Dos
Y aquí estamos, de vuelta en la casa familiar.
—Rue —digo, forzando una sonrisa mientras ella parpadea para contener unos lagrimones—. ¿Cómo estás?
Asiento.
Gray me rodea la cintura con el brazo y me atrae hacia él, intentando alejarme de Rue.
Me lo quito de encima.
—¿Conociste alguna vez a Perry? —le pregunto—. ¿Está aquí?
Niega con la cabeza.
—No sé. Nunca lo conocí en persona. ¿Dónde está el baño?
Le señalo la dirección de su próxima raya de coca y me acerco a Brent.
—¿Conociste alguna vez a Perry?
—No —dice Brent—. El cabrón. Debería estar aquí, ¿no? ¿No estaban prometidos? Pero no está, ¿verdad? Conozco a todos los que están aquí, ¿no? Incluso a tu familia, y no hay ningún Perry.
—Vale. De acuerdo. —A saber, Perry podría estar paseándose por ahí sirviéndose del catering y bebiendo el vino que mis padres han puesto, porque nadie parece haberlo conocido.
O podría estar en el baño esnifando coca con Rue, aunque Rue no lo sabría, porque tiene el cerebro tan frito que probablemente ni se daría cuenta.
Gray vuelve a rodearme con el brazo y me aleja de Brent; esta vez no me opongo.
—Un poco raro que no esté aquí, ¿no? —dice Gray.
Me encojo de hombros.
Al otro lado de la habitación, apoyado contra los ventanales, Jasper me cruza la mirada.
Levanta una mano en un saludo débil, luego vuelve a mirar hacia fuera, copa en mano.
Fue Jasper quien estaba con Adam cuando ocurrió.
Jasper está destrozado por lo de Adam, en muchos sentidos.
Adam era su mejor cliente, eran íntimos amigos, identificó el cuerpo —algo que todos le agradecemos—. Estaba un poco enamorado de Adam.
—Hola, Angie —dice Grace—. Y tú debes de ser el misterioso Gray.
Extiende una mano por delante de mí para estrechar la de Gray.
Él asiente y sonríe, le acaricia la mano y la conquista al instante.
Grace es la esposa de George, la madre de sus tres hijas. Las cuatro mujeres de esa familia son altas, rubias, esbeltas y guapas.
Gray se va a buscarnos bebidas, idea de Grace.
— Es un encanto —dice, inclinándose hacia mí—. Lo tenías bien escondido.
—En realidad no. No hace mucho que lo conozco.
—Entonces es todo un detalle que haya venido hoy —asiente con aprobación—. Es encantador y está muy bueno. Deberías agarrarte a él.
Tiene razón, debería. Está muy bueno. Es alto, tiene el pelo oscuro y bien peinado, incluida la barba perfectamente recortada, modales perfectos, dientes aún más perfectos, siempre dice lo que hay que decir en el momento adecuado aunque yo no quiera oírlo.
Físicamente, es casi perfecto, solo tiene esa pequeña cosa: cuando está muy cansado, el ojo izquierdo se le va por su cuenta.
Es esa pequeña imperfección la que lo hace perfecto.
Quizá no deje a Gray cuando todo esto termine.
—¿Conociste alguna vez a Perry? —pregunto. Sé que es muy improbable.
—¿Quién? —dice, frunciendo su bonita cara—. Nunca te he oído mencionar a ningún Perry, ¿cuándo fue tu novio?
Típico de Grace, siempre anda en las nubes. Adam lo mencionó un montón de veces en la fiesta de cumpleaños de mamá.
Niego lentamente con la cabeza justo cuando Gray vuelve, lo que Grace interpreta como reticencia a hablar de un ex delante del novio actual.
—Entonces, ¿cuánto tiempo lleváis juntos? —Grace dirige la pregunta a Gray.
—Mmm, casi dos meses ya, ¿verdad, Angie?
—Es cauteloso porque nos conocimos por internet y le he dicho que no se lo cuente a mi familia.
Nos vimos en persona por primera vez apenas una semana antes de que Adam muriera.
Quizá por eso Gray me irrita un poco, porque asocio su llegada con la muerte de Adam.
Irónicamente, fue por Adam que volví a las citas online, porque ya no tenía tiempo para mí, porque estaba totalmente absorto en Perry.
—Sí —digo, dando un buen trago a mi copa. Nos ha traído vino tinto y me baja por la garganta como un jarabe asqueroso. No me gusta nada el vino tinto, nunca lo bebo, pero hoy haré una excepción.
Grace da un sorbito al suyo y lo deja sobre una mesa. Ella no va a hacer ninguna excepción.
Me bebo el resto de la copa de un trago.
