Veintiuno
ANGIE
G ray y yo pasamos el fin de semana andando con pies de plomo el uno con el otro. Yo para evitarlo, él para no disgustarme. Me aseguré de que se fuera antes que yo. No tiene llave, así que no estará aquí cuando vuelva porque no pienso decirle a qué hora hasta que me convenga.
Viajo en primera clase. He usado la tarjeta de crédito a sabiendas de que no me lo puedo permitir, pero podré pagarlo cuando llegue la herencia de Adam. Hasta entonces tendré que aguantar los intereses y cruzar los dedos.
Antes, cuando lo visitaba, siempre viajaba en tarifa reducida, la más barata. He vuelto a elegir tarifa reducida, pero solo porque no quiero codearme con demasiada gente.
El tren a Paddington va lleno porque es el primer tren de tarifa reducida de la mañana.
Pero en primera clase se está bien. No hay nadie sentado a mi lado.
He elegido un asiento de ventanilla, reservado con antelación.
Estuve dudando si sería mejor reservar un asiento de pasillo y confiar en que el de ventanilla quedara libre, pero luego me imaginé a alguien sentado allí, tapándome las vistas.
Consideré un asiento individual al otro lado del pasillo, de los que solo hay en primera clase, que es ventanilla y pasillo a la vez, pero al final lo descarté.
Me gusta el espacio que me da un asiento doble sin acompañante.
Dejo la maleta en el hueco del asiento de pasillo; no tiene ningún billete de reserva, así que debería disuadir a cualquiera de sentarse.
Me doy cuenta de que soy bastante egoísta.
El tren llega a Paddington y decido seguir derrochando: cojo un taxi hasta el piso de Adam. Aunque ya no es de Adam. Es mío.
Una de las mejores cosas de tener hermanos abogados es que se encargan de todos los trámites legales de la familia, casi sin pensarlo.
Naturalmente, Adam los nombró albaceas de su testamento, así que todo lo complicado, la sucesión, todo eso, ya lo están gestionando ellos.
Mi hermano George ha dicho que llevará bastante tiempo desenmarañar las finanzas de Adam porque son complejas, y obviamente tenía mucho dinero, así que habrá que pagar el impuesto de sucesiones.
Me ha concertado una cita con el contable de Adam y con su asesor financiero para esta semana.
George mencionó algo sobre irregularidades; las matemáticas siempre fueron el fuerte de Adam, así que me imagino que sus finanzas serán creativas, pero nunca deshonestas.
Mi trabajo principal es revisar sus pertenencias, sus cuadros; los del estudio son todos míos.
Pero tienen que tasarlos e incluirlos en el patrimonio antes de que pueda venderlos; tengo que hablar con Jasper sobre eso.
George me ha dado un documento con un cronograma y una lista de trámites.
Tengo que admitir que se me pusieron los ojos vidriosos en cuanto lo vi.
Lo que sí sé es que parece que llevará mucho tiempo, demasiado.
También me ha dado una llave nueva porque hizo cambiar las cerraduras dos días después de la muerte de Adam. George no se fía de nadie que no sea de la familia.
Cuando me bajo del taxi frente al edificio de Adam, arrastrando la maleta, me paro a contemplar de verdad la belleza del lugar.
Es antiguo. O al menos la fachada lo es, cuidadosamente conservada para cumplir con algún tipo de normativa de conservación o protección del patrimonio, o lo que sea. El interior es otra cosa; ultramoderno.
—Señorita Hames, qué alegría verla de nuevo, aunque sea en estas circunstancias —dice Martin, el conserje.
Se apresura hacia mí tras abrirme con el portero automático y me coge la maleta.
—Tendrá que firmar en el registro —dice, algo apurado.
—No pasa nada. Ya estoy al tanto.
Otra de las instrucciones de George.
—Me han dicho que una vez que firme por primera vez, podrá entrar y salir cuando quiera. Tengo entendido que ahora es usted la nueva propietaria.
—Sí.
Me concentro en firmar en el libro. Está encuadernado en cuero y el papel es grueso, color crema.
Nunca lo había visto porque nunca había firmado; simplemente Martin o alguno de los otros conserjes anónimos me dejaban pasar en cuanto Adam me presentó.
Al final, entraba directamente y cogía el ascensor hasta el ático sin que Martin siquiera llamara antes.
Bueno, así era antes de Perry.
—El correo... lleva un tiempo acumulándose.
Martin abre una puertecita a su espalda y saca el correo de Adam. Cuando me lo da, lo meto sin más en el bolsillo delantero del bolso. Ya me ocuparé de eso más tarde, mucho más tarde.
