Matar por ti Cinco
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Cinco

—Q ué bien estar aquí otra vez.

Angie abre los brazos y sale dando vueltas al balcón. Es un cálido día de primavera, así que tengo las puertas abiertas de par en par.

—Siempre tan melodramática.

—Sí, pero te he echado de menos. ¿Qué vamos a hacer hoy?

—Patinaje sobre hielo.

—¿Qué?

—Nos he reservado una clase.

—Estás de broma, ¿verdad?

Me río, pero no estoy de broma.

Una hora más tarde estamos atándonos las botas de patinaje mientras el instructor nos recita la lista de lo que hay que hacer y lo que no.

—Tienes la cara blanca como el hielo —susurro, dándole un codazo a mi hermana.

—Podríamos estar sentados al sol, almorzando. ¿Por qué estamos haciendo esto?

—Me apetecía. Pensé que nos refrescaría. Pensé que así beberíamos menos vino. Hacer algo diferente.

Arqueo las cejas y ella me frunce el ceño.

—Podemos ir a comer tarde después de esto.

—Faltaría más.

Salimos tambaleándonos a la pista y lo damos todo, o al menos yo; no estoy del todo seguro de que Angie lo haga. Cuando termina la clase, el alivio en el rostro de Angie es evidente. Solo se ha caído dos veces más que yo, así que no lo ha hecho tan mal.

—Me lo he pasado bien —digo, sonriendo.

—Yo lo he odiado. No vuelvas a apuntarnos... a apuntarme, nunca más.

—Pero si es un curso, seis clases en seis semanas.

—Ni hablar.

Sacude la cabeza mientras tira de los cordones de las botas. Sin esperarme, va pisando fuerte a recoger sus zapatos y se los pone sin volver donde estoy.

A mí me lleva mucho más tiempo recoger mis zapatos y ponérmelos.

—No sé en qué estabas pensando. Odiaba esto de niña.

Tiene los labios apretados en un gesto de fastidio cuando la alcanzo. Está apoyada en la barandilla mirando a los patinadores.

—Pues a mí me ha gustado. Nunca lo hice de niño.

—Sí lo hiciste.

—No lo hice —insisto.

—No habrás comprado seis clases de verdad, ¿no?

Sonrío.

—Cabrón.

Me da un puñetazo en el brazo.

—Eh, que es el brazo con el que pinto.

—Bien.

Justo cuando nos damos la vuelta para irnos, me parece ver a un hombre de pelo muy rubio que da vueltas sobre el hielo como un profesional.

¿Era él?, me pregunto. Lo pierdo de vista; la pista está abarrotada.

Recuerdo la tarjeta de visita que sigue en el cajón del escritorio de mi estudio. ¿Lo llamaré?

—Me debes la mejor comida de tu vida por someterme a eso.

—En serio —digo—. Creo que voy a reservar el curso completo, eso era solo una prueba.

—No lo reserves en fin de semana porque no pienso venir.

—Veré qué hay disponible —digo, mientras vuelvo a pensar en el hombre rubio. ¿Vendrá aquí todos los sábados? ¿Era él de verdad?—. Sabes que tengo que trabajar entre semana, igual que tú.

Me lanza una mirada fulminante.

—Eres autónomo —dice—. Puedes hacer lo que te dé la gana.

Es domingo por la noche y acabo de volver de dejar a Angie en la estación cuando entro distraídamente en mi estudio. Bueno, digo distraídamente, pero sé perfectamente lo que estoy haciendo. Saco la tarjeta del cajón y, sin darme tiempo a pensarlo, lo llamo.

Es un número de móvil y salta directamente el buzón de voz. Me siento absurdamente decepcionado.

—Perry Oblekt, deja tu nombre y número.

Su voz suena profesional, eficiente.

No sé qué decir, así que cuelgo, y luego me reprendo por ello porque me dijo que lo llamara. Maldita sea.

Estudio su tarjeta con más atención; su nombre es extraño, sobre todo el apellido, sin duda vikingo, decido. Lanzo la tarjeta de vuelta al cajón.

Una hora más tarde suena mi teléfono; el número me resulta familiar.

—¿Diga?

—Hola, soy Perry Oblekt, ¿me has llamado?

La entonación le sube al final de la frase. Suena menos seguro de sí mismo de lo que esperaba. Desde luego menos que en el restaurante.

