Matar por ti Catorce
41%

Catorce

—T engo que pedirte un gran favor —dice Perry durante el desayuno de la mañana siguiente. Ha preparado huevos revueltos con salmón ahumado, tras pasar antes por la tienda gourmet a comprar provisiones.

—¿Sí?

—Como sabes, mis compradores se quedan con la casa la semana que viene y tengo que vaciarla.

Asiento con la cabeza.

—Bueno, una vez hecho eso, me quedaré sin hogar.

Hace una breve pausa antes de continuar.

—Me preguntaba si podría quedarme contigo hasta que tome posesión del piso de Kensington.

—Por supuesto, claro que sí. Daba por hecho que lo harías.

Y así era, y estoy encantado.

—¿Estás seguro? Dímelo si no, no quiero ser una carga. Llevamos juntos poco tiempo, aunque, para mí, es como si te conociera de toda la vida.

—A mí me pasa igual.

Se inclina y me besa. —Min kärlek —dice—. Muchas gracias.

Se levanta.

—Voy a recoger esto y luego tengo que irme. Hay cajas que empaquetar, muebles que guardar en un trastero, aunque no muchos, y tengo que llamar a una ONG que recoge muebles. Que yo no los quiera no significa que a otro no le vayan a encantar.

Hace una mueca que me hace reír mientras empieza a cargar el lavavajillas.

—Seguramente también traeré mi coche esta noche.

—Ya sabes dónde aparcar, y tienes el mando del aparcamiento.

—Sí, y el código de la puerta trasera. Estoy muy ilusionado con la mudanza. Parecía que no iba a acabar nunca y ahora, de repente, todo está encajando.

Después de que se va, me dirijo a mi estudio y tengo un día muy productivo.

Perry vuelve sobre las seis con un par de bolsas.

—Ropa —dice—. Espero que no te importe.

—Claro que no. Toma…

Le cojo una bolsa y juntos nos dirigimos a mi dormitorio. Hay mucho espacio en los armarios, ya que no tengo mucha ropa, y enseguida colocamos sus cosas.

—¿Qué tal te ha ido con el préstamo puente?

—Sin problemas. Debería estar listo el jueves, lo cual viene bien porque tengo que pagar la señal el viernes. Así que todo bien. ¿Has tenido un buen día?

—Sí.

Perry pasa los días siguientes vaciando su antigua casa y visitando a su madre mientras yo me dedico a pintar. El viaje a Ámsterdam me ha inspirado muchísimo. El viernes estoy avanzando muy bien y completamente concentrado cuando suena el telefonillo.

—Soy yo —dice Jasper cuando contesto.

—Ah, hola. Sube.

—Me ha parado el portero.

—Ah, sí, perdona. Nuevo protocolo. Tenía que habértelo dicho.

No lo hice, pero si ayuda a que Jasper acepte el cambio, me vale.

Cuando llega, lo estoy esperando con la puerta abierta. Tiene la llave en la mano. Parece molesto.

—El portero dice que esta llave ya no funciona. Que has cambiado las cerraduras. ¿Es verdad?

—Ah, sí.

Sonrío y lo hago pasar.

—¿Y me vas a dar otra llave?

—No, no las estoy dando. Por seguridad y eso, ya sabes —añado vagamente, dándome la vuelta.

—¿Ha pasado algo, cielo? ¿Te han robado? Dios no lo quiera.

—No, no. Solo estoy reforzando la seguridad en general. Nunca se es demasiado precavido, ¿no?

—¿Así que tengo que pasar por el portero cada vez? No quería pasarme el telefonillo, ¿sabes?, quería hablar contigo él mismo. Anunciarme.

Se estremece.

Sonrío y le ofrezco una taza de té con la esperanza de distraerlo, pero para asegurarme, mientras se prepara el té lo llevo al estudio y le enseño cómo voy.

—Dios mío.

Se sienta en el sillón que tengo allí y suspira hondo.

—Creo que estos son tus mejores trabajos. Impresionantes, absolutamente impresionantes.

—Gracias.

—¿Este es el encargo? Es fantástico, y está casi terminado, ¿no?

—Sí. Los otros son para la exposición de la galería.

—Gerard estará encantado. ¿Puedo hacer unas fotos para enviárselas?

