Matar por ti Cuatro
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Cuatro

—J asper piensa que es una idea terrible —le digo a Angie cuando llega el fin de semana siguiente—. Dice que podría estar buscándome problemas.

—Por supuesto que dice eso, porque te quiere para él.

Me tiende su bolsa para que la lleve a su habitación, cosa que por supuesto hago.

Cuando regreso, está preparándonos un café con mi máquina y ya ha puesto la lata de galletas sobre la mesa de centro. Después de traer los cafés, se deja caer en el sofá y extiende la mano.

—¿Qué?

—El teléfono. Quiero que me pongas al día, y por los pocos mensajes y esa breve llamada que tuvimos durante la semana sé que no puedo fiarme de que me cuentes todo.

Sonríe.

Siempre sonríe y resulta tan desarmante.

Siempre lo ha sido. Sospecho que su sonrisa, aunque ella misma era un bebé cuando yo nací, fue lo primero que se grabó en mi cerebro.

Siempre me he sentido más unido a Angie que a nuestra madre.

No es que culpe a nuestra querida mamá, ya estaba desbordada antes de que yo llegara al mundo, el bebé que nunca debería haber nacido.

—¿Y bien? —dice, todavía con la mano extendida.

A regañadientes, y con muchos suspiros fingidos y poniendo los ojos en blanco, le entrego mi teléfono.

—¿A cuántos les has dado? —pregunta mientras agarra mi teléfono. Ni siquiera necesito darle la contraseña porque ya la sabe. Hay muy poco de mí que ella no sepa—. Y, más importante, ¿con cuántos has hecho match?

Sonrío mientras niego con la cabeza.

—Ah, no, tú eres la experta, a ver si lo averiguas.

No le lleva mucho tiempo.

—Tres, le has dado a tres. ¿Eso es todo? Docenas te han dado a ti.

Antes de que pueda responder, ya está trasteando con mi teléfono otra vez.

—Y has hecho match con tres. Bien hecho, hermanito.

—Gracias.

Extiendo la mano para recuperar mi teléfono, pero ella se lo aprieta contra el pecho.

—Parece que el perfil en el que trabajamos ha dado resultado.

Lo que quiere decir es el perfil en el que trabajó ella, ya que yo tuve muy poco que ver.

Incluso me hizo una foto muy estudiada, me giró la cabeza en una posición de lo más antinatural para captar la luz y, en sus palabras, disimular las bolsas de los ojos.

También me hizo poner morritos. Si alguna vez conozco a alguno de estos hombres en persona, voy a tener que contorsionarme la cara y el cuello en una pose muy antinatural para que me reconozcan.

—Sí, todas esas palabras que escribiste...

Me río.

—Todas ciertas, hermanito.

No mencionamos mi fama, mi carrera ni mi riqueza, como ella la llama.

Dijo que atraería al tipo equivocado de gente.

En su lugar nos centramos en mi bondad, mi sentido del humor, mi labor solidaria, lo cual es exagerar un poco, ya que lo único que puedo alegar en ese sentido es que una vez al año dono un cuadro a una ONG diferente para que lo vendan y usen los fondos.

Fue idea de Jasper hace años, y es excelente para las relaciones públicas; él se asegura de que la organización lo publicite durante meses.

También viene muy bien a efectos fiscales, por lo visto, pero eso se lo dejo a mi contable.

—¿Me devuelves el teléfono ya, por favor?

—No, todavía no. Tenemos que examinar estos matches con calma.

—Ya lo he hecho. Gracias.

Vuelvo a extender la mano.

Niega con la cabeza y frunce el ceño, pero no me devuelve el teléfono; en vez de eso, lo desbloquea, teclea mi contraseña otra vez y abre el primer match.

—Tiene buena pinta —dice—. ¿Habéis intercambiado algún mensaje?

Me enseña su foto.

—Todavía no.

—¿Y este? —pregunta después de examinar otro.

—No.

—Y por último, ¿este? Oh, vaya. Leyendo entre líneas parece que también trabaja en el sector creativo.

—Así es.

—¿Has hablado con él?

Asiento.

—¿Y?

—Chateamos un rato y luego hablamos por teléfono.

No pienso decirle que la llamada duró horas y que en realidad se prolongó más allá de la medianoche. Ni que fue la primera de muchas.

—¿Y? ¿Cómo es? ¿A qué se dedica?

—Es fotógrafo, tiene veintitantos y parece muy majo.

—¿Vais a quedar?

—Todavía no.

—¿Piensas hacerlo?

—Creo que sí.

No estoy siendo del todo sincero: vamos a cenar el domingo por la noche. Pienso dejar a Angie en la estación de Paddington y luego seguir hasta el restaurante. Voy a ir en coche para no acabar bebiendo más de la cuenta.

—¿Sabe quién eres?

