Matar por ti Dieciocho #2
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Dieciocho #2

Esta noche viajamos a casa de mis padres.

Estoy muy emocionado. No se lo he mencionado mucho a Perry porque no quiero que se ponga nervioso.

Hace semanas, cuando le propuse la idea, le preocupaba que yo venga de una familia tan grande y él no tenga a nadie.

Pero le dije que ahora que se casa conmigo, mi familia será la suya.

Vamos en coche porque es más fácil y he sacado mi maleta grande.

Creo que Perry y yo deberíamos compartirla.

—¿Qué es eso? —dice, saliendo del baño, todavía secándose el pelo con una toalla. Lo tiene aún más largo que cuando lo conocí.

—El pelo nuevo te está saliendo aún más claro que el resto —digo, tomándole el pelo.

—No creerás que me están saliendo canas, ¿verdad? —Se acerca corriendo al espejo y se aparta el pelo de la cara para examinarse las raíces—. ¿O blanco? Argh.

—No. Además, ¿qué más da? ¿Alguien lo notaría?

—Supongo que no. —Sonríe a su reflejo y se vuelve hacia mí—. Entonces, ¿qué es eso?

—Pensé que podríamos llevar una maleta grande en lugar de dos pequeñas.

Frunce el ceño.

—No vamos a tener que arrastrarlas por ningún sitio, ni aeropuertos ni estaciones de tren.

Me mira sin comprender un momento de más, y entonces cae en la cuenta.

—Es este fin de semana, ¿lo de tus padres?

—Sí. Llevo semanas hablando de ello.

Suelta un largo suspiro y se desploma en la cama.

—Será genial. Mi familia te va a querer tanto como yo. Y tú y Angie vais a congeniar de maravilla.

—No es eso —dice—. Oh, Adam, la he fastidiado de verdad.

—¿Qué quieres decir?

Suspira de nuevo, se hunde más en la cama, baja la cabeza.

—Hay un tipo en Akersberga, llevo semanas hablando con él por Zoom.

Tiene unas sillas de mediados de siglo, sillas Wishbone de Hans Wegner.

Son originales, no copias. Tiene diez. Me van a costar una fortuna, pero tengo un comprador en Estados Unidos que está desesperado por conseguirlas.

Llevo semanas preparando este trato. —Se lleva las manos a la cabeza.

—¿No puedes ir el lunes, o en otro momento?

—Lo haría, sabes que lo haría. Pero no puedo porque el comprador estadounidense las necesita la semana que viene. Por eso tengo que ir yo mismo a Akersberga, para organizar el envío. —Me mira, con lágrimas en los ojos—. La he fastidiado de verdad.

Estoy destrozado.

—¿No puede encargarse otro del envío?

Niega con la cabeza.

—No puedo. El trato no está cerrado. El propietario quiere conocerme en persona, quiere verme la cara. —Pone los ojos en blanco al decir esto—. Y también quiere ver el color de mi dinero.

—¿No confía en ti?

—No es conmigo en particular. Lo han engañado en el pasado, así que es muy cauteloso. Es mañana o nunca. Está siendo muy exigente. Pero este trato va a generar mucho dinero para el negocio, y mantendrá contentos a los accionistas. —Me da un codazo.

Me desplomo en la cama junto a él.

—Quizá podría dejarlo correr. Conocer a tu familia es más importante. Tengo que caerles bien a mis futuros suegros.

Estoy demasiado aturdido para responder.

—Solo tienes que decirlo y lo cancelo.

—No, no. Adelante. Podemos visitar a mi familia en otro momento, puede que sea mejor cuando haya menos jaleo allí. Solo nosotros dos.

— Min kärlek , si estás seguro.

—Sí, adelante. Lo entenderán.

Es viernes por la noche y acabo de llegar a casa de mis padres. Saco del maletero mi bolsa, ahora pequeña, y me dirijo a la puerta principal. El plan es que esta noche haya una cena familiar, que habría sido el momento perfecto para que conocieran a Perry; mañana es la gran fiesta.

La puerta se abre de golpe y Angie aparece sonriendo ante mí. Me rodea el cuello con los brazos y me abraza tan fuerte, alzándose hasta dejar los pies colgando en el aire, que me duele el cuello.

