Matar por ti Diecisiete
50%

Diecisiete

P erry llega a casa a primera hora de la tarde. Oigo un portazo en la puerta principal y salgo corriendo de mi estudio a recibirlo. Tiene cara de pocos amigos. Casi me da miedo hablar.

Me quedo ahí esperando a que diga algo. Se quita la chaqueta de un tirón y la tira al sofá.

Abro la boca, pero la cierro sin decir nada.

Me echa un vistazo como si acabara de darse cuenta de que estoy aquí.

—Perdona, llego un poco más tarde de lo previsto.

—Qué va, no llegas tarde.

—Es que una vez que recogí todas las cosas personales, ya sabes, álbumes de fotos, cosas de mi infancia, y entregué las llaves, fui directo al trastero.

Asiento.

—Sí, donde tengo las pocas cosas de mi casa. En fin, he añadido todo eso. También tengo sus joyas. Las dejé en el trastero porque si no, me entraría la tentación de venderlas, y luego igual me arrepiento. No soporto mirar las fotos, los recuerdos de antes.

Se desploma en el sofá, pero enseguida se levanta de un salto y empieza a dar vueltas por la habitación.

—No puedo creer que me hiciera esto. Después de todo lo que pasamos juntos.

Va a la cocina, abre el grifo, llena un vaso y se lo bebe de un trago. No menciono el agua mineral que hay en la nevera.

—¿Quién se sentó con ella día tras día en el hospital?

Yo. Yo fui. No un maldito gato. Me pasé horas allí, cogiéndole la mano, tranquilizándola, haciéndole compañía.

Y justo antes de morir, abrió los ojos, me vio y esbozó una sonrisa.

Y se fue. ¿Y sabes lo que pensé entonces?

—me mira, pero sin esperar respuesta, continúa—: Pensé: qué bonito, ha guardado todas sus fuerzas para despedirse.

Para dejarme con una sonrisa. Pero no, no se estaba despidiendo: sonreía porque sabía lo que había hecho.

Vuelve a desplomarse en el sofá y hunde la cabeza entre las manos.

—Fui un buen hijo para ella, de verdad que sí.

Era su único hijo. Me he pasado toda la vida adulta intentando que fuera feliz, que estuviera bien, intentando complacerla.

Y va y hace esto. Lo de donar el cuerpo a la ciencia ya es fuerte, pero lo del refugio de gatos... Por el amor de Dios. ¿Qué le pasaba?

—¿Estás seguro de que no puedes impugnarlo? ¿Cuándo tomó esa decisión? A lo mejor estaba enferma, sin capacidad para tomar una decisión así —intento ayudar. Creo.

Se vuelve y me mira.

—¿No crees que ya he explorado todo eso?

Pues sí. Hizo ese testamento hace diez años.

Diez putos años. Y lo ratificó con su abogada hace dos.

No tengo nada a lo que agarrarme, nada. He ido a ver a mi abogada, no a la de ella, obviamente, y me ha dicho que podría gastarme una fortuna impugnándolo y que lo más probable es que aun así no ganara, sobre todo porque el refugio de gatos va a luchar con uñas y dientes.

Me siento a su lado y me miro las manos.

—No creo conocer a esa mujer. Creo que había otra persona ahí dentro haciéndose pasar por mi madre —respira hondo y se estremece—. Si no te tuviera a ti, Adam, creo que me hundiría. Dejaría de respirar.

Me acerco y le cojo la mano. No sé qué decir. ¿Qué puedo decir? ¿Qué puedo hacer? Nada va a arreglar esto. Nada.

Le mando un mensaje a Angie para cancelar lo del fin de semana. Cuando me pregunta por qué, le digo que la madre de Perry ha muerto. No le cuento el resto. No puedo contárselo a nadie. Es demasiado horrible.

Pasamos una de esas noches en las que te da miedo dormirte. Yo paso toda la noche en tensión y Perry no para de dar vueltas, de revolverse, de maldecir en sueños.

No puedo ni imaginar lo que debe de ser sentirse tan traicionado.

Se levanta antes que yo y pasa un buen rato en la ducha. No me apetece unirme a él. Siento que tengo que ir con pies de plomo. Uso el baño de invitados a toda prisa, me visto rápido y me voy a mi estudio. Necesito trabajar un poco y necesito darle espacio a Perry.

—Hola —dice desde la puerta una hora después.

—Hola —me doy la vuelta y sonrío, pero no demasiado; no quiero que piense que no me importa.

—¿Quieres desayunar?

—Eh, sí —agarro un trapo y me limpio las manos—. ¿Qué te apetece?

—Ya lo he preparado —dice, y me acompaña a la cocina, donde está haciéndose lo que parece una tortilla.

—Huele bien —sonrío de nuevo.

—Ja. Es una tortilla de aprovechamiento —se ríe para sus adentros—. He usado todo lo que había en la nevera: los huevos, ese trocito de queso, los champiñones y los tomates.