—No exactamente. Le he dicho que soy artista. Puede que haya mencionado algo de tarjetas de felicitación y esas cosas.

—Mmm.

—¿Qué?

—Bueno, supongo que es verdad, aunque una verdad del pasado.

—Tú fuiste quien me dijo que no revelara quién era o me perseguirían los cazafortunas.

Me lanza el teléfono y lo atrapo justo antes de que caiga al suelo, lo cual no habría sido bueno para el teléfono, ya que mis suelos son de terrazo y bastante duros.

—Vale, quiero un informe completo cuando quedéis. ¿Cuándo habéis quedado?

—Maña...

Maldita sea.

—Te pillé. Sabía que estabas mintiendo. Adam, eres un mentiroso.

—Cállate. ¿Querías salir esta noche?

—Sí. Claro que sí.

La cita salió bien, pero no hubo química entre nosotros. Curioso, teniendo en cuenta lo mucho que habíamos charlado por teléfono, pero en persona, nada, cero, ni una chispa. Yo estaba decepcionado pero pragmático; Angie, en cambio, estaba destrozada por mí.

Antes de dejarla en la estación habíamos acordado que me llamaría una hora después de empezar la cita, lo que coincidía con el final de su viaje, así que para entonces ya se habría bajado del tren.

Si iba bien, sería muy breve con la llamada; si no, le diría a mi cita que había surgido una emergencia y tenía que irme.

Al final, daba igual. La cosa iba bien, pero una vez que terminamos de comer, mi cita —dijo que se llamaba Paul— decidió que no había futuro para nosotros y se marchó.

Por suerte no me dejó con toda la cuenta, sino que dejó su parte sobre la mesa.

Todo fue bastante desagradable y no tengo intención de repetir la experiencia.

—No puedes dejar que una cita de mierda lo estropee todo —dice Angie el fin de semana siguiente.

—Bah, fue una idea estúpida de todos modos. ¿Quién necesita un hombre? Yo no. Soy exitoso, tengo talento, soy rico…

—Claro que sí, pero todo el mundo merece amar y que le correspondan.

—¿Y tú qué? —pregunto, en parte para desviar la atención de mí.

—¿Yo qué?

—¿Dónde está tu amante?

Ella gime.

—Ya pasé por eso, varias veces. No sé si tengo energía para conocer a alguien nuevo otra vez. Pero tú no tienes esa excusa, tienes que tirarte a la piscina e intentarlo de nuevo. El móvil —exige, extendiendo la mano.

Pasamos el resto del fin de semana deslizando perfiles hasta que consigo unos cuantos matches más. Para cuando Angie se va a casa, he contactado con mis matches originales más dos nuevos.

Voy a estar muy liado. Quizás.

Pero, al final, no salió nada de ninguno.

—No puedes rendirte sin más —dice Angie durante la comida un sábado. Estamos en uno de mis restaurantes favoritos; la comida es buena, el servicio excelente.

—Sinceramente, Angie, todo esto me ha dejado agotado, ha puesto a prueba mi paciencia y Jasper dice que sin duda ha afectado a mi trabajo. Se acabó. Si quieres hacer de casamentera, hazlo contigo misma.

—Jasper diría eso, ¿no? —Pone morritos.

Si no estuviéramos en público, le daría un bofetón.

—Bien —digo, con tono decisivo—. Ese tema está zanjado. ¿Ya has elegido? —No quiero pelearme con mi hermana por algo tan intangible. Que yo no tenga novio no es ningún problema, igual que no lo es que ella tampoco tenga. Y no es nada nuevo.

—Lástima que seamos parientes —dice, sonriendo—. Porque creo que haríamos la pareja perfecta, tú tan rico, yo tan encantadora.

La miro fijamente. A veces me pregunto qué le pasa por la cabeza.

—Aparte del incesto y de que no eres un hombre, creo que es una idea excelente —digo sin poder evitar el sarcasmo—. No necesitamos ser pareja, somos hermanos. Créeme, desde mi punto de vista, con eso me basta y me sobra.

Y eso fue todo. No volvimos a hablar del tema. Aunque no borré la aplicación del móvil y mantuve mi perfil activo, y a pesar de no darle like a nadie, sí volví a mirar de vez en cuando.

Pasó otro mes y no le di más vueltas al tema de las citas.

Estaba metido de lleno en mi trabajo, totalmente absorto en una exposición que Jasper había conseguido con poca antelación.

No paraba de estar encima de mí, comprobando que le dedicara las horas necesarias y examinando lo que producía.

Que nadie os diga que ser artista va de arte, porque no es así, va de producción, o al menos así es con Jasper pisándote los talones.

Pero ya está terminado, todo ha ido a la galería.

—Te voy a llevar a comer —declara Jasper. Se ha dejado entrar en mi piso sin avisar, se ha colado en mi estudio y me ha pillado esbozando mi próxima pieza.