Martin lleva la maleta hasta el ascensor, pulsa el botón y espera a que llegue.
—Desde aquí me las apaño —digo, temiendo que pretenda acompañarme hasta la puerta.
—Por supuesto —dice, mientras se abre la puerta del ascensor y entro.
Me pasa la maleta y sonríe.
Después de pelearme un rato con la cerradura de Adam, dejo que la puerta se abra sola.
Casi me da miedo entrar. Me imagino a Adam aquí, burlándose de mí, acusándome de dramática cuando todos sabemos que el dramático es él.
Apenas soporto la idea de entrar, pero tengo que hacerlo.
Hay una nota de la señora de la limpieza que han deslizado por debajo de la puerta, explicando que como no contesta nadie no puede entrar a limpiar.
Hay un número de teléfono. Supongo que esto fue hace semanas; a estas alturas ya debe de saber que Adam ha muerto.
El piso tiene el mismo aspecto de siempre, salvo que está desordenado.
Para ser Adam, muy desordenado. Ropa tirada, vasos y tazas vacíos esparcidos por todas partes.
No es nada propio de él. Sé que la policía ha estado aquí, supuestamente buscando pistas.
No es que encontraran ninguna. No creo que se hubieran molestado siquiera si Jasper no les hubiera dado la lata.
Aunque no puedo culpar a la policía de las tazas y vasos sucios ni de la ropa tirada.
Deambulo por el piso, abro la nevera.
—Puaj.
Me dan arcadas. El olor es espantoso. Hay algo verde y peludo en un plato del estante. También hay otras cosas que parecen estar bien, pero todo tendrá que ir a la basura.
Creo que luego llamaré a la señora de la limpieza.
Voy a mi dormitorio, o al menos a la habitación que siempre he considerado mía. Está igual que siempre.
Salgo a la terraza, agradeciendo que Adam siguiera guardando la llave en la puerta.
El Támesis luce su aspecto romántico de siempre.
Me burlo de mi propia ocurrencia: ¿cómo puede un río ser romántico?
Y sin embargo, lo es. Respiro hondo antes de volver a entrar para terminar el recorrido, la inspección.
El dormitorio de Adam. La cama deshecha, sucia. Menos mal que no tengo que dormir aquí. Pienso en Adam y Perry en esa cama y me estremezco.
El estudio. Lleno de cuadros. Estaba preparando una exposición.
Aunque eso ya pasó. Jasper ya se ha puesto en contacto para decir que organizará otra en cuanto yo esté lista.
Jasper confía en conseguir buenos precios; la obra de Adam ahora cotiza más alto porque no habrá más.
Mencionó algo sobre unos cuadros desaparecidos que, según Adam, Perry debía de haberse llevado.
Un lienzo a medio terminar descansa en el caballete.
Las pinturas se han coagulado y endurecido en la paleta.
La chaqueta de pintar de Adam está tirada sobre el respaldo de una silla.
Se me corta el aliento. Podría entrar en cualquier momento, ponerse la chaqueta, coger un pincel y pintar.
Pero no lo hará. Me siento en su silla y lloro.
Me alegro de estar sola. Me alegro de no haber traído a Gray.
Suena el telefonillo y salgo del estudio tambaleándome para responder. Espero que sea la señora de la limpieza pasando por si acaso.
Es Martin.
—Sra. Hames, tiene una visita.
—Dígale que es Jasper —grita Jasper.
—Que suba, por favor.
Le abro la puerta.
Sale del ascensor, se acerca rápidamente y me abraza.
—Querida niña —dice con voz ronca.
—Acabo de llegar, has tenido suerte de pillarme. Creo que dije que te llamaría para quedar y organizar lo de los cuadros.
—No he venido por los cuadros. Oí que le decías a tu hermano que vendrías hoy. Me arriesgué. Quería verte. No hemos tenido oportunidad de hablar como es debido desde que ocurrió.
—No.
—¿Cómo va todo? —Echa un vistazo alrededor—. Ah, igual que siempre.
—¿Igual que cuándo?
—El día... que ocurrió.
—Claro, estuviste aquí.
—Sí. Estaba preocupado por él. Me llamó, aunque llevaba un tiempo comportándose de forma irracional, o eso me pareció. ¿Sabías que me envió un correo y me despidió, y luego lo negó? Dijo que le habían hackeado.
Lo miro fijamente. Niego con la cabeza.
—¿Perry, quizá?
Asiente.
—Llevé a Adam a comer. —Vuelve a mirar alrededor—. Después de obligarle a ducharse y cambiarse. No parecía él en absoluto. —Se detiene—. ¿Te importa si me sirvo un vaso de agua?