—¿Alguien quiere otra? —pregunto, pero Grace y Gray están de repente enfrascados en una conversación sobre los precios de los pisos de la zona, así que me alejo y ni se dan cuenta.
—¿Cuándo vas a ir a casa de Adam? —La voz de George suena justo detrás de mí.
Me doy la vuelta para mirarlo, con la copa recién llena en la mano.
—Oye, ve con cuidado con eso, no queremos que se repita lo de la semana pasada, ¿verdad?
—Oh, cállate —digo, y doy un buen trago de vino, blanco ahora.
Sé que le molesta, a mi hermano mayor; se ha vuelto un puritano insufrible.
Antes le encantaba tomarse una copa o dos, o tres o cuatro o más de vino, pero tuvo que dejarlo por motivos de salud.
Ahora es un abstemio insoportable y encima un pesado con el tema—.
Esta es solo mi segunda, aunque no sé por qué me estoy justificando ante ti.
En respuesta, hace esa cosa con las cejas: las levanta, luego baja la cabeza y te mira desde arriba. Todos mis hermanos lo hacen, incluso Adam. Supongo que lo sacaron de papá.
—Para ya —murmuro. Pero sé por qué me está advirtiendo.
No puede con tanta emoción. La verdad es que yo tampoco.
Se suponía que iba a ser una cena familiar civilizada, de adultos.
Solo mamá, papá, los hermanos con sus esposas, y yo.
Era la primera vez, no, la única vez, que estábamos todos juntos, solo nosotros.
Íbamos a honrar a Adam, celebrar su vida en privado sin el público que habría en el funeral.
Así que bebí demasiado, lloré, los acusé a todos de no entenderlo, de no apreciarlo, de no tener entre todos ni una pizca de creatividad...
Bueno, ya te imaginas. Estaba histérica cuando George me sacó de la mesa y me llevó a su coche.
Y me quedé dormida antes de llegar a casa.
Apenas recuerdo que me ayudaran a acostarme.
Quizás George tenga razón, no queremos que se repita aquello.
—Entonces —dice, volviendo a su pregunta original—, ¿cuándo vas a ir a casa de Adam?
—El lunes, probablemente.
—¿Gray va contigo?
—No. —Niego con la cabeza como si fuera una pregunta absurda. No es que Gray no se haya ofrecido, lo ha hecho, demasiadas veces.
—¿Sola?
—Sí. —Le doy otro trago al vino.
—¿Quieres que vaya yo?
—No, no hace falta. Pienso quedarme hasta terminar. Una semana o dos, quizás.
—¿Y tu trabajo?
Me encojo de hombros.
—Me he cogido la baja por depresión.
—Oh. —Pone esa cara, la de estar juzgándome.
—¿Qué? Estoy deprimida. Ninguno de vosotros entiende lo unidos que estábamos Adam y yo, lo mucho que duele.
George me mira con cara inexpresiva, lo que creo que me da la razón. Luego dice:
—También era mi hermano.
—Lo siento.
—La oferta sigue en pie. Si quieres ayuda, solo tienes que pedirla.
Puedo ir algún día suelto. Y todos sabemos perfectamente lo unidos que estabais, por eso te lo dejó todo.
—No sé muy bien qué piensan todos de eso.
Adam hizo testamento hace unos diez años, nunca lo actualizó, nunca lo cambió.
Depositado con mis hermanos todo este tiempo, es asombrosamente simple: todo para mí.
Todo. No era ni de lejos tan famoso ni tan exitoso cuando lo hizo como llegó a serlo.
—Gracias. —Me inclino y lo abrazo, a mi hermano mayor.
—Tendrás que ver a su contable para revisar las finanzas. Hablé brevemente con él, hay irregularidades, pero seguro que las resuelves —dice, sin soltarme todavía.
—Vale.
—Ah, George, te estaba buscando. —La voz de Grace interrumpe nuestro largo abrazo.
Me aparto y le sonrío. Gray, justo detrás de Grace, me devuelve la sonrisa.
—Le estaba ofreciendo ayuda a Angie... con la casa de Adam. Va el lunes.
—Ya veo. Bueno, que sepas que no puede quedarse a dormir. Tiene demasiados compromisos en casa.
Sin que Grace lo vea, George pone los ojos en blanco y me río.
—Yo me he ofrecido a ir, ¿no? —La voz de Gray suena quejumbrosa—. Muchas veces.
Le repito la misma respuesta de siempre:
—Necesito hacer esto sola, y tú ni siquiera llegaste a conocer a Adam. No estaría bien.
Gray se encoge ligeramente de hombros y aparta la mirada. Está molesto, pero no puedo evitarlo. Es otra de sus virtudes: es generoso y siempre dispuesto a ayudar a quien sea con lo que sea.
