiro hondo, me calmo.

Tengo que dejar de ponerme en lo peor. El cuadro está aquí. Perry está a salvo.

Voy a mi caballete, me pongo la chaqueta salpicada de pintura y cojo el pincel.

Entonces me doy cuenta. ¿Cómo no lo he visto antes?

Falta otro cuadro. El que Jasper admiró, del que se deshizo en elogios.

¿Ha venido y se lo ha llevado? ¿Lo ha empaquetado y enviado por mensajería?

¿Se ha llevado también mi proyecto especial? Si es así, ¿adónde?

Entonces caigo en la cuenta: ya no tiene llave de mi apartamento. No puede entrar. Eso significa que tuvo que venir, o enviar a sus mensajeros, cuando Perry todavía estaba aquí. Me sorprende que Perry le dejara llevarse un cuadro sin avisarme. Me sorprende mucho.

Intento trabajar, pero no paro de mirar el móvil por si hay noticias de Perry.

O de Jasper. Pruebo con los dos otra vez.

Dejo un mensaje largo en el teléfono de Perry, aunque sé que si la batería está agotada, no lo oirá de todos modos.

No dejo mensaje para Jasper; dije todo lo que podía en el último.

Espero que entre en razón y crea que me han hackeado.

No entiendo lo del cuadro que falta. Quizá Gerard ha decidido exponer ese después de todo. Sonrío para mis adentros. Qué gracioso sería que mi cuadro fuera la pieza central de la exposición de Pitney-Goddard. ¿Haría Gerard eso?

He estado durmitando en el sofá y ahora está oscureciendo.

No hay señales de Perry. He dejado la lasaña en la nevera.

Estoy muy preocupado. Lo llamo otra vez.

Esta vez la llamada va directamente a ese mensaje: «el número que ha marcado no ha sido reconocido».

Creo que o ha perdido el teléfono o se lo han robado.

Lo habrá denunciado y se lo han cortado.

Ya va siendo hora de conseguirle un teléfono nuevo.

Quizá pueda ser mi regalo, un regalo de compromiso ya que no quería anillo.

Admiro mi propio anillo en la penumbra y me levanto para ver la hora.

Todavía no hay señales de él. Miro las llegadas de vuelos. Debería haber llegado a casa ya. ¿Dónde demonios está? ¿Está muerto en algún sitio? El corazón me late desbocado solo de pensarlo. No puedo soportar perderlo. No ahora que por fin lo he encontrado. El hombre de mi vida. Mi media naranja.

¿Por qué no me ha llamado para avisarme de lo que está pasando? Ah, si ha perdido el teléfono no sabrá el número. ¿Quién memoriza números de teléfono hoy en día? Mis padres todavía tienen una agenda donde apuntan los números de teléfono. Nadie de mi edad hace eso.

¿Dónde está?

Es tarde, debería estar aquí. Quizá está tan cansado que se ha quedado dormido en el coche. Quizá está abajo en el aparcamiento roncando, con la cabeza desplomada sobre el volante. Cojo las llaves y bajo a comprobarlo.

¿Su coche no está? No estaba cuando volví, así que seguro que lo tiene él. ¿Y si ha tenido un accidente?

No sé qué hacer. No sé a quién llamar.

Ya en mi apartamento, respiro hondo y me recompongo. Necesito encontrarlo. Hago una lista.

Hospitales

Policía, pero no el 999, debería ser... ¿cuál, el 911? No, eso es Estados Unidos. Lo busco en Google. Es el 101.

Llamo al 101. La operadora no es desdeñosa, pero tampoco comprensiva. Me sugiere que llame a sus amigos para localizarlo. Cuelgo abatido.

Reviso las noticias de tráfico buscando información sobre accidentes mortales.

Llamo a tres hospitales; los operadores toman mis datos y dicen que me devolverán la llamada si encuentran algo. Lo que significa que no me la devolverán.

Entonces caigo en la cuenta: puede que haya cambiado de planes. El lugar lógico donde buscar sería su despacho, su escritorio.

¿Por qué no se me ocurrió antes?

En su despacho no hay escritorio. Ni silla. Ni estantería. La cama ha vuelto a su posición original. Es como si nunca hubiera estado aquí.

Corro a nuestro dormitorio; abro de golpe la puerta de su armario.

Nada. Solo unas cuantas perchas vacías, viejas, mías, no suyas.

Reviso el cajón de la mesilla de noche. Nada.

Reviso el baño, buscando sus artículos de aseo.

Nada. Recorro el apartamento a toda prisa buscando cualquier señal de él, cualquier cosa.

Ni rastro de la irritante consola de videojuegos.

No hay nada. ¿Cómo pude estar tan ciego? ¿Cómo no me di cuenta?

Jugueteo con el anillo de compromiso en mi dedo. Esto es real. ¿Verdad?

¿Me estoy volviendo loco?

Me desplomo en el sofá y por fin caigo en un sueño de puro agotamiento. Profundo pero inquieto.

¿Qué demonios está pasando?

Está amaneciendo cuando despierto y me obligo a hacer las cosas de siempre: preparo café, lo llevo a la terraza para bebérmelo. Hace frío, la ciudad está despertando, el río fluye. Perry sigue desaparecido.

