Seis
H e decidido contarle a Angie lo de Perry. Es lo justo, ella siempre me ha contado lo de sus relaciones, por muy desastrosas que fueran.
Se alegrará por mí. Después de todo, fue idea suya que me lanzara a buscar pareja, aunque fuera a través de aplicaciones. Eso sí, no salió tan bien como el método tradicional.
—¿Que has qué? —dice, cinco minutos después de irrumpir por la puerta el sábado por la mañana—. ¿Has tenido una cita y no me lo dijiste antes? ¿Con cuál de ellos? Déjame ver el móvil.
—No lo conocí por internet. Nuestro encuentro fue pura casualidad. —Le cuento lo del restaurante, lo de la tarjeta de visita.
—Vaya, qué suerte la tuya. Y la de él. ¿Cómo es?
—Es rubio, con el pelo hasta los hombros, diría yo. —Recuerdo cómo le rozaba la chaqueta—. Es medio sueco. Tiene algo de vikingo.
—Suena un poco élfico —dice, riéndose. Se refiere a El Señor de los Anillos .
Me quedo pensando en eso más de la cuenta, recordando cómo las dos nos encaprichamos de Legolas interpretado por Orlando Bloom, con su largo pelo rubio tan liso y suave, y lo decepcionadas que nos quedamos al descubrir que el actor era moreno en la vida real.
—En realidad no —digo—. Más bien vikingo.
—¿Es grande? —Levanta sus bracitos y flexiona los bíceps.
—No especialmente. —Le bajo los brazos con suavidad antes de cambiar de tema—. ¿Qué te gustaría hacer hoy?
—Patinar sobre hielo no.
—¿No?
Entrecierra los ojos. —No, y más te vale no haberme apuntado a más clases.
—No lo he hecho. —Lo que no le estoy diciendo es que Perry se ha ofrecido a darme unas clases improvisadas.
Me contó que la pista está disponible para patinaje libre justo después de las clases, que era él a quien vi en la pista cuando nos íbamos.
Que suele ir y lo disfruta muchísimo. Aprendió a patinar de niño cuando visitaba a sus abuelos en Suecia.
Él quería que fuera hoy, pero le dije que no podía por Angie. Entre semana no puede por el trabajo.
—Cuéntame más de él —dice mi hermana, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Quién?
—Este hombre con el que estás saliendo. Ni siquiera me has dicho cómo se llama.
—Perry Oblekt.
—Vaya nombre más raro.
—Ya te he dicho que es sueco, bueno, medio.
Sonríe.
Antes de que se lance, la advierto: —No hagas lo del chef sueco.
—¿Qué? Como si fuera a hacerlo.
Ni esbozo una sonrisa; sé que quería hacerlo. —Ni siquiera habla así, se crió aquí, aunque obviamente sí habla sueco.
—¿A qué se dedica? —pregunta, decidiendo sabiamente hacerme caso.
—Importación y exportación.
—Narcotraficante —dice, echándose hacia atrás y escrutándome.
—No es un maldito narcotraficante. Se me había olvidado lo borde que puedes llegar a ser.
—Solo te cuido, hermanito.
Odio esa frase, es tan condescendiente por tantas razones, sobre todo porque le saco dos cabezas. No necesito que me cuide, más bien es al revés.
—¿Qué importa o exporta?
—No lo sé. —Sí lo sé. Miento. Me lo contó todo anoche.
Me dijo que el mobiliario sueco vintage está de moda ahora mismo en Londres.
Sé que si digo esto Angie soltará algún comentario sobre IKEA , y tengo que admitir que fue lo primero que me vino a la cabeza cuando lo mencionó—.
¿Café o té? —pregunto, levantándome y yendo hacia la cocina.
—Lo que tú tomes —dice, sacando el móvil. Cuando vuelvo con las tazas, está mirando la pantalla—. Lo he buscado en Google. No lo encuentro por ninguna parte. ¿Cómo se escribe ese apellido? Es raro, ¿verdad?
Se lo deletreo. —No tiene cuentas en redes sociales a su nombre, todo está a nombre de su empresa.
—¿Cuál es? —Me agita el móvil delante antes de coger el café.