—Ah, genial.

—Sí, tenemos que hacer una compra en condiciones. Nunca tienes mucho aquí.

—No, como fuera mucho.

Me mira.

—Ja, quizá deberíamos comer más en casa. Siéntate.

Sirve la tortilla y la reparte entre los dos. Tengo que reconocer que está buena y que tengo más hambre de la que creía.

—¿Buena?

—Muy buena —respondo.

—Oye, Adam, min kärlek , siento haber estado tan borde. Nada de esto es justo para ti.

—Lo entiendo. Esto es muy duro para ti.

—Ja. Supongo.

—Al fin y al cabo, ¿para qué están los prometidos?

Se levanta, me indica que haga lo mismo y me abraza con fuerza.

—No podría superar esto sin ti, Adam. De verdad que no. ¿Has tenido noticias de tu asesor financiero?

—Sí. El dinero de las inversiones llegó ayer. Con todo lo... bueno, ya sabes, se me olvidó por completo.

—Eso es estupendo. Tienes que empezar a transferírmelo para que pueda enviárselo a mi abogada; es demasiado para mandarlo todo de golpe. Hay un límite en las transferencias bancarias online, así que tenemos tiempo de hacerlo por etapas. ¿Qué hay de la hipoteca?

—Debería estar lista el lunes, el martes a más tardar.

—Excelente. Podemos completar la operación antes de la fecha límite.

Cuando hablé con mi abogada sobre... el otro asunto, le pregunté por el piso.

Ya ha terminado toda la tramitación, así que estamos listos.

Me alegraré mucho si cerramos el trato antes del plazo para quitarme a ese cabrón de encima.

Y me encanta saber que va a perder dinero porque no puede subirme el precio y quedarse con mi señal.

Entonces sonríe de verdad, probablemente por primera vez desde que volvió a casa.

Todo sale adelante y a última hora del jueves Perry se va a recoger las llaves del piso de Kensington. Vuelve enseguida, sonriendo y agitando las llaves delante de mí.

—Eso ha sido rápido. ¿Qué tal se ve ahora que es tuyo?

—No he ido a verlo.

—Oh. ¿Por qué no?

—Pensé que podríamos ir juntos, mañana quizá. ¿Ha llegado ya la compra online?

—Sí, diez minutos después de que te fueras, así que tuve que guardarlo todo. Tenemos la nevera a reventar. Te he dejado tus cosas de aseo en el baño.

—Excelente, bien hecho. Entonces, ¿te viene bien ir a Kensington mañana?

—Sí, puedo sacar una hora más o menos.

—Podríamos pasarnos por Harrods también, si quieres.

—Sí, vale. Pero ¿podemos ir por la mañana? Mañana tengo que avanzar trabajo.

—Por supuesto. Ahora, a ver qué voy a cocinarnos para cenar. Mientras tanto, puedes volver a tu estudio.

El viernes por la mañana visitamos el piso. Está exactamente igual que cuando lo vimos, solo que ahora parece más pequeño.

Perry frunce el ceño mientras mira alrededor.

—¿Soy yo, o parece más pequeño?

—Justo estaba pensando eso.

—Ja. Creo que me he malacostumbrado a tu espaciosa morada.

Se ríe y me da un codazo.

—Así que creo que simplemente alquilaremos este sitio tal como está. No hace falta amueblarlo. ¿Tú qué opinas?

—Lo que tú quieras, es tu piso.

—Oye, Adam, lo tuyo es mío y demás. Llamaré a una agencia inmobiliaria más tarde y pronto tendremos un inquilino aquí que nos genere dinero. ¿Vamos a Harrods ahora?

Paseamos por Harrods del brazo. La verdad es que no estoy de humor para ir de compras, así que me alegra dejar que Perry lleve la voz cantante. Enseguida nos encontramos mirando escritorios. Perry pasa mucho rato examinando uno en particular.

—¿Vas a comprar un escritorio? —pregunto, ya aburrido de esperar y con ganas de volver a mi estudio.

—Quizá. Pero creo que tengo uno muy parecido a este en mi trastero.

Frunce el ceño mientras intenta recordar.

—¿De tu casa?

—No, no. Ya tenía algunas cosas allí, cosas que en principio pensaba vender pero que al final me encapriché con ellas. Nunca tuve sitio en la casa para un escritorio. Vámonos a casa, a menos que quieras ver algo.

—No. No.

Necesito volver al trabajo.

Es por la noche y después de una buena cena casera preparada por Perry estamos tirados en el sofá cuando vuelve a sacar el tema del escritorio.

—He estado pensando que, ahora que vivo aquí de forma permanente, oficial, la verdad es que me vendría bien un espacio de trabajo.

—Sí, claro, adelante.

—He estado usando el dormitorio y a veces el salón, pero cuando asisto a reuniones por Zoom un cabecero o un azulejo de cocina de fondo no queda muy profesional.

