Matar por ti Uno
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Matar por ti

Matar por ti

Por CJ Morrow

© inepub.com

Uno

ANGIE

M i hermano, ¿qué puedo decir de él? El hombre con más talento que he conocido en mi vida. Y el más divertido y el más amable. Y listo.

Adam tuvo talento desde el principio, probablemente incluso antes de salir rojo y furioso del vientre de nuestra madre. Seguramente ya lo tenía desde la concepción. El bebé que nunca debería haber nacido.

Yo era la cuarta hija de nuestros padres; antes que yo vinieron tres chicos bulliciosos que campaban por la casa causando el caos y la destrucción que solo tres chicos pueden causar.

Son George, Henry y William; entre William, el menor de mis hermanos mayores, y yo hay cinco años de diferencia.

Entre George y William también hay cinco años, y encajado perfectamente entre ellos está Henry.

Nuestros padres siempre pensaron quedarse en tres, pero mi madre quería una niña y convenció a mi padre, algo reacio, de intentarlo otra vez.

A menudo me pregunto cuántos intentos más habría hecho si solo hubiera tenido chicos, pero afortunadamente, yo fui niña.

Y del tipo perfecto, además: rubia, de ojos azules, con la piel sonrosada.

Me pusieron Angelique porque parecía angelical.

Prefiero Angie, que pega más con mi pelo, ahora oscuro; es curioso cómo cambian las cosas.

No había planes para más hijos después de mí, ninguno en absoluto.

Adam llegó dos semanas antes de tiempo y apenas once meses después de mí. Mi madre se quedó en el hospital un poco más después de tenerlo para hacerse la ligadura de trompas . No iba a arriesgarse a otra sorpresa. Cinco hijos eran más que suficientes, muchas gracias.

Por la poca diferencia de edad, Adam y yo estábamos muy unidos.

Yo era tan pequeña cuando él nació que no recuerdo una época sin él.

Por esa diferencia y por cuándo caían nuestros cumpleaños, empezamos el colegio juntos y estuvimos en el mismo curso.

Mis padres insistieron, sobre todo porque Adam y yo lo exigimos, en que estuviéramos en la misma clase y empezáramos a la vez, algo que al colegio no le hacía gracia, pero si conoces a mi madre, sabrás que discutir con ella es inútil.

Éramos lo que algunos llamaban mellizos irlandeses, nacidos con menos de un año de diferencia.

Un término que nos desconcertaba porque, incluso con cuatro y cinco años, sabíamos que no éramos irlandeses, sabíamos que no éramos mellizos.

No es que importara; la gente podía llamarnos como quisiera, no nos importaba lo que pensaran de nuestra relación, ni siquiera entonces.

Desde el principio Adam fue el listo; a pesar de ser más pequeño, aprendió a leer primero, podía sostener un lápiz, luego un bolígrafo, luego un pincel casi en cuanto pudo sentarse. Los números se le daban con facilidad; contar hasta cien era su gracia incluso antes de empezar el colegio.

Su talento fue prodigioso desde el principio; mientras el resto de la clase dibujaba monigotes, él dibujaba rasgos faciales, claros y reconocibles. Una profesora usó una vez la palabra genio para describirlo, aunque nunca conmigo.

Pasamos juntos la primaria, y aunque yo tenía mis propias amigas, chicas como yo, él nunca encontró su grupo y siempre estaba encantado de pasar el rato conmigo y mis amigas. También era popular entre ellas, posiblemente más que yo. A veces, aunque lo quería, mi hermano pequeño no me caía bien.

En el instituto, aunque seguíamos en el mismo grupo de tutoría, estábamos en grupos distintos para las asignaturas.

Él se las apañaba sin problemas en matemáticas y luego pasaba el tiempo explicándome ecuaciones y probabilidad, cuando ambos sabíamos que debería haber sido al revés, siendo yo la mayor.

Pero en serio, nunca importó. Estábamos muy unidos.

Uña y carne, solía decir nuestra madre. Nos cubríamos las espaldas.

Mentíamos el uno por el otro. Solíamos decir que moriríamos el uno por el otro, pero eso fue durante los dramáticos años de la adolescencia, cuando las hormonas nos dominaban.

Para cuando hicimos los GCSE, Adam ya había vendido un cuadro.

Es verdad que fue a su profesora de arte, pero ella le pagó dinero de verdad, una inversión astuta, como se demostró después.

Para cuando estábamos en el college, había vendido varios más e IKEA lo había contactado para producir obras para vender en sus tiendas.

A raíz de eso, Next le propuso diseñar tarjetas de felicitación, y enseguida le siguieron otras empresas.

¿Ves? Apuesto a que tienes una en casa, o has recibido alguna de sus tarjetas de cumpleaños.

A los dieciocho años ya tenía ingresos fijos gracias a su arte y acababa de aprobar los A levels. Hacía que todo pareciera facilísimo.