Sería fácil no decírselo, o decirle que se meta en sus asuntos, pero, por otro lado, ¿por qué no? Al fin y al cabo, es mi hermana y está claro que me cuida, por innecesario que sea. Le digo el nombre de la empresa y lo busca en Google antes de pasarse un buen rato navegando por las páginas.
—Vaya, ¿has visto el precio de algunas de estas cosas?
Me encojo de hombros. —Está muy de moda.
—Mira esto. —Me planta el teléfono en la cara y me enseña un banco de jardín de hierro fundido y madera que ha visto tiempos mejores—.
Mamá y papá tenían uno igual, ¿te acuerdas?
—Sin esperar respuesta, retira el teléfono y continúa—.
La madera se pudrió y papá lo quemó una noche de hogueras.
Creo que todavía tiene los extremos de hierro colgados en el garaje.
A lo mejor le mando esto y le digo que los saque.
—Se ríe, yo no—. Oh, mira, dejan que otros vendan cosas en su web.
—Sí. —Perry me había contado que, para cubrir la demanda, había dejado que vendedores externos participaran, a cambio de una comisión, claro.
—Lo encontré —dice—. Per Oblekt. Ah, pero no tiene foto. Qué pena. ¿Tú tienes alguna?
—No. No le hice foto en nuestra cita, ¿por qué iba a hacerlo? Acabo de conocer al tío. —Y ni siquiera estaba seguro de que fuera una cita.
—La próxima vez, entonces.
—Puede.
—¿Cuándo puedo conocerlo?
—Todavía no. Aún es pronto y esas cosas. —Le sonrío; en el fondo es un cielo, y solo tiene curiosidad, pero sus preguntas me resultan entrometidas.
—Mira el precio de esto —chilla—. Setecientas libras por una silla vieja, y ni siquiera es bonita. —Me pasa el teléfono por delante de la cara.
—A mí me parece bastante bonita.
—¿Pagarías eso por unos trastos viejos? ¿En serio?
Niego con la cabeza y recojo nuestras tazas vacías.
—Los de Londres sois así —dice, negando con la cabeza—. En casa nadie pagaría eso.
—Yo no soy de Londres.
—Claro que sí. Debe de estar forrado. —Se ríe.
Cambio de tema.
—Tengo que pasarme por la galería. Te va a gustar. No has visto mi nueva exposición.
—¿Y el almuerzo?
—Puedo hacerte un sándwich rápido si tienes hambre. Luego iremos a cenar.
Hace una mueca y guarda el teléfono en el bolso.
En la galería, Gerard está encantado de vernos. Se deshace en abrazos, primero conmigo y luego con Angie, aunque no la conoce de nada.
—Te eché de menos ayer —dice.
—Sí, perdona, me surgió algo. —Mentira, simplemente no me apetecía venir, lo cual es bastante poco profesional por mi parte.
—Bueno, no pasa nada, Jasper estuvo aquí e hizo un trabajo excelente hablándoles de ti, y gracias a eso vendió dos más. —La sonrisa de Gerard es tan amplia que debe de dolerle.
—Genial, el bueno de Jasper.
—Cuidadito con lo de viejo, cariño —dice Gerard, mientras Angie me sonríe a mis espaldas.
Pasamos un par de horas en la galería, yo haciéndome el simpático y peloteando; Angie, tras un recorrido rápido por mis cuadros, escondida en la diminuta cocina del personal trasteando con el móvil. A veces puede ser bastante inmadura.
Durante esas dos horas yo también miro el móvil, constantemente.
Quiero que Perry me escriba, como dijo que haría.
¿O fue solo un comentario al vuelo, un poco de cortesía para disimular su verdadera intención de no volver a cruzarse conmigo?
Estoy paranoico. Creía que nos habíamos entendido muy bien; dijo que me llevaría a patinar.
Me dio un beso suave en los labios antes de despedirnos.
Dijo que me escribiría por la mañana. La mañana ya pasó hace rato.
—¿Podemos irnos ya? —pregunta Angie. Parece una adolescente aburrida.
No me apetece nada salir. Está claro que Perry no va a escribir; la mañana y la tarde han pasado y ya es de noche.
Me siento idiota. Me siento estafado. Encima le he hablado a Angie de él y ahora va y me deja tirado.