Saca el móvil y empieza a hacer fotos antes incluso de que le dé permiso.

Se queda más de una hora y cuando anuncia que se va, me alivia que no haya vuelto a mencionar lo de las cerraduras. Lo acompaño al ascensor y le doy un abrazo de despedida, y es entonces cuando lo dice.

—¿Fue idea suya cambiar las cerraduras?

—¿De quién, de Martin?

Sé que me estoy haciendo el tonto.

—¿Martin? Creía que se llamaba Perry.

—Martin es el conserje de abajo.

Intento desviar la conversación a propósito, pero sospecho que no funcionará con Jasper; es demasiado astuto.

—Sé quién es Martin, llevo años viniendo aquí, cariño. Por cierto, Martin está de vacaciones hoy. Me refería a Perry. ¿Ya se ha mudado?

No me había dado cuenta de lo viejo y mezquino que se ha vuelto Jasper.

—No —miento—. Fue idea mía.

No contesto a su última pregunta.

Perry llega justo antes de las cuatro de la tarde, sonriendo como un loco.

—¿Todo bien? —pregunto, con ganas de saber qué lo ha puesto tan contento.

—Mejor que bien. El dinero ha llegado, he pagado el depósito del piso de Kensington y ya no hay vuelta atrás.

—¿Hay que celebrarlo con más champán?

—Oh, creo que sí. Además, mi casa está oficialmente vacía. Hoy vino una furgoneta de una ONG y se llevó todo lo que no quería. Casi me arrancan la mano después de hacerse los remilgados por teléfono diciendo que tendrían que inspeccionar todo.

Se encoge de hombros.

—Empiezo a pensar que podría haber vendido algunas cosas.

—¿Se lo llevaron todo? —pregunto, con la esperanza de que la cama haya desaparecido, aunque también me pregunto qué pondrá en su nuevo piso.

—No, he guardado algunas cosas en un trastero. Ay, qué alegría.

Me agarra y me hace bailar un vals por la habitación antes de que caigamos torpemente hechos un lío sobre el sofá.

Suena su teléfono y lo saca del bolsillo para contestar. Se levanta de un salto, articula «agente» sin emitir sonido, y se va a nuestro dormitorio —así es como ya lo pienso, nuestro dormitorio— para continuar la llamada.

Unos minutos más tarde, justo cuando estoy colocando el champán y las copas en la isla de la cocina, regresa.

—No abras eso —dice, con la cara sombría.

—¿Qué ha pasado?

—Los malditos compradores se han echado atrás.

Nunca le había oído soltar tacos.

—¿Qué? Pero si estaban tan interesados.

—Sí, eran ellos los que presionaban y presionaban y ahora pffft, no la quieren.

—¿Pero por qué?

—No lo sé. No lo dijeron. Por supuesto, a ellos no les ha costado casi nada aparte de los honorarios del abogado. A mí me está costando una fortuna en intereses del préstamo puente. Cabrones.

Parece que va a llorar.

—Lo siento mucho.

Le rodeo con los brazos, le abrazo fuerte. Él se queda ahí sin fuerzas.

—¿Qué podemos hacer?

—El agente la está volviendo a poner en el mercado ahora mismo. Dice que quizá pueda conseguir más por ella.

Se aparta de mí.

—Cree que ahora que está vacía puede resultar más atractiva.

—¿De verdad? ¿Tú crees eso?

—Crucemos los dedos para que tenga razón. Tiene visitas programadas para mañana. Aunque eso no ayuda con los intereses de mi préstamo puente.

Se desploma en el sofá con aspecto totalmente desanimado.

Pasamos un fin de semana muy tranquilo juntos. Irónicamente, Angie no viene este fin de semana porque tiene una boda. Probablemente sea lo mejor; no creo que Perry esté de humor para ver a nadie más que a mí.

Estamos desayunando sin muchas ganas el lunes por la mañana, antes de que yo empiece a trabajar y él vaya a visitar a su madre, cuando suena su teléfono.

—El agente —dice, y se levanta de la mesa para atender la llamada en nuestro dormitorio otra vez.

Cuando regresa parece preocupado.

—¿Y bien?

—Sí, he recibido una oferta. De hecho es mejor que la anterior, así que algo es algo.

