10 Elliot
Elliot
Elliot miró con recelo al asesino a sueldo maniatado. Por mucho que quisiera creer a Clay y esperase poder confiar en él, la cautela profesional le impedía comprometerse de inmediato. Aquel hombre se ganaba la vida ocultándose, mintiendo, manipulando y, en última instancia, matando a gente.
Los brazos extendidos de Clay se vencieron un poco.
—No puedo decir que te culpe. Los de mi oficio no somos precisamente de fiar.
Era justo lo que Elliot acababa de pensar, pero, en boca de Clay, sonaba horrible.
Clay sí había hecho cuanto estaba en su mano por reducir los daños colaterales al mínimo absoluto, hasta el punto de arriesgar su trabajo y su vida.
Y, si Clay decía la verdad, también se aseguraba de que las personas a las que mataba fueran…
Bueno, Elliot no sabía si quería decir que se lo merecían, pero desde luego nadie las echaría de menos.
Lo admitiese Clay o no, aquello indicaba que era algo más que un asesino a sueldo sediento de sangre.
Y, que Dios lo perdonase, odiaba la resignación que teñía la voz de Clay.
Elliot metió la mano en el bolsillo y sacó su navaja plegable.
La abrió y sujetó las cuerdas atadas con intrincados nudos alrededor de las muñecas de Clay.
La afilada hoja cortó limpiamente la cuerda y le soltó los brazos.
Después se ocupó de las piernas, y Clay dejó escapar un leve suspiro mientras flexionaba las extremidades recién liberadas.
—Qué desperdicio de cuerda en perfecto estado —observó Clay, frotándose los brazos.
—Más fácil que deshacer todos los nudos —dijo Elliot mientras guardaba la navaja.
—No pensaba decirlo, pero sí que me parecieron demasiados nudos.
—¿Es tu manera de buscar un cumplido?
—No, pero me alegra ver que me tomas tan en serio como yo te tomé a ti.
Ahí estaba otra vez aquella extraña modestia de Clay.
Elliot había supuesto que los tipos como Clay serían unos capullos engreídos y fanfarrones, conscientes de lo duros que eran y dispuestos a pregonarlo sin pudor.
A Clay no le faltaba confianza en sus habilidades, pero parecía aceptarlas como algo natural, no como algo que necesitase restregarles a los demás por las narices.
Algo complacido por el cumplido, Elliot no pudo evitar preguntar:
—¿Dónde aprendiste a hacer todo eso?
Clay alzó la vista.
—¿Todo el qué?
—Sabes moverte sin que te detecten, sortear sistemas de seguridad sin problemas, manejar armas y defenderte en una pelea. Esas cosas no se aprenden… sin más. Alguien tuvo que enseñártelas —dijo Elliot.
—No me las enseñaron: me entrenaron —dijo Clay, deslizándose hasta el borde de la cama.
—¿Quiénes?
—Las personas con las que trabajo. Y luego me asignaron un mentor. Ellos me enseñaron lo básico, pusieron los cimientos, pero él me convirtió en el arma que soy.
Elliot hizo una mueca.
—¿Eso es todo lo que eres, un arma?
Clay soltó una risa burlona.
—¿Y qué eras tú para el Gobierno?
—Prescindible.
—Exacto. ¿Alguna otra pregunta?
—Sí. ¿Cuántos años tenías?
—¿Cuándo?
—Sabes a qué me refiero. Cuando te metieron en esta vida, cuando empezaron a entrenarte.
Clay vaciló y apartó la mirada.
—Diez cuando entré en lo que ellos llamaban la academia. Catorce cuando me presentaron a mi mentor.
—Dios —murmuró Elliot.
Bueno, eso explicaba muchas cosas.
—No me mires así. Mi vida tampoco era precisamente maravillosa antes de que los idiotas de mis padres se dejaran matar y la Agencia me encontrara.
En todo caso, fue mejor que consumirme en el sistema de acogida y que me llevaran de un lado a otro como si fuera el equipaje de alguien —bufó Clay al levantarse.
—¿Así es como lo ves? —preguntó Elliot.
—¿Puedo usar tu baño?
Qué sutil.
Elliot señaló por encima del hombro con el pulgar.
—Adelante.
Observó a Clay cuando pasó junto a él camino del baño.
Se movía con una elegancia que Elliot nunca había podido apreciar hasta entonces.
Ahora que sabía lo que sabía, Elliot no podía evitar preguntarse si aquella soltura se debía a la agilidad natural de Clay o al entrenamiento forzoso y el adoctrinamiento de su juventud.
Salió de sus pensamientos al oír que se abría la ducha, y se le escapó una risita.
—Tú como en tu casa —murmuró Elliot al salir al pasillo en dirección a la cocina.
Seguía dándole vueltas a lo que Clay le había contado.
¿Cómo acababa alguien arrancado de su vida y metido en un campamento de entrenamiento para asesinos a sueldo?
Desde luego, aquello ayudaba a explicar por qué Clay se tomaba con tanta indiferencia lo que hacía.
La primera idea que Elliot se había formado de él era que estaba sediento de sangre, seguida de inmediato por la de que era un sádico.
Sin embargo, Clay no encontraba ningún placer enfermizo en su trabajo: sus actos respondían más al pragmatismo y al realismo que a la crueldad o la maldad.
