Matar por ti Quince
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Quince

E l anillo es de platino con un diamante en el centro. El estilo es simple y elegante, con forma de alianza de boda.

Me quedo sin palabras un instante. Atónito. No me lo esperaba. Y entonces me invade la euforia.

—Sí, sí, sí —balbuceo.

Perry sonríe, parece aliviado.

—Sé que ha sido un torbellino —dice mientras me pone el anillo en el dedo—. Pero no me imagino la vida sin ti. Tú y yo, juntos para siempre.

—Yo tampoco —digo. Me pongo de pie, me inclino y atraigo a Perry hacia mis brazos.

—¿Champán? —pregunta mientras me abraza con fuerza.

El resto de la velada pasa como un sueño borroso, y cuando nos despertamos por la mañana seguimos sonriendo los dos.

Hacemos turismo en Edimburgo, lo típico. Saco fotos, incluso consigo hacernos algunos selfis juntos. Perry dice que no sale bien en las fotos.

—¿Por eso no tienes ninguna tuya en tu página web? —pregunto.

Sonríe.

—Has dado en el clavo —dice, señalándome con los dedos como si disparara.

—Pero no lo entiendo, me pareces impresionante. Y también fotogénico, mira.

Le enseño una foto que le hice sin que se diera cuenta, de perfil.

Se estremece y aparta el teléfono.

—Creo que necesitas terapia para eso —digo mientras me río y lo abrazo—. Eres precioso.

—Tú eres precioso, Adam. Yo no.

—Cuando volvamos a casa, te busco un terapeuta, fijo.

Niega con la cabeza y se ríe.

—No, gracias.

Espero a que estemos en casa el domingo por la noche para hacer una videollamada a Angie. No me escondo en otra habitación y Perry está al fondo preparando café mientras hablo con ella.

—¿Que qué? —chilla.

—Perry me ha pedido que me case con él.

—Eso me había parecido oír. Qué rápido, Adam. ¿Le dijiste que sí?

—Por supuesto que sí.

¿Por qué iba a pensar que diría otra cosa?

—Oigo ruido de cacharros, ¿está ahí?

—Sí.

—Enséñamelo, enséñamelo. Pásame con él.

—Quiere hablar contigo —le digo a Perry.

Se queda donde está, trasteando con la cafetera y haciendo ruido con las tazas. Saluda con la mano desde donde está.

—Hola, Angie —dice, y luego se da la vuelta a buscar galletas en los armarios.

—No lo veo bien, dile que se acerque.

—Tengo que ir a un sitio —dice Perry, misterioso, y desaparece de la vista.

—¿Adónde ha ido?

—Al baño, creo.

—¿Le pongo nervioso? —pregunta con una risita.

—Creo que puede que sí.

Me río a carcajadas.

—Sube a conocerlo el fin de semana.

—¿Me prometes que no me vas a cancelar otra vez como siempre haces? —pregunta con tono petulante.

—Te lo prometo. Ven el sábado, como siempre. Dime a qué hora llega el tren y te recojo en Paddington. Tengo muchas ganas de que os conozcáis.

—Yo también —dice—. Va a estar bien verlo en persona. ¿De verdad tiene el pelo tan rubio?

—Pues sí. Es medio sueco.

—Ya lo sé, pero…

—¿Pero qué?

—Bueno, no todos los suecos son tan rubios, ¿no?

—Supongo que no, pero el mío sí.

A pesar de nuestro compromiso, Perry sigue deprimido porque se le ha caído la venta de su casa. Va a visitar a su madre, asiste a un par de reuniones de negocios y pasa mucho tiempo con el portátil, pero en general está muy callado. No soporto verlo tan abatido.

—Me encanta mi anillo —le digo.

Sonríe.

—Pero tú no tienes uno.

Se encoge de hombros.

—¿Por qué no vamos a elegir uno para ti?

—Oye, no hace falta.

—Yo creo que sí.

—La verdad es que los anillos no son lo mío —dice, haciendo una mueca—. Los relojes, quizás, pero los anillos no.

—¿Te gustaría un reloj entonces?

Estoy un poco decepcionado, pero encantado de comprarle un reloj si es lo que quiere. También espero que un pequeño capricho le levante el ánimo.

—No mucho. Seguramente ya tengo bastantes.

Pues nada, adiós a esa idea.

—¿Has sabido algo más de tus nuevos compradores?

—Sí, siguen muy interesados. Pero todavía no han vendido su casa.

Al agente se le escapó esta mañana que la acaban de poner a la venta, o sea, después de hacer la oferta por la mía.

En serio, la gente no debería andar buscando casa si no ha vendido la suya o, al menos, si no la tiene en venta y la está promocionando.

Niega con la cabeza, desesperado.

—Y el agente del piso de Kensington llamó para saber cómo iba todo. El vendedor se está poniendo nervioso. Solo me lo reservó porque yo podía cerrar rápido. Le han hecho una oferta más alta de la otra parte interesada.

—Pero has pagado el depósito.

—Ja —suspira.

—Bueno, no puede hacer otra cosa que esperar, ¿no? Tendría que devolverte el depósito.