¿Estaba celosa de él? No, casi siempre disfrutaba de su fama por asociación. Yo era la hermana de Adam; todo el mundo quería ser mi amigo para poder acercarse a él. Era divertido.

Los dos quedamos destrozados con la separación cuando él se fue a la escuela de arte en Londres.

Yo no podía ir con él; no tenía talento para el arte, obviamente.

Me matriculé en un curso de marketing en la zona, pero pasaba casi todos los fines de semana en Londres con Adam.

Como ya tenía unos ingresos estables y crecientes, nunca tuvo que cargar con un préstamo estudiantil y pudo permitirse un piso encantador, aunque modesto, cerca de la escuela de arte; nada de apretujarse en lúgubres residencias de estudiantes.

Quizá ese fue el error: no pasar estrecheces con los demás significaba que estaba apartado, solo.

Dicho esto, siempre fue popular entre sus compañeros, pero nunca se relacionó realmente con ellos fuera de clase.

Y, por supuesto, ya tenía a Jasper para entonces.

Aquellos fueron los días, nuestros días de vino y rosas, como él los llamaba. Tuve que buscarlo en el diccionario después de que lo dijera; no quería mostrar mi ignorancia, ni siquiera entonces, preguntándoselo a él. No se habría reído de mí, pero me habría dado vergüenza.

Era difícil estar a su altura, la de mi hermano, Adam Hames RA.

Mis padres entran juntos, avanzan arrastrando los pies hasta los asientos delanteros.

Dios, qué viejos parecen. Y grises. Tienen la cara pálida, cérea.

Supongo que son viejos; nuestra madre cumplió setenta hace unos meses, esa fue la última vez que vimos a Adam.

Nuestro padre es cinco años mayor que ella, pero hoy parecen más viejos aún.

El negro no les sienta bien, a ninguno de los dos.

Creo que a mí me sienta bien, pero a ellos desde luego que no. ¿Será cosa de la edad?

Le sonrío, bueno, levanto las comisuras de la boca, más bien una mueca, en realidad, y ella me mira sin verme. Pero papá sí me ve y asiente. Las bolsas bajo sus ojos son cada vez más grandes. Se ha cortado el pelo, seguramente para hoy.

Todavía trabaja, mi padre, aunque ha reducido las horas al mínimo.

Trabaja con mis hermanos, los tres, en el bufete familiar de abogados.

Me ofrecieron un trabajo allí una vez, cuando terminé el curso de marketing.

Lo rechacé; no quería ser recepcionista.

A veces me pregunto si no fui tonta, porque me habrían pagado más que en mi trabajo actual de asistente de marketing, o en cualquiera de los anteriores, sospecho.

Gray me pone la mano sobre la mía y la aprieta.

Se lo aprieto y luego lo suelto. Déjame en paz.

Es un detalle que esté aquí, la verdad; ha venido solo para apoyarme, ni siquiera conoce a Adam.

Le dije que no hacía falta que viniera. Le di permiso para quedarse en casa.

Al fin y al cabo, llevamos poco tiempo juntos.

Nadie le reprocharía su ausencia, pero insistió.

Ahora me irrita con esa cara de compasión y sus palabras de consuelo en voz baja.

—¿Estás bien? —pregunta, casi en un susurro.

Asiento. Claro que no estoy bien. ¿Cómo voy a estar bien? Nunca. Jamás.

El lugar está lleno. Nuestro lado rebosa de familia: mis padres, Gray y yo, las familias de mis hermanos mayores, tías, tíos, primos.

Somos una familia numerosa y hoy están todos aquí.

Reconozco a todo el mundo, esas caras tan conocidas.

A todos, porque hace nada estuvimos juntos en la gran fiesta de cumpleaños de mamá.

Al otro lado, muchas caras me resultan conocidas.

Ahí está Rue, hoy con el pelo de un morado intenso, los ojos enrojecidos, aunque eso no es raro en Rue con toda la coca que esnifa.

Ahí está Brent, con un traje de tartán; vale, es oscuro, verde y negro, pero sigue siendo tartán, me parece una falta de respeto.

Brent ahora está completamente calvo; la última vez que lo vi aún llevaba ese look de monje con un extraño peinado hacia delante, engominado para simular un flequillo.

Por lo visto ha desistido, decisión acertada.

Distingo el tupé gris de Jasper y, al inclinarme, le veo bien la cara: ha desaparecido esa perilla rara que llevaba la última vez.

Dios, ha envejecido muchísimo últimamente y parece haberse echado un novio que es su viva imagen.

Están Mel y Zoe y Bill y Joe. Y muchos más a los que conozco a medias, caras familiares, nombres que no me vienen.

Recorro las filas con la mirada buscándolo a él , al escurridizo Perry.

En realidad no sé qué aspecto tiene, nunca lo he conocido en persona, pero creo que lo reconoceré si lo veo.

¿Será verdad? Es guapísimo, así lo describía siempre Adam.

Y alto. Y muy rubio, eso lo sé porque una vez le vi la nuca durante una videollamada de Facetime .