—Necesito hacer esto sola —repito. Me doy la vuelta, me relleno la copa y me voy en busca de comida. Si voy a beber, y parece que sí, al menos debería intentar asentar el estómago.
—¡Angie! —grita Rue cuando encuentro un plato limpio y empiezo a servirme del bufé. Se me pega demasiado.
—Hola. —Me estiro esquivándola para coger ensalada, aunque lo que de verdad necesito es pan.
—¿Ya has encontrado a Perry?
Me quedo paralizada, con el tenedor en el aire.
—¿Está aquí?
—No lo sé, nunca lo he conocido. —Se ríe y la risa se convierte en un resoplido, que es precisamente lo que ha estado haciendo. Espero que lo haya limpiado y que mamá no se coloque cuando limpie el baño mañana.
Me dan ganas de pincharla con el tenedor, pero sospecho que no lo sentiría.
La dejo cacareando sola y deambulo por la habitación. Sonrío a mamá y papá, que están junto al fregadero, solos y perdidos en su propia casa. Por la cara de mamá sé que quiere que todo el mundo se vaya ya. Es cuestión de tiempo que nos mande a mí y a mis cuñadas a recoger la comida y las copas.
—¿Qué tal? —dice Henry cuando me lo encuentro. Mira a su mujer, Jen—. Mamá y papá ya no pueden más, están agotados. Jen y Grace van a empezar a recoger la comida enseguida, yo me encargo de las copas.
Las esposas están tan bien adiestradas, tan familiarizadas con los matices de mi madre, que ni siquiera hace falta decírselo.
Gray nos lleva a casa. Nos hemos escabullido antes de terminar de recoger, antes de lavar las copas y guardarlas en las cajas para que se las lleven, antes de meter los platos en el lavavajillas, antes de tirar las sobras a las bolsas de basura.
Nos hemos escabullido antes de que me dé un ataque.
Nunca encontré ese pan para que me bajara el vino, así que bebí más.
—Ha ido bien —dice Gray.
¿Lo dice en serio?
—¿El qué?
—El día —me echa un vistazo, los nudillos blancos de apretar el volante. Al menos sabe que ha metido la pata—. Dadas las circunstancias. Dentro de lo que cabe en estos días.
Ahora está rectificando. Demasiado tarde.
¿Debería dejarlo pasar? ¿Olvidarlo?
—Mmm —me giro y miro por la ventana. Miro al vacío, a nada en absoluto. No consigo concentrarme. Quizás Gray y yo deberíamos terminar ahora. Hoy.
Cuando llegamos a casa me ayuda a entrar como si fuera una anciana frágil.
Me quito el abrigo y él lo recoge enseguida, lo cuelga junto al suyo.
Desde la muerte de Adam, Gray ha pasado tanto tiempo aquí que prácticamente se ha mudado.
Fue una mudanza sigilosa por su parte que apenas noté.
Pero me ha venido bien, alguien que me abrace cuando todo se me hace demasiado.
Tiene algo de ropa y cosas de aseo aquí.
El otro día lo pillé —¿es esa la expresión correcta?
— metiendo la ropa de los dos en la lavadora.
Me pareció extraño, casi obsceno pensar en su ropa mezclándose con la mía en el agua jabonosa.
Aunque claro, lleva durmiendo en mi cama. Y algo más.
Volvió hace poco al Reino Unido, vivía en Dubái, ¿o era Abu Dabi? No lo sé. Cuando lo conocí en persona tenía bastante bronceado, pero ya se le ha ido desde que volvió a este sombrío Reino Unido. Bromea con que se dejó crecer la barba por el frío.
Tiene una casa alquilada, pero dice que pronto se comprará una.
Aunque no le he dado llave de mi piso. Es demasiado pronto para eso.
—Siéntate, voy a preparar té —dice mientras me acompaña al sofá—. ¿Has comido algo? ¿Quieres un sándwich?
Asiento sin entusiasmo. Quién sabe, puede que hasta me lo coma.
Desaparece en mi cocina. Apenas hace ruido; agradezco que no sea de los que arman estrépito.
Vuelve con un sándwich de queso y pepinillos hecho con pan que compró ayer en la panadería artesanal de al lado.
Al principio, Gray solía aparecer con bollería y café, panecillos frescos, incluso una tarta una vez que dijo que celebrábamos nuestro aniversario de un mes desde que nos conocimos por internet .
Recuerdo lo bien que me sentaba cuando hacía eso.
—Todavía podría pedirme el día libre y venir el lunes —dice, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Qué? —por un momento, no entiendo.
—Podría ir contigo. A casa de Adam.
—No, gracias. Necesito hacer esto sola.
Y ahora, no lo menciones más.
No sé qué siento: agradecida de que esté aquí, deseando que no estuviera.