—¡Cuánto tiempo! —chilla. Por fin me suelta y mira más allá de mí—. ¿Dónde está? ¿Dónde lo escondes?

—No ha podido venir.

—¿Quéééé?

—Lo sé, negocios, último momento, importante. —Sueno como si estuviera hablando en clave.

—Oh, pero tenía tantas ganas de conocerlo.

—Lo sé. Él también tenía ganas de conoceros a todos, especialmente a ti.

—Tendré que subir a echarle la bronca —dice con una sonrisa, antes de llevarme dentro—. Mamá y papá están arriba arreglándose. Te han puesto en la habitación de invitados elegante.

—¿Y dónde duermes tú esta noche?

—En teoría debería irme a casa, pero si al final me quedo, dormiré en tu antigua habitación.

Eso me hace sonreír. Mi antigua habitación es diminuta, encajada bajo el alero, y especialmente ruidosa cuando llueve. Tengo buenos recuerdos de esa habitación; es donde planeé mis primeras pinturas, y a menudo las esbozaba en el pequeño escritorio arrinconado en la esquina.

—Estarás muy cómoda ahí —digo.

—Lo sé. Solo te dan la habitación elegante porque ibas a traerlo a él. Creo que deberías tener tu antigua habitación ahora, farsante. —Me sonríe.

—No, si bebes demasiado puedes pillarte un taxi a casa.

—Aguafiestas.

Es maravilloso volver a ver a mis padres; no los veía desde Navidad. Al final no bajé por el Día de la Madre, aunque sí envié un ramo muy caro. A mi madre no le importa; mi padre tiene otras opiniones.

Habían reservado un restaurante entero, de un amigo suyo, para una cena exclusivamente familiar.

Somos tantos, contando a los niños, que llenamos el local sin problema, y seguramente su amigo recaude más de lo habitual para un viernes por la noche.

Todo el mundo pregunta por Perry. Tengo que repetir lo de su reunión de trabajo tantas veces que me dan ganas de mandarles un mensaje grupal a todos.

Pero, al final, conforme avanza la noche, se olvidan de él.

No faltan las bromas y pullas de siempre sobre que si soy famoso, rico y estoy malcriado por el éxito.

Les recuerdo que mi éxito se debe a mi esfuerzo y mi talento, y que todos se han beneficiado de ello más de una vez cuando les ha apetecido pasar un fin de semana en Londres.

Aunque ya no vienen tantos, no desde que todos tuvieron hijos.

Excepto Angie, claro. Todo es buen rollo, y yo a cambio me meto con mis hermanos por ser unos abogados aburridos.

La fiesta del sábado por la noche es un evento multitudinario.

Para ahogar mis penas, bebo demasiado. Angie, que pasó la noche del viernes en mi antigua habitación, decide que ya está bien y coge un taxi de vuelta a su piso.

Cuando me despierto el domingo por la mañana, me siento fatal: bebí demasiado anoche y, a diferencia del viernes, no comí lo suficiente para asentarlo.

Miro el móvil para ver si Perry ha contestado a los mensajes que le he mandado durante el fin de semana, pero nada.

Supongo que no le llegan, problemas de conexión quizás.

En cualquier caso, llegará tarde esta noche, y yo estaré en casa antes que él; quizá le prepare algo rico.

Yo cocinando, eso sí que será una novedad.

Le vendrá bien una comida casera después del vuelo.

Estoy desayunando tranquilamente con mis padres cuando me suena el móvil. Ah, por fin Perry tiene cobertura. Pero no es Perry, es Jasper. Y no está nada contento.

Jasper: Tu correo ha sido lo más rastrero que he visto en mi vida. ¿Cómo te atreves después de tantos años? No vas a exponer en la galería de Gerard, ni en ninguna otra galería de Londres si de mí depende.

Estoy confundido. ¿Acaba de recibir el correo que le mandé hace semanas? No, eso no puede ser. En ese solo le pedía que no viniera, y lo ha respetado.

Yo: ¿Qué quieres decir? ¿Qué correo?

Jasper responde con una ristra de emojis de ojos en blanco.

Abro el correo en el móvil y busco en los enviados. No hay nada mío para él, así que se lo digo por mensaje.

Responde con una captura de pantalla del correo. Desde luego, parece enviado por mí.

Por lo visto, lo he despedido.