Siete
—¿Q ué tipo de pesadilla? —pregunto, pensando que más vale que sea algo serio.
—Mi madre ha tenido un derrame cerebral.
No dice nada más. Silencio.
—¿Está bien?
—Bueno, más o menos. La llevaron al hospital bastante rápido, pero está sedada y muy grave. No sé cómo le afectará cuando despierte. Ha estado entre la vida y la muerte.
—Lo siento mucho. ¿Cuándo pasó?
—El sábado, a primera hora de la mañana. He pasado todo el fin de semana allí, en el hospital.
—¿Sigues allí?
—No, he tenido que volver, mañana salgo de viaje a primera hora. No quería dejarla, pero…
Se le quiebra la voz y lo oigo respirar hondo.
—En fin, no queda otra. Mi tía, la hermana de mi madre, se está haciendo cargo, por así decirlo. Perdona por no haberte llamado como te prometí.
—No, no pasa nada, lo entiendo perfectamente. Lo siento mucho —repito, sintiéndome culpable y egoísta a la vez.
—Oye, sí, porque lo último que querría es dejarte tirado. Creo que conectamos muy bien.
—Yo también —digo, sonriendo para mis adentros, quizá sea el vino.
—Tengo muchas ganas de volver a verte.
—Yo también.
—Mira, estaré fuera toda la semana, vuelvo el jueves, quiero pasar el viernes y el domingo con mi madre, pero aún podemos ir a patinar el sábado por la mañana. Y si te apetece, tengo entradas para ese musical en el Adelphi el sábado por la noche. ¿Te gustaría ir?
Pienso en Angie, en darle largas, porque obviamente no quiero que venga a mi cita, a mis dos citas.
—Mmm —digo, pensando despacio—. Mi hermana tiene previsto venir este fin de semana.
—Ah, ya veo. No pasa nada, en otra ocasión. Oye, quizá podríais usar las entradas del teatro tú y ella.
—No podríamos aceptarlas.
—Pues aprovéchalas, yo no voy a ir solo.
Se ríe.
—¿Compraste las entradas para nosotros? —Me quedo bastante sorprendido.
—No, la verdad es que me las regaló un cliente agradecido. Solo pensé que sería algo que podríamos disfrutar juntos. Pero lo entiendo si ya tienes planes con tu hermana.
Una cita con mi hermana. Dicho así suena aún más triste de lo que es. Antes de que pueda decir nada, vuelve a hablar.
—El lunes siguiente vuelvo a salir a primera hora, solo un par de días, pero después quiero pasar más tiempo con mi madre.
—Claro.
—Bueno, ya me dirás lo de las entradas. Será mejor que cuelgue, mañana madrugo y eso.
—No —digo, sin querer que cuelgue—. Podría decirle a mi hermana que lo dejamos para otro día, no tenemos ningún plan especial. Viene casi todos los fines de semana, así que un fin de semana sin vernos no será problema.
Aun mientras lo digo, sé que Angie se va a enfadar.
—Bueno, si estás seguro —dice—. No querría interponerme entre un tío y su hermana.
—No, de verdad, lo entenderá.
Más o menos.
Le doy la noticia a Angie el lunes por la noche.
No le hace ninguna gracia: está irritada por tener que renunciar a su fin de semana londinense y molesta por no poder darle el visto bueno a Perry primero.
Vuelve con lo de «hermanito», diciéndome que tenga cuidado, y le recuerdo que ya soy mayorcito.
De verdad, ya debería saberlo a estas alturas: soy yo quien tiene la carrera brillante y el elegante ático en Londres.
No se lo digo, no hace falta y sería extremadamente inmaduro por mi parte.
El sábado se me hace eterno de esperar. Paso toda la semana contando los días, preguntándome si pasaremos la tarde juntos o si nos separaremos y quedaremos más tarde para ir al teatro. Creo que nunca me había emocionado tanto por alguien, por un hombre.
Llego a la pista de hielo un poco antes de tiempo y empiezo a ponerme nervioso cuando termina la sesión de clases y Perry no aparece. Pero cinco minutos después entra corriendo, con cara de agobio.
—Perdona —dice—. Me han llamado por lo de mi mamá justo cuando salía.
Deja la bolsa en el suelo y empieza a abrirle la cremallera.
—¿Ya has cogido los patines?
—No, pensaba que…
Pero veo que él trae los suyos, y no son los patines algo malolientes y desgastados que me voy a poner yo.