Tuerce el gesto.

—Eso es bueno, ¿no?

—Ja, pero aún no han vendido su casa. Así que toca esperar a que se cierre la cadena. Estoy muy cabreado con los compradores originales.

—¿Qué vas a hacer?

—Le he dicho al agente que acepte la oferta pero que mantenga la casa en el mercado. Quizá reciba una oferta de alguien que pueda comprar de inmediato.

Suspira y mira el reloj, uno de aspecto caro que nunca le había visto.

—¿Reloj nuevo? —pregunto.

Vuelve a mirarlo.

—Oh, no, estaba en la casa, en un cajón. Se me había olvidado por completo que lo tenía, así que pensé en ponérmelo.

—Bonito.

—Tengo que irme. A ver cómo está mamá.

Se acerca y me da un beso de despedida, luego se va y estoy a punto de entrar en mi estudio cuando echo un vistazo al piso.

Está todo muy desordenado después de nuestro tranquilo fin de semana y mi limpiadora no viene hasta más adelante en la semana, así que paso una hora ordenando y limpiando.

Incluso cambio las sábanas porque huelen a todo menos a fresco después de que los dos hayamos dormido en ellas.

La semana se arrastra. Perry está mucho en casa, deambulando y compadeciéndose de sí mismo. No ha recibido más ofertas y eso lo tiene muy desanimado e irritable.

Angie ha preguntado si puede venir este fin de semana y le he dicho que mejor no. Lo último que quiero es que conozca a Perry cuando está hecho un gruñón. Se ha quedado decepcionada.

El lunes Perry se va de viaje de negocios durante unos días y tengo que admitir que casi me alivia.

Por mucho que le quiera, me cuesta sobrellevar su estado de ánimo desde que se cayó la venta de su casa.

Supongo que esto es lo que significa vivir con alguien: dar y recibir.

He vivido solo durante tanto tiempo que lo había olvidado por completo.

La última vez que viví con alguien fue cuando estaba en casa de mis padres, peleándome con mis hermanos y aliándome con mi hermana. Y eso fue hace mucho tiempo.

El jueves por la noche Perry anuncia que nos vamos de fin de semana, que invita él. Le digo que de verdad no tiene que invitarme y que puedo pagar yo, pero no quiere ni oír hablar de ello. Ya ha reservado los vuelos, me dice. Vamos a Edimburgo.

Cuando le pregunto por qué Edimburgo, pensando que tendrá negocios allí, simplemente dice que es una ciudad estupenda y que los dos necesitamos un descanso: él para olvidarse de los problemas de su casa y yo para recuperarme de sus cambios de humor.

Dice que sabe que ha estado insoportable y se deshace en disculpas.

Creo que le quiero más que nunca por eso.

Por supuesto, he tenido que darle largas a Angie otra vez, aunque le insinué que podría venir sola. Declinó, diciendo que el motivo principal de su visita es verme a mí.

—Menos mal que dijo que no —dice Perry, que ha oído mi llamada—. Porque su llave ya no funciona. ¿Le has dicho que has cambiado las cerraduras?

Tengo que admitir que no.

El vuelo de Londres a Edimburgo no dura mucho; por supuesto, volamos en clase business, lo que incluso a mí me parece excesivo para un viaje tan corto.

El hotel es de cinco estrellas y Perry ha reservado una suite.

Me preocupa cómo está financiando todo esto con lo del préstamo puente, pero me dice que no me preocupe.

Cenamos esa noche en uno de los comedores privados del hotel, solo nosotros dos.

Hay champán, flores y música de fondo. La comida es, como era de esperar, exquisita, y hemos tomado unas cuantas copas de vino cada uno.

Perry dice que no quiere abrir el champán hasta después de la cena.

Acabamos de terminar el último plato, y debo admitir que estoy a reventar, cuando de repente suben el volumen de la música y Perry se levanta de su asiento.

Me pregunto si va a pedirme que baile. Puede que necesite algo de ese champán si es así.

Entonces se arrodilla frente a mí, saca una cajita y me mira a los ojos, con lágrimas asomando en los suyos.

—Adam —dice, con voz ronca—. No sabes cuánto te quiero; nunca ha habido nadie como tú en mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?