23 . La madre de Juyeon
Cuando la abogada Kim dijo que renunciaba la madre de Juyeon sintió que se le nublaba la visión.
—¿De qué está hablando?... ¿Va a dejar el caso de repente?
Estaba claro cuál sería la opinión pública si lo hacía. Seguro que dirían tonterías como que la chica no tenía ninguna esperanza y que hasta su abogada había renunciado por cargo de conciencia.
Intentó ofrecerle una tarifa más alta. Le dijo que le pagaría lo que quisiera, pero la abogada sacudió la cabeza. Parecía tener una ligera sonrisa en el rostro.
—¿Cuál es la razón por la que renuncia de repente?
—Creo que he hecho todo lo posible.
—¿Qué quiere decir?
La abogada Kim simplemente sacudió la cabeza sin añadir nada ante la insistencia de la madre de Juyeon. Era como una sentencia a muerte.
Una chica que había asesinado a su amiga…
La gente estaba celosa de su hija, que era rica, inteligente y guapa. Eso es. La madre de Juyeon creía que los rumores eran por envidia. O quizás se tratase de complejo de inferioridad.
Después de que se marchase la abogada Kim nadie quiso hacerse cargo de la defensa.
Por más que les ofrecieran cientos de millones de wones no querían tener nada que ver con el caso de Juyeon, el juicio ya marchaba en su contra y además había rumores de que era una psicópata.
Aunque no lo decían abiertamente tenían miedo a que afectase de forma negativa a su reputación y manchase su nombre.
La madre de Juyeon no lograba comprenderlo. ¿Por qué habría hecho su hija algo tan terrible?, ¿por qué demonios?, ¿acaso le faltaba algo?, ¿cuál era la razón?
Ahora que lo pensaba, siempre había sido una niña puntillosa.
Por más que le comprase juguetes interesantes nunca la había visto disfrutar con ellos.
Siempre estaba inexpresiva. No sabía cómo mostrarse feliz con juguetes nuevos, ropa o incluso cuando comía algo caro.
Su hija no era feliz sin importar qué hiciese, y su madre se sentía desconcertada.
¿Qué tenía que hacer para ganarse su corazón?
, ¿cómo podía lograr llevarse bien con su hija?
La madre de Juyeon siguió comprándole más y más regalos con la esperanza de que un día su hija sonriera radiante al verlos, le diera las gracias diciendo que le encantaban y fuese feliz.
Pero ese día nunca llegó y al final ocurrió esto.
—Te he dicho que no. ¡No quiero nada! ¡Márchate!
No podía recordar por qué se había enfadado tanto esa vez.
Juyeon solía enfadarse por asuntos triviales, pero aquel día fue un poco diferente.
Gritó como si estuviera fuera de sí y tiró todo lo que estaba al alcance de su mano.
Sin saber qué hacer, la madre de Juyeon se tapó la boca abierta con una mano y la observó con el rostro pálido.
Mientras lo hacía, Juyeon se iba poniendo más y más violenta.
Arrojaba objetos, insultaba y a partir de cierto momento empezó a hacerse daño a sí misma, incapaz de controlar su ira.
—¡Para Juyeon! ¡Detente!
—¡Suéltame! ¡No me toques! ¡Aparta tus manos!
Al principio se golpeó la cabeza con los puños.
Cuando su madre la detuvo sorprendida se volvió aún más violenta.
Se puso a gritar como si alguien le estuviera pegando y empezó a darse golpes contra la pared.
En ese momento, su marido, que acababa de llegar a casa, subió las escaleras a todo correr sorprendido por el ruido.
—¿Qué está pasando?
La única persona a la que temía Juyeon era su padre. Su madre creyó que se calmaría cuando llegase. Pudo sentir cierto alivio, pero en ese momento se le puso la piel de gallina con lo siguiente que dijo su hija:
—Perdona mamá, es culpa mía. No lo volveré a hacer. Por favor, no me pegues.
Después de ese día la madre de Juyeon tuvo que ir a un psiquiatra, pero no podía confesar que su hija se había autolesionado y le había echado la culpa a ella. Eso no podía decírselo a nadie de ninguna manera.
La madre de Juyeon no habló con nadie sobre aquello. Se dijo a sí misma que era imposible que su preciosa hija hubiera hecho algo tan horrible. Tenía que ser una broma infantil. Debía ser porque todavía era demasiado niña. Tenía que ser eso.