—¿Qué tal tu mamá? ¿Está bien?
—Sí, mejorando poco a poco. Van a reducirle la sedación esta tarde. Con un poco de suerte, mañana cuando vaya a verla estará consciente.
En la pista es increíble; todo lo que patinó de niño en casa de sus abuelos suecos sin duda ha dado sus frutos.
—Patinas como un profesional —le digo mientras me tiende las manos para guiarme por la pista.
—Qué va. En Suecia soy del montón. Venga, haz esto, te resultará más fácil.
Sigo sus instrucciones, disfruto de estar entre sus brazos, y una hora después solo me he tropezado una vez.
E incluso entonces, me sujetó. Siento que he aprendido mucho más con él que en mi sesión de prueba con Angie, aunque eso es sobre todo porque nos agarramos el uno a la otra como si nos fuera la vida en ello.
—¿Comemos algo rápido? —pregunta.
—Sí, buena idea.
—Luego tendré que salir pitando, tengo que hacer una llamada de trabajo y quiero llamar al hospital para preguntar por mi mamá.
Hace una mueca.
—Espero que esté bien —digo, muy consciente de lo pobre que suena.
—Sí, yo también.
El almuerzo es rápido, un sándwich y un café en una cafetería a la vuelta de la esquina, que él se empeña en pagar.
A la salida de la cafetería acordamos una hora para vernos en el teatro; también sugiere que cenemos después, lo que significa que comeremos sobre las diez de la noche.
—Oye —dice, parando un taxi—. ¿Vas hacia mi zona? ¿Lo compartimos?
Cuando le digo adónde voy, vuelve a hacer una mueca y niega con la cabeza.
—Lo siento, dirección opuesta. Coge este, yo pillaré otro.
Antes de que pueda protestar, me mete en el taxi, me estrecha la mano a modo de despedida y cierra de un portazo. Todo un caballero.
Sé que es un cliché, pero me encantan los musicales.
Y Regreso al futuro, el musical , es sencillamente brillante.
¿A quién no le encantan esas películas de viajes en el tiempo?
Y si le añades canto y baile, fantástico sin más.
Me duele la cara de tanto sonreír, y cuando miro de reojo a Perry durante la función, tiene la misma expresión.
—Muchísimas gracias por esto —digo al salir del teatro.
—Dáselas a mi cliente. La verdad, no creo que se me hubiera ocurrido nunca ir a algo así, pero lo he disfrutado.
Me lanza una mirada tímida.
—Será por la compañía.
Ahora el tímido soy yo .
Vamos a cenar a un pequeño restaurante que él conoce junto a Covent Garden. Parece que allí también lo conocen a él, y nos llevan a una mesa apartada en un rincón.
—No suelo comer tan tarde —me confiesa.
—Yo tampoco.
—Lo siento, es que tenía cosas que hacer. Tras pasar todo el fin de semana anterior con mi madre, se me ha acumulado el trabajo.
—¿Trabajas todos los días, fines de semana incluidos?
Estoy impresionado. Yo trabajaría sin parar si me visitara la inspiración; en parte por eso me alegraba tanto de que Angie viniera los fines de semana, me evitaba el agotamiento. Ahora soy muy disciplinado.
Me sonríe.
—No todo el tiempo. ¿Y tú?
—Intento no trabajar los fines de semana, aunque no siempre lo consigo.
Suelto una risita.
—Eres muy modesto, Adam Hames.
Entrecierra los ojos y me sonríe; resulta bastante desconcertante, como si hubiera descubierto algún secreto oscuro y vergonzoso sobre mí.
Me descubro tragando saliva aunque sé que no tengo nada que ocultar.
—Sí —dice con una sonrisita—. Te busqué en Google después de nuestro primer encuentro y resulta que eres bastante famoso. RA y todo eso.
Sus ojos me brillan con picardía.
—Ah, sí, eso…
Me encojo de hombros y trato de quitarle importancia, pero me halaga que se tomara la molestia de buscarme.
—Parece que empezaste pisando fuerte, vendiendo cuadros cuando aún estabas en el colegio, según Wikipedia .
—Sí, bueno, vendí un cuadro a mi profesor de arte, así que probablemente no deberías creerte todo lo que lees en internet.
Siento una extraña combinación de orgullo y vergüenza.
