Matar por ti Nueve
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Nueve

L a verdad es que no esperaba saber de Perry el lunes. Pero el martes por la noche ya estaba un poco... ¿qué? ¿Molesto? ¿Preocupado? El miércoles por la mañana lo llamé y le dejé un mensaje de voz. Sin presionar, solo un mensaje rápido preguntando qué tal estaba, qué tal su madre. No contestó.

Angie, en cambio, me ha escrito a diario, aunque por suerte no sobre Perry. Viene este fin de semana, me hará ilusión verla. Pensaba contarle que Perry se quedó a dormir, lo fantástico que ha sido todo entre nosotros, pero ahora ya no estoy tan seguro.

Es viernes por la mañana, temprano, bastante antes de las siete, pero estoy despierto. He estado trabajando en un encargo toda la semana y espero terminarlo hoy. Me he saltado el desayuno y estoy empezando en el estudio cuando la pantalla del móvil se ilumina con una llamada. Lo cojo de la mesa.

—Hola, Adam, perdona por no haberte cogido el teléfono —la voz de Perry suena tensa.

—No pasa nada —digo. Intento sonar despreocupado.

—¿Qué tal todo?

—Oh, ya sabes. He tenido que solucionar unas cosas de mi mamá, pero con suerte ya está todo bien. ¿Tienes planes para el fin de semana?

Dudo un momento de más.

—No te preocupes si los tienes, ya quedaremos otro día —suena desanimado.

—Bueno, mis planes no son inamovibles —aunque yo podría acabar siéndolo si vuelvo a cancelarle a Angie.

—Es que tengo que ir a Suecia otra vez esta noche y me preguntaba si querías venir. Visita relámpago, pero tengo que resolver unos asuntos de trabajo.

Por supuesto que quiero ir a Suecia. Es un sitio donde nunca he estado; todas mis vacaciones, y han sido muchas, han sido a los típicos destinos cálidos: Barbados, Seychelles, Mauricio.

—¿Qué tiempo hace allí? —pregunto.

—En esta época del año, un poco más frío que aquí —se ríe—. No es el Polo Norte, por ahora.

—Me encantaría ir.

Solo tengo que aplazar lo de Angie.

Organizamos los detalles y dejo la pintura un rato para preparar el equipaje; me dice que lleve solo una maleta de mano para no tener que esperar a recoger el equipaje.

Le mando una foto de mi pasaporte para que pueda reservar mi billete.

Si lo dejo todo preparado ahora, puedo terminar mi trabajo sin estar pendiente del reloj, aunque tengo que estar en el aeropuerto a las cinco.

A media tarde la pintura está terminada y llamo a Jasper para decírselo.

También le cuento que me voy fuera el fin de semana.

Se muestra intrigado y me hace preguntas, pero respondo con evasivas.

No quiero que Jasper vaya contando lo mío con Perry a todo el mundo, aunque, por supuesto, gracias a Angie, sabe que Perry existe.

—Enviaré a alguien a recoger el cuadro mañana. Menos mal que tengo llave —casi puedo oírlo poniendo los ojos en blanco—. Tenemos que enviarlo hasta Escocia, lo quieren a principios de la semana que viene —se ríe como si Escocia estuviera en el otro extremo del mundo.

—¿A qué parte?

—Glasgow. Te has acordado de firmarlo, ¿verdad? Ya te conocemos.

—Sí —digo mientras me acerco al cuadro para comprobarlo—. Esquina inferior derecha.

—Excelente. Mándame una foto, para asegurarme de que recogen el correcto.

—Estarás con ellos, espero.

—Por supuesto, querido, por supuesto. Que pases un fin de semana estupendo —cuelga y me pregunto si me está diciendo la verdad.

Espero que no vaya a darle la llave a una empresa de mensajería. Le diría algo al conserje, Martin, pero rara vez trabaja los fines de semana; estará uno de esos chicos de la agencia.

Tengo una hora antes de irme, así que, por mucho que lo haya retrasado, tengo que llamar a Angie.

No contesta y salta el buzón de voz; le dejo un mensaje para que me llame urgentemente.

Estoy en el taxi de camino al aeropuerto cuando me devuelve la llamada.

—¿Qué es tan urgente? —pregunta con tono irritado, casi en un susurro.

—¿Por qué susurras?

—Porque no les gusta que hagamos llamadas personales en horario de trabajo, así que estoy escondida en los baños. ¿Qué pasa?

—Ha surgido algo de última hora, no voy a estar este fin de semana —ya está, lo he dicho.

—¿Qué ha surgido?

—Un viaje a Suecia —espero con los dientes apretados, pero hay un largo silencio al otro lado del teléfono. Luego oigo tirar de la cadena.

