Ocho
A ngie no ha parado de acosarme. Desde que entró en mi casa y salió dando pisotones a la terraza, no ha dejado de exigirme información sobre Perry. ¿Qué llevaba puesto? ¿Qué dijo? ¿Adónde fuimos? ¿Pagó lo que le tocaba?
Suspiro antes de responder, y ella lo interpreta completamente mal.
—¿Tan mal?
—No. Lo pasamos genial. Es solo que no necesito que me interrogues.
—Solo me preocupo por ti, nada más.
—No necesito que nadie se preocupe por mí, gracias.
Levanta las cejas y mira hacia la izquierda; es muy teatral, además de condescendiente.
—No eres precisamente un donjuán, ¿verdad?
—Para tu información, donjuán significa seductor de mujeres. Así que no, no lo soy.
—Ya sabes a qué me refiero. No has tenido muchos novios, ¿verdad? ¿Cuándo fue la última vez?
—Basta. No pienso hablar de mi vida sexual contigo.
Y no solo porque haya dado en el clavo.
Me pregunto qué he estado haciendo con mi vida en cuanto a relaciones.
Aparte de quitarme de encima a los Jaspers de este mundo —hasta Gerard ha coqueteado un poco conmigo—, solo ha habido unos pocos encuentros.
Perry es como un soplo de aire fresco. Es emocionante.
Tiene experiencia. Ya me ha enseñado cosas que no sabía.
—¿Ya te has acostado con él?
—No pienso hablar de eso contigo.
—Lo que significa que sí.
Se ríe, se acurruca junto a mí y me da palmaditas en el hombro.
—Oh, hermanito, ya eres todo un hombre.
Me la quito de encima.
—Para. Eso no tiene ni pizca de gracia.
—Oh, no te pongas así. Estoy muy contenta por ti, de verdad. Y me gustaría apuntarme parte del mérito, al fin y al cabo fue idea mía que te lanzaras. ¿Cuándo puedo conocerlo? ¿Este fin de semana?
—No, está de viaje de negocios.
—¿En Suecia? Deberías conseguir que te lleve.
—Ya me ha invitado.
—Vaya, eso ha sido rápido. Te está seduciendo a lo sueco.
Se ríe de nuevo.
Sé que está bromeando, y sé que lo hace con buena intención, pero ahora mismo no estoy para bromas.
—¿Qué vamos a hacer este fin de semana que no sea patinar?
Se levanta y espera a que responda.
—Es el cumpleaños de Brent, va a dar una fiesta.
—Genial, me encantan las fiestas, y afortunadamente para ti, aunque no me avisaste con tiempo, me he traído un vestido de fiesta. Qué pena que Perry no pueda venir a conocer a tus amigos. ¿Estará Rue?
—Estará todo el mundo, es el GRAN cumpleaños de Brent.
—¿Cómo de grande?
—Los cuatro-cero.
Me río al decirlo así porque es como Brent lo ha estado diciendo, o más bien articulando con los labios como si nadie lo supiera, cuando todo el mundo lo sabe.
—¿Estás seguro? Creía que cumplió los cuarenta el año pasado. ¿No alquiló aquella barcaza en el Támesis para celebrarlo?
—No, bueno, sí, alquiló el barco, pero no, tenía treinta y nueve.
—Me pregunto de qué color tendrá el pelo Rue.
—Era verde la última vez que la vi.
Verde ácido; le daba a su piel una palidez cadavérica.
—¿Sigue siendo íntima de la coca ?
—¿Tú qué crees?
Pobre Rue, no creo que lo supere nunca; es lo que pasa cuando tienes demasiado dinero familiar y ningún propósito en la vida. Podría haber sido una artista de verdad; desde luego tenía talento, pero no ambición.
—Me preocupa Rue, no llegará a vieja —añado con un deje melancólico.
Mi hermana hace una mueca y luego junta las manos, pensativa.
—Deberíamos comer algo decente antes de ir a la fiesta; allí no habrá comida, ¿verdad? Solo alcohol, si no recuerdo mal las fiestas anteriores de Brent.
—Buena idea.
Hoy los dos arrastramos unas resacas de muerte y ninguno ha salido de la cama hasta pasado el mediodía.
—Tienes una pinta horrible —dice Angie mientras cruzo la cocina despacio hacia la cafetera. Disfruto de la sensación de mis pies descalzos contra el suelo liso y frío. Es reconfortante.
—Gracias. Tú tampoco estás muy allá.
Me pone morritos, lo cual es admirable porque no creo que yo sea capaz de contorsionar tanto los músculos de la cara.
Pasamos el resto del día tirados en el sofá, comiendo tostadas y alternando agua y café hasta que a las cinco de la tarde los dos somos casi humanos.