—¿Qué demo…? —grito con voz aguda, casi como la de una chica.

Jasper se limita a reírse.

—Tengo que hablar con el conserje y quitarte esa llave.

—Ni lo sueñes, cariño —dice con una sonrisa—. Esto está un poco manga por hombro; ¿quieres que te eche una mano para ordenarlo?

Lo miro de reojo: va vestido con un traje de lino color crema pálido, con una especie de blusa de seda color melocotón debajo.

No podría parecer más afectado y amanerado aunque lo intentara.

Da vueltas por mi estudio, pasando por encima de trapos cubiertos de pintura en el suelo y estremeciéndose de forma exagerada cuando choca con un caballete.

Sí, es un desastre, pero he estado trabajando a tope durante semanas.

Esta exposición que ha organizado me ha estresado muchísimo; aunque, paradójicamente, trabajar bajo tanta presión me ha espoleado a producir algunas de mis mejores obras.

—No vas precisamente vestido para limpiar, ¿no? —Lo miro de arriba abajo con exageración.

Se ríe.

—Yo no, cariño, yo no. Tengo a un becario que estaría encantado de trabajar contigo… limpiando y esas cosas.

—No, gracias. Espero que le estés pagando al becario.

Me frunce el ceño.

—Por supuesto. En fin, deja toda esta porquería y vámonos a comer. ¿Te has duchado hoy?

—¿Porquería? Qué morro tienes.

Una hora más tarde estamos sentados en Bib and Tucker; recién abierto y a solo unos minutos andando de mi piso.

Es el nuevo restaurante favorito de Jasper, que me asegura que es donde lleva a todos sus mejores clientes.

Soy su mejor cliente y es la primera vez que me trae.

Me sorprende que Angie no haya descubierto este sitio todavía.

—Todos los cuadros llegaron ayer a la galería —dice, como si fuera una noticia para mí.

—Lo sé, estaba allí cuando salieron de mi estudio.

—Excelente. Gerard, el director de la galería, me llamó esta mañana completamente histérico de emoción.

—Bien. Hay algunas piezas buenas.

—Desde luego que las hay. ¿Tomamos vino? Creo que nos lo hemos ganado. —Coge la carta de vinos.

Desde luego que yo sí me lo he ganado. Estoy bastante agotado y necesito descansar y recuperarme. Quién sabe, puede que incluso retome esa aplicación de citas.

Como si me leyera el pensamiento —¿cómo iba a poder?—, Jasper dice de repente:

—¿Qué tal van las citas?

Le hago un gesto desdeñoso con la mano.

—Apenas he tenido tiempo para eso, ¿no te parece? Hasta tuve que decirle a mi hermana que no viniera los últimos fines de semana. No está muy contenta conmigo.

—Ah, la encantadora Angie, ¿cómo está?

—Enfurruñada, si quieres saberlo. Echa de menos sus fines de semana en Londres.

—Invítala a la inauguración —dice, como si fuera decisión suya si puede venir o no.

—Vaya, gracias. Puede que lo haga.

La comida es agradable y hablamos de nada en particular. La verdad es que estoy tan agotado que me habría quedado tan tranquilo tirado en casa o, más productivamente, ordenando a fondo mi estudio.

Jasper, siempre conocido por sus dramáticos aspavientos, está parloteando sobre alguien a quien tengo que conocer sí o sí —no románticamente, añade, bastante críptico— cuando cruzo la mirada con un tipo que lo está observando. Y sonriendo.

Probablemente tiene mi edad, quizá sea mayor, y tiene el pelo más rubio que he visto en mi vida, lo que me hace pensar en un vikingo, pero sus ojos son tan oscuros que me impresionan.

Quizá sea la luz de aquí. Estudio su perfil, su mandíbula.

Me encantaría pintarlo. Cuando Jasper se levanta para ir al baño, el tipo se acerca sin prisa y se detiene junto a nuestra mesa.

—Hola —dice, y espera a que yo responda.

—Eh, hola. ¿Te conozco? —Estoy algo acostumbrado a que la gente se me acerque porque soy un poco famoso, pero suele ocurrir después de un artículo en algún periódico o suplemento dominical. Nada de eso ha pasado últimamente.

—No, no me conoces. Simplemente me llamaste la atención. —Me guiña un ojo.

—Ya veo. —Es ridículo, pero noto que me sonrojo bajo su mirada.

Deja una tarjeta de visita sobre la mesa, vuelve a sonreír y se da la vuelta para marcharse.

—Llámame si te apetece.

Se marcha sin prisa y sin mirar atrás, justo cuando Jasper vuelve a dejarse caer en su asiento. Cojo la tarjeta de visita y me la meto en el bolsillo de la chaqueta.