Perry me lanza una mirada de reojo antes de bajar la vista hacia sus pies. Los hombros se le hunden también. Luego toma aire con fuerza.

—¿Perry?

Se aparta de mí, pero eso no me detiene: lo agarro de los hombros y lo hago girarse.

—¿Qué pasa? Dímelo.

Ahora sí que estoy preocupado por él.

—Adam, he hecho la mayor estupidez. La mayor estupidez.

—No puede ser tan grave. Cuéntamelo y quizá no sea para tanto. Ya sabes, las penas compartidas pesan menos...

—El depósito no es reembolsable.

—No, eso no puede ser. Lo recuperarás si él no sigue adelante con la venta, ¿no?

Niega con la cabeza; se le llenan los ojos de lágrimas.

—No lo recuperaré. Firmé el contrato. Ya hemos intercambiado contratos. Estaba convencido de que todo saldría bien. Mi casa estaba vendida, faltaban días para cerrar la operación...

Se echa en mis brazos y lo abrazo.

—Lo sé, lo sé. Pero aún puedes comprar el piso.

—No puedo.

—Claro que puedes. Tu casa se venderá. Vale, puede que tarde un poco más de lo previsto...

—No, no —me interrumpe—. Había una cláusula, un plazo límite. Si no cierro la compra para entonces, pierdo el depósito.

—¿En serio? O sea, ¿eso es siquiera legal?

Me suena muy turbio.

—Sí, me temo que sí. Mi abogado ha estado trabajando en ello, intentando ampliar el plazo, pero el vendedor no cede.

Ahora mismo está tramitando todo el papeleo de la compraventa lo más rápido posible para que, cuando llegue el dinero, pueda actuar de inmediato, pero aún estamos muy lejos de eso. ¿Qué voy a hacer?

—¿No puedes pedir más prestado, ampliar el préstamo puente hasta que vendas la casa?

Niega con la cabeza.

—No, estoy al límite. Con los gastos de rehabilitación de mi mamá... Lo que me fastidia es que, con lo que saque de la venta de la casa, apenas tendré hipoteca.

Suelta una risa amarga.

—¿Y el banco no puede ayudarte?

Aunque creía que había dicho que tenía suficiente para pagarlo al contado.

—No. Ya lo he intentado. Ahora hasta se están poniendo nerviosos con el préstamo puente. Al presionarlos, puede que haya empeorado las cosas.

—¿Cuándo vence el plazo?

Se aparta de mí. Tiene los ojos enrojecidos, el rostro ceniciento; hasta el pelo le parece gris.

—Dos semanas —dice, tomando otra bocanada de aire—. En dos semanas pierdo setenta y cinco mil libras y no me quedará nada salvo una deuda con intereses altísimos. Quizá debería tirar la toalla y volver a instalarme en la casa, no venderla. Asumir las pérdidas.

—Te has deshecho de todos los muebles —bromeo, intentando aligerar el ambiente, aunque vete a saber de qué va a servir mi comentario tan fuera de lugar.

Un destello le ilumina la mirada.

—No de todos. Todavía tengo la cama. Aún puedes venir a verme.

Intento no reírme. Entonces sonríe. Al menos conserva el sentido del humor.

Ninguno de los dos duerme bien. Pasamos la noche despiertos, juntos pero cada uno en su mundo.

Me da una pena terrible por Perry. ¿Cómo ha podido pasar esto?

¿Cómo ha podido ser tan ingenuo? Sé que pensaba que era cosa hecha, era cosa hecha, pero firmar un contrato con semejante plazo, y encima con un depósito tan grande...

Estoy consternado por él. Y afligido. Ojalá pudiera hacer algo para ayudarle.

Es viernes por la mañana y la idea me viene en la ducha. Me aclaro el champú a toda prisa para poder contárselo a Perry. No sé cómo no se me ocurrió antes.

Sigue en la cama, incorporado, mirando el móvil con cara de funeral.

—¿Y si te presto yo lo que falta?

Me dejo caer en la cama sin preocuparme de si mojo las sábanas con las toallas húmedas, algo que sé que le molesta a Perry. Echa un vistazo rápido a las toallas, pero no dice nada.

—¿Qué? —dice, dejando caer el móvil y frunciendo el ceño—. ¿Qué dices?

—Que te preste yo el dinero.

—No puedes.

—¿Por qué no? Nos vamos a casar. Lo tuyo será mío y lo mío será tuyo. ¿Qué más da?

Estoy bastante orgulloso de mi argumento.

—¿Acaso tienes tres cuartos de millón de libras a mano?

Niega con la cabeza como si yo fuera tonto de remate.

—Claro que no. Pero tengo inversiones importantes y puedo hipotecar este piso para cubrir el resto.

—No puedo permitir que hagas eso.

—Pues lo voy a hacer.

Tomo las riendas.

—No.

Niega con la cabeza y se vuelve hacia la ventana para contemplar el río.

—Pues lo voy a hacer. Hoy mismo hablaré con mi asesor financiero para liquidar las inversiones y veré lo de la hipoteca. Este piso es mío, sin cargas, así que debería ser fácil. Soy un cliente fiable.