—Dios, diez años —murmuró mientras rebuscaba en el congelador algo que meter al horno.
Podría preguntarse qué le hacía a una persona crecer en un entorno así, pero tenía un ejemplo de carne y hueso duchándose en su baño.
Elliot había creído que pasar de un hogar de acogida a otro de niño ya había sido bastante duro.
No podía imaginar cómo sería que te sacaran de allí para convertirte en un arma.
Y, pese a todo, Elliot consideraba que decía mucho a favor de Clay que hubiera conservado algo parecido a un alma a lo largo de aquel proceso.
Para empezar, estaba su empeño en evitar las muertes innecesarias de personas que podían ser inocentes.
También estaba la elección de sus objetivos, y Elliot se convencía cada vez más de que en eso Clay no mentía.
Los asesinatos seguían siendo ilegales, pero elegir ir tras lo peor de lo peor era mucho mejor que matar a cualquiera por quien le pagasen.
¿De verdad estaba tratando de reconocerle algún mérito a Clay?
Y, si era así, ¿por qué? No sabía ni una puñetera cosa de él y, mientras metía la lasaña congelada en el horno, no encontraba ni una sola razón lógica para creerlo.
Tal vez se debiera simplemente a que Clay no era el monstruo que Elliot había creído al principio.
Tal vez fuera por haberlo visto, por haber hablado con él, por haber presenciado cómo Clay cooperaba en lugar de luchar.
Y tal vez fuera por el tono derrotado con que le había dicho a Elliot que no tenía nada ni a nadie antes de que las drogas hicieran efecto.
La voz de Clay sonó a su espalda.
—No tendrás ropa de sobra que no me quede enorme, ¿verdad?
Elliot dio un respingo y se volvió de golpe.
—¡Dios santo!
Clay tenía el pelo pegado a la frente y sonreía con sorna.
—Perdona, supongo que no me has oído.
—Pues no, joder —murmuró Elliot.
Solo entonces se dio cuenta de que Clay estaba en la puerta de la cocina sin más ropa que una toalla alrededor de la cintura.
Elliot parpadeó, incapaz de impedir que su mirada recorriera el cuerpo desnudo y aún algo húmedo del hombre.
Observó cómo una gota de agua bajaba entre sus pectorales bien marcados, cruzaba la superficie lisa de su abdomen y desaparecía bajo la toalla.
Sabía que Clay estaba en buena forma, pero contemplar aquella piel al descubierto, desde los hombros anchos hasta la cintura estrecha, era otra cosa muy distinta.
—Entonces, ¿tienes? —preguntó Clay.
Elliot alzó la mirada y notó que se le calentaba la cara.
—Eh… Puede que haya unos pantalones cortos o algo en el armario. Pero con la camiseta no puedo ayudarte.
—Qué pena. Entonces me pondré la mía, aunque esté sucia —dijo Clay, dándose la vuelta.
Ya se lo había comido con los ojos delante de él, así que Elliot decidió aprovechar para verlo entero.
Ladeó la cabeza mientras Clay se alejaba y constató que la espalda de Clay era igual de impresionante.
Elliot sabía apreciar una buena espalda masculina, y Clay la tenía.
Sin embargo, fue la forma de su culo bajo la toalla lo que atrajo la mirada de Elliot.
Su admiración se interrumpió al descubrir una cicatriz irregular en el costado derecho de Clay, que descendía hasta desaparecer bajo la toalla.
—¿Te quedas a cenar? —preguntó Elliot.
—He pensado que más me vale quedarme bajo vigilancia un tiempo. No quiero que te pongas nervioso y salgas corriendo a salvar a tu jefe —respondió Clay desde el pasillo.
Madre mía, ¿iba a quedarse a dormir?
—No te importa que me apropie del sofá, ¿verdad? Si hace falta, dormiré en el suelo —continuó Clay desde algún punto del pasillo.
—Eh… No, está bien. Tengo que trabajar temprano —dijo Elliot, resistiéndose al impulso de ir a ver qué hacía Clay.
—Ah, sí, tienes que jugar a ser guardaespaldas.
Elliot frunció el ceño, pero no dijo nada. En realidad, no le había mentido a Clay. Quería averiguar de verdad si sus acusaciones tenían algún fundamento. Todo lo que aquel hombre había dicho sobre Anthony le daba mala espina, pero no tomaría ninguna decisión hasta tener más información.
Mientras tanto, por lo visto iba a hospedar al hombre al que, en esencia, lo habían contratado para detener.
Elliot había vivido algunas situaciones extrañas, entre ellas tener que esconderse en una granja de cabras después de que su equipo escapase de una emboscada.
Pero, por algún motivo, creía que las próximas horas iban a ser más incómodas que verse atrapado en un granero con media docena de machos cabríos en celo.
—Y no creas que no te he visto follarme con la mirada —gritó Clay.
Sí, muy incómodas.
* * *
Elliot ya estaba despierto cuando el sol apenas empezaba a asomar por el horizonte.
Supuso que era un poco injusto sentir alivio por haber llegado vivo al día siguiente, pero no podía evitarlo.
El piso estaba en silencio, roto únicamente por el suave zumbido del aire acondicionado.
También reinaba la calma en las calles de abajo: los noctámbulos y los madrugadores aún no se habían cruzado de camino a casa o al trabajo.