—Perdona, entró alguien pero ya se ha ido.

—Qué rápido.

—La limpiadora, creo, que venía a comprobar el jabón y las toallas de papel, y a tirar de la cadena donde otros no se molestan.

—Puaj.

—Da igual eso, cuéntame lo de Suecia. Supongo que vas con Perry.

—Así es.

—¿Vas a conocer a su familia? Y él ni siquiera ha conocido a ninguno de los tuyos, especialmente a mí, que estamos en este país, prácticamente a la vuelta de la esquina, y a veces hasta en tu piso.

—No sé si voy a conocer a su familia —al menos no ha dicho nada que me haga pensar que sí—. Va por negocios.

—Vale. Bueno, pásalo genial. ¿Y yo qué?

—Es que no puedes venir con nosotros.

—Lo sé. Pero pensaba ir mañana.

—Podrías venir de todos modos. Vendría bien, porque Jasper tiene que recoger un cuadro, pero creo que al final enviará a un mensajero.

—Ah, ya veo, solo me quieres allí para hacer de recadera.

—No, qué va. Lo que quiero decir es…

Me interrumpe con una carcajada.

—Lo sé —dice, bajando la voz de nuevo—. Sí, vale. Y así no tendrás que reembolsarme el billete de tren, que ya lo tengo comprado.

Menuda caradura.

—Todos salimos ganando —digo—. Tengo que dejarte, estoy llegando al aeropuerto. Hablamos pronto. No te olvides la llave, que siempre se te olvida. Nos vemos el fin de semana que viene.

—Sí, sí. Saca fotos —dice mientras cuelgo.

Perry me está esperando cuando bajo del taxi. Me saluda con la mano y sonríe mientras viene hacia mí a paso rápido. Nos abrazamos con torpeza, por mi culpa.

—Vamos —dice—. ¿Llevas el pasaporte? Sacamos las tarjetas de embarque en la máquina y vamos directos a la sala de espera.

Echamos a andar a toda prisa, con las maletas de ruedas traqueteando detrás. Cuando quiere, Perry puede moverse muy rápido.

—¿Tenemos prisa? —pregunto al llegar al control de seguridad.

—No mucha —sonríe—. Perdona, ¿te ha costado seguirme el ritmo?

—No. Es que me preguntaba si llegábamos tarde.

—Qué va, min kärlek . Nos piden los pasaportes —me indica con un gesto—. Tú primero.

Me alivia que volemos en clase business. Siempre vuelo en business o superior porque puedo permitírmelo, pero esta vez no he pagado yo el billete, lo ha pagado Perry.

—¿Cuánto te debo? —le susurro al oído cuando ya estamos sentados.

—¿Por qué?

—El vuelo.

—Ah, nada. Invito yo —me coge la mano y sonríe mientras el avión empieza a rodar hacia la pista. Se le ha quedado la cara bastante pálida—. Por mucho que vuele, sigo odiando el despegue —me aprieta la mano y yo se la aprieto a él.

Hace varios ejercicios de respiración mientras el avión asciende y empiezo a preguntarme si se cree que está de parto. No puedo evitar sonreír.

—¿De qué te ríes? —jadea entre respiración y respiración.

—De nada, de nada.

—Te parezco melodramático.

—Puede ser —ahora me siento mal.

—Una vez estuve en un accidente de avión.

Ahora me siento fatal por haberme reído.

—Lo siento mucho, está claro que no fue mortal —me sale frívolo, aunque no era mi intención.

—Para mí no —dice con una mueca.

Por fin el avión se estabiliza y Perry me suelta la mano. Sin pensar, la sacudo un poco para que vuelva a circular la sangre.

—Perdona —dice.

—No pasa nada. Lo entiendo. ¿Qué pasó?

—No puedo hablar de ello. Estrés postraumático —murmura, desviando la mirada.

Supongo que eso le pasaría a cualquiera: estar en un accidente de avión, sobrevivir cuando otros no lo consiguieron.

—Pidamos champán —dice cuando pasa el auxiliar de vuelo—. Brindemos por lo nuestro, por haber despegado sin problemas, y recemos por aterrizar igual de bien.

El auxiliar arquea una ceja antes de abrir el champán y servirnos una copa a cada uno.

—No comamos en el avión, quiero llevarte a uno de mis restaurantes favoritos.

Para cuando aterrizamos en Estocolmo, los dos estamos muertos de hambre y lo primero que hacemos al salir del aeropuerto es coger un taxi e ir al restaurante.

El que ha elegido tiene vistas panorámicas del lago Mälaren y del centro de Estocolmo.