Apenas hemos hablado, pero hemos visto —si es que esa es la palabra— varios episodios de Breaking Bad en Netflix , que los dos ya habíamos visto, lo que facilita seguirlos con resaca.
Angie desaparece para ducharse y mientras no está suena el teléfono.
—Hola, ¿qué tal? —La voz de Perry me hace sonreír. Menos mal que Angie no está aquí ahora mismo, porque me quitaría el teléfono de las manos.
—Bien. ¿Y tú?
Ni de broma voy a contarle que tengo una resaca de campeonato.
—Oh, atrapado en un aeropuerto ahora mismo, pero debería aterrizar en Londres esta noche. ¿Te apetece pasarte por mi casa?
Se ríe y me contagia la risa.
Me lo pienso; sería fácil. De todos modos tendré que ducharme y vestirme para llevar a Angie. Pero la idea de dormir en esa cama llena de bultos no me atrae nada.
—Oye —digo, imitándole—. ¿Por qué no te quedas aquí esta noche, conmigo?
—Oh, vale. Tendrás que darme la dirección.
—Mejor aún, te recojo yo. Mándame los datos del vuelo y allí estaré.
—Vale.
Noto la sonrisa en su voz.
—Y bueno, ¿qué has hecho este finde mientras yo curraba?
—Fui a una fiesta, un cumpleaños de cuarenta.
—¿De quién?
—Brent, mi amigo íntimo.
—¿Ah, sí?
Detecto cierto tono en su voz y sé lo que está pensando.
—No te preocupes, es hetero. Pero tiene muchas ganas de conocerte, igual que todos.
No tenía pensado contarle a nadie lo de Perry.
Es muy pronto y nunca se sabe cómo van a salir estas cosas.
Cuando llegue el momento, pienso presentárselo a todos mis amigos, pero todavía no toca.
Lo tenía guardado como mi pequeño y encantador secreto, pero se acabó.
La bocazas de Angie no pudo mantener la boca cerrada, sobre todo después de unos cuantos vinos y, aunque lo negó, una escapadita al baño con Rue.
Las dos tenían esa mirada de ojos como platos que solo puede significar una cosa, especialmente tratándose de Rue: esnifar «charlie» .
Yo no me meto drogas, con el alcohol ya tengo bastante, pero la cocaína es un no rotundo.
Angie les ha dicho a todos que en cuanto tengamos un fin de semana libre organizará una cena para que conozcan a Perry.
Lo que quiere decir en realidad es que montará una fiesta en mi casa con catering, pagado por mí, por supuesto, a menos que nuestros invitados se conformen con judías con tostadas o lasaña, lo único del repertorio culinario de Angie que merece la pena mencionar, cosa que dudo.
Al principio me molestó, pero me he ido haciendo a la idea.
Es demasiado pronto todavía, pero en algún momento quiero que conozca a mis amigos y yo quiero conocer a los suyos.
—Sí, nos lo pasamos bien el finde.
—Genial —dice Perry—. Pero esta noche seremos solo tú y yo, ¿no?
—Por supuesto.
—Estupendo, porque estoy agotado y solo quiero relajarme contigo, sin compartirte con nadie.
—Estaremos solos.
Se me eriza la piel mientras veo a Perry salir del aeropuerto con ese andar suyo tan desenfadado.
Hay algo en su forma de caminar, segura pero sin arrogancia.
Recorre con la mirada los numerosos coches aparcados buscando el mío, y entonces caigo en que no sabe qué coche tengo porque nunca lo ha visto.
Justo cuando estoy a punto de bajarme y hacerle señas, me ve y viene hacia mí.
—Hola —dice mientras se sube al asiento del copiloto, y se inclina para besarme en los labios.
Me gusta, pero me da un poco de corte; las muestras de afecto en público nunca han sido lo mío, y aunque podría decirse que dentro de mi coche no es público, lo parece. Su aliento sabe a salado.
—Cacahuetes y cerveza en el avión —dice, y de pronto me doy cuenta de que me estoy relamiendo—. Perdona.
Sonríe.
—Vaya cena.
—No, no me apetecía otra cosa.
—Aún estamos a tiempo de pillar algo. ¿Qué te apetece?
Vuelve a sonreír. Es muy desarmante.
—A ti —dice.
Arranco el motor y me concentro en salir de la fila de coches. Trago saliva. Me agarra la rodilla y me la aprieta suavemente; es un gesto cariñoso.
—Oye, me vendría genial una ducha cuando lleguemos a tu casa.
—Claro.
—A lo mejor te animas a acompañarme.
No aparto la vista de la carretera. Sé que ya nos hemos duchado juntos en su casa, pero aún me quedan restos de la resaca.