¿Dónde demonios está Perry?

Encuentro el teléfono; la batería está agotada. Busco el cargador –siempre lo estoy perdiendo, tanto que Perry me ha comprado uno de repuesto– pero lo encuentro y enchufo el móvil. Reviso los mensajes. Nada de Jasper, nada de Perry.

«Llama a sus amigos», dijo la policía. ¿Quiénes son sus amigos? No he conocido a ninguno de sus amigos. Ninguno de mis amigos ni de mi familia ha conocido a Perry.

Nadie ha conocido a Perry.

Sí, Martin conoció a Perry el día que hablamos de seguridad. No, no fue Martin, fue uno de los muchos otros.

Bajo corriendo a donde está Martin. Hay una mujer en su mostrador. Él sonríe, atento y servicial. Vete, vete. Por fin se va.

—Martin, ¿has visto a Perry últimamente?

—¿Perry, señor?

—Mi pareja. Mi prometido. Vive conmigo. Tienes que haberlo visto.

—No que yo recuerde, señor.

Mueve un bolígrafo sobre el escritorio mientras me inclino hacia delante mirando la superficie, como si la respuesta estuviera allí.

—¿Puedo ayudarle en algo más?

Le pregunto quién estaba trabajando ese día.

—¿Qué día sería ese, señor?

—El día que bajamos a cambiar las instrucciones. Tú no estabas aquí. Creo que fue entre semana.

¿Cuándo fue?

—¿Cuándo no estuviste? Quien fuera pidió otro mando para la barrera del aparcamiento, para mí, para Perry. ¿Quién fue?

Martin me mira como si le hubiera preguntado qué profundidad tienen todos los océanos, qué altura tiene el cielo. Como si estuviera loco.

—Bueno, señor, he tenido algunos días libres de vez en cuando. Podría revisar los turnos más tarde y comprobarlo. Luego le aviso.

—¿No puedes hacerlo ahora?

—La verdad es que no, señor.

Mira por encima de mi hombro; un mensajero espera con un paquete. Me hace acordarme.

—¿Vino un mensajero el fin de semana a recoger unos cuadros de mi apartamento?

—Señor —dice, con su sonrisa tan profesional—. ¿Por qué no toma asiento mientras atiendo a este caballero?

Señala una silla con la mano mientras asiente al mensajero.

Me desplomo.

Atender el paquete lleva una eternidad. Hay que firmarlo, luego registrarlo, luego guardarlo en un armario cerrado con llave hasta que el destinatario llegue a casa. La espera me está volviendo loco. Me levanto de un salto.

—¿Y bien? —pregunto, asomándome de nuevo sobre el escritorio de Martin.

Hojea su libro, el que acaba de usar para registrar el paquete.

—No, señor, no consta que ningún mensajero le visitara durante el fin de semana.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente.

—¿Y mudanzas de muebles? —Sueno loco hasta para mí mismo.

—¿Señor?

—¿Un escritorio, una silla, una estantería?

—No hay registro, señor. Nada entró ni salió en todo el fin de semana.

Me quedo allí boquiabierto como un pez. Martin me mira con lástima y luego me lanza una migaja.

—Claro que, señor, alguien podría haberlo llevado directamente al aparcamiento. Desde aquí no veo el ascensor del fondo.

—Sí, podría ser eso, ¿no?

Sonríe.

—Y señor, le haré llegar las fechas en las que no he estado aquí. ¿Tiene alguna idea de cuándo fue, para acotar un poco la búsqueda?

—Hace unos meses —digo, y me doy la vuelta para volver al ascensor.

Ya en el apartamento, reviso el teléfono en busca de mensajes. Por supuesto, no hay ninguno.

¿Estoy loco?

¿Me he inventado a este hombre?

Nadie lo ha conocido. Ninguno de mis amigos. Ni mi familia. Ni siquiera Jasper.

¿Qué demonios me pasa?

No puedo haberme inventado todo eso. A él, a nosotros.

Deslizo el dedo por el teléfono, abro la galería de fotos, busco Estocolmo, Ámsterdam, Edimburgo, las fotos furtivas que le he sacado a Perry.

Nada. Ni una sola.

Suena el portero automático y me levanto de un salto.

Es Martin.

—Señor, he comprobado las fechas en que no estuve y solo hay dos en los últimos meses. La misma persona me cubrió en ambas ocasiones.

—Excelente. ¿Quién es? ¿Cuándo viene? Necesito hablar con él.

—Era un trabajador de agencia, señor.

—Entonces llama a la agencia, Martin.

—Lo he hecho, señor, lo he hecho. Ya no trabaja para ellos y no pueden darme sus datos por la protección de datos, pero le pasarán mis datos para que pueda ponerse en contacto conmigo. Es todo lo que podemos hacer de momento, señor.

—Genial. Gracias.

Cuelgo el teléfono.

En la cocina rebusco en los armarios hasta que la encuentro: una vieja botella de brandy. Ni siquiera me gusta, pero el champán de la nevera parece completamente fuera de lugar. Llevo el brandy a la terraza, me desplomo en una silla y decido beber hasta perder el conocimiento.