Perry me mira fijamente. Las lágrimas le resbalan por la cara. Abre la boca para hablar, pero lo que sale es un sollozo desgarrador. Lo abrazo. Nos quedamos así varios minutos. Al final se aparta.

—¿Harías eso por mí?

—Sí. Por supuesto.

Niega con la cabeza, incrédulo, y luego me sonríe. — Min kärlek .

El resto del día transcurre como en una nebulosa y, al final, todo está en marcha.

Mi asesor financiero no está muy contento, dice que voy a perder intereses al liquidar mis inversiones tan de repente —lo que quiere decir es que él perderá comisiones.

Le digo que me da igual. Esto es mucho más importante.

Acepta gestionarme una hipoteca y empieza a buscar la mejor oferta.

—Como mínimo necesitas que tu nombre figure en las escrituras de ese piso —dice, como último comentario antes de colgar. No tengo intención de hacerlo, ¿para qué? Cuando estemos casados, todo será de los dos.

Perry está encantado conmigo. Radiante. Ha estado nervioso y emocionado todo el día. Igual que yo. Ha vuelto a salir a la tienda de delicatessen y ha comprado comida para cocinar. No quiero decirle que apenas le noto el sabor.

—No has hecho nada de trabajo hoy —dice, mientras recoge los platos.

—Permíteme disentir —digo, riéndome.

—No, trabajo de verdad. Tu trabajo. El que te apasiona, tu arte.

—No, bueno… —Me encojo de hombros.

—¿Por qué no vas a trabajar unas horas?

—¿No te importa? Es que pensaba que te gustaba que pasáramos las tardes juntos cuando estás aquí.

—Claro que sí. Pero te has pasado todo el día haciendo algo increíble por mí.

Por favor, ve a hacer algo que te guste.

—Sonríe —. Además, necesitas ganar dinero, pronto tendrás una hipoteca que pagar.

—Se ríe. Me río. Luego frunce el ceño—. ¿Cómo es que no tienes hipoteca de este piso? Debe de haberte costado una fortuna.

—Lo compré hace mucho tiempo. Era más barato entonces que ahora, obviamente. Sí que tenía hipoteca, pero cada vez que me llegaba un buen dinero por vender mi trabajo, amortizaba una buena parte. Llevo unos cinco años sin hipoteca.

—Guau. Ese es mi objetivo. Si el negocio sigue yendo bien…

—Irá —le aseguro—. Irá bien.

Los dos dormimos bien esa noche.

Sábado por la mañana. Me despierto y descubro que Perry ya no está en la cama conmigo. Oigo la ducha y por un momento pienso en meterme con él. Pero entonces se para, así que me dejo caer sobre las almohadas y espero a que salga del baño. Se me ha ocurrido otra idea brillante.

—Hola —dice al salir—. ¿Has dormido bien?

—Sí, sí. Se me ha ocurrido una idea.

Me mira con recelo. —¿Otra? Espero que sea tan buena como la última, ¿ja?

—Ja —digo, imitándolo—. He estado pensando. ¿Por qué no te mudas aquí? De forma permanente.

—¿Ja? ¿Y qué pasa con el piso de Kensington?

—Alquílalo. Puede darte unos buenos ingresos para reinvertir en tu negocio, o amortizar la hipoteca más rápido, o lo que sea.

Ladea la cabeza de un lado a otro. —Oye, sí. Es buena idea.

—Ya lo sé. Últimamente estoy lleno de ellas. —Ahora me toca sonreír a mí—. Total, no vamos a vivir separados cuando estemos casados, ¿no?

—No, claro que no.

—Y hablando de eso —añado—. Deberíamos empezar a mirar fechas. No quiero esperar mucho.

—No —dice, dejándose caer en la cama y abrazándome—. Yo tampoco. Ahora levántate, dúchate y vístete, que tengo muchas ganas de conocer a esa hermana tuya. —Dicho esto, me arranca las mantas y me da una palmada en el muslo.

Cuando salgo del baño, Perry está sentado en la cama, completamente vestido, con el móvil en la mano. Tiene cara de preocupación. Otra vez.

—¿Qué pasa? No será el piso otra vez. No pueden haberte quitado la oferta todavía.

Niega lentamente con la cabeza y luego me mira. —Es mi madre. Ha tenido otro derrame.

Me dejo caer en la cama junto a él, le paso el brazo por los hombros, lo atraigo hacia mí.

—¿Cuándo? ¿Está bien? —Espero no arrepentirme de haber preguntado eso.

—Hace como una hora. La van a llevar al hospital; la ambulancia ya está allí, esperando a que esté lo bastante estable para trasladarla. Tengo que irme ya. Lo siento mucho, Adam, no voy a poder conocer a tu hermana hoy.

—No te preocupes por eso, ve. Ve a cuidar de tu madre. —Qué insensible suena eso.

Parece que siempre hay algo. Ojalá pudiera solucionar lo de su madre tan fácilmente como he solucionado lo del piso.