—Hola, sí. Me dejaste tu tarjeta en Bib and Tucker el otro día.

Hay una pausa, no larga, pero suficiente para hacerme desear no haber contestado, no haber llamado.

—Ah, claro, estabas con el tipo extravagante.

Reprimo un resoplido. A Jasper le encantaría que lo describieran como extravagante.

—Eso es.

—Oye, ¿qué tal?

—Bien, bien.

¿Y ahora qué digo?

—Yo también, yo también. ¿Te apetecería pillar algo en algún momento?

Pillar algo, casi me río.

—Sí, claro.

—Déjame mirar la agenda.

Oigo pasar páginas; está consultando su agenda de verdad.

—¿Qué te parece el viernes por la noche?

—Sí, puedo hacerlo.

Acordamos un lugar y una hora, y al colgar me descubro emocionado, eufórico, nervioso.

Doy por hecho que es gay, doy por hecho que sabe que yo lo soy.

No creo ser tan evidente como Jasper, pero las señales deben de estar ahí.

No estoy acostumbrado a que los hombres se me acerquen así; solo me ha pasado dos veces, y una de ellas fue en un bar gay.

Aunque, claro, yo tampoco me he acercado nunca a nadie.

No le cuento a Angie lo de mi cita, si es que es una cita. Debería, pero prefiero esperar a ver cómo sale. Puede que Perry Oblekt me haya reconocido y quiera… ¿qué? Vender mis cuadros, desbancar a Jasper. Podría ser un agente; perfectamente podría no ser gay.

Me suena el móvil. Lo agarro, notando que el corazón me late de pronto más deprisa. Espero que no sea una foto de polla.

Es una foto, pero es de Angie.

Eh, mira lo que encontré. Pareja a juego. Es una foto de su piedra yang, lisa y blanca. Te la llevo cuando suba el fin de semana. Eso sí, sin ojo. ☹ No reserves patinaje.

Le aseguro que no lo haré.

La inauguración de mi exposición es el jueves.

Voy de punta en blanco mientras escucho a Jasper asegurarme que todo se venderá en los primeros días.

Espero que tenga razón. A pesar de mi éxito, todavía me pongo nervioso con la venta de mis cuadros.

Jasper no para de halagar al dueño de la galería, un hombre muy parecido a él en estilo y modales.

—Gerard y yo fuimos juntos al colegio —me informa Jasper, lo cual explica muchas cosas.

—Es hora de abrir esas puertas, caballeros.

¿Todos listos? —Gerard hace un gesto a los camareros, que esperan con bandejas de bebidas, antes de dirigirse a la puerta principal—.

Espero que hayáis invitado a todos vuestros amigos y familiares —se gira y me sonríe mientras los primeros invitados van entrando sin prisa.

Sí invité a mi familia, pero avisé con muy poca antelación y nadie pudo venir, ni siquiera Angie.

Está bastante enfadada conmigo por no haberle avisado antes, lo cual admito que fue un descuido por mi parte; quería que viniera.

Dice que no puede cogerse más días libres hasta que empiece el nuevo año de vacaciones, sea lo que sea que eso signifique.

Dice que no entiendo estas cosas; tiene razón, no las entiendo.

Dice que soy rico y privilegiado. Le recordé que me he ganado mi dinero y mi privilegio.

Me pregunto si debería haber invitado a Perry Oblekt.

No, demasiado pronto.

La velada es un éxito. Jasper y Gerard sonríen como si fueran gemelos. Los observo desde la distancia, con las cabezas juntas, reflejándose el uno en el otro, y pienso que harían una gran pareja. Jasper me pilla mirando y se acerca.

—Adam, querido, qué velada tan estupenda. Nos has hecho muy felices a los dos.

No sé si se refiere a él y a mí o a él y a Gerard.

Gerard despide al último invitado, cierra con llave y se une a nosotros. Sigue sonriendo.

—Me alegro mucho de que Jasper me convenciera de acogerte. Para serte sincero, tenía mis dudas, no estaba seguro de si mi clientela apreciaría algunas de tus piezas modernistas, pero… —deja la frase en el aire.

Piezas modernistas. Nadie había dicho eso de mi trabajo hasta ahora.

A espaldas de Gerard, Jasper pone los ojos en blanco de forma teatral. Yo me limito a asentir y sonreír.

