35 . La madre de Seoeun
«Lo siento.»
Su hija ya no estaba para aceptar esas disculpas, pero la madre de Seoeun se disculpaba todas las mañanas al abrir los ojos. Desde que su hija se fue no había podido dormir bien un solo día. Estaba convencida de que la culpaba por lo ocurrido.
La madre de Seoeun le pedía perdón por todo. Lamentaba haber sido una madre incompetente y haberla hecho nacer en una familia pobre. Sentía haberla perdido sin poderle comprar ropa bonita o comida deliciosa.
Le dolía el corazón sólo de pensar en Seoeun. Hasta el día antes de su muerte había ido a buscarla al trabajo después de terminar el suyo en la tienda. Debía de ser una vergüenza para ella que su madre trabajase en un restaurante de carne a la brasa, pero nunca lo dejó ver.
—Mamá, hueles rico.
—¿Eh?
—¡Hueles a barbacoa!
Su hija solía sonreír de esa forma tan radiante. Era el tipo de hija que le decía que pensaba comprar carne del restaurante donde su madre trabajaba con el dinero que había ganado en su trabajo a tiempo parcial.
La razón por la que la madre de Seoeun, que trabajaba en un supermercado, se había cambiado al restaurante fueron los 2000 wones de diferencia.
En el restaurante le pagaban 2000 wones más por hora, así que se puso a trabajar hasta tarde en la noche, a pesar de que sabía que Seoeun odiaba estar sola en casa.
Limpiar las parrillas y recoger los restos de comida la dejaba con dolor de espalda y los hombros molidos, pero nunca se negó porque por su hija podría hacer incluso trabajos más duros sin dudar.
La primera vez que vio a Juyeon se sintió muy agradecida. Sabía que había sido una fuente de energía al permanecer junto a su hija durante mucho tiempo.
—Así que tú eres Juyeon. Gracias por ser tan amable con Seoeun. Toma, compraros algo de tteokboki después.
Juyeon frunció el ceño al recibir el billete de 10.0000 wones que le extendió.
—Agh, qué peste a carne.
Lo murmuró muy por lo bajo, pero la madre de Seoeun lo escuchó con claridad. Quiso pensar que había oído mal o que lo había dicho sin mala intención e intentó no tomárselo de forma personal. Después de todo, era la mejor amiga de su hija.
—Mamá, Juyeon tiene un montón de dinero. No hace falta que nos des.
Esa noche, cuando Seoeun le devolvió los 10.000 wones, se sintió miserable al darse cuenta de que eran los mismos que le había dado a Juyeon y comprender que le había repugnado tanto sostener ese billete que olía a carne que, en vez de metérselo en el bolsillo, se lo había devuelto a Seoeun.
Sin embargo, no pudo mostrarlo porque se trataba de la valiosa amiga de su hija.
Además, la madre de Seoeun sabía que antes de conocer a Juyeon su hija había tenido problemas para socializar durante mucho tiempo. Por eso le estaba muy agradecida.
Seoeun solía alabarla a menudo. Decía que era muy buena en los estudios y que era divertido pasar tiempo con ella, pero ¿por qué le haría Juyeon algo tan terrible a su hija?
, ¿de verdad la trataba como una esclava como habían dicho en el programa de la tele?
Seoeun siempre decía que Juyeon le estaba muy agradecida también…
«La ropa, los zapatos y todo lo que llevaba Seoeun se lo había regalado Juyeon.»
A lo largo del programa la madre de Seoeun lloró amargamente golpeándose el pecho. Cada vez que Seoeun recibía algún regalo de Juyeon se lo mostraba con una sonrisa deslumbrante.
—Mamá, estos zapatos son carísimos. ¿A que son bonitos?
—Parecen nuevos. ¿De verdad te los puedes quedar?
—Sí, Juyeon dice que no le valen y que debería ponérmelos yo. —le había dicho Seoeun de buen humor sonriendo mientras se ponía y se quitaba esos zapatos.
—¿Querías tener unos zapatos como estos? Deberías habérmelo dicho.
—No los quería. Simplemente me los pongo porque me los ha dado Juyeon. Sería un desperdicio tirarlos. Están nuevos.
Su hija ni siquiera decía delante de ella que quería un par de zapatos. Sabía que eran tan caros que, por más que se pasara días limpiando parrillas, no podría comprarlos y entendía que si su madre se enteraba le partiría el corazón.
Un sollozo escapó de los labios de la madre de Seoeun y al momento surgió un sonido desgarrador como el aullido de un animal.
Un día más volvió a convertirse en culpable como madre que nunca pudo comprarle ropa o zapatos buenos a su hija y que hizo que no se atreviera a pedirle nada ni siquiera en sus cumpleaños.