—No, adelante. No puedo ofrecerte nada más, ah, a menos que te valga un café solo.
—El agua está bien. —Se acerca con paso decidido y abre el grifo, busca dos vasos y los trae—. ¿Nos sentamos?
Nos sentamos a la mesa, cubierta de trozos de papel, una botella de whisky vacía, un vaso pegajoso. Los apartamos a un lado.
—Se lo conté a la policía, pero no mostraron mucho interés. Bueno, no, eso no es justo, no fueron muy comunicativos conmigo. Quizá te hayan contado más a ti.
Me encojo de hombros.
—George dice que hay irregularidades. Voy a ver al contable de Adam esta semana.
Jasper suspira.
—Me llamó ese día, dejó un mensaje de voz incoherente. Yo estaba en una estúpida reunión sobre nada importante. —Dejo de hablar porque se me llenan los ojos de lágrimas—. Cuando le devolví la llamada ya era demasiado tarde. Tampoco vi tus mensajes hasta que fue demasiado tarde.
—No fue culpa tuya.
—Pero si hubiera contestado esa llamada quizá podría haberle impedido hacerlo.
—De verdad que no fue culpa tuya.
—¿Cómo lo sabes? Quizá podría haberle hecho cambiar de opinión. —Nunca dejaré de culparme.
—Porque estaba con él. Y, como le dije a la policía, no estaba suicida. Deprimido, sí, pero era por culpa de él .
—Perry.
—Sí. Por eso te llamó, para que pudieras confirmar que Perry existía.
—¿Qué?
—Nadie lo había conocido. Perry había desaparecido, se había esfumado, había borrado todo rastro. Tú lo habías visto en una videollamada, dijo Adam.
Espero, sin saber adónde lleva esto.
—¿Lo viste?
Asiento.
—Sí, lo vi. Pero a lo lejos. No pude verle bien la cara. No lo reconocería ni entre dos personas. Excepto por el pelo, quizá. Tan rubio. Como un albino. Pero no lo era, Adam dijo que tenía los ojos oscuros. Creo. Tú debiste de conocerlo.
—Nunca, ni una sola vez. En fin, ese día en la comida, Adam me dijo que pensaba que se estaba volviendo loco. Luego me contó que le había dado a Perry grandes sumas de dinero para comprar una propiedad, un piso, pero que había ido allí buscando a Perry y nadie sabía de él.
Siento cómo se me contrae la cara de dolor.
—Ese cabrón estafó a mi hermano. Eso es lo que insinuabas en uno de tus mensajes.
—Eso fue lo que concluimos en la comida. Nos llevó un rato, pero sí, eso fue lo que pensamos.
—¿Y la policía?
—Les conté todo esto. También se lo conté a tu hermano, George. La policía dijo que llevaría tiempo investigar un delito así, si es que era un delito, porque Adam había sido muy claro y estaba decidido a darle el dinero a Perry. Pidió una hipoteca enorme sobre este piso...
—Lo sé. Es una de las razones por las que tengo que venderlo. Aunque tampoco podría permitirme vivir aquí. Ni querría hacerlo sin Adam.
—Ese día, durante el almuerzo, después de descubrir que lo habían estafado, de repente se levantó de un salto, murmuró algo sobre Perry y salió corriendo.
Fui tras él, pero tuve que pagar la cuenta; les di mi tarjeta sin más y salí corriendo también.
Pero ya no soy tan joven ni estoy tan en forma como Adam.
Por suerte, él llama bastante la atención y es alto; lo vi desaparecer escaleras abajo hacia el metro.
A lo lejos lo vi saltar el torniquete. Yo pasé porque tengo tarjeta Oyster, pero Adam no.
—No.
Sonrío.
—No le gustaba pasar incomodidades.
—Así es.
Traga saliva y aparta la mirada.
—Estaba arriba de las escaleras, junto al andén, cuando ocurrió…
Espero. Quiero oírlo. No quiero oírlo.
—Simplemente se tambaleó hacia atrás.
Jasper niega con la cabeza.
—Justo delante del tren. Algo no cuadraba. Se lo dije a la policía, que aquello no era normal. No era suicida.
—Dijeron que no había nadie más implicado. Revisaron las cámaras de seguridad. Dijeron que no se veía a nadie más.
—No sé cómo pudieron estar tan seguros, el andén estaba abarrotado. No creo que quisiera morir. Decía que iba a dar con Perry. Lo llamó cabrón. Adam no era suicida.
—Pero la policía…
—Lo sé, lo sé. A mí también me dijeron que no había nadie más implicado. No me lo creo, Angie. Perry es listo, muy listo. Demasiado listo.