—Espero que te pases todos los días, aunque solo sea una horita, para que los parroquianos puedan verte —así que ahora son parroquianos—. Y trae también a tus propios invitados.

—Haré lo que pueda —le aseguro. Aunque lo más probable es que la única invitada que traiga sea Angie, y ella no va a comprar nada. Solo tiene uno de mis cuadros porque se lo regalé. A menos que ya lo haya vendido.

El viernes por la noche estoy que reboso de emoción y miedo. No se lo he contado a nadie, ni a Angie ni a Jasper.

¿Y si es un bicho raro?

¿Y si piensa que yo lo soy?

Me visto con cuidado: elegante, joven profesional con un punto diferente.

¿A quién quiero engañar? Al final opto por unos vaqueros limpios, elegantes y lo bastante holgados en la cintura como para que, si comemos —no hemos dicho que lo haremos, pero no he cenado por si acaso—, no se me salga la tripa por encima.

Llego al pub, sugerencia suya. Un sitio en el que no había estado nunca; es uno de esos auténticos pubs londinenses de los de antes, escondido en una calle lateral, con paneles de madera oscura y algún que otro cristal emplomado.

También es pequeño. Recorro el local con la mirada buscando su distintivo pelo rubio.

No llego temprano, pero sí puntual, y él también debería estarlo.

Me ha dejado plantado.

Genial.

Me acerco a la barra, sobre todo porque el camarero me mira expectante, apreciando cada cliente dado lo vacío que está el local. Quedaré como un idiota si me doy la vuelta y me largo; pero, por otro lado, me siento idiota por quedarme.

Pido una cerveza porque eso es lo que beben los hombres de verdad, ¿no?

Justo estoy dando el primer sorbo a la pinta cuando oigo una voz a mi espalda.

—Eh —dice.

Me giro. Es él. Sonríe, con los ojos brillantes. Se inclina hacia el camarero y dice: —Ponme lo mismo que a él —luego se vuelve hacia mí y me tiende la mano—. Perry Oblekt —dice. Su apretón de manos es cálido y firme, suave, reconfortante.

En ese momento caigo en que en realidad no me conoce. Nunca nos han presentado; nunca le he dicho mi nombre. Supongo que es posible que me reconozca, pero lo dudo. —Soy Adam —digo—. Encantado.

—Adam —paladea mi nombre—. ¿Todavía sin apellido? —dice con una sonrisa burlona.

—Perdón, Hames. —Por supuesto, no añado RA. Eso ya sería pasarse de pomposo.

—Bueno, señor Hames, es un placer conocerle. ¿Nos sentamos allí? —Señala una mesa en un rincón, pero sus ojos se desvían hacia el camarero, que parece demasiado interesado en nuestra conversación.

Una vez sentados, los dos damos un trago a nuestras pintas antes de dejarlas de nuevo sobre la mesa. El camarero se acerca con parsimonia y nos deja un par de posavasos.

—Gracias —decimos los dos, colocando las pintas sobre los posavasos.

Perry pone los ojos en blanco y sacude ligeramente la cabeza. Por un momento me recuerda a Jasper.

Ahora que estoy aquí no sé qué decir y, a juzgar por el silencio, Perry tampoco, aunque eso no le impide recorrerme con la mirada de arriba abajo. El silencio y su escrutinio me ponen nervioso.

—Ese tipo con el que estabas en el restaurante, ¿es tu padre?

Me río. —No. No. Mi socio.

—Genial —Se inclina sobre la mesa, hablando casi en un susurro, y siento su aliento en mi piel—. Me preocupaba que fuera tu amante, tu sugar daddy.

Ah, así que vamos por el mismo camino. Niego con la cabeza.

—Supongo que no tienes pareja, ¿verdad? —Arquea las cejas.

—No.

—Yo tampoco —Vuelve a sonreír con un brillo pícaro en los ojos. La verdad es que es muy atractivo—. Solo quiero dejar las cosas claras. No me gustan las relaciones complicadas.

No sé qué decir.

—Bueno, Adam, háblame de ti.

Le suelto un rollo sobre mi familia, sobre todo de Angie, y de cómo viene a verme cada fin de semana. Le cuento algunas anécdotas de nuestra infancia antes de decir por fin: —Te toca.

Una sonrisa se dibuja lentamente en su rostro. Y entonces empieza a contarme todo sobre él.