27 . Juyeon
Juyeon estaba mirando a la pared. Su padre lanzó un suspiro en su dirección, se había pasado toda la hora de visita con la mirada perdida.
Parecía que sólo esperaba a que el tiempo pasara rápido.
Era como si su padre no quisiera tener que verle la cara a Juyeon y como si hubiera ido únicamente porque lo consideraba otra de sus obligaciones que cumplir.
—¿Qué carajo has estado haciendo todo este tiempo?, ¿cómo puedes haber actuado tan mal como para dar lugar a todos esos rumores?
Su padre le gritó frustrado, pero Juyeon ni siquiera entendía de qué estaba hablando.
—No pienso dejarlo pasar cuando todo esto termine. Voy a denunciarlos a todos y a hacer que los encierren por difamación.
Juyeon estaba de pie frente a su furioso padre con la cabeza gacha mientras jugueteaba con sus dedos justo como hacía siempre que le echaban una reprimenda y también justo al igual que hacía cuando estaba nerviosa y sentía ansiedad.
—No te preocupes. ¿Cómo he llegado hasta aquí? No pienso dejar que me destruyan así como así. Haré todo lo que sea necesario.
El profundo suspiro de su padre penetró los oídos, la cabeza y el pecho de Juyeon. Cuando se marchó, tras ese suspiro volvió a quedarse sola de nuevo.
Juyeon se sentó en el lugar más apartado de la estancia y enterró su cara en las rodillas. Después, buscó a Seoeun por costumbre. Sin embargo, no la vio por ninguna parte. Cada vez que su padre le dedicaba una mirada desagradable o lanzaba un suspiro de decepción, ella encontraba consuelo en Seoeun.
«¿Dónde estás, Seoeun? Por favor, ven a consolarme. Dime que las cosas saldrán bien. Que todo estará bien. Por favor…»
Los ojos de Juyeon se llenaron de lágrimas mientras buscaba a Seoeun. En ese momento, su expresión se tornó de una extrema frialdad. Los ojos que habían estado buscando a su amiga perdida ahora estaban llenos de resentimiento.
«Esto es todo por tu culpa, Park Seoeun. Si no hubieras muerto nada de esto habría ocurrido nunca.» Le gustaría viajar en el tiempo y regresar al día en que se encontró con Seoeun en aquel descampado de detrás del instituto.
—Lo siento, Juyeon. Es culpa mía
—¿Qué es lo que has hecho?
Al principio no tenía pensado enfadarse.
Quiso disculparse por lloriquear como una niña y decirle que no decía en serio lo de elegir entre su novio y ella.
Sólo quería que las cosas volvieran a ser como antes.
Tenía pensado decirle eso, pero en el momento en que Seoeun se disculpó se enfureció hasta la médula.
—Haré lo que me pidas. No seas así. Quiero seguir siendo tu amiga.
Seoeun estaba a punto de llorar. Se mordía el labio y parecía indefensa mientras suplicaba perdón y le decía que haría cualquier cosa. A Juyeon esas palabras le sonaban como si prometiera hacer cualquier cosa excepto no volver a dejarla sola.
—¿Vas a hacer lo que te pida? Entonces rompe con ese cabrón.
—Juyeon, ¿por qué no dejas de…?
—¿No puedes romper con él?
Se le puso la cara roja de furia, celos y orgullo.
No podía entender cómo era capaz de abandonarla por un novio que había conocido tan sólo hacía unos meses.
Era una persona con la que se lo pasaba bien y en la que siempre pensaba cuando estaba contenta o triste.
Para Juyeon, Seoeun era ese tipo de persona, pero ¿qué era ella para Seoeun?
Se sentía como si Seoeun estuviera dándole la espalda y ofreciéndole sólo una mano, como si en cualquier momento fuese a estrecharle esa mano y despedirse para siempre.
—¿Dices que harías cualquier cosa que te pida para seguir siendo amigas?, ¿por qué?, ¿es que todavía quedan muchas cosas que quieres sacarme?
—Juyeon, eso no es verdad.
—Antes dijiste que harías cualquier cosa, ¿no? Entonces muérete.
—Oye, Juyeon.
—¿Qué pasa? Has dicho que harías cualquier cosa. ¿Por qué siempre tienes que mentir? Todo lo que me has dicho hasta ahora es mentira ¿no? Seguro que hasta me odias, ¿no?
—Pff.
En lugar de contestar, Seoeun dejó escapar un suspiro.
Juyeon sintió que se le encogía el corazón.
Ese suspiro hizo que se sintiera destrozada por dentro y creyó que Seoeun se marcharía en cualquier momento.
Se sentía como si ya no fuera útil para ella y no era capaz de soportar esa sensación.
Justo en ese momento, Juyeon vio un ladrillo. Ya estaba fuera de sí.
—¿No te puedes morir? Entonces te mataré yo.