Nos sentamos fuera. Es encantador, aunque tengamos que meter las maletas debajo de la mesa para que la gente no tropiece con ellas.

Perry me pasa la carta y espera mientras intento descifrarla. Sonríe al verme fruncir el ceño.

—¿Qué es esto? —pregunto, señalando el primer plato.

—Bueno, es como un pescado envuelto… —sonríe—. Oye, deja que elija yo por ti.

—Mmm… —no lo tengo claro.

—Sí, sé lo que te gusta. Déjalo en mis manos —sonríe, llama a la camarera y, tras una breve conversación con ella, le devuelve las cartas.

Minutos después nos traen dos botellas de cerveza.

—Por mi querido Adam, min kärlek —dice, chocando su botella con la mía.

—Por nosotros —esto es muy romántico, sentados al fresco de la noche, bebiendo cerveza en Estocolmo—. Está buena.

— Omnipollo Nebuchadnezzar —dice, paladeando las palabras antes de echarse a reír—. La cerveza más famosa de Suecia. Empezó siendo cerveza casera y se hizo tan popular… —sonríe—. Ah, y es fuerte.

—Sí, ya noto cómo me sube. Menos mal que vamos a comer pronto —la cerveza, encima del champán, es una combinación bastante embriagadora.

Cuando llega la comida, me alivia ver que ha elegido bien para mí: nada de arenque en escabeche raro ni de esas cosas que imagino que comen los de Suecia.

Solo buena carne roja con una salsa espesa.

Charlamos sobre la comida, sobre Estocolmo, sobre lo contentos que estamos los dos de que haya podido venir con tan poca antelación.

Solo siento una pequeña punzada de culpa por haber dado largas a Angie, pero, como le aseguré, habrá muchos otros fines de semana.

Después de comer, cogemos otro taxi.

Me decepciono un poco cuando paramos frente a un hotel, aunque sea muy lujoso. Perry me ve la cara.

—¿Qué pasa?

—Nada. De verdad, nada.

—Si no te gusta el hotel, podemos buscar otro.

—No, no, parece muy elegante.

Entonces sonríe.

—Lo es. Siempre me alojo aquí cuando vengo a la ciudad.

—Supongo que en el fondo esperaba que nos quedáramos con tu familia.

Ya está, lo he dicho. Eso pasa con el alcohol de más: te suelta la lengua.

—Ah, ya veo. No, no. Mi familia no vive en la ciudad, viven a kilómetros, en la costa.

No nos dará tiempo a ir este fin de semana, pero en otra ocasión tenemos que visitarlos y quedarnos con ellos.

Tienen espacio de sobra. La verdad es que es un lugar que se disfruta mejor en pleno verano, cuando las noches son cortas y los días muy, muy largos.

Se ríe entre dientes mientras habla con la recepcionista, que nos registra y llama a un botones para que nos acompañe a la habitación. Resulta ser una suite bastante suntuosa. ¿Sería echar sal en la herida enviarle una foto a Angie?

Al poco rato estamos acurrucados en la enorme cama y Perry me susurra palabras dulces al oído.

Por la mañana se pone traje y corbata.

—Qué formal —digo, mientras acerca el carrito del desayuno que acaban de traer.

—Lo sé. Lo siento. Tengo una reunión de negocios esta mañana. Es una empresa pequeña, pero el dueño es mayor y muy tradicional. Espera que le muestren respeto, y para él esto es respeto.

—Entiendo. ¿Cuánto tardarás?

—Debería volver para el almuerzo. Si quieres salir sin mí, pide en recepción un mapa y que te indiquen cómo llegar a los sitios. O puedes esperarme y darte un baño en el jacuzzi. Puedo poner el cartel de no molestar en la puerta al salir.

—Vale.

—Y luego tengo una sorpresa para ti. O eso espero.

Empieza a desayunar deprisa.

—¿Qué es?

—Ah, entonces no sería una sorpresa, ¿no? ¿Ja?

Cuando se va, cojo el mando de la tele y voy cambiando de canal, pero como no hablo sueco no tiene mucho sentido, así que me doy el baño en el jacuzzi y a mediodía ya estoy muerto de aburrimiento en esta preciosa habitación.

A la una sigue sin aparecer Perry, así que le mando un mensaje.

No contesta. A las dos empiezo a preocuparme de que le haya pasado algo y le mando otro, esta vez bastante frenético.

A las dos y media entra de golpe, colorado y sin aliento.

—¿Estás bien?

—Sí, perdona. Se ha alargado más de lo que pensaba, pero ha merecido la pena. Me cambio y nos vamos a por la sorpresa.