También le vi la cara, pero para entonces se había alejado tanto que salía borrosa.

Me saludó con la mano porque Adam se lo pidió.

La verdad es que no espero que aparezca, pero nunca se sabe con la gente.

—¿Alguna señal de Perry? —pregunta Gray, como si me leyera el pensamiento.

Me encojo de hombros. No puedo hablar. Tengo que mantenerme entera hoy.

Empieza la música, sombría, no es lo que Adam habría elegido, seguro. Pero él no eligió, ¿verdad? Lo hizo mamá. Y la música refleja la tristeza de ella, no las ganas de vivir de él.

Algunas personas se vuelven hacia las puertas. Yo no puedo. Gray se inclina sobre mí y mira hacia allí. Lo aparto sacudiendo los hombros.

Creo que voy a dejar a Gray cuando esto acabe.

Avanzan por el pasillo... ¿se dice pasillo en un crematorio?

Supongo que sí. El ataúd es elegante y negro, debe de haber costado una fortuna, pero Adam podía permitírselo, y él lo pagará, aunque no por adelantado: saldrá de su herencia.

No tenía edad para contratar un plan funerario anticipado como hizo nuestra abuela, igual que yo tampoco la tengo.

Según la funeraria, ella tuvo el funeral que siempre quiso. Vete tú a saber qué significa eso.

George, Henry y William, junto con tres empleados de la funeraria, portan el ataúd.

Mis hermanos insistieron, aunque el director de la funeraria sugirió, es más, prefería, llevarlo en un carrito.

Yo insistí en que también quería cargarlo, pero con mi metro cincuenta y siete no era práctico; mis hermanos miden más de metro ochenta, igual que Adam.

Imaginadme corriendo con las manos en alto intentando sujetarme.

La imagen me hace gracia y se me escapa un resoplido que Gray malinterpreta, así que vuelve a buscarme la mano. La aparto.

No soporto pensar en Adam dentro de ese ataúd.

Su pelo rubio y rizado sobre la almohada, sus manos de artista cruzadas sobre el pecho.

Me pregunto si lograron quitarle toda la pintura de debajo de las uñas.

¿Lo intentaron siquiera? Nunca lo sabré.

Nos desaconsejaron visitar su cuerpo en la capilla ardiente: demasiados daños, dijeron.

Menos mal; sé cómo era, cómo debería seguir siendo, esa es la imagen que quiero conservar, no el aspecto que probablemente tiene ahora. Destrozado.

Respiro hondo y suelto el aire despacio. No puedo soportarlo.

Gray se remueve, se acerca un milímetro, y yo me aparto con un escalofrío.

La música fúnebre continúa, la procesión pasa junto a nosotros. George, mi hermano mayor, que ya ronda los cuarenta y siete, hace una mueca al pasar. Tiene una lesión de espalda crónica y el peso del ataúd no le puede estar sentando nada bien. Lo veo tragar saliva mientras avanza.

Por fin llegan al pedestal, el que está frente a la cortinilla que se abrirá antes de que las entrañas del lugar se traguen a mi querido hermanito.

Mis hermanos mayores ocupan sus sitios junto a sus esposas.

Alguien empieza a hablar. ¿Un pastor? No lo sé. Alguien que dice cosas bonitas sobre Adam.

Delante, a la derecha del ataúd, hay un autorretrato de Adam, en acrílicos.

Lo pintó hace apenas cinco años. Se parecía mucho a él entonces, y como era joven y no ha cambiado demasiado, sigue pareciéndose.

Así es como está dentro de ese ataúd, o eso me digo.

Sé que no es verdad. Miro el ataúd, oscuro y elegante, con la tapa cubierta de lirios blancos. No puedo soportarlo.

Me regaló el cuadro. Se rio y dijo: —Quédatelo, algún día valdrá algo. Considéralo tu plan de pensiones.

Me reí. —No puedo aceptarlo.

Se encogió de hombros. —Claro que puedes.

—No lo has firmado.

Sonrió, cogió un rotulador negro grueso y escribió Retrato del artista por el artista, Adam Hames RA . Hasta lo fechó.

Lo vendí hace unos meses; estaba en el paro y necesitaba desesperadamente un coche decente para ir a las entrevistas. Me dieron un buen precio, pero no tanto como valdría ahora, claro. Su muerte ha hecho que el precio de su obra se dispare. Bueno, ya no habrá más, ¿no?

Ha sido todo un detalle que el nuevo propietario nos lo preste para hoy. Muy amable.

Empieza a sonar música y de repente estamos cantando All Things Bright and Beautiful .

¿Qué demonios es esto? Yo pensaba que una de las ventajas de no celebrar un funeral religioso era no tener que cantar himnos.

Adam no era creyente, pasaba de todo eso.

Nuestra familia tampoco es muy religiosa.

Esto tiene que ser cosa de mamá: lo de «todas las cosas brillantes y hermosas» iba por Adam, su hijo favorito, el que nunca debería haber nacido.

Y ahora ya no está.