—No, supongo que no. Podrías meterte en mi estudio, si quieres. Podríamos hacerte un rincón de oficina.

Me mira con el ceño fruncido, luego sonríe.

—En realidad no. No quieres eso, ¿verdad?

Niego con la cabeza. No quiero compartir mi espacio de estudio con nadie, ni siquiera con Perry.

Es mi santuario, y necesito soledad para ser creativo.

Ni siquiera me gusta que suene música cuando estoy trabajando.

Es el mejor espacio de todo el apartamento.

Como compré este piso sobre plano y en origen estaba pensado para cuatro dormitorios, pude evitar que construyeran los tabiques de los dos dormitorios adicionales, y así conseguí mi estudio grande y luminoso.

—Estaba pensando en el dormitorio de invitados. Podría reorganizar un poco los muebles, montar un espacio de oficina elegante con un fondo más presentable. Más reuniones por Zoom significan también menos viajes. Y eso es sin duda una ventaja si puedo pasar más tiempo contigo.

—Pero Angie duerme allí.

—Es una habitación grande. Con un poco de reorganización habrá mucho sitio para la cama y mi escritorio. Ella puede seguir usándola cuando venga.

—Sí, supongo que sí. Sí. Adelante. Pero no esperes que yo ande cargando muebles.

Me río, pero no estoy bromeando. Yo no hago eso.

—No hay problema. Déjamelo a mí.

Llega el lunes y estoy trabajando duro cuando Perry aparece en la puerta.

—Está hecho —dice con una sonrisa.

—¿El qué?

—Ven a ver.

Me toma de la mano y me lleva al dormitorio de invitados, el que siempre considero el cuarto de Angie.

—Oh. Vaya.

Ha reorganizado toda la habitación, ha movido la cama hasta la pared del fondo y ha colocado un escritorio y una silla bastante bonitos. El escritorio es idéntico al que vimos en Harrods. Incluso ha puesto una estantería donde antes estaba la cama.

—¿Ves? Espacio de sobra.

—Sí.

Aunque quedará un poco justo para Angie.

—Mira —dice, sentándose frente al escritorio—. Cuando hago una llamada de Zoom, el fondo es la estantería. Mucho mejor que un cabecero, ¿no crees?

—Sí.

Eso no se puede negar.

—Es genial —digo, porque no quiero molestarlo con mis preocupaciones sobre el espacio para Angie. Ya ha tenido bastantes disgustos últimamente.

El martes Jasper se presenta sin avisar, aunque en su última visita había dicho que vendría a ver cómo iba. Perry está trabajando en su despacho y no sale de la habitación, lo cual es un alivio.

—¿Cómo te va? ¿Cuántas obras maestras has terminado?

Casi me adelanta de camino a mi estudio.

—Oh —dice, volviéndose hacia mí—. Para serte sincero, esperaba más.

—He estado trabajando a tope —le digo. Es verdad, cuando estoy aquí trabajo, pero ha habido demasiadas distracciones—. He terminado dos de los tres cuadros que tenía a medias.

—¿Pero no has empezado nada nuevo?

—No, pero...

Meneo la cabeza intentando aparentar seguridad.

—¿Sabes que el tiempo corre? ¿Sabes que Gerard no aceptará menos de dieciocho cuadros? Lo ideal sería que hubiera más.

—Hay tiempo de sobra.

Empiezo a pensar que no.

Jasper arquea las cejas.

—Querido muchacho, si tienes dificultades dímelo y podemos aplazarlo. Como te dije, el agente de Pitney-Goddard está impaciente por conseguir el espacio de la galería y prácticamente le lame el culo a Gerard para asegurárselo. Así que tienes la opción de aplazar.

—No quiero aplazar, y menos por él.

—De acuerdo. Tengo que irme, pero volveré la semana que viene y espero ver avances significativos.

Se da la vuelta y sale de mi estudio con aires de diva, dirigiéndose a la puerta. Lo sigo, aliviado de quitármelo de encima.

—Me sorprendes, Adam, esto es muy impropio de ti. ¿Es por él ? ¿Te está afectando la concentración?

Abre la puerta de un tirón y sale.

Me quedo apoyado en el marco de la puerta mientras llama al ascensor y desaparece dentro. Respiro aliviado cuando se ha ido.

—¿Ese era Jasper? —pregunta Perry.

—¡Joder! —grito, dando un salto—. No sabía que estabas ahí.

—Lo he oído hablar contigo y tengo que decir que no me hace ni pizca de gracia. ¿Cómo se atreve a hablarte así? Eres su cliente. Sin ti no sería nada. Luego redactamos juntos un correo y le dejamos claro quién manda aquí. Y podemos empezar por acabar con sus visitas sin avisar.

—Oh. Vale. Sí.

—No voy a permitir que te hablen así, min kärlek . No pienso tolerarlo.