Qué imbécil soy. Por eso nunca he tenido una relación larga: porque la gente, o sea, los amantes, no son de fiar.
—¿Listo? —pregunta Angie—. ¿Adónde vamos?
No lo sé y me da igual.
—¿Adónde te apetece? Elige tú. —Fuerzo una sonrisa.
—Ay, ¿no has reservado en ningún sitio? ¿Vamos a conseguir mesa en algún sitio decente?
—No seas borde —le suelto.
—Vale, vale. ¿Qué te pasa? Esta mañana estabas de buen humor.
—Me duele la cabeza —murmuro.
—Ah.
La veo desinflarse y dejarse caer en el sofá.
—¿Eso significa que no quieres salir? —Está arreglada para nada.
—No, vamos. Seguramente es que tengo hambre. —Algo de verdad hay en eso, porque no he comido nada desde el desayuno; no me hice un sándwich cuando le preparé uno a Angie.
Se le iluminan los ojos, se levanta de un salto y nos vamos.
Conseguimos mesa sin problema en Bib and Tucker, a la vuelta de la esquina; es la primera vez que viene Angie y está impresionada.
Reconozco que después de comer, y beber, me siento mucho mejor, aunque he rechazado la propuesta de Angie de ir de discotecas.
Vamos camino de casa, del brazo, cuando de repente hace la pregunta que mi subconsciente lleva temiendo todo el día.
—Entonces, ¿cuándo vas a volver a ver a tu galán? ¿Cómo se llamaba?
Como si pudiera olvidarlo después de tanto googlear como una loca.
—No sé si lo haré. Lo dejamos en el aire. No sé si quiero meterme en esos líos.
—Puaj —dice, antes de soltar una carcajada demasiado fuerte; ha bebido incluso más que yo—. Demasiados detalles…
—No me refería a eso. Hablaba de las relaciones, las expectativas, las consideraciones...
—Vale.
Ella suspira.
—¿Por qué no te relajas un poco, hermanito?
Es un alivio cuando por fin dejo a Angie en la estación el domingo por la noche.
Ha estado demasiado animada, demasiado atenta este fin de semana y, cosa rara, me ha resultado irritante.
Casi tuvimos una discusión cuando volvió a preguntar por Perry y luego se burló de mí por ser tan dependiente cuando al final cedí y le conté que no me había escrito.
Dijo que quizá no sirvo como novio si voy a estar tan malhumorado.
Le recordé que yo nunca quise un novio y que todo esto había sido idea suya.
Culpa suya. Su respuesta fue que pensaba examinar a cualquiera que hiciera match conmigo y que conocer a alguien en la vida real, de forma orgánica como ella lo llamaba, no había sido parte del plan.
En fin, ya se ha ido a casa. Su última pulla fue que espera conocer a Perry si todavía soy «amigo suyo» el próximo fin de semana. Cuando dijo «amigo suyo» puso esa carita ñoña. La quiero, pero a veces puede ser tan pesada.
De camino a casa paro en el súper de guardia, entro y compro un paquete familiar de Doritos y un bote de salsa.
Cuando el dependiente me pregunta si necesito algo más, supongo que se refiere a alcohol o tabaco.
Pero ya tengo una botella de vino tinto esperándome en casa.
Y quizá, después, si no puedo dormir, me ponga a pintar.
Me siento inspirado, algo que no pasa a menudo porque después de tantos años soy un artista bastante disciplinado.
Me he terminado el vino, los Doritos y la salsa y estoy tumbado, revuelto, pasando cosas en Netflix y sabiendo que esta noche no voy a pintar, cuando suena el móvil.
Podría ser él.
No, es Angie. Ya está en casa, siempre me avisa. Y ha añadido una foto de yang, que ha pasado todo el fin de semana en su bolso sin que me la enseñara.
La próxima vez , escribe.
Desde luego.
Dejo caer el móvil en el sofá, me recuesto y cierro los ojos. Me siento fatal. Darse un atracón de comida y bebida no es buena idea.
Suena el móvil.
—Hola, soy Perry. Perdona que sea tan tarde.
Son las 10 de la noche.
—Sí —digo.
—He tenido un fin de semana de pesadilla.