—Oye —dice, cogiendo la carta—. Deberías pregonar tus logros a los cuatro vientos. Yo lo hago.
Le vuelven a brillar los ojos.
—Tienes razón.
Cojo la carta e intento estudiarla con atención.
Dos horas después paseamos por la calle buscando un taxi.
Hemos cenado, bebido vino y charlado sin parar, intercambiando historias sobre nuestras infancias.
La suya suena mucho más interesante y emocionante que la mía, pero él dice que la mía suena feliz y llena de cariño.
Sus padres se separaron cuando tenía seis años y ninguno volvió a casarse, así que no tiene hermanos.
Su padre regresó a Suecia y Perry apenas lo ve.
Me dice que no soy consciente de la suerte que tengo.
Para un taxi, pero antes de que subamos se vuelve hacia mí.
—¿Te apetece venir a tomar un café?
Me guiña un ojo. Es tan cursi que me encanta.
Asiento despacio y nos subimos a la parte de atrás del taxi cogidos de la mano, como los amantes en los que estamos a punto de convertirnos.
Vive en una casa de varias plantas, alta, pálida, estrecha. No le pega. Hay un cartel de SE HA VENDIDO en la entrada.
—¿Te mudas?
—Sí, necesito algo más…
Se encoge de hombros y echa un vistazo a la calle.
—Que vaya más conmigo.
—Vale.
—Sí, este sitio ha estado bien, pero necesito pasar página.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunto mientras abre la puerta principal.
—Demasiado.
Se ríe.
Y tiene razón: una vez dentro, veo que el lugar no le pega en absoluto. Es anticuado, pero no de forma elegante. Me ve observar el salón y sonríe.
—Lo siento, está lleno de trastos viejos. Mi mamá se mudó a un piso más pequeño hace unos años y me endosó muchos de sus muebles. No he tenido tiempo de separar la paja del grano.
Se ríe y pone los ojos en blanco.
—Sube, tengo una silla preciosa arriba, traída directamente de Suecia.
—Vaya, esa es una variación de «sube a ver mis grabados». ¿Adónde te mudas?
—No estoy seguro. Acabo de aceptar una oferta por este sitio, ayer mismo. He visto varios pisos, pero no he encontrado el indicado .
Me vuelve a guiñar un ojo.
—Ven a ver mi silla.
Una oferta así es demasiado buena como para dejarla pasar. Por supuesto, la silla es increíble y él también. Sin duda tiene más experiencia y es mejor amante que yo; me da bastante vergüenza.
—Perdona por eso —digo a la mañana siguiente, cuando estamos tumbados juntos en su cama, que tampoco es que sea muy cómoda. He pasado media noche despierto preocupándome por mi actuación. Esto es lo que pasa cuando no practicas lo suficiente.
Se incorpora sobre un codo y me mira frunciendo el ceño.
—¿A qué te refieres?
Sinceramente, solo por eso ya lo quiero. Parece sincero de verdad. Si no acabara de vivir lo que acabo de vivir –mi propia actuación en particular– podría creer que lo dice en serio.
—Eso —digo, deseando no haber abierto la boca—. Estoy algo falto de práctica.
Sonríe y me da un codazo.
—No como tú, que te sabes todos los trucos.
Se ríe.
—Oye, soy medio sueco, ¿qué quieres que te diga?
Salta de la cama y empieza a buscar nuestra ropa, la recoge del suelo y hace un montón para cada uno.
—Voy a darme una ducha —dice, riendo—. ¿Te apetece acompañarme?
Me tiende la mano.
La ducha es grande, tan grande como la mía, pero mientras que la mía es elegante y moderna, esta es peculiar y un poco rara. Hasta tiene una barra de agarre en un lado. Se da cuenta de que la estoy mirando.
—Es para mi madre, cuando se queda en Londres. Otra razón por la que necesito mudarme.
—¿Entonces esta era su casa?
—Sí, se la compré cuando se mudó a algo más pequeño. No quise decirlo antes, pero es obvio, ¿no? Siempre tuve intención de reformarla, pero el trabajo no me dejó.
—¿Y no te apetece hacerlo ahora?
— Nej —dice—. Quiero algo llave en mano, estoy demasiado liado para ponerme a pensar en reformas.
Sonríe.
—Aunque no me puedo quejar.
Le brillan los ojos mientras abre los grifos de la ducha.
—¿Entramos? —pregunta, arqueando una ceja.