—Acabo de ducharme.
Se ríe, vuelve a apretarme la rodilla y luego la suelta y se recuesta en el asiento.
—Estoy hecho polvo —dice.
Aparco en el garaje subterráneo y subimos directamente a mi piso en el ascensor.
No hace falta pasar por recepción, menos mal, porque me daría un poco de corte, aunque dudo que sea un secreto ni siquiera una sorpresa para nadie que sea gay.
No sé por qué me siento así con Perry; Jasper, que es muy afeminado, sube a verme constantemente.
En cuanto cruzamos la puerta, Perry se queda boquiabierto.
—Oye, no me extraña que quisieras que viniera aquí. Este sitio…
Deja de hablar, suelta el equipaje, abre los brazos y da una vuelta sobre sí mismo. Me recuerda un poco a Angie.
—Es fantástico, ¿ja?
—Ja —repito.
Se ríe.
—¿Qué debes de pensar de mí con mi casa llena de muebles de abuela?
Vuelve a reírse.
Me encojo de hombros. Mis padres siempre nos decían que si no tienes nada bueno que decir, mejor no digas nada; nos educaron bien. Aunque no siempre sigo esta máxima, con Perry sí.
—Esto es lo que quiero. ¿Salen muchos a la venta?
Niego con la cabeza. No recuerdo la última vez que se vendió uno.
—Este es el ático, ¿ja?
—Ja.
Se ríe de nuevo.
—Perdona, he pasado demasiado tiempo en Suecia últimamente y se me escapa cuando estoy cansado. ¿Se ponen a la venta públicamente o es todo muy discreto?
—No lo sé. Solo he visto que se vendiera uno desde que me mudé.
—¿Este es el único ático?
—No, hay dos.
—Oye, imagínate si viviera en el de al lado.
Yo me lo imagino viviendo aquí conmigo. Le sienta bien mi apartamento, encaja en él.
—¿Ese es el río? —pregunta, dirigiéndose a grandes zancadas hacia las puertas. Debajo de nosotros, las luces de los barquitos que navegan por el Támesis parpadean—. Qué guay. Quiero lo que tú tienes.
Creo que se refiere a mi apartamento, pero entonces me guiña un ojo.
—Oye, enséñame esa ducha.
Nunca llega a la ducha porque ve la bañera primero.
Es exenta y con respaldo en ambos extremos.
Tengo que admitir que rara vez la uso, pero cuando sugiere que la compartamos, me resulta imposible negarme.
Sin darme cuenta, me está lavando el pelo, y pronto yo le estoy lavando el suyo.
Es largo, y me sorprende porque, a pesar de parecer sedoso, es bastante áspero.
—Ponle mucho acondicionador —dice—. El aire de los aviones lo reseca mucho.
Hago lo que me dice y lo aplico generosamente, luego lo masajeo. Se recuesta contra mí, con la espalda apoyada en mi pecho.
—Qué gusto.
Y lo es. Me siento como el protagonista de una película romántica. También un poco ridículo, pero no tanto como para parar.
Me despierta a la mañana siguiente; apenas son las ocho. Está completamente vestido, incluso lleva el abrigo puesto.
—Oh, vale.
Me incorporo, con la intención de levantarme y al menos prepararle el desayuno.
—Oye, Adam, quédate en la cama. Descansa —me sonríe con cariño—. Tengo que irme, reunión de negocios en la City y después voy a ver a mi madre.
De repente me doy cuenta de que no le he preguntado por ella, ni siquiera he pensado en ella.
—¿Cómo está?
—Mejorando. El hospital ha hecho todo lo que ha podido. Hoy vamos a hablar de la rehabilitación.
Se acerca a mí, se sienta en la cama.
—Oye, anoche me dejaste el pelo genial, así que no me lo he mojado en la ducha esta mañana.
Sacude la cabeza y se echa el pelo sobre los hombros con un gesto teatral.
—Mira, tócalo.
Me coge la mano y se acaricia el pelo con ella. Es divertido y erótico a partes iguales. Se levanta de la cama de un salto.
—Te llamaré cuando sepa qué voy a hacer, ¿quizás quedamos más tarde esta semana?
—Sí. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?
Aparto el edredón.
—No, no, he pedido un Uber. Adiós, min kärlek .
Las dos últimas palabras suenan como una sola y no sé lo que significan; espero que algo bonito. Y se va.
Cojo el móvil y paso un tiempo ridículo buscando en Google lo que ha dicho, probando todas las grafías posibles hasta que por fin encuentro lo que creo que es. Desde luego, no suena como se escribe.
Significa mi amor.
Y creo que yo también podría estar un poco enamorado de Perry Oblekt.